IX

Recuerdo bien los edificios de la Corte siendo bañados por un rocío lluvioso una fría y húmeda mañana de diciembre. Diferentes funcionarios de todas las jerarquías desde jueces encorbatados hasta humildes guardas uniformados eran bañados por igual por la llovizna matinal que no discriminaba a nadie en su natural socialismo.

Dentro de las oficinas de la Sección de Homicidios del Organismo de Investigación Judicial, sin embargo, mi compañera Rosa Córdoba y yo, fuimos solitario receptáculo de un airado interrogatorio por parte de nuestro superior y jefe de sección, Alejandro Villanueva. En realidad no había mucho que decir y no recuerdo bien sus palabras, sencillamente me reprochaba un mal comportamiento de mi parte y me recordaba amenazadoramente las consecuencias fatídicas que conllevarían mis acciones.

—Su conducta ha sido totalmente imprudente –me decía con algunos ocasionales golpes de puño sobre el escritorio— irresponsable, impropia, inexcusable y sinceramente, estúpida.

—Sí, lo sé.

—¿Usted sabía de esto, Córdoba? –le preguntó a Villanueva, pero yo me apresuré a responder.

—¡Por supuesto que no! No es necesario que le pregunte nada. Ni siquiera sé porque ella ésta aquí, si no está involucrada.

Mentí. En realidad Córdoba me había cubierto.

—Jefe, si me permite –intervino Córdoba— tiene usted razón para estar molesto, pero tome en cuenta que el servicio que le ha dado Cortés al Poder Judicial es invaluable…

—No lo defienda, Córdoba –acalló Villanueva. –Me alegra que usted no esté involucrada en éste asunto, porque siempre he apreciado mucho su labor y su disciplina. –Luego se giró hacia a mí pero bufó extrañamente por la nariz. –En cuanto a usted, Cortés, a partir de éste momento queda oficialmente suspendido hasta que Asuntos Internos termine de realizarle el debido proceso.

—¡Bien! –dije levantándome de inmediato— si estoy suspendido no tengo porque estar aguantando sus sermones ¿cierto? Con permiso.

Sin mediar más palabras salí del despacho para limpiar de objetos personales mi escritorio y luego hacer entrega del arma, la insignia y demás símbolos que identificaban mi pertenencia al OIJ.

Minutos después llegó Córdoba.

—¿Cómo te sientes? –me preguntó.

—Bien, bien. No estoy preocupado.

—Podrían despedirte.

—Espero que lo que voy a decir no te suene rajón, Córdoba, pero soy investigador del OIJ porque me gusta este trabajo, no porque lo necesite. Desde joven siempre quise atrapar delincuentes. Pero soy psicólogo y criminólogo y una autoridad mundial en psicología criminal. Si quisiera podría abrirme un consultorio o dar clases en la universidad…

Córdoba se rió:

—¡Que peligro para las estudiantes!

Sonreí.

—O talvez pueda dedicarme a escribir. ¡Sí! Publicar libros de misterio.

—De todas maneras estás suspendido, no estás despedido. Vas a ver que todo saldrá bien. Yo puedo testificar a tu favor.

—Gracias. Tomaré ésta suspensión como unas vacaciones.

—¡Excelente! Sal de paseo con alguna de tus muchas conquistas.

—No, no. Ya tengo novia formal.

—¡Ah! No me habías contado.

—Te iba a contar hoy. Fue hasta ayer que formalizamos. Así que ahora tengo que ser fiel y portarme bien.

Córdoba rió de nuevo:

—Eso ni vos te lo creés. ¡Pero bueno!

—¿Y quien será tu nuevo compañero?

—¡Uy ni me lo recuerdes! –dijo con la mirada hacia el techo— ¡Christian Baltasar!

Córdoba y Baltasar habían sido amigos hacía mucho tiempo pero dicha amistad había terminado en parte porque Córdoba nunca correspondió los acercamientos románticos de Baltasar, y en parte por el odio que Baltasar me promulgaba. —¡Que injusta es la vida! A vos te suspenden y te vas a casa con tu novia y yo voy a tener que aguantarme al idiota de Baltasar. ¡Parece que me están castigando a mí!

—Sorry. Tomémonos algo en la noche ¿sí?

—OK. Te acompaño afuera.

—No te preocupés. De todas maneras mi novia me está esperando abajo.

—¡Con más razón! Así conoceré a la muchacha.

Tragué saliva, incómodo, pero no tuve más opción. Instantes luego habíamos bajado hasta el bulevar que divide los edificios judiciales. Sentada sobre una de las bancas al lado de una vendedora de lotería se encontraba mi hermosa pareja. Su linda piel blanca algo húmeda por el rocío, largos cabellos negros y lacios y un cuerpo delgado y mozuelo cubierto por una larga enagua y una blusa sin mangas, ambas prendas de color negro.

—¡Pamela Durán! –expresó sorprendida Córdoba cuando la reconoció a lo lejos. —¡Ay Cortés! ¿Cómo podés estar saliendo con ella?

—Sabía que no te iba a parecer buena idea…

—¡Obvio que no! Estuvo involucrada en un caso que resolviste…

—Un caso que ya está cerrado…

—No para vos. ¿Cómo putas la recontactaste?

—Ella tenía mi tarjeta. Se metió voluntariamente a Narcóticos Anónimos para dejar la droga. Y después de algo de terapia y de limpiar la mente, se dio cuenta de que yo la había ayudado y quiso volver a contactarme. Una cosa llevó a la otra.

—¡Tiene 16 años!

—¿Qué tiene que ver la edad? Es más inteligente, culta y madura que muchas mujeres de mi edad con las que he salido. Además ella siempre ha salido con hombres mucho mayores que ella, y los 15 años son la edad mínima de consentimiento en Costa Rica…

—Sí, sí, ya sé todo eso. De todas maneras no me parece. Pero vos sabrás lo que hacés. Nos vemos, chao –me dijo despidiéndose con un beso en la mejilla.

Tras esto llegué hasta donde se encontraba Pamela quien me miró con una sonrisa displicente y se levantó dándome un tierno beso y un abrazo.

Melisa Calderón despertó de su tormentoso ensueño.

Abrió los ojos, aunque ello le era inútil e indiferente. Melisa era ciega de nacimiento. Intentó hacer memoria respecto a los recientes eventos conforme su mente se recuperaba de la confusión y el aturdimiento provocado por un contundente golpe recibido unos momentos antes.

Entonces lo recordó. Se encontraba en su hogar sin más compañía que su perro lazarillo, un golden retriever llamado Michael el cual comenzó a ladrar frenéticamente. Ella intentó calmarlo con órdenes pero fue infructuoso, el perro no obedeció. Luego escuchó al animal chillar de dolor y sumirse en un siniestro silencio. Se estremeció de terror y súbitamente sintió un tremendo dolor en la cabeza y perdió el conocimiento.

El golpe en la parte posterior de su cráneo aún le punzaba. Reconoció que estaba recostada boca arriba sobre su cama, y tenía la misma ropa puesta; una camiseta sin mangas y unos calzones “cacheteros”. Cuando intentó mover los brazos se percató de una verdad horrorosa; sus muñecas estaban fuertemente amarradas al respaldar de la cama. Con desespero trató de liberarse, inútilmente, por lo cual intentó pedir auxilio…

No podía. Su boca estaba amordazada por cinta adhesiva.

Estalló en frenéticos arrebatos. Alguien la había golpeado, amarrado y amordazado. ¿Quién y por qué? ¿Qué podía querer esa persona? ¿Querrían robarle? ¿Pretendía violarla? ¿Pretendía matarla?

Todas esas y más preguntas le hubiera gustado formular conjuntamente a las súplicas de piedad de haber podido.

—Ya, ya, tranquila –dijo una turbia voz masculina de tono profundo. El dueño de la voz era como una presencia que caminaba por la habitación con una naturaleza substancial perversa. Se sentó en un costado de la cama y colocó su mano sobre el mentón de Melisa cuyo rostro reflejaba dolor y angustia. –Que sencillo fue someter a una ciega. Debés de sentirte muy mal por ser una presa fácil ¿verdad? ¡Todo por ser una inútil ciega! –el atacante oprimió el cuello de Melisa impidiéndole respirar hasta que su rostro se esmoreció.

La mano del atacante soltó su cuello permitiéndole respirar nuevamente y luego bajó más hasta su pecho derecho. Melisa se removía incómoda. Gimió de dolor cuando su atacante le pellizco dolorosamente el seno. Negaba con la cabeza en un estado de desolación frenética. La respuesta del atacante fue un puñetazo en la cara. Ahora, además de las lágrimas brotando de los ojos ciegos de Melisa también brotaba sangre de la comisura derecha de su boca. Los gemidos agónicos y la mezcla de sangre y lágrimas de la víctima incentivaron los enfermizos deseos del atacante, quien rápidamente le quitó la ropa interior, se colocó encima de ella con un salto intrépido y la violó.

Melisa perdió el sentido del tiempo, en parte debido a que perdía la conciencia intermitentemente. Era incapaz de saber cuantas veces la había violado y golpeado, pero sin duda habían pasado muchas horas, quizás toda una tarde. Pensaba en su pobre perro Michael muerto y en que, probablemente, ella compartiría su mismo destino.

Una bofetada más, que retumbó sonora en la habitación dejándole un ardor en la mejilla. Tras la culminación de su detestable delito, esa fue la despedida del violador. No la asesinó, como ella pensaba, sencillamente se fue.

Desolada, llorosa, sucia, desesperada… vacía.

Ahora sólo debía esperar las horas que fueran hasta que la rescataran. Horas de soledad acompañada solo de su miseria y dolor.

Pamela y yo estábamos lavando mi automóvil en el jardín de mi casa, preparándonos para el viaje a la playa. La vieja camiseta y los rotos jeans que usé ese día me daban un aspecto fachento y desgarbado. Al contrario, Pamela mostraba su bellísima figura con unos pantaloncillos jeans cortos y una camiseta blanca sin mangas. El lavado del vehículo terminó siendo una excusa para jugar con el agua. Todo comenzó cuando ella me mojó con la manguera y yo comencé a pringarla con el agua jabonosa del balde a mi lado. Ella gritó jovialmente mientras se cubría y terminamos ambos empapados, besándonos sobre el capó de mi auto.

—¡Ejem! —dijo una voz femenina a nuestras espaldas. Yo me encontraba sobre Pamela que estaba recostada en el capó. Cuando me giré vi por primera vez a una atractiva joven veinteañera de contextura delgada. —¿David Cortés? —preguntó.

—Sí, sí —dije levantándose e intentando recomponerme. —¿Usted es…?

—Denia Carranza, oficial de investigación de la Sección de Delitos Sexuales —dijo extendiendo su mano y la estreché.

—Mucho gusto. ¿En que la puedo ayudar?

—Usted conoce a mi jefe, Carlos Montoya ¿cierto?

—Fuimos compañeros hace años, sí. ¿Por qué? ¿Le pasó algo?

—No, no. Es que tenemos un caso de un violador serial, muy complejo, y quisiéramos su ayuda para capturarlo.

—Pero… hace años pedí que me transfirieran a Homicidios…

—Sí, lo sabemos. No hay ningún impedimento legal para que usted nos sirva como asesor criminológico…

—Pero yo…

—¡Por favor, David! Usted es uno de los mejores perfiladores de este país. He leído todos sus libros. Usted es genial.

—¡Muchas gracias! Me halaga… pero yo…

—Este violador ha atacado a mujeres con discapacidad. Estamos hablando de un sádico sexual que cada vez es más violento y tiene tendencias a torturar a sus víctimas. No sólo ataca a mujeres particularmente vulnerables, sino que es cuestión de tiempo para que empiece a matar…

Titubeé unos instantes… meditando en el asunto.

—Está bien —acepté— si me permite iré a cambiarme la ropa e iniciamos hoy mismo ¿OK?

—¡Sí! Gracias David.

—Supongo que las vacaciones se cancelan —me dijo Pamela, aún con el cuerpo recostado sobre el vehículo y con la espalda en el parabrisas. Se veía tan sexy.

—Sí, cariño, disculpa…

—Es por una buena causa. Vete tranquilo.

La Sección de Delitos Sexuales del Organismo de Investigación Judicial era jefeada por Carlos Montoya, un sujeto de aspecto juvenil y bonachón que se peinaba sus pocos cabellos negros hacía atrás en un estilo relamido. De temperamento bromista y agradable, contrastaba con el displicente y malhumorado Villanueva.

Frente al escritorio de Montoya se sentó una pareja de investigadores conformados por Denia Carranza y Mauricio Lépiz; un sujeto de anteojos y bigote que se rasuraba totalmente la cabeza dándole un aspecto cabezón. Tras los saludos de rigor, me mostraron las fotos de las víctimas. Una, Melisa Calderón de veintitrés años y ciega de nacimiento, la otra Geovanna Carrillo de treinta y dos, padecía de espalda bífida lo que le había atado desde adolescente a una silla de ruedas.

—Gracias por venir, Cortés —me dijo Montoya—, este caso es complicado.

—Nos enfrentamos a un violador en serie particularmente virulento —especuló Carranza.

—Sí —respondió Montoya. —Hoy en la mañana los padres de una joven autista nos informaron que ayer la llevaron al médico el cual descubrió que su hija había sufrido un desgarramiento del himen. Por las condiciones de la víctima no se ha podido definir la fecha de la violación pero los padres aseguran que desde hace tres días ha estado actuando de manera extraña como si estuviera sufriendo de algún malestar, que fue la razón que los motivó a llevarla al médico…

—Comprendo —interrumpí— pero ¿por qué pensás que se trata de un violador serial?

—En ninguna de las tres víctimas se encontraron rastros de semen o vellos —explicó Carranza—. El atacante debe haber usado condón y estar rasurado. También tenemos certeza de que usó guantes en los primeros dos ataques para no dejar huellas dactilares…

—Actualmente —intervino Lépiz—hay mucha gente lo suficientemente bien informada como para saber que las evidencias de ADN son cruciales en una investigación…

—Las mujeres discapacitadas —insistí— son vulnerables y es lógico que puedan ser el blanco de hombres que aprovechen esa vulnerabilidad para agredirlas…

—Hay más —insistió Carranza— la clase de cosas que el atacante le dijo e hizo a las dos primeras víctimas; la invidente y la parapléjica, son muy similares. Es demasiada coincidencia.

—Ya veo.

—¿Usted qué opina, Cortés? —preguntó Montoya.

—Hay diferentes tipos de violadores —dije— o de motivaciones para violar. Existen los violadores circunstanciales, aquellos que se encuentran inhibidos de violar por alguna circunstancia y aprovechan la oportunidad, por ejemplo, ladrones que se meten a robar a una casa, asaltantes o robacarros que encuentran una mujer sola, hombres bajo el efecto del alcohol o las drogas, soldados en las guerras, etc. Personas que tal vez no violarían en circunstancias normales.

—Y que podrían aprovecharse de mujeres vulnerables como las víctimas, ¿cierto? —dijo Lépiz. —Por lo que podrían ser casos aislados.

—Pero en ninguno de los ataques robaron nada —explicó Carranza— además hay muchas coincidencias y paralelismos en los ataques de las dos primeras víctimas conocidas…

—Muy bien —continué— supongamos que efectivamente hay un ritualismo análogo entre los ataques y se trata de la misma persona. ¿Qué tipo de violador es?

—No es un violador patológico —argumentó Carranza. —Los violadores patológicos violan por sentimientos de odio, ira, deseo de poder, etc., y no por deseo sexual. Su motivación no es sexual, ya que transfieren su furia, frustración e impotencia en la penetración y es una forma de profanar a la víctima. Su placer radica en este simbolismo fálico morboso y no en sentimientos de lujuria…

—Lo que los diferencia del sádico sexual —dije— el cual comete sus crímenes por impulso sexual. Su deseo de produce solo por medio de la violencia. Al torturar, violar, humillar, someter, lastimar y en algunos casos asesinar a la víctima, obtiene mucho más placer que el que podría tener una persona normal con una relación común y corriente.

—Bueno, voy a caerles mal —intervino Lépiz— especialmente a usted, Cortés. Me parece que todo esto que estamos haciendo es hablar pura paja psicológica que no sirve para nada. Me van a perdonar, pero siento que estamos perdiendo tiempo valioso.

—A estas alturas del siglo XXI —adujo Montoya— no puede ser que seas escéptico de los perfiles psicológicos, Lépiz.

—No es eso —se defendió— a lo que digo es que no hace falta ser un loquero para darse cuenta de que el atacante violó a las tres víctimas porque eran débiles y vulnerables y aprovechó la ocasión. No hay ningún misterio. No existe un violador serial detrás de los ataques. Es simplemente un delincuente oportunista.

—Pero las víctimas no están relacionadas entre sí —recordó Carranza— el violador las escogió por alguna razón y esa selección hace suponer que anda detrás de un patrón…

—Costa Rica no es tan grande —continuó Lépiz— y es lógico que familias que tienen hijas con discapacidad hayan llevado a esas hijas a los mismos centros de rehabilitación al menos un par de veces donde el atacante las vio. Sin ofender, Cortés, pero creo que estás haciéndonos perder el tiempo…

—En algo tenés razón, Lépiz —reconocí— la mayoría de las víctimas de violación son violadas por conocidos. En ese sentido, el violador (indiferentemente de su naturaleza) debe ser alguien que tiene acceso a las víctimas. Alguien que trabaja con discapacitadas…

—Eso es obvio —neceó Lépiz con su actitud que ya comenzaba a irritarme. —Para mí no se trata más que de un oportunista que viola mujeres discapacitadas porque es demasiado cobarde como para meterse con una mujer sana. No hay gran ciencia en descifrar eso…

—Suficiente con esos comentarios, Lépiz —regañó Montoya. —En cualquier caso es nuestro deber detenerlo. Y si Carranza y Cortés tienen razón este individuo tiene una mente perturbada e irá incrementando su virulencia hasta convertirse en un asesino. No podemos permitir eso. Quiero que investiguen que posibles nexos pueden tener estas tres víctimas; médicos, fisioterapeutas, enfermeros, trabajadores sociales, cualquier cosa. También quiero que chequeen todos los casos registrados de los últimos años en que una mujer con discapacidad haya sido violada. Podría ser que nos los asociamos en el momento. —Todos asentimos y la reunión se dio por cerrada. Por medio de gesticulación, Montoya me hizo saber que quería hablarme en privado, así que me le aproximé. —Quería agradecerte por ayudarnos. Un gusto volverte a tener en mi equipo, Cortés. Hacía años que no te veía en un caso de violación.

—Muchas gracias, Montoya, y sí, efectivamente, hace siete años me transfirieron de Delitos Sexuales a Homicidios. Por cierto que me alegró tu ascenso a jefe de sección. ¿Cómo está el antiguo jefe, Valladares?

—Jubilado, pero bien. Pasa más tiempo con la familia.

—Excelente.

—Mirá, disculpá a Lépiz, es medio territorial pero es buen tipo…

—Tranquilo, yo sé cómo es la vara. Esas cosas no me preocupan.

—Nunca te pregunté por qué pediste que te transfirieran a Homicidios.

—Es que era muy estresante estar entrevistando niños abusados y mujeres violadas.

—Y supongo que pensaste que al menos en Homicidios no se lidia con víctimas porque la víctima está muerta.

—Sinceramente fue un pensamiento que Córdobaó por mi mente, aunque hubo muchas razones diferentes. Y en realidad no funcionó, hay todo un trasfondo en la mayoría de los casos de Homicidio; familiares de la víctima, imputados, etc., que tienen historiales trágicos y desgastantes.

—Este trabajo no es fácil, Cortés. Es psicológicamente muy difícil, pero nuestra labor es muy importante.

—Sí, lo sé.