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Los padres de Vivian Baltodano habían lidiado con su autismo toda la vida. Vivian tenía veintiocho años y se había logrado rehabilitar considerablemente tras muchos años de duro esfuerzo. Las terapias habían dado buen resultado y Vivian había llegado a ser capaz de hacer casi todo sola y de comunicarse de manera relativamente funcional.

Vivian gustaba de ver muchísimas películas y era capaz de memorizar hasta el último diálogo. Cuando hablaba por lo general inclinaba la cabeza hacia la izquierda, y siempre movía los dedos de la mano derecha constantemente como tocando piano en un atolondrado gesto. Si bien ambos brazos estaban continuamente doblados cerca del área del pecho, la mano izquierda no la movía tanto y mantenía un puño que abría y cerraba a intervalos esporádicos.

—Saludos —le dije a los señores Mariela y Rodrigo, los padres de Vivian Baltodano cuando llegué a su casa de habitación esa tarde. —Mi nombre es David Cortés y soy criminalista del OIJ, actualmente trabajando en el caso de su hija.

—Mucho gusto —respondió Rodrigo estrechándome la mano. —¿Qué motiva su visita?

—Primeramente permítanme decirles que lamento mucho lo que sucedió. Quisiera poder hacerle algunas preguntas a su hija.

—Don David —continuó Rodrigo— mi hija es autista por lo que es difícil que pueda comunicarle nada de valor.

—Soy psicólogo y sé cómo funciona el autismo.

—En ese caso —intervino Mariela— sabe que para un autista recordar eventos traumáticos puede ser mucho más terrible y doloroso. Revivir lo sucedido es como vivirlo de nuevo para ella. Mi hija está sufriendo y… está sola en su mundo sin nadie que pueda… llegar hasta ella.

—Lo entiendo —dije— y sé difícil que debe ser. Pero estoy siguiendo una pista importante y creo que su hija será clave en mi investigación.

Los padres me llevaron a la habitación de Vivian. Su cuarto estaba repleto de DVD’s de infinidad de películas todas las cuales había visto y sus diálogos había memorizado a la perfección.

—Vivian —dijo el papá— éste señor quiere hablar con vos. Él es un señor bueno. Trabaja para la policía.

—Nosotros no vamos a permitirlo” “¿Quiénes nosotros?” “Smith, Wesson y yo”—respondió Vivian, con su cabeza inclinada y su compulsivo movimiento en los dedos.

—Es una frase de la película Sudden Impact de Clint Eastwood —reconocí e informé a los padres— una película donde un policía ayuda a una víctima de violación.

—Eso nos estaba tratando de decir todo este tiempo —dijo la madre— mi hijita siempre ha sido tan inocente —se le humedecieron los ojos. —Ella es tan especial. Aún con su brillante inteligencia es más inocente que todos nosotros.

—Vivian —dije— quiero atrapar al hombre que te lastimó para que nunca le haga daño a nadie más. —Vivian arrugó el rostro en una mueca de dolor y comenzó a mover más frenéticamente los dedos. —El hombre ¿era un doctor? —Vivian comenzó a moverse con un movimiento negativo de la cabeza y comenzó a tocarse la sien con la temblorosa mano. —¿Era un tipo de la calle? —continuó con el movimiento compulsivo pero se volvió más violento.

—Suficiente —ordenó Rodrigo.

—Vivian —dije ignorándolo— ¿quién te lastimó?

—“Nosotros no vamos a permitirlo” “¿Quiénes nosotros?” “Smith, Wesson y yo” —repitió Vivian y comenzó a golpearse frenéticamente la cabeza hasta que su madre logró calmarla.

—¿Don David? —preguntó Rodrigo al verme ensimismado en mis reflexiones. —¿Averiguó algo importante?

—Sí. Gracias por su tiempo. Y gracias a vos Vivian, fuiste de mucha ayuda.

Ella no respondió pero pareció formar una sonrisa torcida en su boca. Me despedí de los padres y abordé mi vehículo.

Córdoba y Baltasar se adentraron a su vehículo del Poder Judicial casi al mismo tiempo después de entrevistar a una pareja de ancianos como parte de las pesquisas en una investigación de homicidio.

—¡Que caso tan estresante y aburrido! –adujo Córdoba frotándose el rostro con las manos en señal de frustración.

—No le veo nada diferente a cualquier otro caso –respondió Baltasar. –Encontraron a una víctima muerta a balazos en este barrio. Debe ser un asalto con violencia ó una venganza de la mafia.

—Sí, sí –dijo lacónica. –No es eso…

—Diay sorry que a mí no me asignen los glamorosos y complicados casos que le asignaban a Lobo.

—No es eso…

—¿Entonces que es? ¿Qué Lobo es más entretenido que yo?

—Evidentemente –respondió, esta vez con frialdad.

—¿A vos te gusta Lobo?

—¡Ay por Dios! ¡Obvio que no! Él es mi amigo nada más…

—Pero ustedes dos…

—Sí, sí, tuvimos algo hace años, mucho antes de ser compañeros, y no pienso hablar de mi vida personal con vos.

Una mirada de nostalgia Córdobaó los ojos de Baltasar.

—Yo esperaba que esta oportunidad que se nos dio la aprovecháramos para volver a ser amigos, como antes…

—Está bien, Baltasar. Podemos volver a ser amigos. Pero deja de meterte en mi vida y respeta mi amistad con Lobo. Ahora prosigamos, por favor, tenemos como cincuenta casas más que visitar… —dijo Córdoba pensando en el tedioso trabajo de entrevista que le esperaba.

Bar El Judicial

El rumor de mi suspensión se difundió aceleradamente por el Poder Judicial alegrando a muchos, aunque otros se entristecieron.

Corrían los rumores de que Villanueva súbitamente andaba de mejor humor que de costumbre. Que silbaba por los pasillos y sonreía más frecuentemente. Sin duda Baltasar hubiera celebrado abriendo una botella de champaña de haber podido, aunque probablemente la estaba guardando por si el dictamen de Asuntos Internos era en mi contra.

O al menos esas eran algunas de las conjeturas jocosas que realizábamos mis amigos y yo en el Bar El Judicial, predilecto centro de reunión de gran cantidad de funcionarios de los tribunales y del OIJ, ubicado a un costado de la Corte. No era un lugar bonito, de hecho era ruidoso, oscuro y algo sucio, pero tenía como cincuenta años y se había convertido en una especie de tradición.

En la mesa, a mi lado, se encontraban Córdoba, la excéntrica y regordeta forense Margarita y el retraído e intelectual psiquiatra que se desempeñaba como analista criminal, Bustamante. Todos tomábamos cervezas.

—¡Vas a ver que todo saldrá bien, Cortés! –me decía Margarita en un tono maternal.

—No hay forma de saber eso –dije tragando algo de cerveza. –Es muy pronto para conjeturar sobre resultados.

—Sonás muy tranquilo –observó Bustamante.

—Si me echan del OIJ siempre puedo dedicarme a ser psicólogo.

—Suponiendo que no te acusen con el Colegio de Psicólogos –bromeó Córdoba con tono irónico. –Pero cambiemos de tema. ¿Supieron que ya hubo quien domesticó al Cortés?

Margarita mostró interés. Bustamante se mantuvo adusto.

—¿Tenés novia nueva? –preguntó Margarita— ¿Por qué no la invitaste hoy?

Córdoba carraspeó:

—Seguro porque no podría entrar a un bar sin cédula. Tiene 16 años.

—¡Asalta cunas! –expresó Margarita con tono burlón.

—Pedófilo más bien… —bromeó Córdoba.

—Pedófilo es quien siente atracción sexual por niños prebúberes –aclaré— aquellos que siente atracción por adolescentes (es decir, personas entre los 13 y los 21 años) son efebófilos, y no es un trastorno sexual. Además, no es la primera vez que salgo con una muchacha de una edad similar. Tamara tenía 17 años cuando la conocí y fue el amor de mi vida.

Hubo un breve silencio.

—Sigo pensando que una muchacha de esas edad debería salir con alguien de edad parecida –adujo Córdoba.

—Bueno –intervino Margarita— hay que admitir que las mujeres suelen madurar más rápido que los hombres y no es nada inusual que una joven busque una pareja diez o más años mayor. Poniéndome en el lugar de la muchacha yo también preferiría un hombre adulto, serio y maduro que un colegial estúpido e inmaduro. ¿Nunca saliste con un mae mayor cuando estabas en el colegio, Córdoba?

Tardó un poco en responder, tomó algo de cerveza, y confesó:

—Sí. Cuando yo tenía 15 años tuve un novio de 28.

—¡Hipócrita! –reclamé de forma bromista— ¡Tanto que me has choteado y vos anduviste con un mae mayor a la edad de Pamela!

—Bueno –se defendió Córdoba— una cosa es que una adolescente madura y conscientemente ande con un hombre adulto responsable y serio. ¡Y otra cosa muy distinta es que ande con un perro como vos!

Todos reímos.

Debido a la inexplicable necesidad de las mujeres de ir al baño colectivamente, Bustamante y yo nos quedamos solos algunos minutos.

—¿Puedo preguntarse algo, Cortés?

—Adelante.

—¿Cómo logras conquistar tantas mujeres hermosas?

—Lo hago de manera tan espontánea e instintiva que resulta difícil explicarlo. No siempre fue así. Te sonara increíble pero hubo una época de mi vida en que fui muy tímido e inseguro, y se me dificultaba hablar con las mujeres. Por supuesto, era un adolescente en ese entonces…

—¿Pero que hiciste? ¿En que radica el cambio?

—Es… bueno… Creo que lo primordial es la seguridad, Bustamante. No hay nada más importante que la seguridad. Yo diría que es esencial. La regla número uno para… ligar. Ser seguro de uno mismo, tener confianza, hablar con seguridad. No hace falta ser guapo, pero si es elemental actuar como si uno fuera guapo. Si cuando hablas con las mujeres, estás convencido de que sos atractivo, y demuestras seguridad acorde con ese pensamiento, en alguna medida te conviertes en un hombre atractivo, proyectas confianza. En verdad, la gente lo ve a uno como uno se ve a si mismo…

—¿Pero tiene que haber algo más?

—¡Por supuesto! –recalqué— un buen conquistador debe ser culto, inteligente, sensible, debe entender a las mujeres, escucharlas, comprender sus necesidades e intentar llenarlas. Es como un malabarismo, requiere de pesos y contrapesos. De equilibrios. A muchas mujeres les gustan los hombres rudos y malos, pero también a muchas les gustan los hombres románticos, sensitivos y cariñosos. Dependiendo de que inclinación tenga la mujer hay que saber demostrar el lado emotivo y caballeroso o, al contrario, hay que mostrar un exterior misterioso y tosco, o una combinación de ambos en diferentes porcentajes, adaptables al gusto de la mujer en cuestión. Y eso es sólo una pequeña parte de los muchos cálculos que hay que hacer.

—No sé. Siento que muchas mujeres andan detrás de hombres guapos o con dinero.

—Algunas. Pero muchas mujeres valoran la inteligencia o los sentimientos antes que otros elementos. Además, no hay tantos hombres guapos y/o adinerados en este país. Cualquier hombre puede ser guapo, inteligente o con dinero, y probablemente conseguirá una que otra mujer. Pero siempre surgirá otro hombre más guapo, más inteligente, o con más dinero. El hombre que depende de su aspecto o dinero para conquistar mujeres es un perdedor, porque las mujeres interesadas lo dejarán por alguien mejor sin chistar. Además, algún día perderá su belleza física y puede que pierda el dinero también. El verdadero conquistador; aquel que lo hace a largo plazo e indiferentemente de su aspecto, condición económica o edad, es más complejo. Es aquel que realmente lee las mentes de las mujeres y se pone en el lugar de ellas…

—Hablas como si fuera similar a… atrapar asesinos.

—¡Lo es! En muchos aspectos es muy similar ser un perfilador criminológico y un buen casanova.

—Que sabias palabras –adujo Córdoba sentándose. Entre nuestra conversación no nos percatamos del regreso de nuestras compañeras comensales. –Me alegra saber que tantos años de estudio en psicología te sirvieron de algo.

Escribiendo estas nostálgicas remembranzas, a veces soy incapaz de sentir aguijoneado el corazón cuando se me vienen a las mente algunos bellos momentos. Hacer el amor con Pamela debe haberme brindado horas de paradisíaca felicidad. Recuerdo su hermoso cuerpo, su suave piel, el arome perfumado de su lacio cabello, y los leves sonidos que emitía cuando el placer le provocaba aquel estupor orgásmico.

Recuerdo haberla visto a los ojos. Enfocar la mirada profundamente, poco después del alcance del sabroso clímax. Recuerdo haberle susurrado palabras de amor y haberle estampado un dulce beso en su tierna boquita.

¡Que felices tiempos! Y que distintos a estas épocas tan agrestes.

Una vez finalizado el acto, probablemente uno de una docena de aquél día, me recosté de espalda y Pamela me abrazó posando su cabeza sobre mi pecho.

—¡Y pensar –dije— que de no estar suspendido estaría seguramente viendo algún cadáver!

—Me alegra que veas el lado bueno de las cosas.

—¿Por qué no nos vamos de vacaciones?

—¿A dónde?

—No sé. A la playa. A la montaña. Dudo que a tus papás les afecte mucho. Pasás más tiempo conmigo que con ellos…

—A ellos no les importa lo que yo haga.

—Sos una mujer muy fuerte y admirable, Pamela. Dejaste la droga y alcohol por tu propia cuenta y te has moderado en cuanto a las fiestas. Realmente te admiro mucho. Tus padres no te valoran.

—Gracias mi amor. Pero ya sabés como son las cosas…

—Sí, sí. Lo sé.

—Te aceptaré las vacaciones. Jalemos este fin de semana ¿sí?

—OK mi amor.

Horas después, tocaron a la puerta de mi apartamento.

Me encontraba debajo de cálidas cobijas, con la luz apagada y entrelazado con Pamela, así que decidí ignorar el llamado.

Pero éste prosiguió. Más insistente que antes.

Pamela murmuró:

—Mmm… yo voy…

Se levantó de la cama (tenía puesto sólo sus calzoncitos rosados, unas medias de rayas blancas con negras, y una camiseta de tirantes blanca) se colocó unos pantaloncillos cortos y se dirigió a abrir la puerta.

—¿Sí? –preguntó.

—¿David Cortés se encuentra?

“¡Ups!” pensé al reconocer la voz de la interlocutora de mi manceba amante. Abrí los ojos de golpe. Me levanté apresuradamente y me vestí lo mejor que pude.

Hasta llegar a la puerta y encontrar a Sandra Flores; mi ex esposa, observándome con mirada sarcástica desde el umbral.

Sandra era una mujer de mi edad. Tenía el cabello castaño, rizado y ojos de color miel. Cuando nos casamos, hacía como diez años, era una belleza despampanante que volvía la mirada de los transeúntes y detenía el tráfico. Diez años después seguía siendo muy guapa, si bien tenía algunas libritas de más. Ya no era la veinteañera incauta y cándida que alguna vez conocí. Aquella que usaba bolsos de Hello Kitty y llevaba sus cuadernos abrazados con su mano derecha sobre el pecho camino a la universidad. Ahora era una mujer madura y experimentada, cuya madurez le otorgaba el aire atractivo y sazón como pocas mujeres conseguían.

—Pamela ella es Sandra –presenté— mi ex esposa. Sandra, ella es Pamela, mi novia.

—Mucho gusto –dijo Pamela, y luego agregó despreocupadamente. –Si me ocupan voy a estar viendo tele en el cuarto. ¡Chaooo!

—Pasa Sandra –invité. —¿Es que te puedo ayudar?

—Siempre supe que te gustaban jóvenes –dijo con contenida repulsión— pero nunca pensé que caerías en el ridículo.

—Es mayor de 15 años, lo que quiere decir que está por sobre la edad mínima de consentimiento…

—Sí, sí. Soy abogada y conozco las leyes. No dije que estuvieras haciendo nada ilegal, sólo ridículo.

—¿Viniste a discutir sobre mi vida sentimental?

—No, obviamente que no. Vos me llamaste. Dejaste un recado en mi bufete.

—¡Cierto! ¡Cierto! –dije sentándome en el sillón de mi sala que, como casi todo en mi departamento, estaba desordenado y lleno de ropa y papeles— me encuentro suspendido del OIJ y me abrieron un órgano del debido proceso por haberme involucrado sexualmente con la imputada de un caso que resolví.

—Ya sé –asintió Sandra sentándose en el sillón perpendicular al mío. –Los rumores corren rápido.

—Bueno, en todo caso necesito una abogada y vos sos la mejor que conozco. Por supuesto que ésta el asunto de que sos mi ex esposa pero, sinceramente, nadie me conoce tan bien como vos y creo que eso es importante para salvar mi pellejo.

—Supuse que esa era la razón de que me llamaste. Y sí, claro, ya había decidido aceptar el caso.

—Muchísimas gracias, Sandra, me haces un gran favor…

—Sí, como siempre, necesitas que alguien te salve de tus metidas de pata y tu irresponsabilidad. Saca una cita con mi secretaria en el bufete para reunirnos y discutir el caso ¿OK? –dijo levantándose.

—¿Ya te vas?

—Sí, sólo pasé porque voy a ver un cliente que vive por aquí y aproveché el viaje. No tengo estómago para verte con tu nueva conquista. Hasta luego.

—Hola mi amor –dije adentrándome al cuarto una vez que Sandra se fue. Pamela veía televisión despreocupadamente, recostada boca arriba con la mano izquierda bajo la nuca como una especie de almohada adicional, mientras cambiaba canales con la derecha. –Espero no te haya incomodado toparte a mi ex esposa.

—No. Feo es cuando una se topa a la esposa. ¿Mantienes amistad con ella?

—En realidad nada. Tuvimos un rompimiento muy duro y amargo. Pero después de un cierto periodo durante el cual ella me odió con todas sus fuerzas, llegó a perdonarme y actualmente no somos amigos pero tampoco somos enemigos y nos hacemos favores mutuamente de vez en cuando.

—Pues que dicha que ella decidió ser tu defensora en el órgano.

—¿Estabas oyendo? –ella asintió, sonriente.

Así que en castigo le hice cosquillas, poco antes de hacerle el amor.