VIII

—Tuvo que ser ese idiota de Connor el que los envió donde mí —dijo Patricia mientras la entrevistábamos en las afueras de un bar de la Calle de la Amargura. Estaba bien vestida para la ocasión como cualquier muchacha joven de su edad. Alzaba la voz para poder escucharla en medio de aquél bullicioso ambiente inundado de la música que brotaba de los locales y de miles de conversaciones, repleto de gente joven que entraba y salía de los bares custodiados por toscos agentes de seguridad privada o que dispersaban el humo blanco de la marihuana mientras se aglomeraban en semicírculos en las aceras, los vendedores de drogas en las esquinas, indigentes que suplicaban por limosnas y eran normalmente ignorados, y otros elementos característicos del lugar. —Es a él al que deberían interrogar.

—Esta es sólo una entrevista —le aclaré. No lejos de nosotros un grupo de muchachos fumaban suficiente marihuana como para provocar una nube. —¿Es verdad que usted y Judith fueron amantes?

—Sí.

—¿Y usted tenía sentimientos hacia ella?

—Los tuve alguna vez, pero llegué a aceptar que ella no me correspondería nunca, así que lo superé.

—¿Y donde estuvo la noche del delito?

Patricia titubeó un poco.

—Miren —nos dijo— esto es un poco personal…

—Es necesario que podamos corroborar su coartada.

—Estaba en un hotel. Pasé toda la noche ahí entre las nueve y pasadas las tres.

—Necesitaremos el nombre de la muchacha para preguntarle.

—Ese es el problema… no es una muchacha… es una profesora de mi universidad. Puede causarse un escándalo si nuestro amorío se descubre…

—Prometemos discreción, pero necesitamos el nombre —insistí. Patricia titubeó un poco y finalmente nos dijo quién era. No era sólo una profesora universitaria sino una ex ministra y ex diputada, no era extraño que buscara mantenerle el anonimato.

Llamamos a la susodicha quien confirmó la coartada, así que nuestro siguiente destino fue la residencia de Ari Shimon en Los Yoses.

Subimos por las escaleras del edificio de apartamentos donde vivía y llegamos a la puerta número trece que era donde se nos había indicado que residía.

—¿Ari Shimon? —dije tocando la puerta— somos del Organismo de Inv… —pero no pude terminar la frase porque dos balas salieron disparadas a través de la puerta de madera. De no ser por la costumbre que tenemos algunos agentes judiciales de tocar la puerta mientras la mayor parte de nuestro cuerpo está detrás del marco, me habría herido. Córdoba, que al igual que yo franqueaba la entrada por costumbre, sacó su pistola reglamentaria de inmediato como hice yo y ambos nos pusimos con la espalda en la pared. Córdoba sacó el walky—talki detrás de su cinto y solicitó refuerzos a nuestra locación.

Le hice señas silenciosas para que se asomara con precaución por la única ventana que estaba cerca de ella. Asintió y así lo hizo aunque tuvo que quitar la cabeza casi de inmediato pues dos nuevos disparos salieron por los vidrios de la ventana. Con señas me hizo saber que había dos personas, sólo una estaba armada, y que su arma era un tipo de rifle. Asentí, le hice nuevas señas para que supiera mi plan a seguir y ella asintió también.

Cuando ya se escuchaban las patrullas aproximándose, me puse frente a la puerta, le di una buena patada para abrirla de golpe al tiempo que Córdoba quebraba la ventana con su pistola y apuntaba hacia nuestro agresor.

—¡Suelte el arma! ¡Ya! ¡Suéltela! —dije apuntando al sujeto que reconocí de inmediato como Ari Shimon, quien sostenía un rifle de asalto de alto calibre. Al verse enfrentado a dos personas apuntándole al mismo tiempo, no tuvo más remedio que obedecer así que dejó lentamente el arma sobre el suelo al tiempo que ponía las manos en alto. Cerca de él estaba su esposa; una mujer joven y atractiva de piel blanca, cabello negro y rasgos semíticos.

Segundos después llegaron los refuerzos. Nos llevamos a Shimon bajo arresto a pesar de las protestas de su esposa que no hablaba una palabra de español.

—¿Tiene idea de la clase de problemas en que se encuentra? —le pregunté sentándome frente a él en la sala de interrogatorios de la Corte. —Le disparó a dos agentes judiciales de este país.

—Tengo muchos enemigos, estuve en las Fuerzas de Defensa Israelíes —se defendió— y en este mundo tan antisemita ¿cómo sé que ustedes no eran los mismos neonazis que mataron a mi prima?

—Deje su delirio de persecución que no me interesa —espeté— usted está en este país y debe respetar a sus autoridades.

—¿Qué es lo que querían de mí?

—Según hemos averiguado —le dije— varias personas afirman que usted dejó la boda temprano, a eso de las doce. Apenas dos horas después de que se fue Judith. ¿Puede decirnos por qué y donde estuvo?

—¡Esto es increíble! —dijo notoriamente molesto— mi prima es violada y asesinada por un goim y ustedes vienen aquí a insultarme acusándome del crimen. —Luego escupió al suelo.

—Le hice una pregunta…

—Salí antes de la boda porque estaba cansado —nos dijo, con rostro de furia reprimida— y vine aquí con mi esposa.

—Necesitaremos alguna confirmación adicional a su esposa, don Ari.

—Tengan —dijo extrayendo una tarjeta de su bolsillo— pregúntenle al taxista que me trajo. Me dio su tarjeta. —Me lanzó la tarjeta a la cara. —Ya contesté sus preguntas, ahora déjeme largarme.

—No señor, mi compañera y yo presentaremos cargos, tendrá suerte si sólo lo expulsan del país, y con su actitud no me da muchas razones para ayudarle de ninguna forma.

Shimon dijo algunas palabras en hebreo que no entendí, así que me levanté y lo dejé solo con su abogado y con el representante consular.

—Buenos días Cortés —me dijo Córdoba el lunes cuando llegué a la oficina.

—Igual, Córdoba. ¿Cómo estuvo tu fin de semana?

—Agitado, con mucho movimiento de piernas —dijo y yo la miré boquiabierto— haciendo yoga y corriendo por La Sabana, mal pensado. Ni que fuera vos. No te pongás muy cómodo, que vamos de salida. La gente de Inteligencia Policial tiene algo para nosotros.

Como si el caso Rubinstein no estuviera ya suficientemente enredado, estaba por ponerse peor.

Rubén Gómez, compañero agente judicial de la Sección de Inteligencia Policial del OIJ nos recibió muy amablemente en sus oficinas.

—Córdoba, tan linda como siempre —dijo saludándole con un beso en la mejilla— ah, y Cortés, estás más flaco.

—Gracias, he estado haciendo ejercicio. No te veía desde el cumpleaños de Bermúdez.

—Cierto, hay que ir por unas birras un día de estos.

—Ah, claro, póngale fecha. Bueno, cuéntenos, que nos tiene.

—Investigamos distintas pandillas josefinas. Algunas típicas en realidad, chapulines y cosas así, otras un poco más… interesantes.

—¿Interesantes en qué sentido?

—Con contenido político e ideológico. Casi del tipo que investigaría la DIS si no fuera porque realizan actividades delictivas ordinarias más que realmente representar una amenaza al Estado. En pocas palabras; neonazis.

—Ya veo —murmuré. Nos sentamos y Gómez nos pasó algunos expedientes. Mostraban fotos de muchachillos entre quince y veinte años, casi todos muy flacos, con tatuajes y cabezas rapadas. Usaban tirantes y botas y la mayor parte parecían de origen humilde.

—Como les digo, ellos creen que son una poderosa fuerza revolucionaria que busca dar un golpe de estado contra el “gobierno sionista” —dijo entrecomillando con las manos— de Costa Rica, pero en la práctica no son amenaza ni para un síndico. Su impacto en la sociedad se limita a beber mucho, consumir droga, realizar algunos vandalismos y a violentas peleas callejeras, de ahí que les damos seguimiento acá en Inteligencia Policial. Califican más como pandilla que otra cosa. Hemos identificado tres grupos, algunos más activos que otros. Hay uno que se limita prácticamente a beber y leer Mein Kampf, los otros dos son más peligrosillos y se logró identificar varios delitos violentos.

—¿De qué tipo? —consultó Córdoba.

—Golpear indigentes y travestis, vandalizar comercios o bancos, principalmente las fachadas como tirar piedras a las ventanas y así. Especialmente si el comercio es, según ellos, de judíos. Nos preocupan más las guerras entre pandillas. Esta es la “pandilla rival” por así decirlo —dijo entregándonos otra carpeta con información similar— se les conoce como SHARPS, son skinhead antirracistas. Se odian a muerte. Algo parecido al problema que una vez tuvimos con las barras de futbol. Digamos, si los dos grupos se encuentran se agarran a golpes, y si un grupo encuentra a un individuo del otro grupo… pues no le va bien.

“El caso, para lo que les atañe a ustedes dos, es que hemos estado monitoreando las actividades de uno de estos grupúsculos, llamado “La Legión Aria”, nombre bastante irónico si consideramos que todos son cholos latinos. Muchos de sus vandalismos y asaltos violentos se realizaron por el área donde fue asesinada Judith Rubinstein. Incluso dos días antes grupos de uniformados nos reportaron vandalismos en vía pública por parte de miembros de esta pandilla.

—¿Creen que ellos serían capaces de esto? —pregunté— de introducirse a una casa para violar y matar a una muchacha sólo por ser judía?

—Capaces, sí, sin duda —reconoció Gómez.

—Pero no se encontraron evidencias de que la entrada fuera forzada —añadió Córdoba— aunque bueno… —se respondió a sí misma— pudieron haber saltado la reja.

—Necesitaremos toda la información posible sobre este grupo, compañero.

—Con mucho gusto —nos dijo Gómez y se dirigió a sacar fotocopias de los documentos.

Córdoba y yo observamos a los skinheads de lejos, mientras tratábamos de medirlos y perfilarlos apropiadamente antes de ir a hablar con ellos. Se reunían en un parque de Heredia, eran unos veinte con edades comprendidas entre los diecisiete y los veinticuatro años, uno que otro vestía ropa pseudo—militar como pantalones de fatiga, estampados con camuflaje militar, botas, anteojos oscuros, etc. Algunos tenían tatuajes, todos tenían la cabeza rapada y muchos eran extremadamente flacos. Lo más llamativo era lo poco “arios” que se veían; todos de tez morena y rasgos hispanos clásicos, incluso con rostros achinados o narices chatas. ¡En fin!

—El taxista recuerda haber llevado a Shimon y a su esposa a Los Yoses a la hora que él dijo —le informé a Córdoba mientras colgaba mi celular. —Creo que Shimon no la mató.

—Igual pudo haber dejado a la esposa y tomado otro taxi y llegado a la casa de los Rubinstein antes de la una —me aseguró Córdoba sin dejar de ver a los nazis a través de la ventanilla.

—Pues sí… o quizás fueron estos estúpidos.

—¿Qué tan loco hay que ser para ser uno de ellos? —preguntó Córdoba entre sorbos de un café contenido por un vaso plástico.

—El racismo no es nada nuevo en este país. Ellos lo llevan al extremo, pero en realidad Costa Rica es un país racista. Además, míralos, la mayoría no parece haber terminado la secundaria, muchos vienen de hogares muy pobres y conflictivos. Esa estupidez de nazi tropical es una forma de canalizar el odio y el resentimiento que le tienen a un sistema que les falló. Una forma por demás idiota y destructiva.

—¿Y qué me dices tú, Cortés? ¿Sos racista? —me preguntó dejando de ver a los skins y mirándome de frente, aunque sabía que lo preguntaba en son de broma.

—Sabes bien que no. No discrimino de razas. Me acuesto por igual con mujeres blancas, negras, chinas...

Córdoba se rio y empezó a negar con la cabeza en una jovial reprobación.

Habíamos decidido ir a hablarles, cuando al lugar llegó un automóvil de lujo, estacionó en una esquina del parque y de él se bajó un sujeto que reconocí de inmediato: Alfredo “Connor” Brenner.

Córdoba lo reconoció también así que nos volvimos a ver, y decidimos esperar más y ella comenzó a tomar fotografías sin flash. “Connor” saludó a cada uno de ellos, e incluso les respondió con el saludo nazi tras golpearse el pecho, como lo hacían ellos. Habló animadamente con los skins por largo rato, luego les pasó unos libros y rollos de billetes en generosa cantidad, tras lo cual se subió a su vehículo y se fue.

—Siempre habíamos sospechado de que los Brenner le estaban dando apoyo logístico a La Legión Aria —nos dijo Gómez por teléfono. —El abuelo luchó en el ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial, el padre perteneció a diversos grupos anticomunistas entre los años sesentas y ochentas.

—Nos hubieras dicho antes… —reclamé.

—¿Y cómo iba yo a saber que una mujer judía iba a ser pareja de un nazi?

—Cierto. Nos tomó a todos por sorpresa.

—Les dejo ese rollo a ustedes. Adiós —colgó.

—La forma última de rebeldía —adujo Córdoba pensativa— de rechazo a sus padres y de distanciamiento con su familia. Una forma de escupir contra toda su herencia cultural y sus antepasados.

—Quizás, o quizás fue algo más simple —teoricé— más que una forma extrema de transgresión pudo ser un romance que la excitaba por la emoción y la adrenalina; acostarse con un nazi sabiendo que si descubre su origen étnico la matará.

—Como probablemente sucedió. Si Brenner se dio cuenta de la judeidad de Judith…

—Sí… la reacción pudo ser… letal…

La fiesta de cumpleaños de Cruz se realizó en su apartamento en San Pedro. Era un lugar sencillo pero espacioso y tenía patio, en donde nos pusimos a asar carne. Algo de música trova de la preferida de Cruz amenizaba el ambiente. Había estado muchas veces en su apartamento y siempre me llamó la atención lo meticulosa que era ella con los detalles. Además le gustaban los gatos así que —además de tener uno real— Cruz había decorado las paredes con fotos de gatos y con adornos de distintos estilos colocados sobre repisas. Tenía también una alfombra persa, un buen equipo de sonido y unos cuadros muy bonitos de acuarelas en la sala.

Mi cita para esa noche se llamaba Gabriela Loría y era una relativamente conocida presentadora de programas de televisión, principalmente programas juveniles de música. Una joven sonriente, de cabello negro rizado y una personalidad alegre y simpática, si bien era indudablemente en su físico donde tenía su mayor virtud. Había llegado vestida con un provocativo traje rojo que resaltaba su privilegiada figura. Muchos de mis compañeros la reconocieron y le hacían preguntas del mundo de la “farándula” tica, al tiempo que ella parecía fascinada con el tema judicial, si bien casi todos sus referentes consistían en el programa CSI.

Cruz misma estaba bastante bonita ese día, y muy animada. Se había emperifollado bien con una minifalda y una blusa sin mangas, y estaba muy maquillada y perfumada. Me recibió con su usual calidez y saludó a Gabriela sonriente y luego, cuando Gabriela no la vio, me guiñó el ojo y me hizo con los dedos el signo de “excelente”.

Estaban presentes casi todos los amigos del OIJ, incluyendo Hernández que reposaba pesadamente en el sillón principal hablando con Bermúdez. No muy lejos reconocí a Mariela, una de mis ex conquistas con quien no terminaron muy bien las cosas, y es probable que por eso me lanzaba miradas bastante agresivas. Sobra decir que no le agradaba para nada mi cita de ese día. Conversaba con Rocío Martínez, compañera de la sección de Delitos Sexuales y amiga mía, quien al verme sonrió y me saludó con un beso en la mejilla. Más de una vez le había ayudado en uno que otro caso y nos llevábamos muy bien.

—¡Lobito! ¿Cómo has estado?

—Todo bien, Ro. Tanto tiempo.

—Sí, verdad. ¿Venís solo?

—No, no, estoy acompañado por esa muchacha de allá… la que está hablando con Antony —dije señalando hacia la cocina donde el asistente de Medicatura parecía fascinado con haber conocido a mi cita.

Tras intercambiar algunas palabras con Rocío, me le aproximé a Gabriela —en parte porque me hizo señas con un gesto facial como diciendo “rescátame” — así que me la acerqué y le abracé por la cintura.

—Hola, Lobo —dijo él— le estaba contando a Gaby las cosas tan extrañas que hemos encontrado dentro de uno que otro cadáver. Como aquella ocasión en que encontramos una bota dentro del recto de un…

—¡Fascinante! —interrumpí— y perdonen que los interrumpa, pero ¿Gabriela, querés algo de tomar?

—Sí, voy por algo —dijo ella aprovechando para escaparse— ¿te traigo un ron, mi amor?

—Por favor —respondí— y algo de carne asada, que ya hay.

—¡Que guapura! —me dijo Antony mientras chequeaba el trasero de Gabriela al dirigirse al patio. —¡Como te envidio, Lobo!

—No es para tanto, Antony —le dije dándole un manotazo amistoso en la espalda. —Cualquier hombre podría hacer lo mismo que yo hago. Es cuestión de conocer bien la psicología femenina, y saber que de decir, cuando y como decirlo y, especialmente, saber que no decir.

—Pues yo en eso de las mujeres soy bien salado —aseguró con tristeza— no pego una. Hace años que no tengo novia y no me sale ni la Llorona… a veces pierdo la esperanza…

—No seas negativo, hombre —animé— estoy seguro que hay alguien apropiado para vos esperando encontrarte —culminé diciendo, aunque la frase me sonó tremendamente cliché a mí mismo. —Debe haber alguna chica en el mundo que le gusten las anécdotas que tienen que ver con cadáveres y autopsias.

La noche terminó como era de esperarse. Los invitados se fueron uno a uno. Gabriela y yo fuimos los penúltimos en despedirnos de Cruz quien se quedó a solar con un compañero de Homicidios que siempre le ha gustado. No supe si pasó a más esa noche pero, si así fue, tarde o temprano lo sabré porque Cruz y yo nos contamos todo. Yo fui a mi casa a hacer el amor con Gabriela y ya estaba amaneciendo para cuando cerré los ojos después del último orgasmo, cayendo rendido a la par de ella.

¡Diablos! Fue un buen fin de semana.

Teníamos suficiente como para pedir una orden de allanamiento, y efectivamente un juez la expidió. Entramos a la mansión donde vivía Brenner junto a sus padres y hermana, y encontramos en su habitación una enorme bandera roja con la esvástica; la bandera del Tercer Reich Alemán, colgando en vez de la cortina al lado de la cama. Había también una extensa biblioteca repleta de tratados de filosofía, política y ocultismo, mucho de la cual era material antisemita que incluía El Judío Internacional de Henry Ford, Los protocolos de los sabios de Sión y, claro está, Mein Kampf, junto a volúmenes de Nietzsche, Schopenhauer, Heidegger, Julius Evola y otros tantos filósofos por el estilo. Pero una pieza clave de evidencia que encontramos fue el suéter que Córdoba había avistado en su carro y que se asemejaba mucho al descrito por el guarda. Alfredo fue sacado en esposas de la casa y llevado en una patrulla hasta los Tribunales donde se pediría prisión preventiva.

Esa tarde, él y su abogado pidieron reunirse con nosotros, así que accedimos. No es usual que un acusado acepte declarar voluntariamente.

—Están totalmente equivocados si piensan que yo maté a Judith —nos dijo— yo la amaba. Estaba enamorado de ella… además, ella estaba embarazada de mí.

—¿Quiere decir que si analizamos su ADN con el del semen encontrado en la víctima —pregunté— descubriremos que coincide?

Brenner intercambió cuchicheos con su abogado.

—Sí —confesó—, Judith y yo tuvimos relaciones muchas veces.

—Eso lo sabemos —expliqué— pero supongo que cuando un nazi como usted se dio cuenta que ella era judía, no pudo soportar esa verdad.

—¿Qué le hace pensar que no lo supe desde siempre? Cogíamos a menudo en mi cuarto. A ella le gustaba que la cogiera de perrito para tener la cara frente a la bandera porque decía que le excitaba.

—Pero ¿por qué usted, siendo de ideología nazi, tenía sexo con una judía?

Brenner descartó con la mano.

—Cuando era más joven me encantaba el nacionalsocialismo y la historia de Hitler y el Tercer Reich, y en esa época decía que era nacionalsocialista. Pero con el tiempo me fui alejando de eso. Sólo me llama la atención la filosofía nietzscheana, el ocultismo alemán y la música Viking Folk, ese tipo de cosas, pero ya no creo en eso de superioridad racial.

—Lo vimos reunirse con neonazis en el Parque de Heredia. Les dio dinero…

—Son viejos compas a los que les llevo libros y cosas así. Ellos saben que estoy alejado de todo eso. Encuentro ridículo ver a un montón de cholitos jugando de nazis, al menos mi familia es austriaca… pero les sigo la corriente porque a veces les compro droga, como marihuana y a lo mucho y muy de vez en cuando, perico, eso es todo. Me la dejan más barata por ser “camarada”. Judith sabía todo eso, y no le importaba. Yo me enamoré de ella y pensaba dejar completamente esa nota… por ella.

Lo miré fijamente. Parecía estar diciendo la verdad.

—¿Fue usted quien estuvo ese día en casa de ella?

—Sí. Ella llegó poco después de las diez. Me había llamado antes de dejar la boda para que nos viéramos ahí y la esperé en el portón. Tuvimos sexo y después una fuerte pelea.

—¿Por qué pelearon? —pregunté.

—Lo usual, su amistad con Patricia y como me molestaba. Me fui de ahí como a las once y media. Si supiera quién mató a Judith… —dijo ya soltando algunas lágrimas— yo mismo lo mataría…

—Asumamos que no fue usted —le dije— ¿cómo cree que habrían reaccionado sus amigos morenazis si se hubieran enterado que usted los iba a traicionar e iba a abandonar el “movimiento” por una judía?

Brener pensó por largo rato.

—La hubieran matado —confesó.

Nos despedimos de él asegurándole que su cooperación le ayudaría a demostrar su inocencia.

—Las huellas digitales de Brenner no coinciden con las encontradas en las piedras —me dijo Córdoba en la mañana del día siguiente.

—¡Jueputa sal! —no pude evitar exclamar eso.

—Entonces Brenner no mató a Judith —dijo Córdoba desanimada. —Supongo que nos dijo la verdad.

—Este caso es un maldito atolladero. Nunca había visto tantos sospechosos juntos —aduje genuinamente frustrado y frotándome los ojos frente al computador.

—Tal vez no —respondió Córdoba, pensativa mirando las fotos del crimen. —¿No notas algo inusual? —dijo enseñándome una de las fotos y señalando con el dedo—. Si usaron estas piedras para matarla, quien fuera tenía las manos muy pequeñas. O si no ¿por qué no usar piedras más grandes?

Entonces me di cuenta lo que quiso decir.

—Dame un toque, debo hacer una llamada… —dije marcando el número de Bermúdez—. Perdoná que te moleste fuera de horas laborales, Bermúdez, ¿recordás el caso de Judith Rubinstein?

—Por supuesto —respondió el médico del otro lado.

—Las piedras usadas para matarla ¿se usaron en igual proporción o una se usó más que otra?

—Una en particular tenía más sangre que las otras. Hasta podría ser que simplemente su cuerpo cayó sobre las otras piedras pero una en particular se utilizó para quebrarle el cráneo.

—¿De qué tamaño era más o menos?

Bermúdez me dio el diámetro en centímetros el cual calculé con la distancia entre mi dedo pulgar e índice.

—Creo saber quién y por qué mató a Judith Rubinstein —murmuré. —Necesitamos un análisis especial al cabello encontrado en el cuerpo.

—Claro, mañana mismo. ¿Qué debo buscar?

Se sorprendió cuando se lo dije…

Llegamos a la casa de los Rubinstein con una orden de allanamiento para incautar la ropa usada por Esther el día del homicidio. Era bastante duro causarle más dolor a esa familia.

—Pero ¿por qué necesitan la ropa de mi hija? —preguntó angustiada doña Dora, a su lado estaban su esposo don Isaac y su hija menor.

—Según los exámenes de ADN —respondí— el cabello encontrado en el cuerpo de Judith pertenecía a una de sus hermanas.

—¿Y? —preguntó don Isaac con el ceño fruncido— hay mil formas de cómo un pelo de una hermana terminé sobre otra, especialmente si viven juntas.

—Es un tema de rutina —dije— analizaremos la ropa de Esther de ese día a ver si tiene sangre.

—Pero ya la hemos lavado —dijo doña Dora— con detergente y jabón.

—No importa. Es muy difícil eliminar las manchas de sangre de la ropa, aún después de lavada —expliqué— los forenses la descubren todo el tiempo.

Tomé las prendas en mis manos. Esther estaba claramente nerviosa. En cuanto me vio introducir la ropa en una bolsa plástica se cubrió el rostro con las manos en un gesto atormentado. Luego se sentó en el sillón más cercano.

—Esther —le dije sentándome a su lado— si encontramos más evidencias podríamos venir y tomarte tus huellas digitales y luego compararlas con las encontradas en las piedras. Si tienes algo que decir, será mejor que lo digás ahora…

—Por años la vi con él —dijo ya con lagrimones saliendo de sus ojos—, con Brenner. No importa cuántas veces me le acerqué… cuantas veces le declaré mi amor… nunca quiso nada… siempre la misma respuesta “no me gustan las güilas”. —Esther ya estaba llorando abiertamente y trataba de secarse las mejillas con las manos mientras sus boquiabiertos padres la miraban atónitos. —Dios… muchas veces los escuché cogiendo en su cuarto cuando nuestros papás no estaban… sentía tanta envidia. Ese día… después de pelear con él… la encaré, le dije que era una tonta, que no debía dejarlo ir. Entonces me insultó —aquí su semblante cambió, tornándose más oscuro y lleno de rabia— me dijo; “cagada estúpida, yo podría tener cualquier hombre, ¿qué le van a ver a una mocosa como usted? Vaya juegue con sus muñecas que ese hombre es mío para que yo lo tenga a mi antojo”. Entonces sentí tanta chicha… tanta… la empujé… cayó sobre las piedras del jardín y se lastimó mucho. Empezó a insultarme más, aún más furiosa, así que me arrodillé y le empecé a pegar con una piedra. No quería matarla… sólo… no me pude controlar. Para cuando se me pasó la cólera ya estaba muerta.

Los uniformados se llevaron a Esther en una patrulla dejando a sus consternados y llorosos padres atrás. El equipo forense incautó la ropa que usó el día del homicidio y que, como en efecto se comprobó luego, a pesar de haber sido lavada todavía tenía rastros de sangre. Sus huellas digitales también se confirmaron con las encontradas en la improvisada arma homicida. El juicio sería simple pues las evidencias eran abrumadoras, aunque por su estado de ánimo y por ser menor de edad es probable que Esther Rubinstein salga de prisión antes de los treinta años.

—Al final —me dijo a Córdoba mientras terminábamos el papeleo— Judith Rubinstein no murió por alguna importante y filosófica razón racial, religiosa o política. Fue un simple asesinato pasional por celos. Por un hombre…

—¿Crees que eso hizo su muerte menos significativa?

—Quizás sí, quizás esperaba una motivación más romántica. Que dejara alguna enseñanza moral en contra del odio y la intolerancia.

—No sé —dije mientras apagaba la luz de la oficina y salíamos rumbo a nuestros hogares— para mí, que soy ateo, morir por cosas inventadas como las fronteras, las razas o las religiones es tan estúpido como morir por culpa de una adolescente enamorada. O quizás más…