IV

El cuerpo del diputado Miguel Robles Pronti fue encontrado en condiciones por demás inusuales en su lujosa mansión ubicada en un barrio de clase alta de Santa Ana. Quizás lo más controversial fue el hecho de que fuese encontrado enteramente desnudo al lado del de un hombre joven en igual situación, tanto de desnudez como de muerte. Robles yacía sobre el piso alfombrado de la sala con un cuchillo enterrado en el pecho y un charco de sangre coagulada empapando la alfombra, y el otro joven se encontraba atado al techo en una extraña posición erótica con los brazos amarrados en la espalda, suspendido en el aire con una intrincada red de cuerdas anudadas de distintas formas a lo largo de su cuerpo. La causa de su muerte había sido la asfixia por ahorcamiento.

Ambos fueron encontrados por la empleada doméstica en la mañana del lunes tras un fin de semana largo en que el diputado se había quedado solo. Para cuando Córdoba y yo llegamos al lugar eran visibles ya desde hace rato las luces intermitentes de las patrullas y la cerca policial que atraía la atención de los curiosos. Dentro, además del equipo forense, se encontraba la esposa del occiso llorosa y afectada sobre una silla en el comedor aledaño. Estaba recibiendo apoyo por parte de un uniformado que le llevó un vaso de agua y la que claramente era su hija (por el parecido facial), una muchacha joven y de pelo largo en sus tardíos veinte. Cerca de la joven se encontraba un hombre de edad parecida y aspecto fornido como el de los que acostumbran ir con frecuencia a los gimnasios, que vestía con camisa de manga larga y constantemente abrazaba a la muchacha o le tomaba de la mano.

—La víctima de menos edad ha sido identificado como Kevin Salas Zamora —nos dijo el comandante Núñez, jefe de los uniformados allí presentes—, de 23 años, vecino de Hatillo. No tenía registro alguno de roces con la ley. Encontramos en su celular varias fotografías de él y Robles juntos que tienen bastante antigüedad, así como mensajes de Whatsapp donde establecen claramente que sostenían una relación y que tenían esto planificado —dijo enseñándome el aparato en cuestión.

—Pues lo tenía bastante calladito —mencioné—, nunca escuché rumores de que el diputado Robles fuera gay. A diferencia de otros padres de la patria cuya sexualidad es un secreto a voces. Todo parece indicar que toda esta práctica era consensual —argumenté mientras señalaba con las manos toda aquella extraña escena sadomasoquista.

—Se llama shibari —aclaró Córdoba, y como el comandante Núñez la interrogó con la mirada como si no entendiera a que se refería, agregó; —Eso, de amarrar a la pareja con esos nudos tan complejos. Un arte erótico japonés. ¿Será un caso típico de una esposa que encuentra al marido con su amante y lo mata? —inquirió Córdoba.

—Pues hay que iniciar por la hipótesis más lógica. Entrevistemos a la viuda.

Gloria Alpízar Borbón era la esposa del recién fallecido. La encontramos en el comedor y parecía afectada, aunque no mostraba llanto tampoco, solamente estrés y preocupación. La entrevisté yo mientras Córdoba se llevaba a la hija a hablar en otro lado.

—Imagino que debe haber sido impresionante para usted descubrir así a su esposo —observé.

—Sí, don David, pero no por las razones que usted piensa —respondió con tono cansado mientras se quitaba las manos de la cara. —Siempre he sabido que mi esposo era homosexual. Lo supe desde mucho antes que nos casáramos, agente. Nuestro matrimonio era por conveniencia, él requería una fachada para preservar su carrera política. Eran otros tiempos, quizás ahora no hubiera sido tan necesario…

—Pero tuvieron hijos… ¿son de él?

—Sí, mis hijos son de él. De alguna manera, mi marido se las agenciaba para de vez en cuando sostener relaciones, pero por supuesto, me daba ciertas libertades que no se dan en un matrimonio normal, de forma similar a como yo le daba a él las suyas. No sentía celos de ningún tipo al saber de sus amantes, la única regla era la discreción. Pensará que soy fría, pero creo que podrá ver las ventajas del arreglo —adujo señalando hacia la casa en que nos encontrábamos con ambos brazos. —Lo que no sabía era… bueno… esos gustos fetichistas que tenía. Nunca me los mencionó.

—Él se había quedado solo en el fin de semana ¿por qué?

—Mis hijos ya no viven con nosotros y yo estaba en un viaje de negocios en Panamá. Era lógico que aprovechara.

—¿Sus hijos también sabían sobre la sexualidad?

—Nunca tocamos el tema abiertamente, pero no creo que puedan ser tan ingenuos, Agente.

—¿Quiénes tienen las llaves de la casa?

—Mis hijos, la sirvienta y yo.

Mientras eso sucedía, Córdoba entrevistó en la cocina a la hija; Marlene Robles Alpízar, abogada, regidora de la Municipalidad de Santa Ana y, según se rumoreaba, futura diputada. Estaba acompañada de quien identificó como su novio de varios años Asdrúbal Cordero. Parecía mucho más afectada que la madre y se derrumbó al ser entrevistada por Córdoba soltando el llanto. Córdoba le consoló con palmaditas en la espalda y dándole algunas toallas húmedas que estaban sobre el desayunador.

—¿Conocía de la sexualidad de su padre? —le preguntó Córdoba, como pude luego escuchar en el audio que tuvo la precaución de grabar.

—Sí, desde mi adolescencia —respondió moqueando. —A mí no me importaba para nada, siempre he sido una persona liberal. ¿Quién pudo hacerle esto tan terrible a papi? Siempre fue tan bueno…

—¿Algún enemigo que usted conozca?

—En política se hacen muchos enemigos. Papi había denunciado a varias figuras del gobierno siendo diputado de la oposición. También hizo una buena labor en la Comisión de Narcotráfico. ¡Esto es tan triste! ¿Y en estos momentos?

—¿Cuáles momentos?

—Marlene y yo estamos por casarnos en dos meses —le explicó el novio. —Sé que don Miguel habría estado muy contento en la boda. Era un suegro excepcional.

Marlene rompió en llanto y Córdoba terminó la entrevista.

A la escena del crimen llegó un hombre joven vestido con camisa y corbata, bien peinado y afeitado, cuyos rasgos no dejaban duda de que era hijo de Robles. Le acompañaba una mujer rubia de buen ver. Al observar los cuerpos que estaban ya siendo introducidos en las bolsas negras de Medicatura Forense se mostró muy ofuscado.

—¡Padre Celestial! —exclamó—, ten piedad de mi papá.

—Usted debe ser hijo de la víctima —le pregunté al acercármele. —Soy David Lobo, investigador del Organismo de Investigación Judicial.

—Julián Robles —explicó—, me conocen como el Pastor Julián, soy pastor de la Iglesia Fuente de Vida en Pavas. Ella es mi esposa, Heidy.

Tras ser puesto en autos sobre las inusuales circunstancias alrededor de estas muertes, le pregunté.

—¿Conocía de las preferencias de su padre?

—En absoluto, me toman tan por sorpresa como a usted.

—Imagino que no aprueba ese estilo de vida.

—Sólo le diré que espero sinceramente que mi padre se haya arrepentido en Cristo antes de morir. Pero sé que Dios es misericordioso y perdona los pecados de quien se arrepiente a tiempo. Ahora, si me disculpa, quisiera poder ir a hablar con mi madre y hermana.

Le permití irse. El pastor Robles se dirigió de inmediato a abrazar a las mencionadas, y luego las tomó de las manos y dirigió una oración que fue recibida con gesto de hastío por parte de la hija mayor y con apatía por la madre.

Al día siguiente estábamos ya desde la mañana en la oficina preparándonos para un día de investigaciones.

—Al parecer el amante joven, Kevin Salas, era abiertamente homosexual —explicó Córdoba mientras revisaba la computadora y tomaba café mañanero. —Además de entusiasta de actividades “New Age” según he podido averiguar en sus redes sociales y con algunas llamadas a sus familiares. E incluso… bueno…

—¿Sí?

—Bueno, parece que pertenecía a un grupo de estudiosos del fenómeno OVNI y hasta aseguraba haber sido “contactado”.

—¿Contactado por aliens?

—Exacto.

—¡Vaya! ¿Y qué se sabe de Robles?

—Averigüé que tenía cierta participación dentro de grupos sadomasoquistas organizados que se reúnen con cierta frecuencia a hacer fiestas privadas. Creo que será prudente investigarlos.

—¿Prejuicios hacia la comunidad BDSM?

—No, pero no se puede descartar.

—Concuerdo, aun así no creo que debamos saltar a conclusiones.

—OK ¿y qué sugieres?

—Hay muchas posibilidades. Sabemos que alguien apuñaló a Robles en el corazón y luego estranguló a Salas con una de las cuerdas con que estaba atado. Lo cual es evidencia de un sentimiento de profunda furia.

—¿Y por qué no matar a Salas con el cuchillo también?

—Quizás porque el asesino no quiso sacarlo del pecho de Robles o simplemente, enloquecido por la ira, pensó que era más apropiado ahorcar a Salas con las cuerdas de su mismo juego sexual. Tampoco encontraron huellas digitales de nadie que no sean las víctimas. Ahora bien, de acuerdo con los informes sobre la escena del crimen la casa estaba completamente cerrada cuando la sirvienta, que tiene llaves, los encontró. Eso quiere decir que quien sea que los mató también tenía llaves, lo que reduce considerablemente la cantidad de sospechosos ¿no creés?

—No necesariamente. Pudo ser alguien con la astucia de salir de la casa por alguna ventana o algo similar. ¿Viste el lugar? Es enorme.

—A propósito, existen cámaras de seguridad en la propiedad, pero estaban todas apagadas. Según la empresa de seguridad era una práctica común por parte del diputado cuando se quedaba “solo”. Creo que sabemos el por qué.

—Sí… lo que no ayuda en nada a resolver el caso. Si fue alguien de la familia ¿por qué lo harían? ¿Cuál sería la motivación?

—El pastor pudo haberlos encontrado al llegar sorpresivamente a visitar a su padre. Ver al padre en una escena así para alguien tan conservador y religioso pudo haberle causado un ataque de ira enloquecida.

—Bueno, eso no es todo —aseguró Córdoba leyendo varios documentos en su computadora. —Es claro que padre e hijo no se llevaban bien. La hija, Marlene, había sido recientemente nombrada socia de todas las empresas del padre, y además era la heredera de la casa y de la mayoría de las propiedades. El testamento de Robles le dejaba algunas pocas cosas a su hijo Julián, pero era Marlene la gran beneficiada con su muerte.

—Interesante… ¿pero será suficiente móvil para matar al papá?

—De ella quizás no pero ¿del novio? Pudo quitarle las llaves a Marlene sin que ella se diera cuenta.

—Podría ser. Investiguemos a ambos. Pero primero, lo primero.

Llegamos a un bar que me era conocido; el Club 69.

El Club 69 era un lugar donde se reunía a menudo la comunidad organizada de entusiastas del BDSM. Tras parquear nuestro vehículo a las afueras, ya de noche, tocamos la puerta que se encontraba cerrada y alguien abrió una pequeña escotilla rectangular desde la cual sólo se le veían sus ojos.

—Contraseña —dijo el sujeto.

—¿Contraseña? —pregunté.

—Es una fiesta privada. Si no tiene contraseña no puede pasar.

—¿Qué tal; somos agentes del OIJ? —dije mostrándole mi identificación. El sujeto cerró la escotilla y nos abrió de inmediato. Era un tipo alto y vestido como una especie de gladiador steampunk.

—No estamos haciendo nada ilegal —se curó en salud.

—No he dicho que lo estén haciendo —expliqué. —Sólo venimos a hacer algunas preguntas debido al deceso de uno de sus miembros.

—Pasen —nos invitó. Entre la puerta principal y el salón donde se realizaba el evento había un pasillo muy mal iluminado y una cortina que servía de puerta. Una vez atravesada vimos el interior del local donde se encontraban las mesas para la clientela y la barra del bar. En su interior pudimos ver una “colorida” clientela de partícipes del fetichismo. Algunos usaban máscaras de gas y vestimenta gótica o “cybergótica”, había un tipo gordo y rapado con pantalón de látex y tirantes que se encontraba arrodillado al lado de una potente dominatriz, bastante atractiva, ataviada con una corsé ajustado y altas botas que el sujeto gordo lamía ante sus órdenes acompañadas del azote en su firme mano derecha, otro sujeto que tenía dos muchachas jóvenes y con poca ropa sostenidas desde cadenas que colgaban de los collares de perro en sus bellos cuellos, una mujer atada de pies y manos a una especie de equis gigante y con una mordaza roja en la boca y un largo etcétera.

—Hola, hace tiempo no te veía —dijo una muchacha sonriente desde la barra. Sin duda una de las organizadoras del evento. Tenía el cabello rizado teñido de rojo y los labios pintados de negro, y usaba una ropa fetichista aunque un poco más discreta que la de muchos ahí.

—Estééé… —respondí por reflejo—, disculpá, no recuerdo tu nombre.

—Ah disculpe —dijo con una sonrisa blanca que le producía hoyuelos en las mejillas— me refería a Rosa. ¿Cómo estás?

—Rebeca, tanto tiempo sin verte —expresó Córdoba para mi sorpresa y ambas se saludaron con un beso en el cachete y un leve abrazo. Miré a Córdoba algo sorprendido.

—¿Qué? —me reclamó— no sos el único con una vida interesante.

Pues tenía razón.

—¿Qué te trae por acá, Marce? —preguntó Rebeca. —¿Y este caballero es tu nuevo Amo?

—No, no, sólo somos compañeros —se apuró a decir Córdoba—, tristemente vengo por motivos de trabajo y no de placer. ¿Conocías a este señor? —dijo mostrándole una foto del diputado.

—Ah, sí, don Miguel —asintió ella—, escuché de su muerte. Una pena.

—Entonces sí venía a las reuniones. Yo nunca lo vi.

—Dejó de venir cuando quedó electo diputado, por razones obvias. Pero no sé mucho sobre él, sólo lo conocía de vista. Como sabés, la gente acá es muy discreta respecto a la vida de los demás.

—¿Sabés de alguien que nos pueda dar más información sobre él?

—Sí… creo que su último sumiso está allá.

En una esquina se encontraba un muchacho joven atado a un artilugio similar a uno de esos artefactos en el que entrenan los gimnastas. Tenía una mordaza en la boca y las extremidades atadas a las patas del caballito. A su lado un transgénero gigantesco como de dos metros con los labios pintados de púrpura oscuro y una larga cabellera lacio de color rojo (probablemente una peluca) le golpeaba las posaderas con una paleta enorme.

—No me diga que van a… —empecé a preguntar…

—El spanking es permitido, sí —explicó Rebeca.

—No quiero imaginar lo que sobreviene después… —dije.

—Bueno, no permitimos relaciones sexuales en nuestras reuniones —continuó la anfitriona—, solo “juegos”.

—¿Y cómo hablamos con él si tiene la boca… llena? —preguntó Córdoba.

—Él no es el sumiso, es el de la paleta —explicó Rebeca—, don Miguel era switch.

Llegamos hasta donde el travesti se preparaba para apalear al sujeto y le preguntamos su nombre;

—Raúl López Aranjuez —respondió con voz masculina—, pero me conocen como Roxana.

—¿Tuvo una relación con Miguel Robles? —pregunté.

—Sí, durante dos años —aseguró— ¿no les molesta si procedo, cierto?

—Adelante —dije y comenzó a golpear la paleta contra los glúteos del sumiso cuyos quejidos se filtraban por entre la mordaza. —Espero que no le moleste la pregunta pero… pensé que Robles era homosexual y…

—¿Y por qué le interesaría un trans como yo? —concluyó Roxana—, sólo me visto así para estos eventos, el resto del tiempo soy un gay cualquiera, joven como a él le gustan. Aunque aún conmigo requería cierta ayuda farmacológica ¿si me entienden? Imagino que era la edad, o quizás los problemas de salud ya que estaba algo pasado de peso.

—¿Y las prácticas de ataduras eran comunes en su relación? —pregunté.

—Sí, yo le enseñé todo sobre bondage y shibari —respondió—, que supongo ya saben qué es. También le gustaba la asfixiofilia, el quemar la piel con cera de candelas y las cortaduras en la piel —dijo mostrándonos una serie de cicatrices que Robles le había dejado en un costado. —Se siente deliciosa esa mezcla de dolor y placer —aseguró como saboreando— pero nada grave, todo se hacía con seguridad y como parte de un juego. En realidad la pasábamos muy bien, hasta que me terminó por esa loca de Kevin.

—Asumo que su rompimiento no fue pacífico —consulté mientras los gemidos del apaleado continuaban interrumpiendo la conversación.

—No, no lo fue. Le entregué los mejores años de mi vida y me abandonó por alguien más joven. ¿Cómo cree que me sentí? —luego pareció meditar mejor sus palabras. —Pero lo perdoné, y jamás lastimaría ni a una mosca. —Al decir esto observé la tunda que le daba al joven, así que agregó: —ya sabe, salvo que sea lo que les gusta. Si quiere experimentarlo alguna vez, hágamelo saber, guapo —añadió guiñando un ojo.

—Gracias —aseguré. Luego le pregunté donde estuvo la noche del homicidio.

—En el bar La Avispa junto a otros muchos amigos que me vieron y pueden dar fe de ello. Subí las fotos al Face por si las quiere ver.

—No gracias, es suficiente —aduje guardando la libreta de apuntes en el bolsillo interno de mi gabardina. Luego observé el caballito gimnástico BDSM. —Interesante este aparato ¿dónde lo compró?