V
El domingo llegamos a eso del mediodía a La Sabana donde se realizaba una reunión del Círculo Antares, un pintoresco grupo de entusiastas del fenómeno OVNI. Se trataba de una colección de hombres y mujeres, la mayoría jóvenes veinteañeros de aspecto hippie, aunque al menos uno de ellos era un sujeto de edad madura con barba de candado y una boina que hablaba con acento español y al parecer era un “reconocido experto” sobre el tema OVNI.
—Ah sí, lamentamos mucho la muerte de Kevin —nos dijo Carolina Alfaro, la coordinadora del grupo o, como ellos la llamaban, el Enlace, era una muchacha de cabello teñido de púrpura con muchos aretes, pulseras y ropas coloridas. Tenía rostro bonito pero estaba algo pasada de libras. —Kevin era un contactado ¿sabía?
—Con eso imagino que quiere decir que lo contactaron extraterrestres, ¿no? —pregunté.
—Pleyadianos, para ser más exactos —me aclaró—, también conocidos como nórdicos, son altos, rubios, de ojos azules, sumamente espirituales. Quieren lo mejor para este mundo. Son nuestros hermanos mayores ¿sabe?
—¿Sabía de la relación de él con el diputado Robles? —intervino Córdoba.
—Sí, muchos lo sabíamos, porque él estaba muy enamorado de él. Siempre pasaba hablando de lo feliz que estaba. Claro, guardábamos el secreto porque sabíamos que había que tener discreción. Pero acá estamos acostumbrados a guardar secretos.
—¿Qué tipo de secretos? —indagué.
—Pues de contactos, por supuesto ¿usted cree que los gobiernos del mundo no buscan ocultar la verdad sobre todos estos encuentros? Ellos quieren causar daño y dolor porque están bajo el control de los reptilianos, una raza extraterrestre maligna enemiga de los pleyadianos que gobierna la mayoría de países.
—Ya veo —comenté. —¿Cree que ese… contacto… tuvo que ver con su muerte?
—Pudieron haber sido Hombres de Negro.
—¿Will Smith y Tommy Lee Jones? —preguntó Córdoba.
—No, los de la vida real —aclaró Carolina— ellos buscan acallar a los que quieren hacer públicos sus secretos. —Luego nos vio como con gesto sospechoso— es más ¿cómo sé que ustedes no son Hombres de Negro?
—Bueno, para empezar porque queremos descubrir quién mató a Kevin y llevarlo a la justicia.
—¿Creen en los OVNIS? —nos preguntó Carolina más alegremente.
—Eh… podría decirse que sí —respondí.
—Claro —aseguró Córdoba.
—Ustedes me dan buena vibra, no creo que sean Hombres de Negro —aseguró— puede ver sus auras y están limpias, son personas de bien. Tengo una leve percepción extrasensorial ¿saben?, desde chiquita porque soy una niña índigo. Así es como me contactaron los pleyadianos.
—Ah, también sos contactada —pregunté.
—Sí… nunca he visto a los hermanos mayores en persona, pero he visto sus naves montones de veces. En especial en ciertas fechas. He tenido muchos encuentros cercanos del segundo tipo, aunque aspiro algún día tener uno del tercer tipo.
—Pues bien —dije guardando la libreta—, le agradecemos su tiempo.
—Claro, vengan cuando gusten, serían muy bienvenidos a nuestras reuniones.
—No sabía que creías en OVNIS Lobo —me preguntó Córdoba una vez en nuestro vehículo sentándose en el asiento del conductor.
—La pregunta está mal planteada. Un OVNI es un objeto volador no identificado, evidentemente es algo que existe. Ahora, si me preguntan si creo que los OVNIS sean vehículos alienígenas… evidentemente no.
—Así que no creés en los extraterrestres.
—Esa frase también está mal planteada. Como científico no creo en los extraterrestres, sé que existen. No puedo dudar de la existencia de formas de vida extraterrestre en un universo inmensamente grande. De lo que no tengo evidencia aún es que alguna vez nos hayan visitado. ¿Vos si?
—¡Claro! Hasta vi un OVNI una vez… y me refiero a una nave.
—¡Ay Córdoba!
—¡Es en serio! Yo tenía como catorce años y estábamos en la playa, era de noche y me alejé de mi familia para ir a tirarle piedras a una lagunita que había cerca, y ahí vi en el cielo estrellado como una serie de luces multicolores se movían así —dijo moviendo los dedos para mostrarme una serie de patrones irregulares— hasta que se juntaron todas en una y desaparecieron como una estrella fugaz. ¿Cómo explicás eso?
—No sé. Pero que no tenga explicación no quiere decir que salte a concluir que fueron naves espaciales.
—¡Ah! ¡Whatever! —agregó como frustrada y se cruzó de brazos.
—En todo caso no pensarás que el asesinato de Robles y Salas tuvo que ver con aliens ¿o sí?
—No pues, tampoco es que somos los Expedientes Secretos X, sé bien que a ellos los mataron seres humanos.
Arribamos a la iglesia evangélica Fuente de Vida situada en un barrio de clase popular en Pavas un viernes en la tarde. Ese día la iglesia realizaba una de sus sesiones diarias vespertinas que iniciaba a las cinco de la tarde. El lugar se encontraba atestado ya de feligreses devotos que escuchaban atentos las palabras del pastor.
Julián Robles hablaba enérgicamente desde el podio del templo dándole la espalada a una gran Córdoba dorada y a una bandera de Israel. Su sermón fustigó contra los impíos gobernantes que alejaban cada vez más al país del camino de Dios y de las leyes prescritas en “la Palabra”. Llamó la atención sobre la pérdida de valores morales en la decadente sociedad y sobre la importancia de la oración para traer prosperidad y estabilidad a las familias. Cerró finalmente con una extensa oración y sin olvidar recordar antes de cerrar, lo fundamental que era el diezmo.
Nos acercamos a él conforme los feligreses salían de la iglesia y él se dedicaba a hablar con algunos y remitirles bendiciones al tiempo que sus colaboradores recolectaban ofrendas a la salida.
—¿Don Julián? —pregunté interrumpiendo su charla con una mujer madre de varios hijos que le rodeaban al tiempo que cargaba en brazos al más pequeño.
—Pastor Julián —me corrigió— buenas de nuevo ¿en qué puedo serviles?
—Necesitamos hacerle algunas preguntas.
—Ah sí —dijo desapareciendo la sonrisa de su rostro—, deben estar acá por la triste muerte de mi papá —indicó cerciorándose de que la mujer a su lado le escuchara—, me alegra que hayan llegado, la policía y los agentes del orden son ángeles que nos envía Dios para protegernos, como dice la Palabra en Romanos 13: 1 a 4. —Luego se despidió de la mujer y nos llevó a hablar a su oficina. —¿Cómo puedo asistirles, señores? —preguntó al sentarse y señalar los asientos al frente de su escritorio para que hiciésemos lo mismo.
—Lamentamos molestarlo de nuevo sobre esto, Pastor —dije sentándome, Córdoba hizo lo mismo a mi lado. —Comprendemos que las circunstancias rodeándola pueden ser… embarazosas, para su familia.
—Sí, sin duda la sexualidad de mi papá era algo que no apruebo —aseguró reclinándose en su asiento. —Lo considero un pecado, una abominación ante Dios, pero… era mi papá y fue un hombre bueno y amoroso como padre. Me duele mucho su muerte… en especial de forma tan violenta. Espero de verdad que se haya arrepentido antes de morir, para que esté en el cielo.
—¿Y si no? —pregunté.
—Entonces me temo que está en el infierno. Por muy mi padre que fuera y por mucho que yo lo amara, nadie puede ir contra la voluntad de Dios.
—Debe haber sido difícil para usted ser pastor y que su padre fuera homosexual —continué—. Probablemente, de descubrirse, podría afectarle en su oficio. Quizás reducir sus ingresos...
—Se equivoca, Agente —se apresuró a responder. —Estoy seguro que mi congregación sabría diferenciar entre los pecados de mi padre y los míos. Usted no es un hombre de fe ¿verdad don David?
—No, soy ateo —respondí.
—¿Y usted? —le preguntó a Córdoba.
—Podría decirse que soy católica, a mi manera.
—Bueno, las religiones no salvan, lo que salva es la relación que tengamos con Dios —agregó el pastor. —Por eso yo no predico ninguna religión, sino solamente la Palabra del Señor.
—¿Y qué le hace pensar que su padre se arrepentiría antes de morir? —preguntó Córdoba.
—Bueno… todos buscamos a Dios en esos momentos ¿no es así?
—Pues yo he estado en situaciones de vida o muerte varias veces y no he perdido mi ateísmo —aseguré—, pero suficiente de charla teológica. Tenemos una duda muy seria sobre la que necesitamos una explicación.
—Usted dirá.
—¿Por qué encontramos un pago de 5000 dólares a la cuenta de un ciudadano colombiano residente en el país?
El pastor se puso pálido como una hoja de papel.
—¿Qué tiene eso que ver con la muerte de mi padre…?
—Creo que quien desee desaparecer un secreto familiar incómodo antes de que salga a la luz podría querer contratar un sicario…
—No, no, no… lo tienen todo mal. No es ese el caso…
—¿Entonces?
Julián Robles se silenció por algunos instantes, como si estuviera sopesando si sería peor confesar o guardar silencio. Yo estaba al borde de mi asiento intentando escudriñarlo bien con la mirada.
—Ese dinero lo usé para contratar los servicios sexuales de varias prostitutas de lujo —confesó por fin.
“¡Con que eso era!” pensé. Me recliné sobre el asiento y volví a ver a Córdoba, tenía un gesto de desprecio en la cara.
—Asumo que su esposa no lo sabe —dije.
—O sus feligreses —agregó Córdoba.
—No, no… por supuesto que no… —respondió nervioso—, comprenderán que deseo manejarlo con discreción.
—Sí, bueno, imagino que ese dinero lo extrajo de las donaciones que recibe la iglesia ¿o me equivoco? —pregunté.
—No tengo otras entradas… en especial después de que…
—Su padre lo excluyó de los negocios familiares y del testamento —concretó Córdoba. Robles no respondió, pero no se veía feliz con el comentario.
—Necesitaremos una coartada para saber dónde estaba el día del asesinato de su padre —aclaré y a regañadientes nos entregó el número de teléfono de una de esas caras call girls en que había invertido varios diezmos.
—Estoy empezando a pensar que si fueron los Hombres de Negro —le dije a Córdoba en la oficina. —No veo quien más pudo entrar a la casa, matar a las dos víctimas, y además salir dejando todo cerrado tras de sí.
—Puede que tengás razón —dijo revisando registros en la computadora. —Si tuvo que ver con extraterrestres.
—¿¡Qué!? ¡Lo decía en broma!
—¿Te acordás del tipo mayor que estaba en La Sabana junto al resto de los hippies de los aliens?
—Sí.
—Pues es de nacionalidad española, se llama Juan Carlos Girón y se le busca en España por varios delitos de fraude y malversación de fondos respecto a donaciones recibidas por una fundación de investigación del fenómeno OVNI que dirigía.
—Ya veo. ¿Y eso cómo se conecta a nuestro caso?
—Según registros bancarios, Kevin Salas donó onerosas sumas de dinero a la cuenta personal de Girón. Dudo mucho que hayan salido de su bolsillo, Salas no era de plata.
—Sí, debe haber sido dinero que le dio Robles. ¿Y qué?
—¿Qué tal si Robles se dio cuenta que Girón era un farsante y decidió cobrarle el dinero que le había donado?
—Pero ¿Cómo entró Girón a la casa de Robles sin ser visto y además salió sin dejar rastro detrás?
—¿Quién dice que Girón lo hizo? Tiene a su servicio gran cantidad de jóvenes atléticos capaces de hacerlo.
Córdoba tenía razón, así que nos dirigimos a interrogar a Girón. Descubrimos que ese día daba una conferencia en una librería donde promovía su más reciente libro “Mensaje desde Orión”. Entramos a la librería que tenía una nada desdeñable audiencia que escuchaba atentamente al conferencista principal.
—…pero habéis de comprender que estos seres alienígenos que nos visitan tienen diferentes agendas según la raza —decía con su acento español. —Algunos son bastante pacíficos ¿vale? Pero otros en cambio son unos verdaderos rufianes. Se dedican incluso a controlar gobiernos y abducir personas para la experimentación. ¿Si, Manuel? —dijo a un muchacho de cabello negro grasoso vestido de negro que levantó la mano para pedir la palabra y que era claro que conocía.
—Como usted sabe don Juan Carlos, a mí me han secuestrado varias veces los extraterrestres —aseguró con tono angustioso—, no sé qué quieren de mí o porque lo hacen, pero es una experiencia horrible.
—Valor, Manuel, valor, no te desanimes majo, que para eso estamos nosotros acá, para mandarte buenas vibras, caramba. Desde que estás haciendo los ejercicios metafísicos que te mande para sincronizarte con los pleyadianos no te volvieron a secuestrar ¿verdad?
—No, don Juan Carlos… de hecho, muchas gracias, no sé qué habría hecho…
—Por eso mismo vosotros podéis comprar mi libro, que os servirá mucho para repeler estos entes malvados y sincronizaros con los hermanos mayores del bien.
—Gracias don Manuel —dijo Carolina Alfaro tomando el micrófono—, y gracias a ustedes por su asistencia. Ahora pasaremos a la firma de autógrafos.
—Don Juan Carlos Girón —dije acercándome a la mesa principal—, somos agentes del Organismo de Investigación Judicial y necesitamos hablar con usted.
—Claro, pero me permitís al menos terminar de firmar libros.
—Lo lamento, pero esto es un asunto urgente —aclaré.
—¡Joder! ¡Pero no podéis ser razonables! Esta pobre gente ha venido solo a pedirme el autógrafo.
—Por favor, don Juan Carlos, venga con nosotros de inmediato —insistí.
—¡Malditos Illuminati! —gritó el muchacho vestido de negro presa de un furia incontrolable y se abalanzó contra nosotros tomándonos por sorpresa, en especial a mí que me atacó por la espalda propinándome un severo golpe con una de las sillas. Esto, naturalmente, causó un caos en la sala con gritos de susto y personas corriendo de un lado a otro. Córdoba hizo uso de su entrenamiento de inmediato aplicándole una llave incapacitante que le hizo soltar la silla y lo sometió. —¡Los mataré! ¡Los mataré, hijueputas! —rabiaba el muchacho desde el suelo donde Córdoba lo tenía esposado. —¡Reptilianos! ¡No dejaré que lo maten! ¡Noooo!
—¿Estás bien, Lobo? —me preguntó preocupada al tiempo que varias personas me ayudaban a ponerme de pie. Tenía la espalda dolorida, por supuesto, pero nada quebrado.
—Sí, sí —confesé sobándome el hombro—, creo que no me pasó nada. Fue más el susto.
Tras aquél inusual incidente nos llevamos a Girón a prestar declaración mientras que el muchacho fue trasladado a la comisaría más cercana al tiempo que rabiaba esposado dándole patadas al vehículo policial.
—Manuel Ugalde Valverde —le dijo Córdoba a Girón mientras nos sentábamos con él y un abogado de defensa pública en una sala de interrogatorios. —Ese es el nombre de ese pobre muchacho con problemas psiquiátricos. Tiene un amplio expediente, estuvo internado en el Hospital Psiquiátrico por alucinaciones paranoides. ¿No siente culpa en manipular así a una persona mentalmente inestable?
—Manuel no está loco como vosotros pensáis —nos dijo—, quizá exagera demasiado en cuanto a las teorías de conspiración de los Illuminati y los reptilianos, pero yo sí le creo que ha sido abducido.
—Deje la farsa, Girón —le dije—, sabemos bien que lo buscan en España por fraude.
—¿Por eso fue que mató a Miguel Robles? —preguntó Córdoba— ¿por qué iba a denunciarlo? ¿sacar a la luz pública como lucra con las personas?
—¿Miguel Robles? No tengo idea de que me habláis.
—De nada le sirve hacerse el tonto Girón —intervine—, sabemos que Kevin Salas le dio una buena dotación de dinero que en realidad venía del bolsillo del diputado Miguel Robles. Y ahora que sabemos que uno de sus fieles seguidores tiene problemas mentales y comportamiento violento, no será difícil sumar dos más dos…
—¿Vosotros pensáis que yo mandé a Manuel a matar a un diputado? ¡Pero como podéis ser tan gilipollas! Si yo he tratado de ayudar al pobre de Manuel para que ya no tenga tantos problemas ¿cómo pensáis que lo voy a mandar a matar a alguien? ¡Hostia! Si hasta lo llevé a un retiro espiritual pagado por mí. Le hizo bueno eh. Pasamos dos semanas ahí junto a otros muchos asistentes ¿sabéis?
—¿En qué fecha fue ese campamento? —pregunté temiendo la respuesta.
—Ya llegó el informe forense del caso Robles —anunció Córdoba llegando a la oficina después de almuerzo con la carpeta en mano.
—¿Algo interesante?
—Bueno… —dijo leyéndola—, se encontraron restos de alcohol en el sistema de ambos… y también viagra en la sangre de Robles. Al parecer seguía requiriendo ayuda para que el roble se sostuviera.
—Ya veo.
—Y sí, la autopsia confirma que Salas y él tuvieron relaciones varias veces a lo largo del fin de semana. ¡Jmmmm!
—¿Qué?
—Hay una tercera muestra de semen en los muebles de la sala…
—Qué suerte que no me senté. Si hubo un tercer amante ese puede ser nuestro asesino… ¿Córdoba? ¿Córdoba?
—Ya pasaron el ADN por el sistema… no lo vas a creer…
Debo haber visto los datos con la misma mirada desorbitada de Córdoba.
Llegamos al apartamento donde convivían Marlene Robles y su prometido Asdrúbal Cordero.
—¿En qué podemos ayudarles, Agentes? —nos preguntó Marlene cuando entramos a la sala.
—Bueno, no hay forma de decir esto de manera diplomática, así que… —dije—…Asdrúbal ¿podría explicarnos por qué hay rastros de su semen en la escena del crimen?
Marlene miró al aludido con una mirada tan intensa que parecía como si se le fueran a salir los ojos de las órbitas. Asdrúbal, por su parte, pareció recibir un baldazo de agua fría.
—Eh… yo… ¿cómo tienen mi ADN?
—Usted tuvo una demanda de paternidad hace diez años —explicó Córdoba—, disputó la demanda y se hizo exámenes de ADN, que en efecto le dieron la razón… pero el ADN quedó en el sistema.
—¿¡Que!? —respondió exaltado— ¡pero esa es información privada! ¡No deberían poder acceder a mi ADN así porque así…!
—No evada la pregunta —insistí.
—Asdrúbal… diles… —adujo Marlene para mi sorpresa. Asdrúbal se mantuvo indeciso, así que Marlene retomó la confesión. —Asdrúbal y mi papá fueron amantes.
—Ejem… —tosí— ¿así nada más?
—Bueno… tuvo el buen resultado de que poco después nos hicieron socios de las empresas ¿no?
—O sea que todo fue parte de un mismo plan —dijo Córdoba.
—Asdrúbal y yo no matamos a mi papá —se defendió Marlene—, yo amaba a mi papá, jamás le haría daño. Pero siempre supe que sentía atracción por Asdrúbal desde que lo conoció años atrás. Fue idea mía. Mi papá suele darles regalitos a sus amantes. Yo le sugerí a Asdrúbal que lo sedujera, pero que no le dijera que yo sabía…
—Claro, así su padre se sentiría culpable y eso también incidiría en sus decisiones —agregué—, para aliviar el remordimiento que debe haber sentido.
—Bueno, ahí lo tienen, eso fue lo que pasó —concluyó Marlene. —Podrá parecerles frío, monstruoso, asqueroso, lo que quieran, lo cierto es que no hicimos nada malo o ilegal.
—¿Dónde estuvieron la noche del homicidio de su padre?
—En una fiesta con unos amigos, varias personas nos vieron. Les daremos los teléfonos si lo desean.
—Te ves más pensativo de lo usual —me dijo Córdoba en la mañana observándome mientras me acariciaba el mentón en la silla de mi escritorio. —¿Desanimado porque todos los sospechosos tienen coartada para el día del homicidio de Robles?
—Sí.
—Hay casos imposibles de cerrar, Lobo, quizás este es uno de esos.
—Es que creo haber dado en el clavo para resolver el homicidio, si es que mis sospechas son reales. Pero para ello necesito una voluntaria que me permita recrear algunas cosas.
—Bueno —dijo como resignada— supongo que no me queda de otra.
Llevé a Córdoba hasta mi casa donde decidimos que haríamos la prueba. Allí la amarré con los mismos nudos de shibari que habíamos visto en el cuerpo de Kevin Salas, apoyado en las detalladas fotografías del expediente. Córdoba quedó con los brazos enteramente extendidos hacia la espalda señalando con las muñecas hacia el techo, ambas piernas atadas de tal manera que le obligaban a agachar el cuerpo hacia adelante, la cabeza suspendida hacia abajo con una cuerda que le rodeaba el cuello completamente y las piernas abiertas.
—Muy bien —anuncié—, creo que hemos logrado replicar la escena.
—Genial.
—No me digás que estás incómoda.
—Para nada. Hace tiempo no hacía shibari ¿de verdad hay una razón para esto o fue una trampa para ponerme así? —dijo en son de broma.
—No, no, en serio, necesito ver algo. Avisame si sentís que se te aprieta el nudo del cuello —dije empujando con el peso de mi cuerpo levemente sobre la espalda de Córdoba.
—¡Sí! ¡Sí! —respondió con la voz entrecortada por la falta de aire. Yo retiré mi peso del cuerpo de Córdoba, pero el nudo que se había ajustado alrededor de su cuello quedó igual de socado. —Ya… no… puedo… respirar.
Corté el nudo con una navaja que extraje de mi bolsillo y liberé a Córdoba de toda aquella parafernalia.
—¿Para qué fue todo esto? —preguntó sobándose la garganta con la mano.
—Para descubrir al asesino. O mejor dicho, que no hay asesino.
—¿Cómo?
—Sí, pensalo. Sabemos que Robles tenía sobrepeso y aun así tomaba viagra. La viagra puede causar paros cardiacos en personas de cierta edad y condiciones de salud. Si a Robles le dio un paro cardiaco pudo involuntariamente caer sobre Salas causando que el nudo en el cuello se ajustara permanentemente, y luego caer sobre el suelo clavándose el cuchillo en el pecho. Un cuchillo que iba a utilizar para hacerle pequeños cortes en la piel a Salas sin herirlo gravemente, pero que en esas circunstancias sí resultó mortal.
—Pero no hay nada en el récord médico de Robles que diga que tenía problemas del corazón…
—Siempre un infarto deber ser el primero ¿no? en circunstancias normales Robles habría recibido la ayuda adecuada en tiempo y quizás habría sobrevivido su primer infarto.
—¿No creés que los forenses habrían descubierto que murió por causa de un infarto en la autopsia?
—No si tenía un cuchillo clavado en el pecho y se asumió que esa fue la obvia causa de la muerte.
—Interesante. Entonces no hubo asesino en este caso…
—No. Descubrimos muchos secretos oscuros, pero ninguno mortal.
—Bueno… —sonrió Córdoba como cerrando el caso— será interesante verte convencer al jefe de esta teoría.