III
Sharlene Williams Tuffy fue encontrada asesinada en un lote baldío de la comunidad de San Sebastián. Diferente al lugar donde se descubrió el cadáver de Melanie pero aún así cercano. Le habían desfigurado la cara con cortes de arma blanca y había muerto estrangulada. Al igual que con Melanie no había evidencias de agresión sexual, aunque Sharlene claramente no era virgen; el reporte forense mostraba que era sexualmente activa desde hacía años y que incluso esa misma noche había sostenido relaciones sexuales horas antes utilizando condón, pues no tenía semen en el cuerpo sino remanentes de látex.
No cabía duda de que era el mismo asesino. José Antonio “El Coco” Segura estaba bajo custodia, lo cual lo exculpaba de las sospechas. Igual sería procesado por drogas, pero ya los cargos de homicidio y probablemente los de proxenetismo y explotación de menores serían descartados.
La noticia de la nueva víctima nos afectó mucho a Córdoba y a mí, pero probablemente más a mí. Es imposible no sentirse en parte responsable por la muerte de una muchacha que pereció en las manos de un monstruo que no logramos atrapar.
¿En qué había fallado? ¿Por qué de mi mente seguía evadiéndose la identidad del asesino? Mi intuición me había dicho que el Coco no era ¿por qué no investigué otros sospechosos?
Tratando de despejarme me puse a conducir por las calles del San José nocturno. Había decidido no emborracharme esta vez… no era conveniente, por un tiempo al menos.
Fue entonces que la vi de nuevo. Estaba en la esquina del Hotel Aurora Hollyday Inn en San José, vistiendo una diminuta minifalda roja y una camiseta sin mangas… era Pamela Durán.
Se me quebró el corazón al verla en esa situación tan lastimera.
—Pamela —dije deteniendo el auto al lado de la acera. Me miró extrañada como si estuviera tratando de reconocer a un cliente conocido, pero al reconocerme como agente del OIJ se asustó.
—¿Qué quiere? ¡No estoy haciendo nada malo!
—Yo sé que no, pero igual no deberías estar haciendo eso. Subite al carro.
—¿Me va a arrestar?
—No.
—¡Ah, ya entiendo! Ya me extrañaba… si es eso lo que quiere está bien pero le cobraré como a cualquier otro…
—No es eso tampoco.
—¿Entonces?
—¿No tenés hambre?
Pamela me miró sorprendida. Como si mi oferta de invitarla a comer hubiera sido algo totalmente inesperado. Se encogió de hombros y subió al carro. La llevé a una venta de hamburguesas abierta las veinticuatro horas donde se pidió un combo de quesohamburguesa con papas fritas y gaseosa.
—Gracias —me dijo metiéndose la hamburguesa a la boca con ambas manos.
—¿No estabas en un albergue del PANI?
—No —dijo mientras masticaba con las mejillas abultadas por la comida. —Me soltaron poco después y volví a mi casa.
—¿Tus papás saben lo que hacés?
—A mis papás no les importo para nada. Siempre he sido la rara, desde niña, la oveja negra de la familia. Me detestan. Me pasaban fajiando para que me comportara, pero de nada sirvió, hoy en día se limitan a ignorarme.
—¿Por eso te metiste a la prostitución?
—No, me metí para pagar la mota y el guaro.
—¿Vale la pena?
—A veces, pero a veces es horrible.
—Lo siento.
—¿Por qué lo siente? ¿Por qué le importo?
—No lo sé. ¿Está mal?
—Los hombres solo quieren una cosa.
—Estás muy joven para mí, de todas formas —dije sonriente. —¿Por qué viniste a San José?
—Porque en San Sebastián están matando prostis —respondió y luego añadió con ojos humedecidos—, como Sharlene.
—¿Era tu amiga?
—Sí.
—Ella también se prostituía.
—Sí. Pero ya quería salirse… seguro por eso… —Pamela se calló.
—¿Qué?
—Nada…
—Seguro por eso la mataron, eso ibas a decir.
—No…
—¿Quién la mató? Dime, Pamela, así puedo ayudarlas.
—Usted sabe que el Coco no era nuestro pimp ¿verdad?
—Sí, ¿entonces quien? —guardó silencio, así que presioné. —Decime, Pamela, decime quien es el líder de la red…
Dudó algunos minutos, y luego agregó:
—Usted habló con ella una vez… se llama Nicole Sanabria.
Miré a Pamela incrédulo.
—¿Nicole? —pregunté— ¿tu compañera? ¿la del bebé?
—Sí, la misma. Ella empezó todo y nos fue enrolando. Nos golpea si la desobedecemos y es capaz de todo. Hasta mató el gato de una ex profesora que la denunció al PANI.
—Pero… ¿Cómo es que no lo saben las autoridades?
—Sí lo saben, no sea ingenuo. Ella se acostó con el orientador para que no dijera nada y también con policías y agentes del OIJ como usted. O lo hacía, desde hace años nos manda a nosotras.
Quedé boquiabierto.
—¿Conoces a un agente llamado Albán Rojas? —pregunté una vez que pude recuperarme. Pamela titubeó algunos momentos como insegura, así que intenté darle mi confianza. —Podés confiar en mí, no protejo compañeros corruptos.
Me miró desconfiadamente, como midiéndome.
—OK, pero deme su nombre y número de identificación para mandárselo a algún contacto mío y que sepan que ando con usted… por si algo me pasa.
—Debo decir que es una precaución razonable —dije entregándole mi cédula. Envió los datos por el celular y luego me volvió a ver. —Sí, lo conozco, Nicole nos mandaba a Sharlene y a mí a menudo a “pagarle” —dijo haciendo las señas de comillas con los dedos— por la protección.
—¡Hijo de perra! —exclamé molesto, pero luego me intenté tranquilizar. —Lo lamento. Gracias por confiar en mí.
—¿Y ahora qué? ¿Sirvió de algo decirle eso?
—Tomará tiempo y una larga investigación para recolectar pruebas, pero sin duda…
—¿Pruebas? —dijo escarbando en su celular— ¿servirán videos?
Esa noche Pamela durmió en el sillón de mi sala. Le brindé una cobija para que se abrigara y llamé a Córdoba en la mañana, quien llegó puntualmente.
—¿No está muy joven para usted, Cortés? —dijo en son de broma al entrar a mi casa y ver a la adolescente dormida en el sillón.
—Pues como informante ha sido muy útil —respondí. —Y tenemos entre manos una bomba que hará rodar muchas cabezas…
Y en efecto. Córdoba y yo informamos del asunto a nuestro jefe Villanueva y al Director General y les llevamos los videos incriminatorios de Pamela que había tomado de su celular donde ella y Sharlene sostenían relaciones con Albán Rojas y otros agentes y policías, y que se las habían arreglado para filmar en secreto. El caso se llevo a Asuntos Internos y Rojas junto a los otros involucrados fueron suspendidos de inmediato.
—Ahora el asunto es —nos dijo Villanueva— si es claro que el Coco Segura no fue el que asesinó a las dos víctimas ¿quién fue? La lista de sospechosos se ha incrementado. Pudo ser cualquier de los clientes que quisiera acallarlas si iban a hablar.
—No… —murmuré—, no, estos homicidios fueron algo personal. Es obvio por la forma en que se mutiló los cuerpos. Denotan odio, envidia, celos… mire las mutilaciones en la cara —dije mostrando las fotos del expediente. —Creo que quien las mató las conocía en persona de alguna manera, y además era una mujer.
—¿No estarás pensando en…? —empezó a decir Córdoba y yo asentí.
Llegamos al colegio de San Sebastián junto a los chicos de Penal Juvenil y arrestamos a Nicole Sanabria enfrente de toda la gente. El PANI se llevó al hijo de la menor a un albergue mientras se definía si la madre o algún otro familiar se haría cargo. Conforme la sacaban empezó a rabiar y maldecir como si estuviera poseída escupiéndonos toda clase de insultos e improperios como rara vez he visto.
—¡Malditos! ¡Bastardos! —gritaba sulfúrica— ¡Suéltenme maricones! ¡Me la van a pagar grandísimos! ¡Y hay de ustedes la que diga algo porque se mueren, perras, se mueren todas! —gritó a quienes asumí eran algunas de sus “enroladas”.
—¿Quién iba a decir que esta muchacha era…? —me empezó a decir el orientador Guido Loaiza como nervioso, y yo lo aferré del antebrazo y le espeté indignado:
—Yo sé lo que usted hacía. No hay evidencias en su contra aún, pero lo sugiero que renuncie y no vuelva a trabajar cerca de menores antes de que lo despidan, porque le aseguro que le diremos al MEP lo que sabemos y nos encargaremos de que no vuelva a trabajar como la pobre excusa de orientador que es.
Loaiza no dijo nada, solo bajó la cabeza con rostro angustiado.
Al salir nos topamos con Corea, el tipo de la pastoral, quien tenía rostro complacido y extendió la mano para que yo se la estrechara.
—Gracias —me dijo—, gracias por al fin hacer algo. Pero me temo que muchos de sus colegas…
—Los agentes involucrados han sido suspendidos —le dije— y es seguro que irán a prisión.
—Sharlene Williams me lo había dicho. Se acercó a mí buscando ayuda. Ella quería dejar todo eso y me contó lo de los sobornos en especie. Espero encuentren al asesino…
—Haremos todo lo posible por esclarecer su muerte, con permiso —le dije apresurando el término de la charla.
Una Nicole más calmada se encontraba en el asiento trasero de nuestro vehículo judicial con rostro de pocos amigos mientras Córdoba y yo subíamos a los asientos delanteros.
—¿Ya se tranquilizó? —pregunté.
—Yo no he nada malo —respondió mientras me miraba con ira.
—¿Prostituir a tus compañeras no es algo malo?
—¿Acaso que yo las obligaba? Su buena harina se echaban esas traidoras.
—¿Por eso mataste a Sharlene? ¿por traidora? —preguntó Córdoba mirándola por el retrovisor a través de sus lentes oscuros.
—Yo podré ser prostituta, desde que tenía once o doce años empecé en esto, y puede que le haya dado sus golpes a más de una, pero nunca, nunca, he matado a nadie. Bueno, a un gato una vez…
—¿Alguna vez pusiste a trabajar a tu hermana menor? —pregunté preocupado.
—Nunca quiso, pero ya le faltaba poco. No tuvo la desgracia de crecer con mi papá. Me hizo de todo antes de que pudiera aprender a escribir mi nombre bien, seguro por eso soy tan mala. Y después de que jaló siguieron mi hermano y mi tío. ¿Cómo no me iba a hacer zorra? Pero aprendí a satisfacer bien a un hombre. ¿Sabe? —me dijo— si quiere, a cambio de que me suelten, le puedo hacer lo que le hacía a sus compañeros. Salían con sonrisa de oreja a oreja con las culeadas tan ricas que se pegaban ¿quiere probar? Usted también, si quiere, yo le doy a los dos lados —le dijo a Córdoba. Ambos negamos con la cabeza, decepcionados. No habíamos logrado sacarle ninguna confesión así que entregamos la custodia a la gente de Juvenil que se la llevó.
Al llegar a mi casa encontré a Pamela Durán viendo televisión en el sillón de mi casa. “¡Cierto!” pensé “no se ha ido”.
—Tus papás deben estar preocupados ¿te llevo a tu casa?
—Ya los llamé y les dije que estaba con un amigo y que no sabía cuando regresaría y me dijeron que estaba bien. Como le dije, no les importo nada.
Suspiré.
—Lo lamento —dije sentándome a la par mientras ella hacía zapping en la televisión. —Podés visitarme cuando querás.
Me observó largo rato y me puso la mano en el muslo.
—Ya te dije que no quiero eso.
—Pero yo sí —dijo jalándome el mentón con una mano y estampándome un beso que, debo admitir, supo a cielo.
Suspiré de nuevo, como cansado.
—No confundás amor con sexo.
—Y usted no confunda deseo con agradecimiento —dijo montándose encima de mí. —Podré ser prostituta, pero igual en ocasiones quiero sentir placer con alguien que me gusta. Estar con alguien que me mira con respeto y cariño, por una vez.
Le di varios besos; en la boca, en el cuello, en los hombros, y la abracé por la cintura mientras se despertaba en mí la erección, pero aún así me detuve.
—Lo haremos, Pame, pero no aún. No es el momento.
Pamela se levantó de mi regazo sentándose a mi lado de frente al televisor. Yo pasé mi brazo sobre su hombro y nos pusimos a ver la televisión.
—Las huellas digitales de Nicole Sanabria no corresponden a las encontradas en los cuerpos de Melanie y Sharlene. —me dijo Córdoba una mañana sentándose en su escritorio, que está al frente del mío y trayendo dos tazas de café, una de ellas para mí.
—Maldita sea… —dije sorbiendo mi café—, era la candidata perfecta. Muestra la típica personalidad de una psicópata.
—Pero… si corresponden a las encontradas en varios asesinatos de niñas de la calle acontecidos en Honduras y en Nicaragua.
—¿¡Que!? —pregunté escupiendo el café. —¿¡Y hasta ahora nos lo dicen!?
—El email acaba de llegar.
—Fue un asesino serial todo el tiempo.
—Sí, pero ¿quién?
Entonces me llegó un nombre a la mente.
—Hubo alguien que nos dijo que trabajó para una ONG de Derechos Humanos… en Centroamérica.
—¿El tipo de la pastoral? ¿Corea? —preguntó Córdoba incrédula— ¿habla en serio?
—Las dos víctimas hablaron con él poco antes de morir…
—¿Y porque interponer denuncias por prostitución infantil?
—Quizás para desviar la atención hacia otros sospechosos… o quizás encuentra la prostitución como algo tan bajo que amerita la muerte, como si estuviera “limpiando” las calles…
—Un fanático religioso… un guardián de la moral.
De inmediato hicimos el papeleo para conseguir la orden de arresto. Para cuando la conseguimos ya había iniciado la tarde. Llegamos hasta el domicilio conocido de Corea, un humilde apartamento localizado en un área pobre, pero no se encontraba allí. Tampoco estaba en la ONG donde trabajaba. Finalmente decidimos ir a la parroquia donde lideraba la pastoral.
—Separémonos —sugirió Córdoba—, vaya usted a la capilla y yo lo buscaré en las oficinas parroquiales.
Asentí. Era viernes en la noche y la capilla estaba casi vacía excepto por la prostituta de pelo negro largo que Córdoba y yo habíamos visto merodear por la zona en varias ocasiones, quien se encontraba rezando de rodillas en uno de los asientos cerca del altar. Caminé por toda el área, e incluso me asomé por entre los huecos del confesionario. Finalmente llegué hasta el área del altar atisbando al sacerdote o a cualquier persona que pudiera darme razones de Corea.
Luego observé por algunos segundos al Cristo crucificado que sobresalía en el altar. Me encogí de hombros y me di la vuelta.
Y al hacerlo vi un afilado cuchillo dirigirse directo hacia mi rostro blandido por la prostituta cuyo antebrazo sostuve por reflejo. Caímos ambos sobre el suelo eclesial con ella a horcajadas sobre mí y yo intentando retener el peso de su cuerpo para que la punta del cuchillo no se clavara en mi cuello imposibilitado de sacar la pistola que descansaba en la funda de mi costado.
En medio de la pelea lo reconocí; por debajo de la peluca y el maquillaje, quien me atacaba era Corea.
El cuchillo se aproximaba cada vez más a mi garganta mientras yo rechinaba los dientes y mi vida pasaba frente a mis ojos, hasta que Corea hizo una mueca de dolor y colapsó sobre el piso a mi lado. Frente a mí quedó Córdoba con arma en mano quien le había propinado un certero culatazo.
—¿Se encuentra bien? —me preguntó y yo intenté asentir mientras me sostenía el cuello del que brotaban unas pocas gotas de sangre debido a una herida superficial. Córdoba me ofreció su mano para ayudar a levantarme y juntos esposamos al semiinconsciente de Corea.
El cuchillo, que los forenses luego identificarían como el utilizado para matar a Melanie y Sharlene, yacía sobre el suelo cercano a Corea, y no muy lejos el bolso baige que contenía entre otras cosas condones, lápiz de labios, un kit de maquillaje y su diario personal repleto de una escabrosa confesión.