II

—¿Sólo eso vas a comer? —le pregunté a Córdoba al tiempo que ambos almorzábamos juntos en una soda de las cercanías. Mientras yo me deleitaba con una grasosa hamburguesa acompañada de papas y coca-cola ella consumía una discreta ensalada y café sin azúcar.

—Estoy a dieta.

—Ah, comprendo. ¿Cuánto tenés de trabajar en el OIJ?

—Año y medio. Justo entré unos meses después de que usted se fue. Se hablaba mucho de usted, tiene toda una reputación.

—¿Qué clase de reputación?

—Por un lado que cuando trabajó en la sección de Delitos Sexuales y luego en la de Homicidios tenías el mejor récord de resolución de casos de todo el Organismo. Por otro me dijeron que tenía fama de ligarse a todas las novatas que llegaban y que tuviera cuidado si lo conocía.

—Si supieran que ya te había ligado…

Córdoba sonrió y bajó la mirada, sorbió algo de café y dijo:

—Fue un bonito fin de semana. Yo tenía como veinte años en ese entonces.

—Estabas muy familiarizada con el sadomasoquismo para ser tan joven.

—Empecé a los dieciséis con un novio que tuve que era como seis años mayor.

—¡Ya veo! Te educó bien. Vos sos criminóloga ¿verdad?

—Sí, y tengo estudios en Seguridad Informática y en Narcotráfico que tomé en Colombia (de donde es mi papá) y Estados Unidos.

—Pues yo saqué las licenciaturas en psicología y criminología en la UCR, pero tengo una maestría en psicología criminal de la Universidad de Berlín.

—¿Estudió en Alemania? ¡Osea que habla alemán!

—Hablo cuatro idiomas.

—¿Y qué aprendió en Alemania?

—Aprendí a ser aún más freudiano de lo que ya era…

—¿Y piensa sacar un doctorado?

—Probablemente.

—Escuché que el Poder Judicial está becando funcionarios judiciales para que estudien doctorados en la Universidad de Harvard. Sin duda, alguien con tus atestados calificaría.

—Gracias, pero dudo que lo aprueben tratándose de mí…

—¿¡Por qué!?

—Digamos que nunca debí seducir a la hija de un magistrado…

—¡Ay por Dios! —dijo golpeándose la frente con la palma de la mano. —¿Es por eso que nunca le han ascendido? Un tipo con sus títulos y su rendimiento debería tener algún rimbombante puesto en la jerarquía judicial.

—De todas maneras me gusta mucho más el trabajo de campo.

—Bueno, volvamos al caso, ¿cómo lo ve?

—¡Complicado! Hubiera sospechado de motivaciones sexuales, pero fuera de que no fue violada, el ensañamiento con el cadáver denotan una ira dramática.

—¿Qué piensa de lo que nos dijo el tipo de la pastoral? —me preguntó Córdoba.

—Si lo de la prostitución infantil es cierto…

—Explotación sexual infantil —me corrigió ella automáticamente.

—…entonces es un posible móvil para el homicidio, pero deberemos confirmarlo. Quiero que investigues todo lo posible sobre el tal “Coco” Segura mañana —dije girándole la primera “orden”, ya que soy oficial de investigación y Córdoba es investigadora 2, así que en teoría es mi subalterna, aunque en la práctica he aprendido que entre compañeros esa jerarquía se difumina.

—Así lo haré.

—Yo por mi parte sondearé con el PANI y con las autoridades del MEP a ver si han escuchado algo sobre eso. También sondearé a la gente de Trata.

—Me parece muy bien.

Terminamos de comer y fuimos a pagar. La noche ya había caído en toda esa comunidad y mientras conducía el carro para ir a dejar a Córdoba a su casa y luego llegar a la mía casi atropellamos a una persona que cruzó la calle intempestivamente. Parecía ser una trabajadora sexual de largo cabello negro rizado, tacones altos, un bolso color baige y una falda naranja muy ajustada. Le toqué el pito como haciéndole un reclamo y ella nos miró por entre las hebras de grueso cabello que le nublaban el rostro con una intensidad que me recordó a un animal salvaje acorralado. Prosiguió su camino poco después y se ubicó en una esquina a esperar clientes.

Llegué en la mañana a la Sección de Delitos contra la Integridad Física, Trata y Tráfico de Personas. Allí me atendió el compañero Albán Rojas Morera, viejo amigo que conocí cuando trabajé en esa sección. Tenía unos kilos de más y ya se estaba quedando calvo, pero fuera de eso parecía el mismo. Me recibió muy animadamente.

—Sí, hemos escuchado rumores sobre trata de personas en San Sebastián —me dijo cuando le consulté sobre el asunto—, pero hasta ahora no tenemos indicios serios.

—Pero imagino que este chavalo de la pastoral ya habrá venido a hablar con ustedes.

—En efecto, y creo que es un tipo bienintencionado, pero parece estar asumiendo que el que haya muchachas adolescentes sexualmente activas se equipara a prostitución infantil. Me temo que es más un asunto de conservadurismo moral que de otra cosa, o al menos no tenemos aún nada que evidencie algo tan elaborado y grave como una red de trata de menores.

—Comprendo ¿y el tal Coco?

—Bueno si querés detalles tendrás que ir a preguntar a Estupefacientes. Lo investigamos un tiempo pero, de nuevo, no tenemos pruebas de que esté prostituyendo menores o que haya alguna vez cometido algún delito de índole sexual. Pero sí, no cabe duda que vende drogas. No sé por qué la gente de la PCD y Estupefacientes no lo ha fichado ya.

—Gracias por la ayuda Rojas —le dije estrechándole la mano.

—Nos vemos en la fiesta de fin de año.

Por su parte, Córdoba encontró que el PANI tenía algunas denuncias interpuestas sobre el asunto, y que había realizado las indagaciones de oficio, sin encontrar aún evidencia sólida. La mayoría de las denuncias habían sido puestas, como lo supusimos, por Corea, pero había dos que eran autoría de otros vecinos de la zona con los que nos dispusimos a hablar.

Pero las entrevistas fueron de poca ayuda. En un caso la denunciante —una maestra ya pensionada— se negó a recibirnos y a decir nada, lo que nos hizo sospechar que había sido intimidada. Se trataba de una docente de cabello gris acolochado quien nos habló por la ventanilla mirándonos a través de sus gruesos anteojos.

—¿Qué quieren? ¿Qué otro de mis gatos amanezca muerto en la entrada de mi casa? No gracias —dijo cuando la presionamos más, y luego cerró la ventanilla de golpe.

La otra denunciante había sido la madre de una de las estudiantes del colegio, Nicole Sanabria. Llegamos a la casa de ésta donde nos recibió Nicole, ataviada solo con una pantaloneta y una camiseta sin mangas y cuidando a un bebé de unos dos años. Cerca de donde ella estaba se encontraba una niña de doce años físicamente muy parecida y con similar indumentaria que jugaba con el celular y que Nicole identificó como su hermana menor.

—¿Y el bebé es tu hijo? —pregunté.

—Así es —respondió ella. —No pregunten por el padre, porque no vive acá, pero al menos paga la pensión a tiempo… claro, eso o lo denuncio.

—¿Y sabés cuando va a regresar tu mamá?

—Anda cuidando a un tío que está enfermo en el hospital, así que dudo que llegue pronto.

—¿Algún otro miembro adulto de la familia?

—No, mi papá hace años nos dejó y mi hermano se juntó y jaló con una tierrosa.

—Según nuestros informes tu mamá denunció que habían muchachas que tenían sexo por dinero a las afueras del colegio. ¿Sabés algo al respecto?

—¿Qué hay varias prostis en el cole? Eso todo el mundo lo sabe —dijo en tono sarcástico, como si fuéramos tontos por preguntarlo. Se sentó en el sillón principal de la sala mientras hacíamos lo mismo en otros asientos aledaños.

—¿Alguien las dirige? —preguntó Córdoba.

—No, son por vocación.

—Cuando decís que son prostitutas —intervine—, querés decir que cobran por sexo.

—Tanto detalle no sé, no me meto en la vida de los demás. Pero de que hay más de una que le encanta abrir las piernas con quien puede, pues eso es innegable ¿o ustedes pensaban que era un convento?

—Ok, pero pregunto de nuevo —insistí— ¿sabés concretamente de compañeras tuyas que estén prostituyéndose con adultos a cambio de dinero?

—No, don David —me dijo—, son zorras pero no putean.

—¿Por qué tu mamá puso la queja en el PANI? —preguntó Córdoba.

—Por payasa.

Córdoba y yo nos volvimos a ver. Sabíamos que esa entrevista había quedado en nada.

Al dejar la propiedad atravesamos las calles de San Sebastián en nuestro vehículo cuando el día comenzaba a ser reemplazado por la noche. Ahí fue donde, por casualidad, divisamos los indicios que andábamos buscando.

—¡Ojo! —alertó Córdoba señalando hacia la derecha. Miré con atención la dirección que señalaba y vi lo mismo que ella; una de las compañeras de Melanie que habíamos entrevistado en el colegio, la de cabello negro y ojos claros para ser más específico, salía de una vivienda de clase media baja de muy mal aspecto. Ya estaba fuera del portón principal contando billetes y despidiéndose de un adulto mayor con edad para ser su abuelo.

—¡Que lamentable! —exclamé— los rumores eran ciertos —dije mientras detenía el vehículo cerca del área.

—¿Lo arrestamos? —preguntó Córdoba.

—No… ella ya está afuera de la propiedad, no tenemos causa para allanar, pero informemos a la gente de Trata para que lo procesen… y sigámosla, puede llevarnos a su proxeneta.

—De acuerdo.

En efecto seguimos a la muchacha que llamó por su celular a un taxi pirata que la llevó hasta una zona bastante peligrosa de la comunidad. Allí se bajó del taxi cerca de una alameda donde una prostituta adulta de cabello negro lacio conversaba con un pintilla que ejercía claramente de “campana” en caso de que llegara la policía, por lo que tuvimos la precaución de mantener la distancia para no llamar la atención y observar lo que acontecía con binóculos. La muchacha fue recibida dentro de una casa que, según los expedientes que conocíamos, pertenecía al “Coco”, quien salió a recibirla en persona por la puerta principal y que reconocimos gracias a la fotografía de archivo. Ella le dio una suma de dinero que había recién ganado vendiendo su cuerpo y el Coco Segura sonrió.

—Suficiente —dije— llamemos a la gente de la SERT para que lo arresten por proxenetismo y prostitución infantil.

La casa de Segura fue allanada unas dos horas después. Se encontró todo lo presumible; drogas, dinero en colones y dólares, armas (especialmente un revólver y tres armas blancas de entre las que destacó una navaja que podía ser la utilizada para mutilar a Melanie) y documentos falsos. También encontramos en el interior a la muchacha de pelo negro que fue identificada como Pamela Durán y que estaba totalmente drogada en marihuana y alcoholizada, así como a un par de compinches del Coco, uno de ellos menor de edad.

Los dos menores fueron puestos a las órdenes del PANI, mientras que Segura y su amigo mayor de edad pasarían la noche en la delegación más cercana.

—¿¡Qué!? ¡Están pero re-mamando! —afirmó Segura cuando lo interrogamos a la mañana siguiente. —Sí, esa chica es prosti, pero yo no soy el chulo. ¡En serio! —dijo volviendo a ver a su abogada, una defensora pública que tenía muy bonitas piernas.

—Yo que usted no me complicaría las cosas, José Antonio —le dije utilizando su verdadero nombre—, pronto el informe forense nos dirá si alguna de las armas incautadas en su casa fue la que se usó para asesinar a Melanie Velázquez. ¿Por qué la mató? ¿por qué iba denunciar su red de prostitución? ¿por qué no aceptó trabajar en ella?

—¡Diablos! ¡Que no! ¡Lo mío son las drogas, sí! —dijo y su abogada le dio un codazo en las costillas—, diay, ¿qué quiere que diga? —le reclamó a su abogada—, yo no voy a caniar añales por algo que no hice, mae. No, no, yo no tuve nada que ver con la muerte de esa güila y jamás he tenido nada que ver con prostitución. La putilla esa de Pamela llega a veces a comprarme droga, nada más.

—Bueno, si no piensa confesar, entonces no tenemos más que hablar —dije cerrando la carpeta y dejándolo solo en la sala de interrogatorios con su abogada. Córdoba, que miraba todo desde afuera por ser una habitación tipo cámara Géssel, me preguntó:

—¿Qué crees? ¿Está mintiendo?

—Como psicólogo, diría que su lenguaje corporal no me hace suponer que mienta, pero es pronto para saber. Esperemos los resultados forenses.

Estando más despejado al haber avanzado en el caso de Melanie Velázquez, llegué a la mañana del día siguiente a las afueras de los Tribunales de Familia a reunirme con Sandra Flores, mi ex esposa.

Sandra era una mujer de mi edad. Tenía el cabello castaño, rizado y ojos de color miel. Cuando nos casamos, hacía como ocho años, era una belleza despampanante que volvía la mirada de los transeúntes y detenía el tráfico. Seguía siendo muy guapa, si bien tenía algunas libritas de más. Ya no era la veinteañera incauta y cándida que alguna vez conocí. Aquella que usaba bolsos de Hello Kitty y llevaba sus cuadernos abrazados con su mano derecha sobre el pecho camino a la universidad a sus clases de Derecho. Ahora era una mujer madura y experimentada, cuya madurez le otorgaba el aire atractivo y sazón como pocas mujeres conseguían. Hoy se desempeñaba como fiscal del Ministerio Público.

Nuestro rompimiento fue amargo y doloroso, repleto de reclamos y conflictos. Claro, nunca fuimos enteramente compatibles y la mayor parte de la relación desde nuestro noviazgo de año y medio hasta la ruptura de nuestros vínculos maritales hacía tres años fue entre dos personas de personalidades totalmente opuestas que, sin embargo, se amaron locamente.

Al observarme Sandra no pudo disimular su malestar cuya ira se reflejó en su rostro en una mueca como la que alguien produciría al morder un limón agrio.

—Gracias por aceptar verme, Sandra —le dije tratando de reprimir la angustia en mi voz.

—¿Qué querés, David?

—Sé que no fui el mejor de los maridos, pero sabés que te amé mucho, ¿verdad?

—Pues tenías una forma muy original de demostrarlo… —dijo con desprecio y rencor.

—¡Por favor, Sandra! Mirame a los ojos y decime que vos no me amaste y que no conociste mi amor…

Sandra bajó la mirada y dijo:

—Sí, sí… lo sé —luego subió la mirada y con encono agregó; —pero estaba cegada por el amor. No sabía el monstruo que sos.

—¿Monstruo? ¿Yo?

—¡Sí! ¿Qué es lo que me querías decir? ¡Al grano!

—Quería pedirte que retiraras la demanda y que resolviéramos el problema sin intervención judicial…

Sandra fingió una risa sarcástica y miró hacia el cielo diciendo:

—¡Debí suponerlo! ¡Qué conveniente! ¡Otra vez querés que te perdone! ¡Que te saque de apuros! ¡No, David! Esta vez tendrás que afrontar las consecuencias de tus actos.

—¡Pero Sandra…!

—Pero nada, David. ¡Vos me agrediste! —dijo y sus gritos comenzaron a resonar llamando un poco la atención.

—¡Fue un error! No quise hacerlo y me sentí mal inmediatamente. ¿Nunca has hecho algo en el calor del momento y te arrepientes de ello toda la vida? Jamás he sido violento, sencillamente… no era yo en ese momento…

—¡Pues que mal! Si no hubieras sido un malnacido perro que me ponía los cuernos con todo mundo, tal vez te habría perdonado…

—¡Aaah! ¡Con razón! ¡Esa es la verdad! Lo que querés es vengarte de mí por mi infidelidad. ¡Eso es todo! No te importa lo que pasó aquella noche, sencillamente querés sacarte el clavo…

—¡Si! —reconoció ya casi histéricamente— ¿Sabés algo? ¡Me dolió muchísimo más todas las veces que me diste vuelta —dijo golpeándose el pecho— que la vez que me pegaste y me tumbaste al suelo!

—Lo siento…

—Pues ahora aguanta, David, porque siempre se cosecha lo que se siembra. Y si esta demanda por agresión doméstica te arruina tu carrera… te lo tenés merecido…

—¡Un momento, Sandra! —dije apuntándole con un dedo— lo que hice es injustificable pero vos no fuiste nunca una santa. Y no te atrevás a culparme a mí de todo. ¿Crees que era fácil aguantar a una persona controladora, manipuladora, criticona, hiriente, histérica y colérica como vos? ¡Tus rabietas eran bastante comunes y por cualquier estupidez! Chantaje sentimental, celos irracionales, agresión psicológica… todas herramientas comúnmente usadas por la mártir Santa Sandra ¿verdad?

—No sé por qué me casé con vos.

—Yo tampoco. Sos amargada, terca… y querés obligar a todo el mundo a pensar como vos…

—¡Y vos sos un promiscuo asqueroso, vicioso, inmaduro y egocéntrico!

La acalorada discusión ya había llamado la atención de todos los que nos rodeaban y los agentes de seguridad comenzaban a mirarse entre ellos y a nosotros y a aproximarse en aras de separarnos. Ambos nos calmamos un poco y finalmente dije:

—Sigue con tu demanda, Sandra, si eso te hace sentir mejor… —me di media vuelta y dejé el lugar, profundamente afectado por lo sucedido.

Dicen que quien tiene suerte en el amor no tiene suerte en el juego, y viceversa…

Claro que soy un científico y no creo esas cosas pero el extraño adagio parecía estarse cumpliendo y había disfrutado de una racha de buena suerte desde que llegué a los casinos de San José antes de que el sol se ocultara. Así, proseguí apostando en la ruleta, en la mesa de póquer, de veintiuno, etc., etc., siempre con alguna bebida embriagante en una mano y una voluptuosa prostituta en la otra. El efecto del alcohol me había nublado completamente los sentidos pero, ciertamente, no había logrado disminuir la crisis depresiva que se resucitó por el incidente con Sandra.

Medio beodo decidí dejar de jugar, hastiado de ganar, y me separé de la rubia (artificial) que estaba a mi lado cansado de su falsa compañía. Recorrí los diferentes prostíbulos, bares, cantinas, chinchorros y clubes nocturnos de San José sin encontrar nada apetecible, aturdido más por el dolor que por el licor, repudiando mi existencia tan superflua y repugnante.

Trastabillando recorrí algunos de los roñosos antros de mala muerte metropolitanos hasta tropezarme en la acera y colapsar sobre la calceta.

Me recuerdo vomitando enfermizamente en el caño. Una vez que terminé de expulsar el contenido de mi estómago en la vía pública me senté sobre el concreto que enarcaba el caño y me froté la frente para luego notar sangre en mis dedos; me había abierto una herida en la cabeza con la caída.

Sentí las lágrimas brotando de mis ojos, pero yo no lloraba por la herida —pues mi cuerpo entumido por el guaro no sentía dolor— sino por mi existencia despreciable.

—¿Cortés? ¿Cortés, estás bien? —dijo una voz femenina. Por aquellas causalidades cósmicas una stripper amiga mía emergió del local y me tocó el hombro. La reconocí, su nombre profesional era Janina, pero su verdadero nombre era Adelaida.

No pude responderle porque me era imposible contener el llanto. Adelaida me abrazó y lloré sobre su hombro. Escuché al guarda de la puerta advertirle que si no me dejaba solo y volvía al trabajo se olvidara de volver, pero ella lo ignoró, llamó un taxi y le pidió a una de sus compañeras que le trajera su bolso y abrigo, y abordó conmigo el vehículo para llevarme a la casa y después de eso no recuerdo nada más…

—¡Auch! —sollocé al despertarme a media mañana con una tremenda resaca que me escoriaba la cabeza.

—¿Cómo te sientes? —me dijo la voz de Córdoba, muy para mi pesar y descontento.

—¡Oh, Córdoba! —lamenté acariciándome la cabeza con ambas manos para aliviar el dolor. —¿Qué hacés aquí? No quisiera que me veas en esta condición…

—¡Ay tranquilo! No es nada.

—¿Cómo llegaste aquí?

—Una amiga tuya llamada Adelaida te trajo anoche y, aparentemente, cuando ella te preguntó si había alguna amiga que debía llamar para que te cuidara entre balbuceos dijiste mi apellido y ella me localizó en el celular. Gracias por tenerme tanta confianza…

—Gracias a vos por venir. Apenas nos conocemos…

—Sí, pero tenemos buena química, la verdad.

—Te preguntarás porqué terminé así…

—No es asunto mío.

—Te lo diré igual. Una vez estuve casado.

—Me enteré. Y fue con Sandra Flores, una de las fiscales del Ministerio Público ¿cierto?

—En efecto. Fue… fue un bonito romance y realmente amé a mi ex esposa. Fue una relación pasional y espontánea en muchos aspectos… pero también fue tremendamente conflictiva.

—¿Mucha peleadera?

—Israel y Palestina es cualquier vara.

Córdoba se carcajeó.

—¿Y tuvieron hijos?

—No

—¿Ya se divorciaron?

—Sí, hace ya como tres años.

—¿Por eso te deprimiste?

—Por eso y varias cosas. Hice… algo… que no debí hacer nunca.

—¿Qué?

Tragué saliva. No me gustaba hablar de ello. Me avergonzaba. Jamás en mi vida había hecho nada que me apenara de verdad, nada de lo que me arrepintiera realmente, excepto por ese incidente.

—Le di… le di un golpe… un puñetazo… y ella se cayó al suelo.

—¡Ay Cortés!

—Me sentí tan mal. No sé que me pasó. Ella estaba gritándome… no me acuerdo por qué, y yo acababa de regresar de un caso muy estresante y turbio. Sé que no es excusa pero… bueno… alguien había matado a unos niños… eh… los había quemado vivos. ¡Fue espantoso! ¡Realmente horrendo! Me afectó mucho y no había logrado atrapar al asesino. Supongo que simplemente estallé.

—Bueno, no se justifica lo que hiciste, pero tampoco es algo tan grave. Estabas pasando por un mal momento y perdiste el control, y te sentiste mal inmediatamente. Todos hemos metido las patas alguna vez…

—Sí, lo sé. Y Sandra lo entendió en su momento. La llevé al hospital muy angustiado porque ella estaba sangrando por la cabeza y allí la suturaron.

—¿Y qué pasó?

—Bueno, los pleitos no disminuyeron y eventualmente ella y yo nos separamos. Me sumí más aún en el alcohol, la fiesta y las mujeres. Entonces en que pedí la incapacidad de dos años en el brete.

—¿Y por qué decidiste regresar?

—Villanueva me insistió mucho. Me odia, pero sabe que soy el mejor investigador que tiene.

—Creo que no hay ningún investigador judicial del mundo que no tenga su psique afectada por las cosas que vemos. Estos casos nos afectan psicológicamente a todos, Cortés. Si no te afectaran no serías humano. ¿Estás seguro que debiste regresar? Tal vez no era tiempo aún…

—No, no. Este brete me hace sentir útil.

—Entonces hay algo que no me estás diciendo. Vos no te deprimiste por el caso sino por otra cosa…

—Hace algún tiempo mi ex esposa Sandra interpuso una demanda contra mí por agresión doméstica como una venganza personal hace algunos meses y el proceso sigue abierto. Ella tiene el testimonio de los vecinos que se enteraron de lo sucedido y del reporte médico que confirma su tratamiento por un golpe en esa fecha.

—¿Así de la nada?

—No, no, se enteró de mi infidelidad con su hermana Jennifer…

—¡Ay Cortés! —suspiró Córdoba. —Sin duda lo hace para vengarse de vos.

—Sí, lo sé… puede arruinarme la carrera. Lo único que de momento le da sentido a mi vida.

—Bueno, si en algo puedo ayudarte, contá conmigo.

—Gracias.

—Y lamento ser proveedora de malas noticias pero…

—¿El caso de Melanie?

—Sí… según Medicatura Forense, ninguna de las armas encontradas en la casa del Coco coincide con las usadas en Melanie. No lo exculpa, pero no ayuda a ligarlo tampoco.

—Pues habrá que recabar más información. Testimonios, tal vez, que demuestren que lideraba la red. Dame un par de horas para alistarme y bajarme la goma, y procedemos a investigar más.

—De acuerdo.