XIX
Era claro que Rodolfo Barquero, aunque fuera un repugnante pedófilo, no era uno de los asesinos que buscábamos pues, ni el tatuaje coincidía con la descripción, ni estaba vivo para el momento en que se cometió el segundo asesinato. No obstante sí se encontró en su casa una computadora con acceso a internet repleta de pornografía infantil y también de los videos que enviaba a Steinman desde el email.
Mientras resolvíamos el misterio de la conexión de Barquero en todo el asunto, llegamos en horas de la mañana a la residencia conocida de Aureliano Sánchez, el ex paramilitar guatemalteco del que nos habló Zelaya.
Tocamos la puerta por varios minutos sin obtener resultados. Pensábamos irnos cuando vimos a una figura acercarse lentamente por la acera cargando una bolsa de compras. Parecía casi un anciano, aunque esto era porque estaba avejentado y ya tenía el cabello impregnado de gris. De entre su camiseta sin mangas brotaba notorio el tatuaje de la serpiente y, al vernos, se inquietó.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó hoscamente.
—¿Es usted Aureliano Sánchez? —asintió— somos agentes judiciales. Queremos hacerle algunas preguntas.
Se encogió de hombros y nos abrió la puerta de su casa. Una vez dentro vimos que tenía dos simpáticos perros zaguates que llegaron corriendo a recibirlo y no les agradaba mucho nuestra presencia, pero que Sánchez calmó con firmes órdenes.
—¿Café? —ofreció, y negamos con la cabeza al mismo tiempo. —¿De qué quieren hablar? —preguntó.
—Sabemos que usted fue un paramilitar durante la Guerra Civil de Guatemala —solté—, y queremos saber dónde estaba durante ciertas fechas específicas.
—¿Tengo que llamar a mi abogado? —preguntó sentándose sobre el sillón.
—¿Por qué? ¿Hizo algo malo? —le devolví.
—No que yo sepa.
—¿O sea que violar mujeres y cortarle la cabeza a sus esposos frente a sus ojos no lo considera malo? —le lanzó Córdoba expresando su merecida indignación.
Sánchez se silenció por algunos momentos y bajó la mirada.
—Miren, no me enorgullezco de lo que hice durante la guerra. Es más, me avergüenzo. Por eso vine a este país, para dejar todo eso atrás. Pensarán que nosotros éramos los malos, pero la guerrilla también hacía cosas así…
—No vinimos a debatir sobre quien era peor —cortó Córdoba y luego le preguntó dónde estuvo durante las fechas de los homicidios.
—Estaba aquí, solo —alegó—, no tengo coartada, si eso es lo que buscan. Pero sea lo que sea que creen que hice, se equivocan. He hecho todo lo posible por dejar atrás la violencia, a diferencia…
—¿A diferencia…? —intervine— ¿sabe de las andadas de su compañero Casimiro Castañeda?
—Sí —declaró y fue notorio como se le erizó la piel—, Castañeda está… está enfermo. Si creen que yo hice cosas malas durante la guerra no lo conocieron a él. Se saciaba con esto… no tienen idea la clase de horrores que sugería.
—No puedo imaginar qué cosas pudo sugerir que le aterraran a un criminal de guerra como usted —declaró Córdoba.
—Todos tenemos límites, menos él. Es la persona más perturbada que tuve la desgracia de conocer. Ustedes parecen ser buenas personas. Les recomiendo que tengan cuidado, si es él al que están buscando.
—Si usted es inocente no le molestará darnos una muestra de su ADN —comenté.
—No, en absoluto, envíen a sus técnicos, yo cooperaré.
—¿Sabe dónde podemos encontrar a Castañeda?
—Desgraciadamente sí —aseguró—, por más que intento alejarme de él. En ocasiones me contacta para recordar “viejos tiempos” —y al decir esto empezó a sudar y se notaba que estaba atormentado por oscuros recuerdos—, no me deja olvidar lo que pasó. Todos los agrios recuerdos de la guerra… todo el remordimiento… Puedo darles el número de teléfono del que me llama.
—¿Ya se logró identificar la residencia de Castañeda? —pregunté a Córdoba a la mañana siguiente llegando a la oficina y con una taza de café en la mano.
—Aún no. Al parecer tiene varias direcciones y aún no se le ha logrado ubicar exactamente. El número que nos dio Sánchez ha sido rastreado hacia una empleada doméstica guatemalteca que es pariente lejana de Castañeda, ella no sabía dónde ésta, sólo sabe que de vez en cuando la visita y le pide el teléfono prestado.
—Bueno, tenemos otro indicio que podemos seguir —aseguré— ¿te acordás de Rodolfo Barquero?
—Claro, el pedófilo que murió asesinado con un cuchillo en la panza.
—Bueno, Rodríguez y Pérez, que están llevando el caso, me acaban de pasar varios datos que nos pueden interesar. Para empezar, que el tipo de cuchillo que usaron no es nada común. Es un cuchillo militar muy raro de encontrar.
—Lo cual apunta a que lo mató Castañeda.
—Sí y no, resulta que como parte de la investigación entrevistaron a varios vecinos y uno de ellos les contó que noches antes de la fecha en que se presume la muerte, vio a Barquero en una pelea muy airada con un tipo que salió muy enojado de su casa. El vecino tomó nota de la placa casualmente por eso, y el número de esta corresponde a un vehículo perteneciente a Alberto Almeida. ¿Te suena?
—Almeida… Almeida… ¿El que fue ministro de Seguridad?
—Ojalá fuera solo eso. Almeida pertenece a una de las familias más prominentes de la política tica, por si no sabías…
—Sí, sí, es hijo de un ex vicepresidente, pero… ¿Qué hacía visitando a Sánchez en la casucha donde éste vivía en un barrio de clase popular? Los Almeida tienen mucha plata.
—¿Nunca escuchaste los rumores? Se rumoreaba que cuando Almeida fue ministro de Seguridad gustaba de llevar niños de la calle a su casa… ya imaginarás… Quizás le compraba porno infantil a Sánchez o era una de sus fuentes de videos. Almeida no tiene expediente penal de ningún tipo, lo más cerca fueron varias denuncias por violencia doméstica hacia su ex esposa que, como supondrás, fueron retiradas y acalladas.
—Suena como un tipo violento.
—Y hay más, Almeida participó en la guerra en Centroamérica como voluntario en el ejército de Guatemala.
—¡Santísima! Suena como el asesino que buscamos. Pero tenemos que andar con pies de plomo, un paso en falso y usará sus influencias para hundirnos.
—A mí eso no me preocupa, lo que me preocupa es que usará sus influencias para quedar impune.
—Muy bien, investiguemos más a fondo. Además yo no descartaría a Castañeda como sospechoso aún. Ni a Sánchez.
—¿En verdad? ¿No creíste en su arrepentimiento?
—No… no lo sé —respondió pensativa—, pero quien le haya hecho ese tipo de cosas a otros seres humanos no me genera confianza ni se merece que le crea.
Asentí, no había nada más que agregar.
Continuamos nuestras indagaciones sobre Almeida, chequeando sus cuentas bancarias y los movimientos, su historial telefónico, entradas y salidas registradas al país y también donde había estado su IP.
—Bueno —dije luego de varias horas de investigación por el estilo— creo que el ligamen de Almeida con Barquero es claro. Intercambiaron emails y Almeida llamó varias veces por teléfono a Barquero.
—Pero no hay registros bancarios que acusen relación financiera, aunque —continuó Córdoba—, Almeida hacía retiros de dinero poco después de tener conversaciones telefónicas con Barquero. La pregunta es ¿qué le compraba?
—¿Porno infantil?
—Son sumas muy elevadas para que sea solo eso.
—Mmm espero que no sea lo que me estoy imaginando.
—Sí, pensé lo mismo. Hablemos con los hijastros.
Nos dirigimos de regreso a Zapote donde buscamos la residencia de los Sandoval. Estaba vacía. Nos indicaron que el hermano mayor trabajaba como mecánico en un taller cercano, pero cuando llegamos descubrimos que ya el personal había salido, sin embargo, el guarda del lugar nos indicó que Sandoval se encontraba en un bar cercano.
Allí sí lo localizamos. Se trataba de una típica cantinilla de pueblo. Al entrar Alan Sandoval nos reconoció por lo que se levantó de la mesa donde compartía cervezas con sus amigos y se aproximó a nosotros.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Necesitamos hablar con usted.
Asintió, así que salimos del bar. A las afueras ya la noche se dibujaba en el firmamento.
—Díganos que pasó con su padrastro —solicité.
—No hay mucho que decir. Abusaba de mí desde que yo tenía ocho o nueve años.
—¿Su madre nunca hizo nada?
—Es alcohólica y poco le importó. Mientras mi padrastro le diera plata para tragar guaro no le interesaba nada más, aparte de que a menudo quedaba desmayada en el suelo por la borrachera. Mi hermano y yo estábamos solos.
—¿Y qué más sucedió? —pregunté genuinamente conmovido.
—Cuando empezó a abusar de mi hermano me metí. Le dije que me agarrara a mí en vez de a él, que yo hacía lo que quisiera, pero a él no lo tocara y aceptó. Igual le hizo cosas a escondidas mías.
—Pero tu tía lo denunció.
—Sí, cuando yo tenía catorce años y mi hermano ocho. Eso lo paró por lo menos.
—¿Alguna vez tu padrastro te prostituyó con algún amigo de él?
Alan Sandoval tragó grueso y ciñó la frente como quien reprime el dolor.
—Sí. Una que otra vez. Tenía amigos con mucha plata.
—¿Uno de esos hombres fue este? —preguntó Córdoba mostrándole una fotografía de Alberto Almeida.
—No lo recuerdo bien la verdad, esa parte la tengo bloquiada. Además, siempre pasaba en la oscuridad y no les veía la jacha.
—Gracias por su ayuda.
Sandoval se introdujo de nuevo a la cantina y Córdoba y yo nos dirigimos hacia el auto.
—Pobre muchacho… —comenté, y Córdoba asintió.
Conducimos ya de noche de regreso a San José. Pensaba dejar a Córdoba en su casa primero y luego ir a la mía, pero ambos decidimos pasar a tomarnos unos tragos a un bar para bajarnos el mal sabor de boca que nos había dejado la entrevista con Sandoval.
—Recordame de nuevo por qué hacemos todo esto, Lobito —me preguntó Córdoba ya con cierto acento de embriaguez.
—Por hacer justicia, Crucita, justicia.
—Meeeeh… —murmuró—, al final todo nuestro esfuerzo para que los jueces los suelten.
—No siempre pasa así, además la alternativa es peor. Deberías estar orgullosa Córdoba, has hecho cosas muy buenas.
Tras mucho conversar y algunas cervezas, decidimos partir de regreso. Córdoba tomó mucho más que yo porque no tenía que manejar, pero debo admitir que yo quizás me excedí ligeramente. Conduje con la intención de dejar a Córdoba en su casa en Guadalupe y cuando pasamos por un área relativamente boscosa y muy solitaria un microbús negro salió de la nada y nos interceptó el paso.
En instantes, de la misma, surgieron cinco sujetos fuertemente armados, todos de negro y con pasamontañas, uno de los cuales tenía en manos una AK—47. Frené de golpe y me llevé la mano al arma en la funda, y Córdoba hizo lo mismo aunque quizás más lentamente al estar aturdida por el alcohol, sin embargo para cuando nuestros dedos se posaron sobre el metal ya nos tenían encañonados.
—¡Arriba las manos! ¡No se muevan! —gritó uno de los tipos que pronto caminó hasta la ventanilla y me apuntó con el arma justo al lado de la cara (otro hizo lo mismo de lado de Córdoba). —¡Salgan! —nos ordenaron.
Una vez afuera y con la adrenalina que me bajó la ebriedad de golpe, nos requisaron a ambos sobre la trompa del vehículo despojándonos de toda arma, y luego nos dieron la vuelta para encarar al que parecía ser el líder.
Usaba un pasamontañas, pero su acento extranjero era evidente así como el tatuaje de serpiente que resaltaba por entre su camiseta negra sin mangas.
—David Cortés y Rosa Córdoba —nos dijo—, sé que están investigándome, así que quiero darles una advertencia. Yo no soy el hombre que buscan. No pierdan su tiempo y evítense problemas. No quiero que su investigacioncita me traiga atención indeseada o haga que me deporten a Guatemala, así que quédense quietos. Que yo no soy ningún maricón y nunca violé hombres. Les repito, no soy el que buscan, así que investiguen a otro o se van a ver en problemas.
—¿Casimiro Castañeda? —pregunté.
—Usted sabe quién soy. En este momento podríamos llevárnoslos a donde queramos, violarla a ella y luego matarlos. Eso es lo que haremos la próxima vez. Y si no los logramos conseguir porque estén escoltados, recuerden, ustedes tienen familias. No querrá que nada le suceda a su mamá Marielos Vargas que vive en Paso Ancho por la pulpería El Paso junto a su hermana menor Victoria ¿verdad Rosa? O usted David, imagino que se preocupa mucho por esa muchacha llamada Pamela que tiene de amante y que vive en San Sebastián. Evítense problemas y busquen otra persona a quien molestar, que yo me enfrentaba a terroristas y guerrilleros, creo que puedo con dos policías ticos.
Sin decir más Castañeda se alejó dando pasos hacia atrás. Sus hombres tiraron nuestras pistolas al piso al lado de la camioneta negra poco antes de montarse y ésta arrancó una vez que todos estuvieron dentro alejándose en medio de una polvareda dejándonos a Córdoba y a mí entre furiosos y atónitos.