XX
Por supuesto que informamos a Villanueva de lo acontecido de inmediato.
—Ninguno de ustedes dos vuelve a ir a ningún lado solo —nos dijo—, imagino que querrán escolta para sus familias.
—Sí, pero algo discreto por favor —pidió Córdoba—, le pasaré la información de mi mamá y mi hermana.
—¿Y usted Cortés?
—Igualmente por favor.
—Emitiré una orden de arresto contra Castañeda pero ya —aseguró tronando los dedos.
—No creo que sea prudente —indiqué.
—¿No creerás que cumplirá sus amenazas, verdad? —me preguntó Córdoba con ceño fruncido.
—No es eso, es que de verdad no creo que sea el asesino. Si lo fuera, creo que Córdoba y yo estaríamos muertos.
—De todas maneras, amenazó a investigadores judiciales —recordó Villanueva—, nadie se mete con nosotros.
—Sí, pero retenerlo traerá más complicaciones. Créanme que no es de mi interés hacerle la vida fácil o hacerle creer que tuvo éxito amedrentándonos, pero es lo más prudente de momento para efectos de la investigación. Que Córdoba y yo estemos custodiados va a entorpecer el proceso investigativo. Además, sospecho más de Alberto Almeida.
—¿Qué pensás vos, Córdoba? —preguntó Villanueva.
—Cortés tiene algo de razón. Es mejor dejarlo así de momento.
—Bueno, como prefieran.
—Ahora el asunto es ¿cómo supo Castañeda que lo estábamos investigando? —lancé.
—Buena pregunta —adujo Villanueva reclinándose en su asiento— ¿se habrá filtrado información? Y si es así ¿cómo?
—No saltemos a conclusiones —pidió Córdoba—, bien pudo haber sido Sánchez el que le dijo.
—Es verdad —reconocí—, pero de todas formas deberíamos tener cuidado con cómo se procesa la información.
Alberto Almeida nos recibió en su lujosa oficina localizada en un costoso edificio de oficinas localizado en Paseo Colón.
Almeida era casi idéntico a su legendario y conocido abuelo que había luchado en la Guerra del 48, pero con una mirada mucho más fría y calculadora, que le daba un aire astuto. Usaba bigote y se peinaba meticulosamente, todavía se encontraba en forma pero su físico debió haber visto mejores tiempos. Hablaba como todo un político, con tono pausado pero elocuente y muchas gesticulaciones, siempre manteniendo una cuidadosa fachada.
—Sí, yo luché en la guerra civil de Guatemala —nos explicó—, participé como asesor militar del gobierno. Tengo entrenamiento militar y soy graduado de West Point y la Escuela de las Américas ¿saben? A menudo me internaba en las montañas junto a otros efectivos para combatir a la guerrilla de la URNG.
—Por lo que hemos escuchado —expliqué mientras ojeaba los libros en la biblioteca de su oficina, que incluían ejemplares de El arte de la guerra de Tsun Zu y la biografía de Napoleón—, los militares guatemaltecos cometieron verdaderas atrocidades contra los campesinos e indígenas en las montañas.
—No diré que lo que se hizo fue siempre justificado —explicó reclinándose en su asiento giratorio—, pero nos encontrábamos realmente en un estado de guerra total. Los comunistas eran tremendamente crueles y estaban dispuestos a todo. La guerrilla cometió también su buena parte de atrocidades, por si no sabían.
—Aún así estoy segura de que eso no justifica decapitar civiles o violar mujeres —afirmó Córdoba, dejando salir sus pensamientos de una forma demasiado osada.
—¿Me está acusando de algo, señorita? —preguntó Almeida con evidente molestia, pero no se esperó a recibir respuesta. —Acepté voluntariamente responder sus preguntas, pero si van a levantarme acusaciones injuriosas tendrán que hablar con mis abogados.
—Mi compañera estaba solo mencionando lo que hemos escuchado que hacían los paramilitares —intervine sentándome y tratando de calmar las cosas—, no le estamos acusando de nada. Al contrario, dada su experiencia en seguridad y en la guerra, quizás pueda decirnos si este modus operandi era común a algún grupo guerrillero o paramilitar de Guatemala —dije mostrándole algunas fotografías de las escenas del crimen y agudizando mis sentidos para detectar la menor complacencia en su carácter al mirar las imágenes, evidencia inequívoca que delataría a cualquier sociópata. —Como verá, a las parejas se les asesinó con un corte en el cuello, previo a lo cual fueron violadas y torturadas de manera muy violenta.
Almeida observó las imágenes con atención y extrajo un suspiro de su nariz como si estuviera conteniendo la respiración.
—¡Horrible de verdad! Parece obra de la guerrilla. Cuando se desmovilizaron esos comunistas se dedicaron mayormente al narcotráfico y se volvieron aliados de las maras, e incluso algunos de los mareros más viejos son ex guerrilleros o hijos de ex guerrilleros. Esa gente es capaz de todo.
—Sin duda, pero en este caso tenemos indicios de que el responsable es alguna especie de desviado sexual —aduje con la intención de ser ofensivo. —Nos parece que se trata de un pedófilo, de esos que pagan dinero por meterse con menores de edad. De ahí que probablemente intente compensarlo fingiendo ser muy macho el resto del tiempo. Sabemos que tiene un cómplice que es su amante homosexual, probablemente el activo de la relación.
Almeida me miró y sonrió. Parece que leía mis intenciones.
—Creo que no puedo ayudarles en esos aspectos, señores, no es mi área. ¿Algo más? Porque en verdad tengo mucho trabajo que hacer.
—Es todo, gracias —dije juntando las fotografías que introduje a la carpeta y retirándome junto a Córdoba de la oficina.
A la mañana siguiente llegué a la oficina un poco más tarde de lo normal con un sentimiento de amargura que tenía tiempos de haberme embargado. Para golpear más mi hígado y enfriar mis ganas de trabajar me topé con que el viceministro de Seguridad y un diputado del mismo partido al que pertenecía Almeida, estaban reunidos con Villanueva, según me contó Córdoba.
Me senté en mi escritorio de siempre a la espera de ver que salía de la reunión. Unos veinte minutos después los sujetos emergieron de la oficina y estrecharon manos con Villanueva en despedida para después irse mientras nos miraban de reojo.
Villanueva se aproximó a hablar con nosotros.
—Me imagino para que se reunieron con usted, jefe —mascullé.
—Es bastante obvio ¿no? —confesó—, quieren que se deje de investigar a Almeida.
—¡Que descaro! —expresó Córdoba.
—La verdad es que no son los únicos. Almeida tiene muchas influencias y el director y yo hemos recibido muchas presiones por dejar el caso.
—¿Y va a ordenarnos que lo dejemos, jefe? —pregunté.
—Me conoce bien como para preguntarme eso, Cortés —respondió. —Sigan investigando, pero sobra decir que necesitamos evidencias contundentes si hemos de procesarlo ¿verdad?
Ambos asentimos y nos pusimos manos a la obra.
—Creo que he dado con uno de los posibles “clientes” de Almeida —aclaró Córdoba leyendo datos en su computador—, pero será difícil de localizar. Se trata de Adrián “El Cristo” Gamboa. Interpuso una denuncia cuando era un niño de la calle. Tenía trece años y era de los llamados “chapulines” de la época en que Almeida fue ministro, hoy debe estar cerca de los treinta. Aseguró a una ONG que Almeida lo contrató por servicios sexuales pero, como es de suponer, el asunto nunca pasó a más y eventualmente retiraría la denuncia.
—¿Dónde lo podremos localizar?
—Al parecer hoy es un indigente. Habitual de la zona del Museo de los Niños.
Nos dirigimos de inmediato al área indicada y preguntamos a los distintos indigentes y chicheros si conocían a Gamboa o si alguno de ellos lo era. Unos estaban demasiado mal para responder y otros simplemente afirmaron no saber dónde estaba, hasta que llegamos a Tierra Dominicana donde un quinteto de dominicanos hablaba entre sí en una esquina. Nos miraron con desconfianza, como es lógico, ya que es obvio que eran vendedores de droga, pero se tranquilizaron un poco cuando preguntamos por “El Cristo”.
—Es ese de allá —nos respondió el más alto de todos señalando hacia una esquina lejana. En medio de varios cartones, rodeado de dos perros callejeros y al lado de un comercio con las puertas de metal cerradas, dormía el susodicho.
—¿Adrián Gamboa? —preguntamos despertándolo con empujones. Parecía estar desconcertado porque se le despertara tan “temprano” y la luz del sol le molestaba. Entiendo porque le apodaban “El Cristo”, tenía una barba frondosa y el pelo largo y descuidado, pero de entre aquella maraña se podía aún ver unos rasgos faciales suaves que recordaban a Robert Powel, el actor de Jesús de Nazareth acrecentados por sus ojos azules y tristes. Probablemente de no estar sucio y greñudo sería considerado un hombre guapo.
—¿Qué pasa? Yo no he hecho nada…
—Necesitamos preguntarle algo importante —le aclaró Córdoba con tono más amable que el mío. —Venga, le invitamos algo de comer.
Ante la oferta Gamboa no se mostró perezoso. Se levantó de inmediato seguido por los zaguates que meneaban las colas. Llegamos a una soda cercana y le compramos tacos chinos que devoró felizmente, aunque reservó algunos pedazos que lanzó a sus perros.
—Sí, me acuerdo bien de ese tal Almeida —reconoció ante nuestras consultas—, le mamé la verga por un par de rojos. En ese entonces era buena harina.
—¿Hizo algo más?
—Sí, quería cogerme, pero no me deje hasta que me ofreció más plata. Luego no me quiso pagar… o a lo mejor me pagó y le pedí más, ya no me acuerdo. La droga, ya saben —dijo señalándose la cabeza— la cosa es que por eso lo denuncié, me dio cólera que fuera tan codo el hijueputa ricachón. Yo sabía cómo era la vara ¿me entiende? En esa época hacía mis rojitos de esa forma.
Córdoba suspiró, como desanimada por todo lo que oía, y no la culpo, a mí también se me produjo un jalón en el estómago.
—¿Por qué retiró la denuncia?
—¿Por qué? Pues porque me mandó a pichasear. Me quebraron la nariz —dijo señalándosela— y desde entonces quedé con el tabique torcido. Nunca me habían pichaseado tan fuerte en mi vida, viera como me dejaron. Más bien no sé por qué no me mataron, la salvé de milagro…
Mientras hablábamos con Gamboa sonó mi teléfono celular.
—Aló —respondí alejándome algunos pasos de “El Cristo” y de Córdoba.
—Si se encuentra con alguien Cortés, será mejor que no muestre ninguna sorpresa por lo que estoy a punto de decirle o Pamela sufrirá. ¿Me comprende?
Guardé silencio algunos momentos.
—Sí.
—Tenemos a su novia en este momento. Si quiere volverla a ver con vida hará lo que le digamos.
—De acuerdo, no le hagan nada.
—Le vamos a dar una dirección. Venga solo. No alerte a nadie de esto, de nada le servirá. Como ya adivinó tenemos contactos dentro del Poder Judicial. En el momento en que nos demos cuenta que hubo una alerta su novia muere… y no será bonito el cómo. ¿Me comprende?
—Sí.
—Le enviaremos la dirección por mensaje de texto. Lo esperamos a las nueve de la noche en punto. Venga solo, desarmado, sólo queremos negociar.
Colgaron. Segundos después me llegó un mensaje de texto con la dirección prometida. Córdoba aún entrevistaba a “El Cristo” pero me observaba de reojo a cada rato.
—¿Todo bien? —preguntó.
—No, que va, tengo que ir a ver a un familiar que se acaba de enfermar y está en el hospital. ¿No te importa que te deje? Luego le llevo la excusa a Villanueva.
Córdoba ladeó la cabeza y entrecerró los ojos como si me estuviera midiendo.
—¿Un familiar? ¿Seguro?
—Sí, en serio. También tengo familia ¿sabés?
—¿Está todo bien, Cortés?
—Pues no, como te digo, tengo ese problema personal. No puedo hablar más, tengo que correr a la clínica. Nos vemos.
—OK —respondió ella encogiéndose de hombros. —Te veo mañana en la oficina, ahí te contaré que más averigüé.
—Gracias, Córdoba —dije alejándome rápidamente. Pedí un taxi para irme de ahí hacia mi casa. Una vez allí preparé mi Sig Sauer P 290 de 9 milímetros (que no es mi pistola reglamentaria) y medité largo rato sobre lo que debía hacer, ya que faltaban varias horas para la cita. Concluí finalmente que no podía informar a Villanueva ni a nadie en el Poder Judicial porque, hasta donde sabía, el mismísimo viceministro podía ser uno de los que estaban detrás de eso. Nunca me había sentido tan solo en mi vida…
La Sig Sauer es letal pero pequeña, cabe en la palma de mi mano y se oculta sin problemas en mi calcetín, así que la introduje allí y partí a lo que me encomendara el destino. Mientras viajaba en el carro llamaron a mi celular y pude ver el número de Córdoba reflejado en la pantalla. Pensé en ignorarlo hasta que un vehículo detrás de mí me hizo señas con los faros y supe que era ella. Lo encendí en alta voz.
—¿Qué?
—Con que la clínica ¿no? Sos un pésimo actor.
—Esto no te incumbe, Córdoba.
—Ya pasamos ese nivel, Cortés.
—Con solo que me estés llamando ponés en peligro la vida de alguien que amo.
—Entonces será mejor que me contés que está pasando.
—¿Le has dicho algo a alguien? ¿O a Villanueva?
—No aún, pero lo haré si no me informas.
Suspiré. Tras algunos instantes de duda, le conté todo.
Llegué hasta el lugar en mi propio carro a la hora indicada. El sitio era una bodega solitaria localizada en un área industrial de San José que a esa hora estaba virtualmente desierta salvo por perros callejeros e indigentes.
Bajé del carro y toqué la puerta del local indicado.
—Pase con las manos arriba —me dijo alguien desde adentro en cuanto la puerta se abrió y obedecí. Una vez dentro me requisaron en busca de armas y, por suerte, no me requisaron las medias o los zapatos como lo supuse.
—Bienvenido, Cortés —dijo una voz que reconocí de inmediato por su tono frío y calculador; era Castañeda. Encendieron una luz de linterna que me pegó justo en la cara cegándome y obligándome a cubrirme el rostro con el antebrazo.
—¿Qué quieren? —pregunté.
Recibí un golpe en la cabeza por algún objeto metálico que me hizo caer al suelo sintiendo aquella oleada de dolor a través de mis nervios y la sangre que brotó de la herida. Un nuevo golpe me fue dado en las costillas expulsándome todo el aire y causando un nuevo dolor que distrajo mi organismo levemente de la herida en la cabeza. Intenté aferrar la 9 mm de mi calcetín, pero entonces el tubo metálico apaleó mi pierna y por el nivel del dolor pensé que la había quebrado, después recibí una patada en el estómago, un nuevo golpe del tubo en la espalda, una patada en los testículos y un puñetazo en la cara.
Creo que entonces perdí el sentido por varios minutos. Para cuando desperté, me encontraba de rodillas, descamisado, y sobre una mesa con las manos atadas a una de las patas. Las luces habían sido encendidas completamente y pude reconocer a Castañeda acompañado de Steinman quien manipulaba una cámara de video y, quizás la presencia que más me sorprendió; Alan Sandoval.
—¿Qué hicieron con Pamela? ¿Dónde la tienen? —pregunté, aun sintiendo el dolor en las partes apaleadas de mi cuerpo.
—Está viva, Cortés, no se preocupe —respondió Castañeda— sólo que espero no le moleste que filmáramos algunos videíllos porno últimamente.
Al decir esto sus acompañantes se rieron y yo rabié intentando, inútilmente, soltarme.
—Pero ahorita se la traemos, don Cortés —dijo Sandoval sonriente—, acuérdese que nosotros sólo matamos parejas juntas.
—Sí, pero antes de eso vamos a hacer un buen video con usted de protagonista —agregó Castañeda inclinándose mientras extraía de su bolsillo un enorme cuchillo militar, muy afilado, sin duda el que utilizó para matar a Barquero. Lo colocó sobre mi dedo índice y en segundos lo vi desprenderse de mi cuerpo con un corte casi limpio, sólo detenido un poco por el hueso que tuvo que rebanar. El dolor fue insoportable, más allá de lo que puedo describir, como manifestaron mis cacofónicos alaridos.
—Grite cuanto quiera, Cortés, que esta bodega está diseñada para absorber sonidos —explicó y continuó con el dedo siguiente.
—¡¡Aaggghhh!! —chillé— ¡hijos de puta! ¡Esto lo van a pagar!
Castañeda rió.
—Apenas empezamos Cortés, tenga paciencia, pronto este dolor le parecerá nada comparado a lo que le vamos a hacer.
Castañeda me cortó un dedo más, llegando al central de la mano derecha. Parecía complacido por estas acciones, pero no quería dejar de lado a su amigo.
—Probá vos con algo un rato, Alan —le dijo a su pupilo—, vos siempre odiaste a los pacos desde que estabas en aquella pandilla de carajillo.
Alan tomó un encendedor con el cual prendió una vara bañada en material inflamable creando una especie de antorcha, que de inmediato usó para quemarme en las costillas y el pecho mientras yo emitía sonidos entre gritos y rugidos.
—Creo que es hora de que lo violemos —sugirió Sandoval quitándose la camisa, lo que evidenció la cicatriz en su abdomen. —¿Ve esto? —preguntó al notar que le observaba el área—, me la hice yo mismo de carajillo. Llega un punto en que ya le ha pasado a uno tanta mierda que ya no se siente dolor.
—Por eso hacés esto, malparido maricón —le escupí a Sandoval—, porque fuiste la puta de tu padrastro por años, ¿verdad hijueputa?
Sandoval, que estaba en cuclillas para poder quemarme adecuadamente, se levantó de pronto y comenzó a darme patadas en el estómago y el costado.
—Ya, ya, tranquilo —ordenó Castañeda y Sandoval obedeció—, no le hagás caso, que te quiere alterar para que lo matés rápido.
—Y ahora sos la perra de Castañeda —expresé en susurros por el dolor y la falta de aire.
Sandoval me propinó un certero y doloroso puñetazo en la espalda.
—¡Te dije que ya! —gritó Castañeda—, no me hagás castigarte, Alan —luego se dirigió a mí—, verá Cortés, Alan y yo tenemos una larga relación de muchos años. Yo le ayudé a sanar por lo que le hizo su padrastro. A empoderarse, a “sacarse el clavo” si se quiere.
—¿Y usted se saca el clavo, Castañeda?
—Yo no. A mí nunca me violaron ni nada por el estilo. Lo mío es porque me encanta, me da placer.
—¿Sabe lo que le pasa a los que matan a un agente judicial? No, no van a juicio… ya usted lo sabe Castañeda, pero sus amigos no. A usted lo protegen sus contactos pero ¿a ellos? a Steinman y a Alan los van a buscar mis compañeros para vengarme y los van a desaparecer.
—¡Es cierto! —clamó Steinman nervioso—, nos estamos arriesgando mucho por meternos con un agente del OIJ.
—Callate, está jugando con ustedes —dijo Castañeda— además, ¿ya qué? Ya sabe demasiado y vio nuestras caras.
—Sí, pero me interesa más vivir —expresé—, y sé que usted es intocable Castañeda. Si nos dejan ir a Pamela y a mí, les juro que así quedarán las cosas. Quedamos tablas. Hasta ahora no han hecho nada irreparable, puedo quedarme callado con lo que ha pasado.
—Tiene razón —continuó Steinman— mejor dejémoslo.
—Puede ser buena idea, Casimiro —aseguró Sandoval.
—¡Par de pendejos! —escupió Castañeda— no va a pasarnos nada porque no van a saber que fuimos nosotros. Ya, quítenle el pantalón…
—¡¡Quietos!! ¡¡Nadie se mueva!! —ordenó la voz de mi protectora. Mi compañera entró por una de las puertas laterales de la bodega para luego apuntarles con su arma bien sostenida en ambas manos, como lo esperaba. —Ya todo terminó, ya llamé a refuerzos.
—¿Pero cómo…? —preguntó Castañeda rechinando los dientes. Sandoval se agachó a tomar una de las armas de fuego que estaban sobre el suelo cerca de donde tenían varios instrumentos de tortura que pensaban usar en mí. Córdoba le disparó pero Sandoval fue capaz de esquivar las balas rodando por el piso pistola en mano y devolviendo el fuego. Córdoba se escondió detrás de una columna e intercambiaron disparos al tiempo que un aterrado Steinman salía corriendo solo para ser alcanzado en la pantorrilla por una bala.
Castañeda se tiró pecho a tierra y se arrastró como una lagartija hasta ocultarse tras unos contenedores. Córdoba y Sandoval continuaron el fuego Córdobaado sin que ninguno de los dos pudiera salirse del parapeto al tiempo que los aullidos de Steinman resonaban en el lugar. Entonces vi mi oportunidad. Los cortes habían deformado mi mano así que empujé y con mucho dolor logré que pasara por las ataduras liberándola, lo cual hizo que la otra se liberara también por tornar el nudo flojo. Extraje la 9 milímetros del calcetín que, por fortuna, no descubrieron y le disparé a Sandoval con la mano que aún estaba intacta —pues con la otra me hubiera sido imposible disparar—. Mi tembloroso pulso falló, pero obligó a Sandoval a agacharse y salir del parapeto, lo que aprovechó Córdoba para acribillarlo.
Busqué a Castañeda, pero no estaba.
—¡Cortés! ¿Estás bien? —me preguntó Córdoba acercándose preocupada.
—Sí, ve por Castañeda, yo estoy bien —le dije y Córdoba corrió en su persecución. Yo me acerqué a los otros; Sandoval estaba muerto, pero Steinman sollozaba cobardemente mientras se sostenía la pierna. —¿Dónde está Pamela? —le pregunté apuntándole con la pistola. Señaló hacia una puerta en otro extremo de la bodega. Corrí hacia allá pero estaba cerrada. —¡La llave! —le grité. Steinman señaló al cadáver de Sandoval que aún tenía un llavero en su cinto. Lo tomé rápidamente y volví a la puerta rogando a cualquier fuerza del universo que me escuchara que Pamela en verdad aún estuviera viva.
Abrí la puerta. El cuarto estaba totalmente oscuro. Encendí la luz con un interruptor al lado del marco y allí la vi. Estaba desnuda sobre una colchoneta vieja y amarrada a una tubería.
—¡¡Pamela!! —grité. Ella se removió denotando que estaba viva, pero parecía estar drogada. Me lancé sobre ella y le tomé la cabeza con ambas manos. —¡¡Pamela, hablame!!
—D…David… —murmuró. Le tomé el pulso, y era estable. Tomé el cuchillo de Castañeda que había quedado en el suelo y pude liberarla de sus amarras. La abracé y ella me devolvió el abrazo, lo cual me tranquilizó.
—¿¡Cortés!? —llamó Córdoba a lo lejos.
—¡Aquí estoy! —grité y ella entró en poco tiempo al lugar.
—Ya viene una ambulancia —me dijo—, todo va a salir bien.
—¿Y Castañeda?
—Esposado allá afuera —dijo apuntando hacia atrás.
—Interviniste demasiado pronto, Córdoba ¿y si Pamela no estaba en el edificio?
—Más bien me esperé demasiado, ¿crees que era fácil ver cómo te torturaban?
—Estaba dispuesto a aguantar más con tal de saber dónde estaba ella.
—Sí, pero yo no.
Le quité la mirada, molesto, pero luego la volví a ver.
—De verdad sos la única persona en que puedo confiar.
Coloqué a Pamela en una posición cómoda y salí del cuarto. Castañeda se encontraba pecho a tierra con las manos esposadas a la espalda. Saqué la pistola y le apunté a la cabeza.
Me miró con frialdad en los ojos. Fue lo último que hizo antes de que la bala le atravesara la cabeza.
—¡Cortés! ¿¡Que hiciste!? —gritó Córdoba aterrada.
—¿Y qué creías que iba pasar, Córdoba? ¿Qué un juez lo iba a condenar? ¿Qué no se iba a escapar fuera del país? —dije acercándome a Steinman quien me miró con horror y mojó los pantalones. Le apunté con la pistola, pero no pude disparar. Steinman era una basura humana, pero no lo podía matar así. En realidad no importaba, aún si hablaba no le creerían a él sobre mí.
Córdoba se acercó al cadáver de Castañeda, le quitó las esposas y le puso una de las pistolas en la mano. Diríamos que murió en el caos de la balacera y probablemente nadie preguntaría más.
—¿Vas a volver algún día a la fuerza, Cortés? —me preguntó Córdoba aquella tarde de domingo que me visitó.
—Aún no lo sé, la verdad —le respondí mientras ambos mirábamos el sol ocultarse en la lejanía en aquella bella vista que tenía la nueva casa que estaba construyendo en Coronado y que todavía no tenía pintura o cielo raso. —Me va bien de consultor privado.
—Ya han pasado dos años desde el incidente —me dijo—, y de verdad te ocupamos.
—Gracias, Córdoba, pero no es por eso, es que la vida es un poco más tranquila así. Además creo que ya no puedo disparar tan bien como antes.
—¡Ay, pero si los doctores hicieron un buen trabajo!
—Sí, lástima que no se pudo poner el meñique —dije viéndome la mano con cuatro dedos a la que le faltaba el más pequeño, aún cuando los otros dos habían sido colocados de nuevo y gracias a la ciencia médica parecía como si nunca hubieran sido cortados.
—¿Más fresco? —nos ofreció Pamela saliendo de la cocina con su enorme panzota casi desbordando el vestido.
—No, gracias —dijo Córdoba.
—Yo tampoco, gracias amor —le dije mientras la tuve a la par y le besé en el vientre donde cargaba mi bebé.
—Bueno, creo que es hora de que me vaya —anunció Córdoba— yo si tengo mucho trabajo mañana.
—Te acompaño al carro.
Llegamos hasta donde había parqueado el vehículo al frente de mi casa. Pamela se había quedado adentro despidiéndose de Córdoba con un beso en la mejilla en la cocina.
—Fue una suerte que Steinman no dijera nada —comentó Córdoba mientras ambos estábamos en la oscuridad de la noche al lado del carro. Fue la primera vez que hablábamos del incidente.
—Fue inteligente de su parte.
—¿Qué harás ahora? Digo, aparte de tu empresa de seguridad privada, creo que tenés que encontrar en que gastar el tiempo ¿no?
—Quizás escriba un libro. Claro, tendré que cambiar los nombres y algunos hechos para despistar.
—Es una buena idea —dijo ella montándose al carro y partiendo hacia la calle hasta perderse de vista mientras yo me volvía para entrar a la casa con mi esposa.