XVII

Ronaldo Santamaría había sido ministro, diputado y viceministro de Seguridad Pública. Pertenecía al Partido Socialcristiano pero tenía vínculos familiares con los rivales socialdemócratas e incluso había sido viceministro bajo un ministro y una presidencia socialdemócrata, el mismo partido al que pertenecía la familia Almeida.

Pensé que no querría verme. Después de todo, yo fui quien hizo públicas las irregularidades en una serie de concesiones públicas firmadas por él cuando fue ministro en una administración anterior a cambio de sobornos. Ahora descontaba diez años de prisión por ello.

Santamaría era un tipo de unos cincuenta años, gordo y calvo, bastante desagradable. El tiempo en prisión le había sentado mal y ahora lucía más gordo que antes y no se afeitaba bien. Las autoridades del centro penal nos suministraron una habitación cerrada con una mesa y dos sillas. Santamaría fue traído esposado por dos custodios quienes lo sentaron frente a mí y le removieron las esposas. Luego nos dejaron aunque se quedaron cerca, de todas maneras Santamaría no era violento.

—Gracias por recibirme, don Ronaldo.

—Es un tema muy interesante del que quiere usted hablar, Paula –me dijo. Cuando lo contacté le informé que quería entrevistarlo sobre el tema del Mutilador, ya que pensé que por ninguna otra razón aceptaría verme. Mi teoría era que quizás ahora estaría más dispuesto a enlodar al partido del que era opositor y al gobierno que le había vuelto la espalda al ser condenado.

—¿Conocía a los Almeida?

—No. Sabía que esa familia había luchado del lado figuerista durante la guerra civil del 48, a diferencia de mi familia que era calderonista. Los Almeida pertenecían a la aristocracia, incluso creo que uno de sus ancestros vino de España a principios de siglo XX y tenía títulos nobiliarios.

—¿Intervinieron los Almeida en la investigación del Mutilador? ¿La entorpecieron de alguna forma?

—Sí, claro –respondió con un gesto de obviedad— especialmente el hermano de Almeida y entonces vicepresidente. Él llamó personalmente al ministro de Seguridad, al fiscal general, etc. Prácticamente los amenazó diciéndoles que si se realizaba la investigación contra su hermano, más les valía que encontraran algún cuerpo enterrado o algo así, porque si no los hundirían en demandas y debidos procesos, y se encargaría de que no volvieran a tener un cargo público en sus vidas ni ellos ni sus hijos.

—¡Caray! ¿Cree usted que Francisco Almeida era el Mutilador?

—No.

—¿Por qué está tan seguro?

—Tendría mucho que perder. Francisco Almeida es muchas cosas; un pelmazo, un enfermo mental, agresor doméstico, arrogante y prepotente. En privado dice cosas como que admira a Hitler y a Pinochet. Pero no es un asesino serial. Lo conozco en persona y no creo que sea capaz de hacer lo que el Mutilador hacía.

—Pero mató gente en Iraq.

—Es diferente. Un contexto totalmente distinto. Acá en la cárcel he conocido verdaderos psicópatas. No podrían funcionar como lo hace él que es un empresario exitoso.

—Yo no estaría tan segura –dije— pero bueno, creo que ha sido suficiente. Muchas gracias don Ronaldo.

—Le recomiendo que tenga mucho cuidado. Está jugando con fuego, Paula. Esta gente es muy poderosa y tiene recursos ilimitados y usted ya se ha ganado muchos enemigos. Conseguir alguien que la mate o la lastime es muy fácil. Yo mismo, acá en San Sebas, conozco más de un sicario o narco que lo haría y hasta barato.

¿Me estaba amenazando aquél hombre? Decidí ignorar el comentario y dejé la habitación poniendo término a la entrevista.

Llegamos al despacho de Anastasia Zelaya localizado en un edificio de Paseo Colón. Zelaya era una mujer delgada de cuarenta y tanto años y piel morena, abogada y activista de los derechos humanos guatemalteca.

—Los paramilitares llegaron a mi aldea cuando yo tenía veinte años —nos dijo con un tono tan triste en la voz que me conmovió el corazón. —Me violaron en frente de mi esposo, y luego a nuestra hija pequeña. Luego lo mataron a él, le cortaron la cabeza y bebieron su sangre de un casco militar.

—¡Santo Dios! —expresó Córdoba.

—Lo lamento muchísimo doña Anastasia —expresé.

—Miles sufrieron eso y cosas peores durante la guerra —aseguró—, pero al menos hemos logrado procesar a la mayoría.

—¿Diría que este tatuaje corresponde al de uno de esos grupos? —pregunté mostrándole una imagen reconstruida por uno de los dibujantes del Poder Judicial según lo que se pudo extraer de algunas de las víctimas.

—Definitivamente, es el tatuaje del Comando Sangre. Fue uno de los peores y más sanguinarios. Después de la guerra continuaron operando, pero esta vez contra los maras. Algunos escaparon para no sufrir represalias.

—¿Y qué me dice de esta forma de operar? —consultó Córdoba explicándole la manera en que las víctimas habían sido secuestradas y se les había cubierto el rostro y atado de manos.

—Sí, es típica de los paras.

—Si uno de estos ex paras estuviera aún en el país —preguntó Córdoba— ¿usted cree que se contentaría con vivir una vida normal o volvería a la violencia?

—Es difícil de decir —respondió Zelaya—, algunos quizás actuaban por presión de grupo, pero otros eran verdaderos psicópatas que obtenían un placer sádico de lo que hacían, y que aprovecharon para darle rienda suelta a su maldad.

—¿Sabe de alguno que haya ingresado al país?

—Sí, Aureliano Sánchez Salas —nos dijo extrayendo un expediente de un archivero y mostrándonoslo junto a la fotografía del sujeto; un hombre de rostro turbio y frío. —Llegó a Costa Rica poco después de la firma de los Acuerdos de Esquipulas. Actualmente gestionamos para extraditarlo a Guatemala y juzgarlo por sus crímenes, pero no hemos tenido éxito.

—Si en algo podemos ayudarle, háganoslo saber —pedí.

—Gracias. Les sugiero que tengan mucho cuidado. Sé que están acá siguiéndole la pista a alguno de estos sujetos por algún delito. No son criminales comunes, están bien entrenados, son despiadados y capaces de cualquier cosa.

—Gracias por su consejo doña Anastasia —le dije y nos despedimos.

—Bueno, no nos dijo ningún nombre que no supiéramos ya —recordó Córdoba mientras bajábamos por las escaleras. —Pero al parecer no sabía que otro para llamado Casimiro Castañeda Álvarez también ingresó al país hace once años, según Migración.

—Deberemos localizar a ambos. Es claro que uno de los dos debe ser el cómplice que buscamos. Trabaja con un ex pandillero tico, pero es evidente que el líder es uno de estos ex paramilitares.

—Recordá que pueden haber otros que hayan entrado con documentos falsos al país.

—Eso es cierto… ¿Se sabe algo ya de la información que nos dio Steinman?

—Sí, los muchachos de informática rastrearon la IP que envió los emails y también se sabe a quién pertenece la cuenta bancaria. Se trata de un sujeto de apellidos Barquero Salazar, vecino de Zapote, de cincuenta años, acusado de haber abusado sexualmente de varios miembros de su familia.

—Vamos por ese primero —sugerí y Córdoba estuvo de acuerdo.

Llegamos a la casa que aparecía en los registros como hogar de Rodolfo Barquero Salazar; una verdadera casucha vieja y medio destartalada, ubicada entre dos caserones más grandes de dos pisos, si bien modestos y humildes.

Pero por más que tocamos y tocamos, nadie abrió.

—¿A quién buscan? —preguntó un muchacho de unos diecisiete años en bicicleta que se detuvo frente a la casa.

—A Rodolfo Barquero —respondió Córdoba. —¿Lo conocés?

—Es mi ex padrastro —respondió.

Córdoba miró el expediente por sobre sus anteojos oscuros.

—¿Jason Sandoval Mora? —preguntó.

—Sí. ¿Están investigando al roco?

—Sí. Según sabemos, tu tía levantó una denuncia contra él por abusos contra vos y tu hermano mayor ¿cierto?

—Sí, es verdad —respondió con un gesto que se tornó sombrío de pronto. —Antes vivía con nosotros y nos hizo cosas a mi hermano y a mí por años ese roco hijo de...

—Lo lamento mucho —expresó Córdoba— ¿sabes dónde podemos encontrarlo?

—Ni idea. No ha salido de la casa hace días y no me interesa topármelo, si me entienden.

—¿Tu padrastro tiene algún tatuaje?

—Sí, tiene uno en el pecho, es una culebra.

Percibí un pésimo hedor en el ambiente, proveniente de dentro de la casa, lo cual me hizo sospechar la razón de la desaparición de Barquero.

—¿Olés eso? —pregunté a Córdoba mientras yo mismo olfateaba el ambiente. Ella asintió. Extrajimos una herramienta del vehículo y rompimos la cerradura. Entramos a la casa de Barquero y una vez dentro el hedor se hizo mucho más notorio, casi insoportable. Había comida podrida en la mesa de la sala y la televisión estaba encendida. Llegamos hasta la cocina donde se encontraba el cadáver de Rodolfo Barquero con al menos una semana de descomposición, vestido sólo con una camiseta sin mangas y unos calzoncillos bóxer.

—Que dicha que se murió, maldito viejo —dijo Jason quien, sin que nos diéramos cuenta, se filtró a la casa a presenciar el destino de su padrastro. Me aproximé al cuerpo cubriéndome la nariz con el antebrazo y examiné el tatuaje corriendo la camiseta con la punta de los dedos.

—Es una cobra —dije—, no es el mismo diseño que utiliza el Comando Sangre.

—Mira —pidió Córdoba señalando hacia la herida en el estómago, claramente causada por arma blanca y la probable causa de la muerte. —Alguien hizo justicia por su propia mano.

—No fuimos ni Alan ni yo —aseguró Jason subiendo las manos como si eso simbolizara su inocencia.

—Alan es tu hermano mayor ¿cierto? —preguntó Córdoba.

—Sí, pero él, como yo, no viene acá nunca.

—Aparte de tu hermano y de vos, tu padrastro abusó de alguien más.

—Sí, de un sobrino de él, de mi prima Ana María y creo que manoseó a dos chiquitos del barrio. Casi lo linchan. Por eso no salía mucho.

—Pero no hubo condena —recalqué.

—Así son las leyes en este país. Dijeron que no había evidencia suficiente.

—Bueno, no quisiera ser a quien asignen este caso —confesé. Jason salió antes que nosotros y al encontrarse afuera un automóvil Toyota negro le pitó y el conductor dentro le chifló.

—¿Qué hacés ahí metido, Jason? —le preguntó alguien desde el auto. Por su similitud física era claro que debía ser el hermano Alan, pues parecía una versión más vieja de Jason.

—Nuestro padrastro está muerto —le anunció Jason. Cuando salimos nos vio con desconfianza.

—¿Alan Sandoval? —preguntó Córdoba.

—El mismo.

—Somos investigadores del OIJ —aclaró Córdoba.

—No me digan que el viejo volvió a hacer de las suyas con otro carajillo.

—Estamos investigando otra cosa. En todo caso, está muerto. ¿Sabe algo de eso?

—No. Creo que ya saben que abusó de nosotros desde güilas. Y no fuimos los únicos, así que probablemente tenga muchos enemigos.

—Sí, de eso no cabe duda.

Alan se encogió de hombros e introdujo a su hermano menor al vehículo partiendo lejos, mientras Córdoba y yo esperábamos a la gente de Inspecciones Oculares encargada de recolectar las evidencias en las escenas de crímenes.