XVI
—Muy bien “Rata Flaca” —dije sentándome frente aquél desagradable sujeto en la sala de interrogatorios, con Córdoba a mi lado y su abogado defensor pagado por el Estado al lado de él. —Creo que está consciente de la compleja situación en que se encuentra. La colección de drogas y pornografía infantil que encontraron en su propiedad es suficiente para tenerlo guardado algún tiempito. Pero lo que nos interesa es imputarle por el doble homicidio de una pareja de Aserrí que sabemos usted cometió junto a un cómplice.
—¿¡Que!? —reaccionó Rata Flaca— ¿está usted loco? ¡Yo jamás he hecho eso!
—Ni intente negarlo, Rata Flaca, sabemos de lo que es capaz de hacer. Uno de sus compinches nos contó sobre el ataque con violación a una pareja hace varios años, cuando usted pertenecía a una pandilla.
Rata Flaca bajó la mirada y se reclinó en su asiento.
—Mire, estaba joven, era un carajillo.
—Sí, sí, supongo que por eso le falló el aparato ¿no? —dije y Rata Flaca pareció reprimir su ira. —Vea, si nos indica quien es su cómplice podremos hablar con la fiscalía para que le reduzca la sentencia por cooperar.
—Pero es que no sé de qué me hablan, en serio —respondió. —Sí, hice muchas cosas malas en el pasado, incluyendo lo de aquel mae que asaltamos en Sarapiquí —y al decir esto su abogado le acalló y le dijo algunas cosas al oído, pero Rata Flaca lo ignoró—, pero yo no he matado a nadie nunca y nunca en mi vida he estado en Aserrí.
—Bueno, pensé que quería cooperar —dije juntando los papeles y haciendo que me ponía de pie.
—¡Espere! ¡Espere! —solicitó con tono de ruego— de verdad no fui yo pero… sé quién pudo ser.
—¿Ah, sí? ¿y cómo? —pregunté con tono burlesco.
—Cuando uno está en el negocio de los videos prohibidos, ve muchas cosas. Hay un tipo muy extraño que llegaba a venderme cosas que horrorizaban incluso a mí. ¿Ha escuchado hablar de los videos snuff?
—Por supuesto.
—Esas cosas. Se llama Steinmen y siempre está acompañado de un amigo. Me lleva grabaciones de crímenes violentos. Las encontrarán entre lo que me decomisaron. Puedo decirles como contactarlo.
Me froté la barbilla pensando en esa nueva información.
—Dénoslo y luego hablamos —respondí ya saliendo. Córdoba me siguió.
—¿No creerás esa hablada, verdad? —me dijo como en tono de reclamo una vez fuera. —Es decir, ¿videos snuff? Son un mito urbano, nunca se ha demostrado la existencia real de ellos.
—Lo sé. Pero de que haya un loco que esté grabando cosas, puede ser. Además hasta que no tengamos el ADN de Rata Flaca no vamos a estar seguros de si es el asesino que buscamos.
Y en efecto no lo era. Dos semanas después nos llegó el informe respectivo. Rata Flaca había, sin duda, violado al hombre de la pareja atacada en Sarapiquí años atrás, pero su ADN no estaba ni en Ávila ni en Durán, la pareja de Aserrí.
—OK, recapitulemos ¿qué sabemos? —le dije a Córdoba en la oficina.
—Sabemos que una pareja de novios fue atacada hace doce años en Sarapiquí y que en el proceso fueron violados ambos. Uno de los violadores fue quien posteriormente sería un violador serial de hombres que, junto a un cómplice, atacó al menos a cuatro adolescentes en San Pedro hace diez años.
—Correcto. Sabemos por el ADN que el de San Pedro no fue “Rata Flaca”. ¿Entonces?
—Deberíamos entrevistar a las víctimas.
—Odio hacer eso, pero tenés razón.
La primera víctima que entrevistamos fue José Enrique Arauz Valverde, quien tenía quince años cuando fue violado diez años atrás. Llegamos a su casa en San Pedro donde aún vivía al lado de sus padres. Éstos nos permitieron pasar y subimos hasta la habitación de Arauz, un muchacho de veinticinco años de anteojos y que vestía una camiseta con el logotipo de Batman y unos jeans cortos.
—Gracias por recibirnos, Enrique —dije—, sabemos que esto es difícil de hablar para usted, y para cualquiera que haya vivido su experiencia.
—No se preocupen —dijo sentado en la silla frente a su computadora al tiempo que nos sentábamos en la cama de su cuarto— es mi deber ayudarles a atrapar a esos tipos.
—¿Qué recuerda de los sucedido? —preguntó Córdoba.
—Pues —dijo algo más sombríamente y Córdobaando las manos sobre las piernas—, tengo buena parte de lo que sucedió bloqueado. Recuerdo como me interceptaron en su carro y yo pensé que me iban a asaltar, pero lo que hicieron fue obligarme a meterme al carro, me taparon la cabeza, me amarraron y me llevaron lejos. —Se detuvo algunos instantes—, ahí fue donde… hicieron lo que hicieron.
—Lo lamento —expresé— imagino que esto ya lo respondió pero ¿algo que recuerde de sus agresores?
Arauz pensó largo rato con una mano en el mentón.
—Recuerdo que uno era más chiquitillo y más joven que el otro. El grande le hablaba con cierta autoridad y el pequeño fue segundo en todo. Le giraba órdenes como que hiciera bien el nudo del mecate con que me amarraron las manos a la espalda, o que me pusiera bien la funda negra en la cabeza.
—¿Cuándo dice “pequeño” a que se refiere concretamente?
—Metro cincuenta, sesenta lo más. El otro debía medir más de metro ochenta, quizás metro noventa. Ambos usaban pasamontañas.
—¿Algún tatuaje u otra seña que recuerde?
—Recuerdo que el pequeño tenía una cicatriz en el abdomen, como de una operación. El alto tenía un tatuaje de una serpiente negra que medio se salía de la camiseta hacia el cuello.
—Le agradecemos su ayuda, Enrique, nos ha sido muy útil.
Tras entrevistar a Enrique nos dirigimos a interpelar a Marvin Valenzuela Miranda, quien ahora contaba veintitrés años y había sido la víctima más joven de los agresores.
Valenzuela difería mucho de la forma de ser de Enrique Arauz que, aunque aún afectado, parecía haber seguido con su vida. Según nos comentó la madre con quien vivía (quien se había divorciado del padre algunos años después del ataque) se había recluido en su cuarto y rara vez salía. Nunca finalizó el colegio y se dedicaba principalmente a jugar videojuegos online y otras actividades similares.
Entramos al cuarto que estaba muy oscuro, con las paredes tapizadas de afiches de grupos de rock pesado, películas de horror y de gore e imaginería relacionada con la muerte. En efecto, encontramos a Valenzuela sentado en su computadora participando en un juego bélico en la computadora.
—Disculpe, Marvin, su mamá nos dijo que podríamos hablar con usted. No sé si le dijo, somos investigadores del…
—Sí, sí —dijo sin dejar el juego— yo sé quiénes son y qué quieren.
—¿Y le molesta que toquemos el tema?
—No queda mucho de qué hablar —adujo, y pausó el juego—, creo que ya saben lo que pasó.
—Recientemente hubo un nuevo ataque con víctimas mortales —explicó Córdoba comprensivamente—, y quisiéramos saber si puede darnos algo más de información respecto a lo acontecido.
—Solo sé que dos sujetos enmascarados me llevaron a un charral en medio del monte a punta de pistola y me violaron —dijo con clara ira reflejada en el tono de voz. —No tienen idea de cuantas veces he pensado en reencontrarme con ellos… en darles su merecido… —aseguró ya con una mirada más siniestra en el rostro y mirando hacia un afilado cuchillo militar que descansaba en la funda colgando del respaldar de la cama. —Los torturaría lentamente… por horas… disfrutando cada segundo. —Esto último lo dijo muy fríamente y a la vez como saboreando el momento, pero luego se percató de que estaba hablando con agentes judiciales, así que cambió el tono. —Pero no sucederá, porque no sé quiénes eran. Usaron máscaras cuando me encañonaron y luego me pusieron una funda en la cara.
—¿Algo que recuerde sobre ellos? —preguntó Córdoba.
—Un tatuaje, sí —dijo—, uno de ellos utilizaba un tatuaje. Creo que era una serpiente. Era negra, tenía ojos rojos y colmillos de los cuales brotaba una gota de veneno verde. Se parecía a la de los paramilitares guatemaltecos del Comando Sangre.
—¿El qué? —pregunté.
—Un grupo paramilitar que operó durante la guerra civil en Guatemala. Particularmente violento. Solían decapitar a sus enemigos. Utilizaban fusiles de asalto AR—15 y subfusiles MP5, que son armas muy eficientes. No como las que ustedes dos tienen —dijo señalando hacia nuestras armas reglamentarias—. Aunque no están mal. Veo que son modelo 2009.
—Sabe mucho de armas —comenté.
—Sí… mucho… —respondió con una mirada que me heló la sangre, así que Córdoba y yo dejamos aquella lóbrega habitación rumbo a otra entrevista.
El siguiente en la lista fue Álvaro Cedeño Lizano, quien contaba treinta y cuatro años pues había sido el mayor de entre las víctimas. Era el último que íbamos a entrevistar debido a que la otra víctima que restaba había fallecido de una sobredosis de drogas dos años después del hecho.
Cedeño estaba casado y tenía dos hijos; una niña de cinco y un varón de dos. Se encontraba junto a su familia en La Sabana jugando con sus hijos a volar papalotes y lanzarle un frisbee al perro. Interrumpió el juego y dejó a sus hijos al cuidado de su muy atractiva esposa para hablar con nosotros.
—Sí, me acuerdo bien de todo, esas cosas no se olvidan —aseguró reclinado en un árbol. —Recuerdo bien que uno era como el líder, se veía más alto y por la voz como que era más viejo. Me dio la impresión de que el más joven y flaco era su pareja y era el pasivo, si me entienden.
—Claro —reconocí—, ¿algo que notara? ¿un tatuaje o una cicatriz o marca?
—Recuerdo un tatuaje en el alto, pero no lo vi bien, era solo una mancha negra. Y recuerdo una especie de cicatriz en el bajo, algo así como una cortada en el abdomen.
—¿Recuerda algo más?
—Uno de ellos tenía un acento extranjero… diría que nica, pero no, no exactamente. Quizás de otro país de Centroamérica, claramente no era tico.
—¿A usted también le amarraron las manos a la espalda y le pusieron una funda negra sobre la cabeza?
—Sí, exactamente, como en las películas esas donde hay secuestros políticos.
—Gracias Álvaro —dije—, y déjeme decirle que lo felicito, me parece que ha logrado usted superar en gran medida lo que pasó —argumenté señalando a su familia a lo lejos.
—Fue una experiencia horrible, pero hay que aprender a dejar las cosas atrás —aseguró sonriente. —Avíseme si les puedo ayudar en algo más a atrapar a esos tipos —solicitó y le estreché la mano con aprecio.
—¿Qué pensás? —me preguntó Córdoba mientras subíamos al carro.
—Pues hay varios indicios de que el mayor de los dos asesinos es un ex paramilitar guatemalteco. Sería bueno investigar el tatuaje y que significa.
—Estoy de acuerdo.
Córdoba y yo estábamos complacidos porque la investigación avanzaba, no obstante, al llegar a la oficina nos recibieron con una mala noticia; un nuevo homicidio doble había sucedido…
Una joven pareja había sido nuevamente violada y asesinada. Las víctimas se identificaron como Keneth Álvarez Méndez y Mariela Ledezma Pereira, de veinticinco y veintidós años respectivamente, encontrados muertos en las cercanías del Zurquí. Tenían al menos dos días de estar en descampado, lo que dificultó considerablemente la investigación forense pues mucha de la evidencia había sido lavada por el clima. No obstante, había suficientes indicios para ligarlo a los asesinos dobles.
—¿Te acordás del asunto aquél de los videos snuffs, Cortés? —me preguntó Córdoba en la mañana mientras, como era usual, revisaba su computadora.
—Sí. En efecto encontramos videos de crímenes violentos en la colección de Rata Flaca, aunque ninguno de un asesinato, la mayoría eran cosas como peleas callejeras, actos sexuales en público y, lo peor, crueldad hacia los animales. Horribles, pero ninguno llegaba a ser homicidio.
—¿Tenemos los datos del supuesto grabador?
—Sí, ¿por qué?
—Porque creo que hay más detrás del asunto. He estado investigando en internet. Más específicamente, en la deep web, y entre las cosas que descubrí una web de videos violentos subidos desde Costa Rica.
—¿Alguna vez he dicho que me parecen magníficas tus habilidades informáticas?
—Gracias. Dime si alguno de estos videos se parece a los que viste del decomiso de Rata Flaca.
—Sí, ese —señalé cuando uno de tantos lo había visto previamente, uno de los más repulsivos y que mostraba la tortura de un pobre e indefenso gato. —Puedo decirte, como psicólogo, que quien sea que disfrute viendo esta clase de videos es una persona sumamente perturbada, probablemente capaz de cualquier conducta criminal.
—No lo dudo. También hay videos de ataques sexuales, algunos de los cuales suceden a orillas de una carretera y algunas de las víctimas son hombres. En todo caso rastreé la IP que sube los videos, no fue fácil porque usaba varios proxis, pero la encontré. La cuenta de internet pertenece a un sujeto de apellido Steinman.
—¡Que iremos a interrogar de inmediato!
Llegamos a la casa de Hansel Steinman a horas de la tarde. Vivía en una casa espaciosa de clase media alta ubicada en un barrio acorde con esta demografía de Moravia. Al tocar el timbre del portón principal no nos abrieron, por lo que insistimos largo rato hasta que finalmente un hombre con tono molesto respondió por el intercomunicador.
—¿¡Que!?
—¿Hansel Steinman? —pregunté.
—Sí, ¿Qué quieren?
—Somos investigadores del Organismo de Investigación Judicial y deseamos hacerle algunas preguntas. ¿Nos permite pasar?
Steinman pareció pensarlo largo rato, finalmente un zumbido eléctrico resonó como signo de la apertura automática del portón y Córdoba y yo nos adentramos a la propiedad.
Dentro nos atendió Steinman, quien era muy flaco, de piel muy blanca y semblante ojeroso, con la cabeza totalmente rapada a ras y unos anteojos redondos. Vestía una bata de color negro y cerca de donde nos recibió dos mujeres de talante vulgar y que parecían estar medio drogadas se estaban poniendo la ropa y colgaban cerca artefactos como látigos, cadenas y paletas de madera que distaban mucho de los relativamente inofensivos juguetes sadomasoquistas puesto que eran mucho más rudimentarios y groseros, como salidos de una chatarrera o taller mecánico.
—Veo que interrumpimos —dije.
—¿Estaba sosteniendo relaciones sexuales con estas personas? —preguntó Córdoba.
—Ellas estaban jugando entre ellas. A mí sólo me gusta ver.
—Y grabar —observé señalando a la cámara que intentó esconder infructíferamente tras una cortina.
—¿A eso vinieron? ¿a cuestionar lo que hago en la privacidad de mi casa? —preguntó claramente importunado.
—Tenemos evidencias de que usted ha estado subiendo videos de diferentes delitos a internet, señor Steinman —le lanzó Córdoba—, por lo que debemos hablar seriamente.
—Sí, bueno, no lo niego. Tengo gustos que algunas personas considerarían oscuros y morbosos. Me complace ver videos violentos. Pero yo no los protagonizo. Sólo me los envían.
—¿Quién se los envía?
—No creo que deba traicionar la privacidad de mis allegados… —dijo con tono burlón. Lo reconocí de uno de los videos donde torturaba a un conejo frente a la cámara, así que lo tomé del cuello y lo estrellé contra la pared. Me sentía frustrado y lleno de ira. No lo golpeé demasiado, creo, solamente lo empujé hasta que chocó con la pared más cercana causándole más que todo un buen susto.
—¡Cortés! —clamó Córdoba.
—¿Q… qué hace? —tartamudeó— ¿está loco? ¡Me está atacando! ¡frente a testigos!
—Mire pedazo de cabrón —le escupí con rabia ignorando la mano de Córdoba en mi antebrazo—, he visto las porquerías que hace en sus videos y tengo muchas, pero muchas ganas, de darle una paliza aunque me cueste una suspensión. Entonces, gran hijo de puta, ¿quién, le manda los videos?
—¡Está bien, está bien, tranquilícese! Les diré lo que quieren.
Lo solté. Steinman se acomodó las solapas de la bata y nos llevó a su estudio donde tenía una computadora y una extensa colección de videos en CDs.
—¿Todos estos videos son de crímenes violentos?
—Coleccionados de todo el mundo —dijo con cierto orgullo en su voz—, ejecuciones de la mafia, golpizas a indigentes, violaciones captadas por cámaras de seguridad, mutilaciones de animales en los mataderos, decapitaciones que han realizado terroristas sobre los infieles. ¿Quieren ver? Este es un video ruso —dijo mostrándonos uno de los CDs— donde dos terroristas chechenos decapitan a un grupo de rehenes. Este muestra a unos nacionalistas ucranianos dándole una golpiza a una pareja de gitanos. Este lo grabó una sirvienta en Arabia Saudí para denunciar lo que su jefe le hacía por las noches. Este es de un grupo de chicos lanzando gatitos de un puente. Y este de un grupo de skinheads alemanes golpeando a un travesti y violándolo con una barra de metal. Tengo de todo. Es más, si ustedes tienen videos que quieran compartir, pago buen precio por ellos.
—Cállese Steinman, que tengo deseos de despedazarle el rostro —dije con ira reprimida y un pulso tembloroso que trataba de disimular. —¿Quién le envía los videos de las parejas atacadas al lado de las carreteras?
—¡Ah! “El Comandante”.
—¿El “Comandante”? —preguntó Córdoba intrigada.
—Sí, ese es su apodo. En internet se llama Comandante Cobra. No sé su verdadero nombre y no sé dónde vive. Pero puedo darles copia de los emails con que me envía los videos y la cuenta a la que se los pago. Son espectaculares.
—Usted está enfermo —repliqué con genuino asco hacia él.
—Lo sé —dijo sonriente, tentándome a tumbarle la dentadura de un golpe. Nos pasó la información que queríamos así como copia de todos los videos que el “Comandante Cobra” le había remitido.
—¿Te encontrás bien, Cortés? —me preguntó Córdoba una vez en el carro.
—Sí… lamento el exabrupto —suspiré.
—¿Seguro que estás bien? Siento que este caso te está afectando más de lo normal.
—Sí, quizás un poco —confesé—, pocas veces he visto un caso tan oscuro que nos ha llevado a ver seres humanos tan repulsivos.
—Cortés, deberías ir a Psicología para que te atiendan.
—Lo pensaré Córdoba, gracias. Por ahora enfoquémonos en la investigación.