XV

—Llegó el ADN —celebró Córdoba llegando a la oficina días después de que se nos hubiera asignado el caso de la pareja asesinada en Aserrí. Puso el informe sobre el escritorio para que yo lo leyera mientras se sentaba a investigar en la computadora.

—Por lo que leo acá, uno de los dos asesinos había violado antes. El otro es totalmente desconocido —le dije, aunque ella ya lo sabía.

—Correcto. El ADN que se logró identificar fue encontrado previamente en las víctimas de un violador serial de hombres que atacó hace diez años. —Luego giró el monitor de su computadora para mostrarme el expediente en el que resaltaban las fotografías de las víctimas. —Cuatro muchachos de entre trece y veinticuatro años fueron secuestrados por dos sujetos a punta de pistola en un vehículo Subaru por las inmediaciones de San Pedro, para luego ser llevados a áreas alejadas y violados por ambos. Probablemente haya más, porque las violaciones masculinas no se reportan tan frecuentemente. Que sepamos, la primera víctima fue un muchacho de quince años secuestrado mientras volvía del colegio hacia su casa, seguido por un estudiante de la UCR de diecinueve, un estudiante de colegio de trece años de Sabanilla y la última víctima de la que se tiene registro y la de mayor edad, un joven de entonces veintitrés años que fue interceptado al salir de un bar en San Pedro.

—¿Será posible que los casos estén conectados después de tanto tiempo? ¿Serán los mismos sujetos?

—Mirá el ADN, hay otro caso más antiguo aún que puede ser ligado a uno de los agresores.

—¡Ah, sí! —dije leyendo la información en mi propia computadora que Córdoba me envió al correo en un link. —Una pareja de novios fue asaltada por una pandilla en su vehículo después de un bajonazo en una zona alejada de Heredia. Ambos fueron violados. Pero eso fue hace doce años.

—Exacto, pero hace tres años uno de los pandilleros que atacó a la pareja fue enjuiciado y sentenciado por robo agravado y violación y se encuentra en La Reforma. Quiere decir que conoce a uno de los asesinos ¿no te parece?

—Sí, tenés toda la razón —dije levantándome del asiento y poniéndome la chaqueta. Córdoba imitó el gesto comprendiendo mi intención.

¡Oh, las cárceles! Realmente son lugares terribles. Nos adentramos en aquel centro penitenciario con sus pasillos estrechos, sus celdas saturadas y sucias de las que manaban toda clase de malos olores y sus rejas herrumbradas, y los custodios extrajeron de una de ellas a Marvin Peralta Calvo, sentenciado a 25 años de cárcel por robo y violación. Era un tipo flacucho, de baja estatura, piel oscura y aspecto pendenciero. Lo llevaron esposado hasta un área donde pudimos interrogarlo sentados, sin que los custodios nos dejaran solos con él nunca.

—Bien, Peralta, cuéntenos —dije entreCórdobaando los dedos frente a mi mentón— ¿recuerda una pareja de novios que usted y sus compas atacaron hace catorce años?

—¡Ish mae! —respondió— ¡qué va, huevón! Como se le ocurre que voy a estarme acordando de algo que paso hace un pichazal de años, mae.

—Mire, coopere, le hará bien, no vamos a usar lo que diga contra usted —aclaré— y puede ayudarle a salir antes por buen comportamiento.

—Bueno, a ver, pero ¿qué quieren saber? —preguntó más receptivo.

—Díganos que pasó ese día, con detalle —ordenó Córdoba.

—Di macha, pues estábamos esperando ahí en el monte por el bajo de Sarapiquí a que pasara alguna gente en un buen chuzo pa’ parar. Una parejilla andaba en un Mercedes carísimo y pues les tocó. Los paramos atravesándole otro carro que teníamos en medio del camino, usté sabe como es la vara. Ahí el jefe que le decíamos Gato Negro los bajó encañonados y les quitamos el celular y todo lo que tenían de valor. Y diay, como la güila estaba bien rica, diay pues la gozamos también. ¿Me entiende?

Córdoba hizo una mueca de asco.

—Pero hubo quien atacó al varón también.

—Aro, aro, pero yo no porque no soy playo. Pero varios maes le dieron también, di es que el mae estaba de necio tratando de defender a la güila, milagro no lo baleamos, pero queríamos quitarle lo gallito, pa’ que aprendiera ¿me entiende? La mayoría de los maes se mandaron al mae y también a la güila. ¿Me entiende, mi amor?

—No le diga así, guarde respeto —advertí. —¿Algún comportamiento extraño que notara entre sus “compas”?

—Di solo Rata Flaca, me acuerdo que el mae primero se cogió al carajo y luego trató, como los otros maes, de mandarse a la güila y no pudo, no se le paró. Viera como lo chotiamos. Estaba bravísimo por la chotiadera y se desquitó pegándole a la mae.

—¿Y cuál era el verdadero nombre del tal “Rata Flaca”?

—Mae le decían Rata Flaca, porque al chile parecía una rata flaca, mae, pero creo que se llamaba Antonio… Antonio Jiménez, creo. ¿Así está bien o van a joder más?

Le hice señas a los policías penitenciarios y se lo llevaron. Iniciamos de inmediato a investigar el nombre y el apodo en el sistema.

Me había ganado un buen reconocimiento como periodista investigativa gracias a que varios de mis reportajes destaparon sórdidos escándalos políticos. Mediante mi acucioso espíritu destruí reputaciones, carreras políticas y aspiraciones presidenciales. Llevé luz sobre oscuros contubernios fraguados en las entrañas de la decadente clase política costarricense. Al menos uno de estos escándalos llevaron a la cárcel a algunos de sus protagonistas.

Escribía en mi computadora sobre alguna nueva nota periodística sin importancia cuando escuché que tocaban a mi puerta. Eran golpes bruscos y atareados que me dieron mala espina. Me levanté cuidadosamente y me acerqué a la puerta.

—¿Quién es? –pero no hubo respuesta, así que miré por la ventana. No había nadie.

Al abrir la puerta de mi apartamento encontré en el suelo aquél misterioso sobre de manila, bien envuelto en cinta adhesiva y que decía: “Para Paula Jiménez” en el exterior escrito con marcador negro. Me agaché a recogerlo y luego miré hacia todas partes tratando de dilucidar si quien lo había dejado aún estaba por ahí, pero no había un alma cerca, que fuera visible al menos.

Entre con el paquete, le tomé algunas fotos, y luego lo abrí. ¡No daba crédito a lo que tenía en mis manos! De confirmarse la documentación ahí contenida estaría ante uno de los escándalos políticos y judiciales más grandes de las últimas décadas en Costa Rica, y podría estar finalmente resolviendo la identidad de uno de los más temidos asesinos seriales de nuestra historia.

—¿Braulio? ¡No vas a creer lo que me dejaron acá en la casa! –le dije a mi jefe en el noticiero llamándolo de inmediato, a pesar de lo tarde de la hora. —¿Te acordás de El Mutilador?

—¿Cómo no me voy a acordar? –me dijo— era un tipo que mataba y mutilaba indigentes y prostitutas. Nunca lo agarraron.

—Ya sé por qué…

Braulio llegó a mi apartamento menos de una hora después a revisar junto a mí los papeles.

—¿Y no tenés idea de quién te los dejó?

—No, ninguna.

—En efecto parecen informes auténticos del OIJ. Si esto es verdad explicaría mucho. Tal parece que los investigadores sospechaban que El Mutilador era Francisco Almeida, quien había combatido durante la guerra en Centroamérica en contra de las guerrillas comunistas y tenía entrenamiento militar.

—Sí, y ni más ni menos que un miembro de la familia Almeida, a la que pertenecen varios diputados, ministros, embajadores y un vicepresidente. Mirá las notas que tienen acá estos informes forenses e incluso este papelito amarillo acá pegado en la hoja…

—“Ya el ministro de Seguridad ordenó que se archivara” –leyó Braulio, luego siguió con las anotaciones escritas a mano— “El Fiscal no va a proceder, tiene miedo”. Entonces los Almeida usaron sus influencias políticas para enterrar la investigación contra su familiar.

—Tal parece.

—Bueno, antes de publicar esta vara tenemos que cerciorarnos de que sea cierto todo.

—Sí, yo sé. Habrá que investigar a fondo y buscar verificación de los documentos, testigos y demás…

—Pero Paula –interrumpió Braulio— ¿estás segura que querés meterte en esto? Sería tremendamente peligroso.

—No tengo miedo. Ya lo he hecho antes.

—Sí pero… con políticos corruptos no con un asesino peligroso y una familia con recursos ilimitados…

—Este es nuestro trabajo Braulio, hay que hacerlo.

Como parte de mi investigación sobre el caso del Mutilador me reuní con uno de los investigadores del OIJ que había investigado aquellos asesinatos diez años atrás. Me fue bastante difícil contactarlo y más aún convencerlo. Primero me preguntó de dónde había sacado el expediente, pero le dije que las fuentes periodísticas eran confidenciales aunque, de todas formas, no sabía quién me lo había dado. A sabiendas de que el tema saldría a la prensa tarde o temprano y bajo la condición de que mantuviera el anonimato, aceptó.

—Gracias por recibirme–le dije sentándome junto a él en una soda pública cercana a la Corte donde habíamos acordado reunirnos. Era un hombre regordete y de aspecto bonachón, en ese momento usaba una camisa azul y el nudo de la corbata estaba aflojado. Tenía el cabello rizado y estaba perfectamente bien afeitado.

—Con gusto, pero comprenderá, Paula, que la tenencia de su parte de un expediente judicial confidencial puede ser algo ilegal.

—Podría devolverlo, si es eso lo que desean, igualmente hemos ya tomado copias de todo. Pero no somos irresponsables, jamás haríamos pública información que pueda poner en riesgo una investigación penal que persigue a un criminal tan peligroso. Sólo nos interesa denunciar el tema de presunta corrupción y tráfico de influencias que aparentemente llevó a que se frenara la investigación misma.

—Precisamente una de las razones por las que la investigación cesó fue que el expediente desapareció.

—¿En serio?

—Sí.

—Cuénteme más por favor.

—¿Qué hay que decir? El Mutilador de San José era un verdadero loco. Un monstruo. Asesino a cerca de siete personas mayormente indigentes y prostitutas, como su nombre lo indica, de forma por demás sangrienta.

—¿Nunca supieron sus motivaciones?

—Realmente no. Ninguna de las víctimas mostraba evidencia de violación y no estaban relacionadas entre sí.

—Pero deben haber hecho teorías sobre sus motivaciones y patologías.

—Sí, pero es un caso complejo. Cualquier criminólogo o psicólogo forense podrá darle las más variadas interpretaciones de su comportamiento, pero en un caso tan morboso nadie se ponía de acuerdo. Algunos decían que era hijo de una prostituta y había sido abusado por su madre y los novios “piedreros” de la misma, otros dicen que se trataba de un fanático religioso que buscaba castigar a los pecadores. Nadie se puso de acuerdo nunca.

—¿Qué les llevó a Almeida en primer lugar?

—Bueno, recuerde que Almeida era sólo un sospechoso. La indagatoria nunca pasó a más ni pudimos recabar evidencia que confirmara nuestras sospechas o allanar su casa. Aunque se pensó en un primer momento que el Mutilador debía ser un indigente o alguien parecido porque era la forma lógica que tuviera acceso a sus víctimas, lo cierto es que en una de las escenas del crimen encontramos huellas de un vehículo. Los forenses pudieron identificar sólo por las huellas que era un vehículo de lujo. Pensamos entonces que se trataba de una persona con recursos que por medio de engaños o contratando los servicios sexuales de las víctimas los llevaba lejos. Además, por la forma en que mataba a las víctimas, se trataba de alguien con experiencia de combate y defensa personal. Alguien capaz de someter a su víctima. Así indagamos en nuestros archivos cualquier persona que tuviera antecedentes de comportamiento violento relacionado con cuchillos y que fue de clase media alta para arriba.

—Leí el expediente y vi los documentos que hacían referencia a Almeida.

—Fue un fuerte candidato desde el principio. Cuando estuvo casado con Rosaura Saavedra, la futura diputada y ministra, ella lo acusó de violencia doméstica en varias ocasiones.

—Sí, vi los reportes policiales.

—El asunto nunca fue a juicio para evitar un escándalo político, pero durante los procesos de divorcio y de custodia de los niños en el Tribunal de Familia algunas cosas salieron a la luz… como la obsesión de Almeida por las armas, su comportamiento autoritario y que con facilidad estallaba en furia y la golpeaba. El Juez concedió el divorcio y la custodia completa de los niños a Saavedra, pero estas declaraciones nunca trascendieron a la prensa.

—Sí, leí el testimonio. Creo que era un sospechoso fuerte. ¿Algo lo vinculaba a la escena del crimen?

—Entrevistamos a varios indigentes y prostitutas que conocían a las víctimas. Algunos habían visto a una persona merodeando cerca con un vehículo y una descripción física similar a la de Almeida. Con eso teníamos más que suficiente para pedirle una orden de allanamiento a un juez. Hablamos con el fiscal y él al principio estaba anuente, pero luego nos pidió que tuviéramos mucho cuidado, que consiguiéramos aún más evidencia antes de pedir el allanamiento.

—¿Luego? ¿Luego de qué?

—Me imagino que luego de que hablaran con él y lo presionaron. Estábamos tratando de conseguir más evidencias que ligaran a Almeida con los asesinatos. El jefe de la sección de Homicidios recibió llamadas del ministro de seguridad y del fiscal general presionándolo… El caso es que, a pesar de las presiones, decidimos continuar la investigación y, de pronto, el expediente desapareció. Entonces nos vimos en un callejón sin salida. Los asesinatos cesaron y tuvimos que encargarnos de otros homicidios más urgentes.

—El expediente tuvo que ser robado por alguien del mismo Poder Judicial.

—Sí. Y ahora lo tiene usted.

—¿Si se los devuelvo podrán reiniciar la investigación?

—Sinceramente, creo que no. Sería virtualmente imposible buscar a los mismos testigos diez años después, especialmente considerando que se trataba de personas sin hogar y trabajadoras sexuales. Además no teníamos evidencias físicas porque el allanamiento nunca se dio, y diez años después habría tenido más que suficiente tiempo de desaparecer cualquier evidencia discriminatoria.

—Entiendo.

—Quien puede darle más información sería el entonces viceministro de Seguridad. Recuerde que Almeida era en ese entonces hermano de un vicepresidente de la República y fue diputado. El viceministro pertenecía al mismo partido que Almeida y estuvo muy interesado en el caso, hasta el punto de reunirse con nuestro jefe.

—No recuerdo quien era el viceministro en ese entonces…

—¿Cómo que no? Usted lo conoce bien… por usted ahora está descontando cárcel en San Sebastián por peculado…

Gracias a los archivos que tiene la sección de Inteligencia, descubrimos que en efecto existe un personaje llamado José Antonio Jiménez Suárez apodado “Rata Flaca” en el bajo mundo, que se dedica a vender drogas y videos porno.

Llegamos en horas de la tarde. Vivía en un barrio pobre en una casa que parecía un búnker forrado en latas de zinc y en la cual era necesario bajar varias gradas en una alameda para llegar.

La puerta estaba entreabierta, así que medio toqué la superficie de madera con los nudillos y Córdoba y yo nos adentramos al lugar. En su oscuro interior un sujeto que reconocí como “Rata Flaca” por la fotografía del expediente pero varios años más avejentado y desgastado por la mala vida, hablaba con un sujeto gordo en camiseta que sostenía en las manos un CD.

—Esta es calidad, le va a gustar don Rafa, no se la pierda es… ¿quiénes son ustedes? —preguntó agresivamente al vernos.

—Agentes del OIJ —informé mostrándole mi placa y eso lo puso pálido como un muerto. Su acompañante soltó el CD que tenía en manos claramente preocupado, así que yo lo tomé del suelo.

—Pornografía infantil —comenté fijando la mirada en Rata Flaca. El sujeto a su lado sudada de nervioso, y se puso peor cuando Córdoba lo esposó. —Imagino que tiene toda una colección sobre el tema aquí, al igual que substancias ilegales.

Rata Flaca mostró cara de resignación y hasta extendió las manos para que lo esposáramos.