XIV

—Llega tarde, Cortés —me dijo mi jefe, el director Villanueva con tono de regaño. Me senté en la única silla desocupada y recibí una carpeta con el expediente del caso. —Lo pondré al día —prosiguió—. Anoche se encontró una pareja asesinada cerca de un área rural casi baldía en las afueras de Aserrí. Se llamaban Jonathan Ávila y Stephanie Durán. Ambos fueron violados y golpeados de forma particularmente violenta como puede ver en las fotos de la carpeta. Murieron cuando se les cortó la garganta y dejó desangrar.

—Esto es espantoso —dije genuinamente asqueado mirando las funestas fotografías que capturaban la forma horrenda en que estas pobres almas fueron atormentadas antes de morir. —¿Qué clase de monstruo pudo hacer estas cosas?

—Monstruo no, monstruos —me corrigió Bermúdez, el forense— hay evidencias de que fueron dos agresores.

—¿Dos? —pregunté enarcando las cejas.

—Sí —aseguró—. Encontramos semen de dos hombres distintos en ambas víctimas, aunque en la víctima femenina solo había semen de uno.

—Espero que ustedes —nos dijo Villanueva a mi compañera Córdoba y a mí— dos de mis mejores investigadores, pondrán todo su esfuerzo en detener a estos asesinos lo antes posible.

—Cuente con ello, jefe —aclaré y de inmediato Córdoba y yo nos pusimos a revisar el expediente.

"A veces miro en retrospectiva cuando fue que toda aquella terrible vorágine de acontecimientos sobrevino sobre nosotros. Es difícil saber con certeza. Sí sé que todo inició por un ansia. Un deseo. Por la búsqueda de lo prohibido en lo más recóndito y oscuro de nuestra mente. Hacía ese fuego insoportable que nos quema por dentro y que nos dicen desde niños que debemos apagar. Eso fue, sin duda, esas pasiones, esas urgencias, esa necesidad de caer en la tentación, de perderme dentro de los instintos más bajos y animales. De la búsqueda licenciosa y hedonista del placer más puro, simple, salvaje y sin brújula moral… ¡Ah que gratificante! A pesar de la telaraña de sucesos que desembocó en tragedia, no cambiaría por nada aquel paso despreocupado por el jardín de todos los pecados.

Pero, no queda más remedio que dar una explicación, aunque sólo sea para contar mi versión del asunto.

No estoy completamente segura de en qué punto me percaté de que necesitaba más. Se me viene a la mente aquella ocasión con mi novio de tres años y medio mientras hacíamos el amor por enésima vez. Todo el día había transcurrido con la misma parquedad de siempre. Fue una tarde completamente ordinaria y podría decirse que rutinaria. Álvaro –ese era su nombre— miró un partido de futbol en la tarde y luego fuimos a comer algo al mall de siempre, que era el más cercano a donde vivía él. Un mes había transcurrido desde nuestro último encuentro –o al menos así se sentía— y era claro que esa noche nos tocaba de nuevo. Tras ver una mala película repleta de explosiones y, como era obvio que me quedaría a dormir en su apartamento ese día, a pocos minutos de finalizado el filme la mano de Álvaro empezó a apretar mi pecho. Sus intenciones estaban claramente dibujadas en su rostro, tan evidentes como la sonrisa lasciva que se desarmó cuando sus labios se encontraron con los míos.

Yo también estaba deseosa de sexo. Sus caricias fueron bienvenidas, como su lengua dentro de mi boca y luego sus labios en mi cuello. Gradualmente fuimos removiéndonos la ropa y una vez más los cuerpos desnudos de los dos se frotaron como mil veces previas. Mis pechos recibieron las caricias de sus manos, algo torpes pero efectivas, pues pronto endurecieron los pezones que recibieron entonces sendos lengüetazos. Y así, se fue preparando el camino aunque de una manera excesivamente breve e insuficiente, hacia mi pubis.

Mi vagina, sin embargo, estaba rebelde ese día. El pene erecto de Álvaro prontamente intentó la introducción, topándose con una clara estrechez que se lo impedía. Emití un cierto quejido ante el esfuerzo y Álvaro se disculpó retrotrayendo sus esfuerzos. Intentó hacer uso del “dedo mágico” como le habíamos apodado masajeando generosamente el clítoris, pero la lubricación de mi parte siguió siendo pobre e insuficiente. Su lengua reemplazó al dedo con una mejoría substancial, y desde mi pubis subieron chispazos de placer que me inspiraron bastante. Confiada en que ahora estaba mejor, le permití penetrarme. Esta vez sí entró el miembro y en principio todo parecía estar bien, pero luego sentí un leve dolor, como si la vagina hubiera cambiado de opinión a medio camino.

Frustrada suspiré y le pedí a Álvaro que se saliera. El pobre tomaba ingentes esfuerzos por complacerme, pero su propia frustración era evidente. Como otras veces, podía hacerme de la vista gorda y esperar a que terminara el orgasmo, sin obtener el mío. ¡Pero esta vez quería venirme! Estaba decidida a no rendirme tan fácilmente.

Pero nos estábamos quedando sin ideas.

Entonces vi la faja de cuero del pantalón de Álvaro como colgaba de la silla donde la prenda había caído al ser quitada rápidamente, y le pedí a Álvaro que me amarrara con ella a la cama. Álvaro me miró extrañado y eso me hizo sentir algo de pena. Pensé que decirle “Olvídalo, pensemos en otra cosa” pero una parte dentro de mí sabía que podía ser la solución, así que me armé de valor e insistí. Álvaro, quien tenía una imaginación muy limitada en todo lo que tuviera que ver con sexo, se encogió de hombros y lo hizo. Le pedí que primero socara la faja para oír el ruido, como cuando alguien amenaza a un niño con recibir fajazos. Así lo hizo y el sonido del cuero me excitó.

Así, Álvaro ató mis muñecas a la faja mediante la hebilla y luego amarró el otro extremo al respaldar. Ahí fue donde mi pubis lubricó como rara vez antes. ¡Diablos! ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué estaba tan excitada? Álvaro lo notó y pareció extrañado y contento a la vez. Su pene entró como un cuchillo caliente en la mantequilla y el estímulo que provocó el roce del miembro dentro de mi vagina fue cada vez más incrementado. Deseaba que Álvaro hiciera más y le pedí que me diera algunas cachetadas, que reticentemente hizo, y de nuevo sentí chispazos de placer que fueron aumentando en crescendo.

—¡Cúbreme la boca! –le pedí, y Álvaro lo hizo. Nuevamente sentí… no sabría como describirlo… era como una emoción especial… un sentimiento de adrenalina que fluía a través del torrente sanguíneo y, a la vez, de paz. Pero también me sentía sucia… pero en el buen sentido, es decir, me sentía mala como culposa por sentir placer en esa situación y eso me encantaba. El frotamiento del miembro finalmente me hizo estallar en uno de los mejores orgasmos de mi vida, hasta entonces. Álvaro parecía confuso al principio pero el placer en su pene le ocupó la mayor parte de su pensamiento y pronto pareció olvidarse de las exóticas peticiones sexuales de su novia, para finalmente estallar con su eyaculación repletando mi vagina de semen al tiempo que su rostro experimentaba una mueca de placer.

Terminado el asunto, Álvaro me desamarró y se recostó a la par mía.

—No sabía que tenías esos gustos, mi amor –observó.

Yo me encogí de hombros y comencé a contarle sobre algunas de las cosas que me llamaban la atención y de cómo me gustaría echarle picante a nuestra relación. Iba a hablarle más del asunto pero en pocos minutos roncaba, lo cual me desilusionó bastante. No estaba insatisfecha, pues sinceramente había logrado un orgasmo razonablemente bueno, pero algo en todo eso me había dejado aún un cierto mal sabor. Quizás era mi mente que inconscientemente sabía que no podría seguir por largo tiempo mi noviazgo con Álvaro a menos que invirtiera en consoladores.

Pronto quedó patente que Álvaro no era la solución a mi insatisfacción sexual. Era tan poco creativo para el sexo como lo era para casi todo lo demás. Mis diversos intentos por aderezar nuestra vida sexual con sugerencias eróticas y alocadas cayeron en oídos sordos y posiciones misioneras. Una parte de mí luchó y luchó contra la idea de terminarlo. Pensaba que era un hombre bueno, trabajador, honesto y guapo. Tenía muchas virtudes… sólo que era pésimo en la cama. Y, no me tomen a mal, en realidad era promedio… es decir, hacía lo que tenía que hacer, estaba dotado en la parte que tenía que estarlo sin que fuera tampoco algo espectacular pero que cumplía su tarea, y ponía algo de esfuerzo… pero no era suficiente para mí. Así, contrario a mi consciencia de mujer responsable que me replicaba una y otra vez que no debía tirar por la borda una relación estable por puro deseo sexual, finalmente no tuve más opción y puse fin a nuestra glacial relación.

Álvaro lo tomó con total desconcierto. Sospechó que era por el tema del sexo y prometió enmendarse, pero estaba más allá de la redención e ignoré sus súplicas decidida a buscar nuevos horizontes que me sacaran de la terrible sequía erótica en que estaba. Y así, quedé soltera de nuevo.

A lo largo de semanas, y luego meses, estuvo indagando mediante la internet sobre los temas que me llamaban la atención. Vi muchas películas eróticas y leí muchos libros de autores clásicos y modernos, y poco a poco, fui tomando silente nota de las cosas que me excitaban cuando no terminaba explotando en medio de fantasías mientras mi propio dedo me provocaba el aspirado orgasmo… pero no era igual.

Y así, un día tras llegar a mi apartamento después del trabajo…

La bandeja de entrada de mi email mostraba lo mismos aburridos, convencionales y tradicionales mensajes de siempre. Correos de asuntos profesionales, enviados por mis jefes o compañeros de trabajo, unas cuantas notificaciones del Facebook y una dosis bastante generosa de spam. Sólo había uno que me llamaba la atención… que me estimulaba la imaginación. La notificación que llegó de una página web llamada FetishBook la cual alertaba que un mensaje había sido enviado a mi cuenta.

Entré de inmediato a ese correo ignorando el resto e hice click en el link que me adjuntaron. FetishBook se abría en una nueva pestaña donde se mostraba su fondo negro, sus letras rojas y sus fotos con imágenes sadomasoquistas.

Mi cuenta tenía como “nick” el nombre de Justine. Había recibido un mensaje de Lord Wolf. ¡Diablos! Pensé que nunca me escribiría de nuevo ese hijo de puta.

Había conocido a Wolf hacía unas tres semanas después de contactarnos vía FetBook, una versión de red social para adeptos al Bondage Dominio Disciplina Sumisión y Sado Masoquismo (BDSM) y otros “fetichistas”. Dos días después nos conocimos en un bar de San José. Wolf era un hombre alto, fornido, de unos treinta a treinta y cinco por lo que me llevaba entre cinco y diez años, vestía un traje negro impecable con una corbata y, lo que me pareció inusual y elegante a la vez, una camisa también negra. Utilizaba lentes oscuros y se veía misterioso, pero al verme me sonrió y me invitó a sentarme con un gesto de su mano.

El bar en que nos encontrábamos estaba atestado y era uno de esos bares “pipis” por así decirlo. Se escuchaba en el ambiente el bullicio de la gente y música electrónica, luego pusieron rock clásico.

Sé que al entrar llamé la atención de muchos de los invitados masculinos, a propósito me vestí lo más provocativamente posible.

—Buenas noches –me dijo recibiéndome de pie y estrechándome la mano— usted es la periodista que descubrió aquél chorizo con la concesión en Japdeva ¿verdad?

¡Un hombre culto! Mis noticias sólo salen en la sección de política del periódico.

—Sí, la misma.

—No se preocupe, que soy cien por ciento discreto. Es un gusto conocerla, hace usted un excelente trabajo Paula.

—Gracias ¿y usted es?

—Lo mejor para todos es que mi verdadera identidad permanezca en secreto, mi amor. Para usted soy Wolf.

Me lo decía con una autoridad extraña… que me gustaba.

Tras una larga e interesante conversación con aquel hombre tan intelectual y que dominaba distintos temas, accedí en ir a su apartamento. Era un lugar sobrio con pisos alfombrados y una extensa biblioteca. Le gustaba la música clásica y puso en su equipo de sonido algún concierto de una orquesta sinfónica y me dijo que era música de Mahler, uno de sus compositores favoritos. En cuanto terminó de poner el CD se me acercó y con vigor masculino me tomó de la cintura y me estampó un brioso beso en la boca cuya áspera barba de tres días raspó mi piel. Mordió mis labios y su lengua jugueteó con mi paladar, para que luego sus labios bajaran hasta mi cuello donde su lengua relamió concienzudamente y la succión de sus besos claramente dejaría vestigios amoratados en la mañana.

Yo correspondí gustosamente con aquel arrebato inesperado de masculinidad con mis manos alrededor de sus hombros. Luego me lanzó sobre el sillón principal de su sala, se quitó el saco y la corbata y se desabotonó el cuello y los puños de la camisa.

Yo empezaba a deshacerme también de algunas estorbosas prendas y le di la bienvenida cuando se lanzó sobre mí en el sillón donde nos besamos y abrazamos largo rato y sentí sus toscas manos acariciando mis pechos, mis piernas y mi pubis por sobre mi ropa.

Ya notoriamente humedecida en mi entrepierna, Wolf me puso la mano en la garganta con mucha fuerza.

—¿Vas a ser mi sumisa? –me preguntó muy seriamente. Sabía las implicaciones que conllevaba… —Si aceptas no habrá marcha atrás –agregó. En ese momento habría aceptado lo que fuera con tal de que me poseyera.

—Sí… —respondí. Él sonrío. Tras esto me tomó bruscamente de las muñecas y me llevó a su cama en pocos segundos. Allí me arrancó lo poco de ropa que me quedaba y removió la suya misma dejando al descubierto su cuerpo maduro y fornido. Al lado de su cama había un buró y de él sacó unas esposas. Pero no eran esposas de juguete compradas en una Sex Shop, no, eran verdaderas esposas de policía gruesas y metálicas que resplandecieron con la luz artificial que medio iluminaba el cuarto. Al colocarlas las sentí pesadas y duras en mis muñecas y me enlazó así al respaldar de la cama, totalmente desnuda y boca arriba, y entonces pensé que aquel tipo era un perfecto desconocido y no sabía nada de él y sentí pánico. Por algunos momentos pensé que debí parar aquello de inmediato y creo que el miedo se reflejó en mi mirada y él sonrió.

—Tranquila –dijo acariciándome el rostro— si querés que pare di; Caperucita. Esa será la palabra de seguridad. Y es la única herramienta que tendrás a tu favor.

—Sí –respondí y me propinó un duro bofetón en la mejilla derecha, pero el dolor se entremezcló con el placer y mi vagina exudaba humedad como un manantial.

—Cuando te refieras a mí, será siempre como “señor” ¿ok?

—Sí, señor –respondí. Estaba lista para que me penetrara. Él tenía ya una notoria erección pero aún quería jugar más. Tomó un cuchillo de una forma y estilo que sólo había visto en las películas de militares y con su filo rozó todo mi cuerpo mientras yo pensaba “jueputa, en que locura me metí ¿y si este mae es un loco que mata mujeres?”. Terminado el recorrido del filo Wolf se preparó para penetrarme y al hacerlo su pene no encontró la menor interferencia. Fue bienvenido en el cálido humedal de mi pubis como si siempre hubiera pertenecido ahí. Y con su penetración y el subsecuente roce constante y vigoroso vinieron horas de placer y varios orgasmos.

Terminado ese primer encuentro, Wolf me dio una copa de vino. Me prestó su baño y me llevó en su vehículo hasta la puerta de mi casa como todo un caballero. Luego me dijo que me volvería a contactar y que no lo contactara si él no lo hacía primero.

Todos los días sentí la tentación de romper aquella regla, pero no lo hice por temor a ganarme su furia o, peor aún, su decepción y que nunca me volviera a ver. No me atrevía a desobedecerlo aunque me estuviera quemando por dentro de deseo.

Y ahí estaba por fin. ¡No se había olvidado de mí! Su mensaje estaba escrito siempre con su destacable cultura; con perfecta ortografía y gramática. Quería verme de nuevo."