XI
Geovanna Dinarte fue trasladada por su padre a través de la rampa para discapacitados del Centro Comercial. Su espina bífida la había condenado a una vida en silla de ruedas, pero por lo demás, era una muchacha veinteañera normal. Tenía el cabello castaño ondulado, largo hasta la espalda, ojos verdes, piel blanca y contextura delgada.
Era ya acostumbrado que ella y sus padres, con quienes tenían una relación muy cercana, fueran al cine los domingos. Los robustos brazos de su progenitor la levantaron de la silla y la colocaron en el asiento contiguo al del conductor. Su madre solía sentarse atrás. Los tres se dirigieron a su hogar mientras comentaban la película.
Dentro de la casa Geovanna era casi perfectamente autosuficiente. Podía movilizarse en cualquier parte, conocía bien los recovecos de su hogar y además tenía las barras adecuadas para acostarse y levantarse de la cama, o ir al baño, sin necesidad de ayuda.
Se despertó de noche. Encendió la lamparita en la mesa de noche contigua. Tenía sed.
Como no quería molestar a sus padres, se aferró de las barras en su cama y en la pared y se sentó sobre la silla, dirigiéndose luego a la cocina.
Cuando salió del cuarto, observando el lóbrego pasillo, percibió una presencia espeluznante. Una sombra, una silueta, un escabroso visitante masculino de pie en el fondo. Demasiado delgado para ser su padre.
Ella se frotó los ojos pensando que se trataba de un sueño. ¿Una pesadilla?
—¿Papá? –preguntó, aunque sabía que era imposible.
—No soy tu padre –dijo la voz de bajo— ni esperés que él te ayude. Ya me encargué de ellos dos…
—¿¡Que!? –exclamó histéricamente— ¿¡Que les hizo!? ¿¡Quien es usted!? ¿¡Qué quiere!? ¡Auxilio! ¡Auxilio!
Sin embargo sus llamadas de socorro no fueron escuchados por los vecinos que dormían plácidamente.
La joven se giró en su silla de ruedas con intención de escapar hacia su habitación, pero el Violador la alcanzó aferrando los mangos de su silla de ruedas. Con un movimiento hacia delante la tiró al suelo.
—Te daré una ventaja. Contaré hasta diez y si lograr llegar a su cuarto no te pasará nada.
Indistintamente de si le creía o no a ese monstruo, ciertamente era el reflejo natural de Geovanna escapar, aunque fuera un esfuerzo desesperado y fútil. Se arrastró por las frías baldosas del piso, transpirando copiosamente por la congoja y el esfuerzo, conforme arrastraba sus inútiles piernas por el suelo. Mientras se esforzaba con cada fibra de su ser, invadida por el horror y la tribulación, por alcanzar el prometido santuario de su aposento, empezó a percibir la malévola figura de su atacante rodeándola, burlándose, riéndose y disfrutando por su situación paupérrima y lastimosa.
—Uno… dos… tres… cuatro… —se encontraba a unos centímetros de la entrada del cuarto— cinco… seis… —ya casi llegaba— siete… ocho… nueve…
Su temblorosa mano llegó hasta el borde de la puerta, y en ese momento fue aplastada por la pesada bota del Violador.
—Diez… —sentenció el sujeto. La tomó por la cintura y la introdujo a la habitación. Dejó deliberadamente abierta la puerta para que sus padres amordazados y maniatados en la otra habitación escucharan las súplicas y los gritos de su hija siendo violada.
La bodega donde se impartían clases de pintura en la universidad era grande y fría, aromatizada por el penetrante hedor de las pinturas y con enormes caballetes apilados en un extremo, salvo aquellos en uso, gigantescos lienzos vírgenes y una basta colección de cuadros de muestras de los estudiantes.
Era ésta actividad una de las que más relajaba a Córdoba. Haberse metido a estudiar artes plásticas en la Universidad fue una excelente idea para su salud mental, y le permitió encontrar un escape a su trabajo agotador.
Así que, aunque tenía poco tiempo libre, lo invertía gustosa en la pintura para la cual, además, era muy talentosa y creativa. Sus profesores siempre la elogiaron por su excelente capacidad de pintar, sus formas, sus colores y la expresividad de sus cuadros. De no ser policía, sin duda, hubiera podido ganarse la vida pintando.
Ella y otros estudiantes observaban al fornido modelo desnudo y realizaban la tarea asignada de reproducir la fornida anatomía del tipo en el lienzo. Su profesor, Walter Desanti, era un sujeto de unos cincuenta años, de cabello largo gris sostenido en una rizada cola, barba perfectamente bien cuidada, rasgos mediterráneos y contextura delgada. Vestía usualmente un delantal blanco por sobre sus camisas desabotonadas hasta el pecho y arremangadas.
—¡Excelente Rosa! –le decía al ver su obra—¡Te felicito! Sólo difuminale un poco el color en los bordes. ¡Muy bien!
—Gracias Profe.
—Rosa, no me tomés a mal lo que te voy a pedir pero, ¿vos posarías para mí?
—Con mucho gusto. Pero, ¿a qué se debe esa solicitud?
—Ando buscando una modelo de gran belleza física para mis obras.
—¡No diga eso Profe! ¡Me va a chillar!
—Es la verdad, Rosa. ¿Aceptás entonces?
—Sí, por supuesto.
—OK, te daré la dirección de mi casa y nos ponderemos de acuerdo con la fecha al término de la clase.
—Sí, perfecto.
—Y no vayás a pensar mal, que yo soy muy profesional y un caballero. No tengo malas intenciones.
—De por sí, Profe, acuérdese que yo soy policía. Así que se tiene que portar bien a huevo.
Desanti prorrumpió en una pequeña risotada, y continuó evaluando el desempeño del resto de la clase.
—Le agradezco mucho su ayuda, Melisa –le dije a la más reciente víctima del Violador quien llegó a nuestro despacho acompañada de un muchacho de edad similar, apuesto y fornido. Melisa mostraba aún los hematomas de su rostro severamente lesionado por su atacante, así como las blancas curitas que tapaban los cortes en su ceja derecha y su labio superior. Verla así me partió el alma. –Mi nombre es David Cortés, consultor del OIJ y es muy importante para nuestra investigación hacerle algunas preguntas.
—Comprendo, don David. Él es mi novio Marvin.
—Mucho gusto –me dijo el sujeto e intercambiamos un apretón de manos.
—Igualmente. Pasen por aquí. Usted puede acompañarnos Marvin de hecho sería prudente que lo hiciera. Y por favor, llámenme David a secas. –Melisa y su novio se pusieron cómodos sobre unas sillas acolchonadas que tenemos en una sala especial para entrevistar víctimas. Me senté frente a ellos y comencé la entrevista. –Sé que es duro recordar ese evento, Melisa, pero es necesario. Usted es ciega de nacimiento ¿cierto?
—Prácticamente. Me dio meningitis cuando era una bebé de meses, así que no tengo recuerdos de poder ver.
—Entiendo. ¿Recuerda el timbre de voz del violador?
—Sí. Era muy… turbio.
—¿Turbio?
—Ronco. Oscuro. Como el de un locutor de radio.
—¿Algún acento?
—No percibí ningún acento.
—¿Qué me dice del olor?
Arrugó la cara:
—Olía a sudor. Pero no demasiado. Era más como si estuviera sudando por algún ejercicio o por emoción.
—¿El aliento olía a algo que usted pudiera reconocer?
—No. No tenía mal aliento.
—¿Alguna vez escuchó sus pasos a través de la habitación?
—Sí. Eran pasos largos.
—¿Cómo de cuantos segundos estamos hablando entre el ruido de un pie y de otro?
—Dos a lo más.
—¿Caminó a lo largo de su cuarto?
—Sí.
—¿Cuánto mide su cuarto?
—Más o menos cinco por cuatro metros cuadrados.
—Disculpe que le pregunte éste tipo de cosas, pero es fundamental. Cuándo estuvo encima de usted ¿era pesado?
—Sí.
—¿Un aproximado en kilos?
—No sabría decirlo. Me…me colocó en posiciones donde… donde no necesariamente recostada su cuerpo sobre mí.
—Pero lo hizo.
—Sí, por algunos minutos.
—¿Durante esos momentos le llegó a cortar la respiración por el peso?
—Creo que no.
—¿Sintió alguna hebra de cabello del violador sobre su cara o cuerpo?
—No.
—¿Las manos, se sintieron callosas o arrugadas?
—No.
—Disculpe de nuevo que le pregunte éste tipo de cosas, ¿los dedos y las palmas eran largos? Por ejemplo, cuando la tocó ¿cubrían sus pechos?
—Sí.
—¿Llegaron a rozarse sus caras?
—Sí, cuando me besuqueaba el rostro.
—¿Tenía barba?
—Un poco, pero era una barba de uno o dos días sin afeitar.
—¿Hay algo que él le hiciera o dijera que usted no haya incluido en el informe original del peritaje forense?
—En realidad no.
—Es todo por ahora. Muchas gracias, es usted muy valiente.
—¿Le sirvió lo que le dije, David?
—Mucho. Gracias a usted sé que el atacante no es un indigente, pues estaba limpio y no tenía mal aliento. Es delgado pues no pesaba demasiado como para cortarle la respiración. Aparentemente no sudó mucho al entrar a su casa (lo cual debió requerir cierta hazaña física) así que está en buena forma. Mide alrededor de metro ochenta o metro noventa ya que esa es la altura aproximada que tendría una persona cuya zancada recorriera en uno o dos segundos una habitación de cuatro por cinco, además de la proporción normal que tendrían las manos del atacante basado en el tamaño que calculo tuvieron para haber cubierto sus senos. Además tiene el cabello corto y no tiene barba.
—Maravilloso –reconoció Melisa. Se percibía un aire de angustia en su rostro.
—Usted a demostrado un gran coraje –le dije— y la admiro. Le aseguro que haré todo lo que esté en mi alcance para atrapar a este criminal.
—Gracias, David dijo levantándose siempre de la mano de Marvin. De pronto parecía como si el pesar de miles de infiernos le hubiera asolado. Estaba encorvada y con una mueca de dolor en el rostro. La pareja partió de inmediato y le informé de mis conjeturas al equipo.
—¿Y no pudiste averiguarte el color de los ojos? –burló Chang con sorna.
Córdoba posaba desnuda para el profesor de arte y pintor profesional Ronald Desanti. Estaba sentada sobre una tarima especial con una manta blanca y un tazón con frutas al lado.
Desanti cumplió su palabra. Actuó con absoluto profesionalismo y plasmó en su lienzo un hermoso retrato de su bella modelo. Cualquier hombre envidiaría a Desanti y hubiera querido estar en su lugar dado lo guapa que era Córdoba. Pero éste preservó su discreción y nunca hizo nada que pudiera haber incomodado a la mujer que voluntariamente le regalaba su desnudez.
Claro, Desanti no sabía que Córdoba tenía un fetiche, una especie de fascinación erógena por los hombres inteligentes y bohemios, especialmente si eran mayores que ella. Un tipo educado y varonil como él le llamaba poderosamente la atención.
—El retrato está casi terminado –anunció. –Aunque espero que sea el primero de muchos.
—Estoy a su disposición, Ronald.
El educador se sonrojó levemente por los tórridos pensamientos que Córdobaaron su mente.
—No me tiente con esas insinuaciones que pueden prestarse a la interpretación, Rosa.
—Tranquilo. Que la tentación es buena.
Desanti no era tonto. Dejó de lado su pincel y se aproximó hasta donde Rosa, colocándose a su lado y recostando su codo sobre la tarima.
—No sé si la tentación sea siempre buena, Rosa –confesó sonriente— hay veces en que es necesario mantener una distancia profesional…
—Por eso no se preocupe –adujo Córdoba— que todavía tengo tiempo para cambiarme de curso y tener otro profesor.
—¿A sí? ¿No le gustan mis clases?
—Me encantan pero creo que sería inapropiado que usted y yo sigamos siendo profesor y estudiante… si pasa lo que creo que va a pasar.
Desanti se aproximó y le besó en los labios, colocándole la mano sobre su hermoso muslo desnudo. Córdoba correspondió cándidamente cubriéndolo con los brazos y ambos se fundieron en ardorosa pasión.