XII
Una mente retorcida y perversa acechaba siniestramente escondido entre las sombras. Había medido por días la situación, observando a la infortunada elegida, la potencial víctima, pasar por el frente del que sería su refugio de maldad. Memorizando sus horarios y las fechas en que era más vulnerable. Su labor de logística era muy ardua y elaborada, y lo tenía todo planeado hasta el último detalle.
Era de noche, aunque no demasiado tarde. En realidad no importaba.
Cuando la infortunada elegida se bajó del autobús que la dejaba a tres cuadras de su hogar, un sentimiento de estremecimiento fue experimentado por el monstruo. La muchacha era una estudiante colegial de 17 años que aún vestía su uniforme al descender del vehículo. Cargaba sus libros en una mochila rosada que colgaba de su hombro derecho. La muchacha esperó hasta que no pasaran automóviles y Córdobaó la calle encaminándose hacia su perdición.
El criminal aguardó. La muchacha se aproximó despreocupadamente. No había nadie en las cercanías. “El momento perfecto” pensó “¡Ahora!”
Súbitamente se abalanzó sobre su víctima como un animal depredador emboscándola por la espalda. Le colocó una mano en la boca y la otra, que sostenía un filoso cuchillo, la colocó sobre el pecho haciendo que el filo del arma le rozara el cuello y la arrastró a las horrendas penumbras de su refugio.
Como guarida para su acto el Violador había escogido las ruinas de una vieja casa de la cual sólo quedaba el cascarón. Una pared carcomida por la intemperie con una ventana vacía sin rastros de vidrio. La pared estaba anexa a un muro de piedra del edificio de al lado y los vestigios de una barda que separaban la acera del interior del lugar. El descuido había provocado que el pasto creciera hasta la altura de un hombre en todas las partes donde ya no quedaban restos de los adoquines del suelo generando un “charral” perfecto para su malévolo escondrijo.
Una vez dentro, el Violador estrelló a la muchacha contra el muro del edificio, debidamente escondido entre las penumbras y las deterioradas ruinas. Cara a cara y con el cuchillo frente al rostro le dijo:
—La noche de hoy será una noche que no olvidarás nunca.
La joven lo miró fijamente. El sujeto estaba todo vestido de negro y tenía un pasamontañas que le cubría el rostro. La muchacha estaba aterrada, pero no era nada tonta, y sabía muy bien lo que iba a suceder y las pretensiones de su agresor.
—No me lastime. ¡Haré lo que usted quiera, pero no me mate por favor! ¡Se lo suplico!
—Espero de vos obediencia pura, amor. Pura y absoluta obediencia ¿OK? Te voy a hacer de todo. Y después, si considero que te portaste bien, puede que te deje vivir.
Y así fue. El Violador cumplía sus palabras. Vejó a la joven en todas las formas imaginables. Y además la golpeó y le hizo cortes con el cuchillo. Pero, como premio a su sumisión, le permitió conservar la vida.
Cuando Córdoba despertó esa mañana se percató de que estaba tremendamente relajada. El estrés y la tensión de su trabajo casi habían desaparecido. Los efectos terapéuticos de su amorío con Ronald habían conseguidos resultados mágicos.
Desnuda, al lado de Ronald, con su cabeza sobre su velludo pecho y sus robustos brazos abrazándola firmemente, se sentía en el paraíso. Tenían semanas de ser amantes y aunque el sexo era grandioso, ciertamente no lo era todo. El cariño, la compañía, el calor humano, resultaban realmente estupendos.
“¡Cierto!” pensó “Tengo que ir a trabajar. ¡Que madre!” así que empezó a quitarse la modorra y a separarse del cuerpo de su amante para encaminarse perezosamente al baño.
Córdoba se reclinó en el respaldar de su silla, extendiendo los brazos hacia arriba y estirando con ello los cansados músculos. Flexionó la espalda y se frotó el cuello estresado. Era ya tarde de noche y no había terminado de leer los expedientes que, supuestamente, vinculaban a la víctima de homicidio con una narco—familia de la zona.
—¿Cansada? –le preguntó Baltasar, que se encontraba en circunstancias similares.
—Sí.
—¿Quieres un masaje?
—No. Pero gracias por el ofrecimiento.
—Dejemos el brete por hoy. Jale a tomarnos algo.
—Mmm… bueno –respondió, más tentada por la idea de desertar de las labores que de socializar con Baltasar, así que guardó lo expedientes y se dirigió junto a él a los ascensores.
—Rosa –dijo Baltasar— hace rato quería decirte algo y… creo que no hay mejor momento para hacerlo. –Baltasar le tomó la mano. –Estoy muy, muy enamorado de vos. Me encantas. Sos todo lo que siempre he querido en una mujer. Yo… yo quisiera que me dieras una oportunidad…
—No, Baltasar –respondió Córdoba despegándose de él y soltándose la mano de las suya. –Ya te dije que no. No he cambiado de opinión. Si seguís con esa necedad me temo que tendré que pedir que me busquen otro compañero.
Los ojos de Baltasar se humedecieron.
—¿Es por Cortés? ¿Él te ha puesto en mi contra?
—¡No! Cortés casi nunca te menciona para nada. La verdad es… que estoy saliendo con alguien. –El corazón de Baltasar pareció quebrarse en muchos pedazos. –Creo que será mejor que dejemos la salida para otro día. Hasta luego.
Córdoba abordó sola el ascensor, dejando a Baltasar solo. Realmente solo…
—Creo que he encontrado algo —anunció Carranza frotándose los ojos después de muchas horas de investigación en océanos de papeles y carpetas. —Hace menos de tres años hubo dos casos de víctimas de violación discapacitadas. Una fue Jacqueline Martínez de veintidós años que sufre de síndrome de Down y la otra fue Ana María Rosales, diecisiete, paciente de parálisis cerebral. Mientras que Jacqueline era una joven activa y muy independiente a pesar de su padecimiento, Ana María Rosales estaba confinada a una cama y no podía hablar.
—¿Se condenó a alguien por los abusos? —pregunté— ¿hubo rastros de ADN?
—No hubo ADN ni nada parecido —explicó Carranza— eso es lo más significativo. Pero si hubo una condena en el caso de Ana María Rosales; su hermano mayor Jairo fue denunciado por una vecina por abusar de ella. Sin embargo las evidencias no fueron lo suficientemente concluyentes para probar que la llegó a penetrar y fue condenado por abusos deshonestos, no por violación. Jairo Rosales, salió de prisión hace seis meses tras cumplir dos años de la pena.
—Suena como un sospechoso fuerte —dije. —Especialmente porque puede guardarle rencor a su hermana y esté atacando discapacitadas como una proyección de su ira. Además, es posible que acompañara a la familia a los centros de rehabilitación lo que le permitiría observar allí a otras víctimas…
—Yo tengo algo también —anunció Lépiz —dos de las víctimas (Melisa y Geovanna) asistieron en algún momento de sus vidas a la Clínica Montelimar, la cual a su vez es financiada por el Concejo Nacional de Rehabilitación y se especializa en la atención a personas con discapacidad. Fueron en épocas muy diferentes, es posible que nunca se encontraran. La clínica cerró después de varias acusaciones por abuso sexual contra el dueño de la misma, el Dr. Luis Montelimar, quien además por su trabajo pudo haber visto a las otras tres víctimas en alguna labor realizada para el CNR.
—Creo que deberíamos entrevistar primero a ese médico —comentó Carranza.
Efectivamente, unos cuantos minutos después nos encontrábamos en el consultorio privado del Dr. Montelima. Su bonita recepcionista nos permitió entrar en cuanto una de sus pacientes —una señora regordeta— dejó el lugar.
Montelimar era un sujeto de piel blanca y pelo gris, narizón y que utilizaba anteojos. Vestía su bata blanca de médico cerrada y tenía la espalda ligeramente encorvada. Daba un aspecto de ser un alfeñique enclenque y su tono de voz era chillón.
Una vez que Lépiz le dijo el motivo de nuestra visita se mostró nervioso y a la defensiva.
—Vean —dijo— si van a endilgarme algún otro delito tendrán que hablar con mi abogado. No pienso hablar con ustedes sin la presencia de…
—Tranquilo, Doctor —calmó Carranza— esto no es un interrogatorio, es sencillamente una consulta. Como usted comprenderá encontramos anómalo que tres ex pacientes suyas hayan sido violadas y que pesen sobre usted cargos de abuso sexual…
—Esos cargos —irrumpió Montelimar— son totalmente infundados. Me los hizo una paciente con problemas psiquiátricos.
—Dos pacientes —corrigió Carranza.
—La otra acusadora es mi ex amante. Admito que fue un error haberme involucrado con una paciente, pero sucedió, y cuando no accedí a seguir dándole dinero, hizo la acusación por despecho.
—Hubo una acusación por acoso sexual interpuesta por una de sus ex empleadas —prosiguió Carranza y ya comenzaban a formarse gotas de sudor en la frente del galeno.
—Eso fue un malentendido. Últimamente todo puede considerarse acoso sexual. La demanda fue sobreseída…
—Son demasiadas coincidencias, Doctor —comentó Lépiz.
Mientras mis colegas proseguían atribulando al médico con embarazosas preguntas, me dediqué a observar su consultorio. Vi sus títulos colgando en la pared, las plantas en las esquinas, el olor aséptico del ambiente, la biblioteca repleta de tratados médicos… ¡y he allí un libro interesante!
—Dr. Montelimar —dije tomando con atrevimiento un grueso volumen del estante— ¿por qué tiene usted en su consultorio un libro titulado Manual básico de procedimientos forenses?
Lépiz y Carranza volvieron su vista hacia mí y luego hacia el médico fulminándolo con la mirada.
—Eh… eh… —comenzó a titubear sudorosamente— yo… es un libro de cultura general…
—Vamos a necesitar saber dónde estaba usted los días que sucedieron los ataques —advirtió Carranza en referencia a las fechas de las violaciones.
—Todo lo que necesiten saber deberán tramitarlo con mi abogado —respondió Montelimar— ahora, por favor, retírense.
Lo obedecimos. Algunas horas después logramos identificar la localización de Jairo Rosales, el hermano abusador de Ana María.
Rosales vivía en un precario en las áreas urbano—marginales de Los Guido. Subsistía como un vendedor de droga, asaltante y maleante de poca monta. Lo encontramos en su casa hecha de oxidadas latas de zinc, donde convivía con una prostituta adicta de rostro ajado.
—¿Jairo Rosales? —consultó Lépiz mostrándole su identificación. El sujeto no contestó, pero lo reconocimos por la foto de su expediente criminal. —Tenemos que hacerle algunas preguntas.
Rosales era un tipo joven, aunque la droga lo había avejentado. Medía metro sesenta a lo sumo, raquíticamente delgado y con aspecto sucio, aunque no tanto como un indigente. Tenía una barba de seis días y un cabello grasoso y despeinado. Con la mirada repleta de resentimiento pero con la fría resignación que experimentan quienes han sido antes sujeto de arrestos y procesos judiciales, Rosales nos permitió entrar a su rancho miserable.
Le interrogamos sobre su paradero los días de los ataques, y fue incapaz de dar una coartada coherente. En general hablaba de forma entrecortada con balbuceos ininteligibles y una sarta de vulgaridades que no reproduciré. Probablemente se encontraba bajo el efecto de la droga.
—¡Responda! —exclamó Lépiz irritado ante la imposibilidad de descifrar la jerga del sujeto. —Sabemos que usted violó a su propia hermana discapacitada hace años…
—¡Sia tonto mae! —respondió con mirada perdida— yo no le hice na’a. La toque una que otra vez… ¡Pfff! No le hice na’a a la hermanilla. Y por eso ya estuve caneando dos años ¡mae!
—¡Oh hijueputa! —reaccionó Lépiz con frustración y tomó a Rosales de la camiseta, luego le hizo una dolorosa llave de judo doblándole el brazo derecho contra la espalda e imposibilitándole el movimiento y recostándolo de golpe sobre las latas herrumbradas.
—¡Mae mae suave! ¡Yo no he hecho nada! —suplicó patéticamente. Lépiz le propinó un puñetazo en el costado derecho.
—¡Lépiz! —regañó Carranza— ¿¡Qué te pasa!? ¡Dejalo! ¡Dejalo ya!
Lépiz lo liberó y salió inmediatamente de la paupérrima vivienda. Carranza y yo lo seguimos
—Perdón —dijo encendiendo un cigarro y expulsando bocanadas de aire— perdón de verdad. Este caso me ha afectado mucho. Me da tanta cólera que alguien lastime así a mujeres indefensas.
—Te entiendo, Lépiz, tranquilo —dijo Carranza con una mano en su hombro.
—Mi mamá era discapacitada —nos explicó— estaba en silla de ruedas y yo la cuide durante toda mi adolescencia hasta que murió. Fue una experiencia muy difícil.
—Talvez deberías ir a ver a alguno de los psicólogos del Poder Judicial.
—No, no, estoy bien. Vayámonos de aquí, ya después arrestaremos a ésta rata.
El Bar El Judicial se había convertido en el predilecto centro de reunión de gran cantidad de funcionarios de los tribunales y del OIJ. Ubicado a un costado de la Corte, no era un lugar bonito, de hecho era ruidoso, oscuro y algo sucio, pero tenía como cincuenta años y se había convertido en una especie de tradición.
—Hacés un excelente trabajo, Denia —le dije, ya que habíamos decidido ir junto a Montoya a tomarnos unas cervezas. Invitamos a Lépiz pero no aceptó y Montoya ya se había ido aduciendo que tenía reuniones en la mañana.
—Viniendo de usted es un gran honor, don David.
—Que no me digás “don” —insistí— ¿y por qué gran honor?
—Usted es mi ídolo, leí todos sus libros en la universidad, es un gran especialista en investigación criminal.
Podía reconocer en Denia las señales de la atracción y, como no podía ser de otra forma en mí, hice los acercamientos necesarios, pero ella reculó en cuanto intenté robarle un beso.
—Ya me advirtieron de usted —dijo ella entre sonriente y seria dándome palmaditas en el pecho, como si pretendiera consolarme.
—¿Tan mala reputación tengo?
—Sí. Aquella muchacha que lavaba el carro ¿no es su esposa o novia?
—No, es una amiga solamente.
—Pues parecían más que amigos.
Sonreí, no tenía sentido insistir entonces, siempre hay lances que no se dan.
—Y decime, Denia —pregunté cambiando el tema—, ¿qué te motivó a ser investigadora del OIJ?
Denia se mantuvo pensativa un rato.
—Sufrí una violación, a los diez años.
—Ah, lo lamento mucho, de verdad.
—Gracias.
—¿Conocido o extraño?
—Conocido, el inquilino de una casa que alquilaban mis padres.
—¿Lo atraparon?
—No, para cuando dije algo ya se había ido lejos. Salió del país. Creo que en parte por eso trabajo en esto, me gusta atrapar a los abusadores.
—Es una excelente motivación. Disculpa si fui muy impulsivo…
—No, eso no fue problema, David, si no fuera porque tiene tan mala fama, le hubiera correspondido el beso —aseguró mostrando una sonrisa que descubría pícaramente su blanca dentadura.
—Dos víctimas más —nos decía una semana después con rostro fúnebre Carranza colocando las fotos de las susodichas en una pizarra blanca. —Beatriz Quirós, de diecisiete años, estudiante colegial, y Karla Solano, de treinta y ocho años, ama de casa. Atacadas ambas en los últimos diez días. El primer caso fue asignado a Soto y a Morales y el segundo a Douglas y a Velásquez, pero tiene el mismo modus operando que nuestro caso. El violador usó condón, según las víctimas parecía estar afeitado en el área pública y además se repitieron los patrones de humillación, amenaza y golpes. La zona de los ataques abarca grandes extensiones de territorio aunque se mantiene dentro del área metropolitana como pueden ver en el diagrama.
—Si nuestra teoría es correcta —intervine— y Jacqueline (la muchacha con síndrome de Down) y Ana María (la que sufre parálisis cerebral) también fueron víctimas del mismo sujeto, entonces estaríamos hablando de un total de siete víctimas reportadas. Pero debido a que son muy pocas las mujeres que reportan una violación es probable que haya más.
—Pero las últimas dos víctimas no son discapacitadas —recordó Montoya.
—No —dije—, hubo una evolución del criminal. Es probable que le excitara aprovecharse de la fragilidad de las víctimas discapacitadas, pero ahora parece que necesita mayor estímulo y doblegar mujeres sanas es un aliciente.
—No hay un patrón evidente entre las víctimas —observó Lépiz— por las fotos se puede ver que no son similares. La muchacha con síndrome de Down tiene sobrepeso, mientras que la que sufre parálisis es el opuesto, es muy delgada. La estudiante colegial es adolescente mientras que el ama de casa es una mujer madura.
—No viola por atracción sexual —dije, más para mí mismo. —No le importa el físico.
—Tenemos dos posibles sospechosos —anunció Lépiz— el hermano de una de las víctimas convicto por abuso sexual, Jairo Rosales, y el médico sospechoso de abuso sexual, Luís Montelimar.
—No creo que haya sido ninguno de los dos —confesé.
—¿Por qué? —preguntó Montoya.
—Por las observaciones de las víctimas. Jairo Rosales es casi un indigente y Melisa Calderón mencionó que su atacante no olía mal ni tenía mal aliento. También nos dijo que no parecía estar fatigado y el esfuerzo físico de entrar a escondidas a una casa brincándose las cercas y las paredes cansaría a un hombre que no esté en buena condición física, como Montelimar. Además, ninguno de los dos tiene la estatura que calculé a raíz de las declaraciones de Melisa…
—¡Por Dios! —espetó Lépiz— ¡No puede ser que descartés a dos tipos con historial de abuso sexual y con contacto con las víctimas sólo por deducciones que hiciste del testimonio de una ciega!
—No es sólo eso. ¿En verdad imaginas a esa piltrafa humana de Rosales siendo lo suficientemente inteligente como para afeitarse y usar condón? En el caso de Montelimar es un tipo nervioso e inseguro y dudo mucho de que pudiera tener la fortaleza para cometer esta clase de crímenes…
—En eso puede que te equivoqués Cortés —me dijo Carranza revisando unos papeles— las dos víctimas más recientes, Solano y Quirós, ambas fueron pacientes de Montelimar. De hecho Quirós, la colegial, es una de las que denunció a Montelimar por presunto comportamiento sexual impropio durante la consulta. En su declaración asegura que Montelimar la tocó de manera inadecuada haciéndola sentir incómoda.
Lépiz sonreía como si el demostrar mi error le complaciera tremendamente.