LA ODALISCA Y EL PIRATA (III)
Esa noche, el joven Omar sería llevado a los aposentos del Sultán a ser su amante. Rol que sostendría por varios días hasta que el monarca se cansó de él, tras lo cual pasó al visir y luego de ministro en ministro hasta que todos se hubieron hartado, momento en el cual se le devolvió al campamento jenízaro a continuar su entrenamiento.
Pero aquella experiencia —que muchos jóvenes jenízaros vivieron antes que él y muchos más después— se quedaría en su corazón como una fea cicatriz.
Omar serviría en distintas batallas como parte de aquel cuerpo de élite militar del Imperio, reprimiendo revueltas, combatiendo enemigos internos y externos y realizando razias contra caravanas y barcos extranjeros de las potencias cristianas europeas.
Con el tiempo, sería testigo de la corrupción y decadencia del Imperio al que servía y, con su corazón lleno de odio, desertaría finalmente para dedicarse a una vida de crimen y piratería. Fue reclutado por su mentor el capitán Samir a los 17 años y pronto subió en la jerarquía pirata gracias a su inigualable destreza por su entrenamiento jenízaro.
Y así, tras innumerables aventuras —que incluyeron la seducción de decenas de mujeres— llegó a estar allí; en medio del desierto, refugiado en unas cavernas, contándole historias bajo las estrellas a una joven Aisha de 16 años. Que, como era natural, cayó presa de aquel apuesto pirata quien al finalizar una de las historias, la besó al lado de la fogata. El fuego crepitó como incrementado por la pasión de la pareja que hizo el amor bajo las estrellas, perdiendo así Aisha su virginidad esa noche.
El destino en muchas ocasiones tiene cosas planeadas para nosotros los mortales, llevándonos a caminos diferentes. La vida de Aisha cambió para siempre al día siguiente.
Se dirigió a su cita de todas las tardes en el restaurante de Amina. Pero en él no encontró a ninguna de las otras aprendices sino a los soldados del Valí quienes le impidieron la entrada bruscamente. Aisha gritó llamando a su amiga, así que la bayadera les suplicó que la dejaran despedirse. Quizás logró mover una fibra de compasión en los hoscos guardias que se lo permitieron.
—No te preocupes, Aisha, estaré bien. Pronto me encontraré en el paraíso al lado de Alá. Talvez me conviertan en una hermosa hurí. Sigue practicando, tienes talento.
Las dos amigas se abrazaron y se despidieron para siempre. Aisha nunca volvería a ver a Amina, a quien el Valí ambicionaba desde hacía años y tal parece que había decidido finalmente traicionar el último deseo de su padre.
Aisha regresó a su hogar compartiendo la noticia con Nasradán y sumida en llanto. El anciano sabio estaba tan indignado que ese día habló con todos los visitantes de la Biblioteca y a todos los fieles de la mezquita y con todos aquellos que se topó ese y los venideros días. Algo muy peligroso.
El Valí escuchó desde su trono los rumores de las prédicas del viejo Nasradán contra él. Era un hombre cruel y malvado, pero no era tonto, así que ignoró las sugerencias de su capitán de arrestar y ejecutar al sabio.
—No —dijo— llevar al viejo a juicio sería darle una vitrina para que me denigre más. Creo que hay una opción mejor. Ordena a tus hombres que lo maten, culparemos a algún criminal por su muerte y lo ejecutaremos en la plaza.
—Sí, señor.
—Ah, y una cosa —sonrió malévolamente el Valí—, su nieta, es muy hermosa. Tráemela viva.
Uno de los soldados del Valí había sido educado por el sufí Nasradán cuando era niño y guardaba aun un profundo cariño por aquel hombre, así que al enterarse de los planes del Valí corrió secretamente a advertirles.
Nasradán estaba muy angustiado al enterarse del destino oscuro que se cernía sobre su nieta, además de que se sentía culpable por provocarlo. Pero no sabía que hacer. Cuando Aisha llegó esa noche Nasradán y el soldado rebelde le contaron todo. Entonces Aisha rompió su palabra confesándole donde estaba yendo todas las noches y con quien.
Nasradán y Aisha, con ayuda del soldado rebelde, llegaron hasta las cuevas donde se ocultaba Omar. Sin embargo el lugar parecía desierto.
—Debe habernos visto llegar a lo lejos en nuestros caballos y escapó —aseguró el soldado.
—¡OMAR! ¡OMAR! —llamó Aisha desesperadamente. Pero no obtuvo respuesta y derramó amargas lágrimas.
—Rompiste tu palabra —le reclamó Omar emergiendo de entre un despeñadero cercano y apuntándoles con un arcabuz.
—¡No es lo que parece! —clamó Aisha, y procedió a explicarle la situación.
Omar comprendió y bajó el arma que colocó en su cinto.
—En dos días un barco del capitán Samir vendrá por mí en la costa. Si logramos llegar allí sin ser detectados, nos ayudarán a escapar.
Decidieron que era lo mejor. El soldado se quedó atrás ya que no tenía razones para dejar su puesto bien pagado pues no sospechaban de él pero les ayudaría haciendo que los hombres del Valí siguieran una pista falsa hacia la dirección opuesta asegurando que se la había dado un pordiosero de la plaza.
Entre tanto, Omar, Aisha y Nasradán escapaban por el desierto disfrazados de beduinos sobre camellos…
Omar fue bien recibido por Samir con quien le unía una entrañable amistad. Acepto llevar al anciano y a la adolescente a puerto seguro lejos de las malvadas maquinaciones del Valí.
El barco arribó a las costas de la exótica India, en ese entonces bajo dominio del Imperio mogol. Musulmanes también pero separados del Imperio otomano y por tanto, donde Nasradán estaría seguro. El Sultán mogol le debía algunos favores a Samir así que se le encontraría en la concurrida ciudad de Calcuta un hogar como director de la biblioteca local, si bien Nasradán debería aprender la lengua local, ya hablaba sánscrito y pali, idiomas en que estaban escritos la mayoría de valiosos textos.
Pero conforme se asentaba en lo que sería su nuevo hogar Nasradán pudo reconocer la tristeza en los ojos de Aisha y entender las intenciones en su corazón. Lo que le partió el propio.
—Quieres irte con ellos ¿cierto? —le preguntó. Aisha se mordió el labio, pero asintió. Nasradán suspiró.
—Sé que hubieras esperado más de mí que ser una pirata pero…
—Estoy tan orgulloso de ti como el primer día que te encontré en medio del desierto siendo cargada por un camello. Recuerda que siempre seré tu abuelo y te amaré igual.
Nasradán y Aisha se abrazaron, tras lo cual se despidieron y Aisha partió con los piratas convirtiéndose así en miembro de la tripulación y siendo entrenada bajo la tutela (y los ocasionales amoríos) de Omar.
Y los años pasaron. Samir fue convertido en corsario del Imperio otomano lo que significaba que tenía la venia del Sultán siempre que no atacara embarcaciones turcas o de sus aliados, siendo sus blancos predilectos los españoles. Recién después de una brutal contienda naval sobrevino su nueva misión.
—¿Rumbo, Capitán? —preguntó Omar a Samir mientras veían los últimos vestigios de los barcos destruidos hundirse lúgubremente entre las aguas saladas y burbujeantes cercanas a las costas mediterráneas.
—¿Rumbo, Capitán? —preguntó el contramaestre, un negro tunecino de dos metros.
—Hacia España —anunció—, al encuentro con los mudéjares.
La flota pirata atravesó por medio de intrincados recovecos y sinuosos acantilados hasta llegar a una secreta costa en la ladera escondida de las inescrutables montañas andaluces. Era de noche pero un fuego les alertaba la presencia de sus aliados desde las arenas de la playa, así que anclaron cerca y bajaron en buen número dentro de sus lanchas cargando pesadas cajas.
—Salam —dijo el capitán Aruj bajándose de la lancha y ayudando a arrastrar la lancha hasta la playa donde lo esperaban varios moros.
—Wa’alaykum assalam —respondió uno de los mudéjares desde la playa para luego estrecharle el brazo al pirata. —Me alegre volverle a ver capitán Aruj.
—Igualmente, Mulá —respondió cortésmente el bucanero— les hemos traído lo prometido —y al decir esto dos de sus hombres, uno negro como el ébano pero muy musculoso y además ataviado con turbante blanco, y el propio Omar, cargaron una de las cajas hasta la arena y la abrieron de un golpe dejando salir provisiones de alimentos, medicinas y, sobre todo, una amplia gama de armas. —Que Alá los ayude en su lucha contra los infieles.
—Ishalá —respondió quien parecía ser el líder mudéjar. Nuevas lanchas traficando las clandestinas provisiones llegaron hasta la costa, en una de las cuales viajaba Aisha.
—¿Hay pasajeros?
—Sí —respondió el Mulá señalando hacia una veintena de familias musulmanas que esperaban nerviosas cerca de la orilla y sosteniendo sacos donde guardaban sus escasas pertenencias.
—Pues que suban. No tenemos muchos lujos pero estarán cómodos mientras los llevamos a Túnez.
Entonces algunos de los piratas ayudaron a las mujeres, niños y ancianos a abordar los botes rumbo a los navíos, así como daban palabras de aliento a los hombres jefes de las familias.
—Mulá, talvez estas personas puedan ayudarme a rescatar a mi hermana —murmuró un joven muchacho al oído del clérigo, este lo acalló con un gesto manual.
—No sigas importunando con eso. Estos valientes hombres ya han hecho más que suficiente.
Pero las palabras del joven llegaron hasta oídos de Aisha quien, curiosa, pregunto:
—¿Qué le sucedió a tu hermana?
—Fue tomada prisionera por el Marqués de Vorja, el señor feudal de nuestra morería y su destino es incierto. Nadie sabe lo que le pasa a las mujeres que se lleva el Marqués porque nunca regresan.
—Pues cuenta con mi ayuda.
El muchacho la observó con una sonrisa cortés pero a la vez escéptica. ¿Una mujer? ¿Qué podía hacer?
—Si te quedas acá —le dijo Omar— pues deberé hacerlo yo también.
—Sabes bien que no necesito tu ayuda —desdeñó ella con tono firme.
—No, pero ellos sí y dos espadas son mejores que una.
Aisha silenció sus réplicas.
—Nosotros debemos ir a reunirnos con los emisarios del Sultán —les dijo el capitán Samir— aunque desearía poder ayudarles.
—No se preocupe, Capitán —respondió Omar estrechándole la mano— parta sin demora que ya nos las arreglaremos.
—Bien. Dentro de exactamente un año estaremos de regreso a esta costa así que espero verles para poder llevarles de vuelta.
—Con la ayuda de Alá así será, hasta pronto.
Y dicho esto Omar y Aisha se separaron de los piratas berberiscos que regresaron a sus embarcaciones.
—¡Muchas gracias! —exclamó el muchacho— ¿Cuáles son los nombres de a quienes debo agradecer su ayuda?
—Yo soy Omar y ella es…
—Mi nombre es Aisha.
—Bien, chico —le dijo Omar mientras caminaban hacia las carretas que transportaría las provisiones y el arsenal traído por los piratas berberiscos para los rebeldes mudéjares— ahora explícanos bien la situación…
Andalucía, España, 1567 (diez años antes).
La Reconquista había acontecido hacía muchos años ya y el tiempo en que los musulmanes gobernaban la mayor parte de España estaba prácticamente olvidado. Recuerdo incómodo de esta época eran los mudéjares, campesinos musulmanes muy pobres dedicados casi completamente a la agricultura y al servicio de señores feudales que los explotaban cruelmente. Aunque por algún tiempo se les permitió practicar su religión, hablar su lengua y preservar sus costumbres mientras se mantuvieran rigurosamente aislados de la población hispana católica, en las mentes de los poderosos se fraguaba ponerle fin a esto.
Abdul, de entonces 11 años, creció en una de las denominadas morerías andaluces al lado de sus padres y hermana menor. Como los otros mudéjares, vivían en rudimentarias cabañas pertrechas y derruidas por la antigüedad y la miseria. Asistía a su padre en la agotadora labor de sembrar la tierra desde que era un niño sin descuidar por ello sus deberes religiosos. Se le enseñó desde pequeño a leer el Corán y sus padres le contaban relatos y leyendas de las lejanas tierras de sus antepasados.
Aún así, Abdul no era conformista y con frecuencia se preguntaba si no habría algo más en la vida que ser un simple campesino que engordaba a un señor feudal que nunca se preocupó por ellos y que los trataba como esclavos. Deseoso de cambiar el destino lastimero de sus padres y de él, seguía albergando pensamientos sediciosos que no sabía como materializar pero que, según pensaba, quizás algún día podría hacer realidad. Su sueño, mientras escarbaba la tierra bajo el sol para colocar en ella las semillas, era poder rebelarse de las injusticias que cometían contra los suyos. Dicha abstracción lo hizo detenerse en el trabajo hasta que su padre le llamó la atención.
La morería era muy pobre y repleta de casas humildes, habitada por veinte familias mudéjares, en su gran mayoría campesinas salvo por las del carnicero, el herrero, el alfarero y el mulá encargado de los deberes religiosos y de la administración de la paupérrima mezquita en que se reunían todos los viernes.
Los recaudadores del Marqués de Vorja, señor feudal que gobernaba a los mudéjares, llegaron hasta la aldea para recopilar la cosecha, llevándose tres cuartas partes de la misma ante los hambrientos ojos de los mudéjares que apenas tenían suficiente como para no desfallecer de la desnutrición.
—¿Esto es todo? —preguntó uno de los cobradores, un tipo de aspecto repugnante y cabellos erizados que siempre usaba una barba de varios días y que operaba rodeado de dos rufianes grandes y bobos que lo servían sin cuestionar.
—Sí, señor —respondió humildemente el Mulá— es todo lo que pudimos cosechar esta vez…
—Pues más os vale que la próxima tengáis un poco más, herejes holgazanes, o la paciencia de mi señor se agotará.
Abdul, que era un niño, ayudaba a su padre a montar los enormes sacos de grano dentro de la carreta. Al hacerlo se percató que dentro de la misma había una muchacha de unos trece años, de piel morena y ropajes gitanos, fuertemente encadenada y con rostro temeroso y lloroso.
—¿Qué te pasó? —le preguntó— ¿A dónde te llevan?
Pero sin aún terminar su frase, dos manoplas lo tomaron de los hombros y lo lanzaron lejos haciéndolo estrellarse contra el empedrado suelo.
—No te metas en los asuntos de tu amo —dijo el tipo de la cabellera picuda que lo había empujado— si no quieres terminar muerto.
—Discúlpelo, don Bartolomé —pidió el padre de Abdul— es sólo un niño y no sabe lo que hace.
El recaudador se subió al frente de la carreta para conducirla, franqueado por los dos gandules y se alejaron con la muchacha en el interior.
Si bien los mudéjares pasaban aislados la mayor parte del tiempo, forzosamente debían realizar esporádicas visitas a Granada, la ciudad más cercana. Usualmente iban Abdul y su padre, dejando a su madre y hermana menor en la casa. Abdul siempre odió esos viajes. Quizás porque pocos mercaderes aceptaban comprar o vender a su padre por el hecho de ser moro, o quizás porque era común que algún grupo de fanfarrones los humillara de alguna manera o porque los niños usualmente les lanzaban piedras, estiércol y lodo. En todo caso, este tipo de maltratos comenzaron alimentaron aún más, si cabía, el rencor en el corazón de Abdul.
Cuando Abdul y su padre llegaron a la morería, encontraron a dos jinetes allí.
—¿Hombres del amo? —preguntó Abdul al verlos de lejos.
—No creo. Los caballos y uniformes parecieran ser muy finos. Creo que son más bien mensajeros del Rey.
Los jinetes ordenaron a todos los moradores de la aldea salir de sus casas y escucharlos y luego leyeron el más reciente edicto del Rey Felipe II:
—¡Atención! ¡Atención! —dijo el mensajero— en el nombre de Su Majestad Felipe II el prudente, Rey de España, de Nápoles y Sicilia, ordena que a partir de esta fecha queda prohibido el uso de la lengua árabe para hablar, leer o escribir. La práctica de la religión mahometana en todos sus extremos. El uso de ropajes y otras indumentarias de origen árabe. Y la participación en actividades y costumbres tradicionales de los árabes o mahometanos. La ruptura de estas leyes implica la muerte. La adhesión a la secta de Mahoma y sus prácticas será penada de acuerdo a los protocolos de la Santa Inquisición. Aquellos que estén en desacuerdo con esto tendrán un tiempo prudencial para dejar el territorio del Reino de España, sin llevarse ningún objeto de valor y sin llevarse a los menores de doce años. Lo que dejen atrás, incluyendo propiedades, animales y niños, pasará a ser propiedad del Rey de España para dársele uso a su discreción. El bautismo para todos los conversos a la Santa Iglesia se llevará a cabo en una semana dentro de todas las catedrales, aquellos que no sean bautizados y convertidos a la Fe Católica deberán cumplir con el exilio o la quema en la hoguera por herejía. En el nombre de Dios, Nuestro Señor Jesucristo y la Santísima Virgen María, y de Su Majestad el Rey de España.
Dicho esto, y sin contestar ninguna de las preguntas que le formularon los confundidos moros, el mensajero enrolló el pergamino y se alejó con sus acompañantes a toda prisa.
Imposibilitados de escapar y temerosos de la muerte, Abdul, sus padres y su hermana se dirigieron a la Catedral en la populosa y metropolitana ciudad de Granada, en donde un obispo obeso les aspergeó agua bendita mientras canturreaba palabras incomprensibles en latín, para luego obligarlos a inclinarse ante ídolos de piedra y cerámica como vírgenes y santos católicos aún cuando esto era una ofensa grotesca e intolerable para cualquier musulmán. Aún así, Abdul y su familia continuaron practicando secretamente y realizaban sus cinco oraciones diarias escondidos en recónditas habitaciones bien tapiadas, realizaban discretamente el ayuno durante el mes del Ramadán y continuaban absteniéndose de consumir licor y comer cerdo aún cuando públicamente asistieran los domingos a las iglesias, se golpearan el pecho, probaran la ostia y repitieran sin sinceridad las salmodias.
En una ocasión se adentró a la iglesia don Fernando de Válor y Córdoba, Caballero Veinticuatro de la Ciudad de Granada y miembro del Cabildo Municipal, un sujeto gallardo y de andar arrogante, cuyos rasgos árabes denotaban sus orígenes. Sus abuelos claudicaron durante la Guerra de Granada que permitió la reconquista española de la región, se convirtieron en católicos y declararon su lealtad a los Reyes de Castilla, por lo que renegaron de su glorioso pasado como descendientes de los poderosos califas omeyas y abjuraron del Islam. Fernando caminó hasta el púlpito donde el Obispo entregaba la ostia a los fieles y, una vez frente a él, el clérigo le dijo:
—El cuerpo de Cristo…
Entonces don Fernando de Válor y Córdoba se giró y ante la multitud católica declaró:
Ašhādu anna lā ilāha illā Allâhu wa anna Muhammadan rasūlu l-lâh
El juramento de la fe de todos los musulmanes: Alá es el único Dios y Mahoma su profeta. Inmediatamente después se desprendió del crucifijo que colgaba de su cuello y lo lanzó al suelo diciendo:
—Ya no soy Fernando de Válor y Córdoba, ahora soy Muhammad ibn Humeya, heredero de los califas omeyas y creyente del Islam. Y quien lo sea también, acompáñenme a luchar en el nombre de Alá y del Profeta contra la injusticia.
La multitud estalló en murmullos y expresiones escandalizadas y el sacerdote se persignó como si el mismísimo diablo se hubiera manifestado ante él. Muhammad ibn Humeya, alias Abén Humeya (en su versión catellanizada) comenzó a salir del templo dando comienzo así a una valiente revuelta.
Los rebeldes mudéjares se refugiaron en las inescrutables montañas andaluces, viviendo en sus entrañas cavernosas o entre los claros de sus boscosos y tupidos parajes. Abdul fue bien entrenado por Humeya en persona quien le enseñó a usar la espada y la cimitarra, a disparar con las armas de fuego y con arcos y ballestas, así como el combate cuerpo a cuerpo.
Ambos forajidos se encontraban sumidos en un duelo de esgrima utilizando sus características cimitarras bajo la luz de la luna llena. Rodeándolos se localizaban los aguerridos camaradas que conversaban ante la fogata, otros cuantos oraban y algunos se dedicaban a entrenar disciplinadamente. Sólo los vigías se mantenían alertas y previsores, al menos hasta que llegara el momento de ser sustituidos.
El tintineante entrechocar de los sables y la prestancia en la que ambos se desenvolvían llamó la atención de algunos. Finalmente Humeya interceptó uno de los embates de Abdul, acercándose lo suficiente como para aferrarle el brazo y hacerle una zancadilla que hizo caer a su pupilo sobre el pasto.
—Excelente, Abdul, has mejorado mucho tu técnica —le dijo ayudándole a levantarse.
—Muchas gracias, Shayj.
Se escucharon pasos furtivos entre los ramajes y todos los insurrectos se pusieron alertas, pero de entre la foresta emergió un conocido así que se relajaron.
—¡Shayj! ¡Shayj! —clamó el visitante, un tipo de barba negra y nariz ganchuda.
—¿Qué sucede, Moammar?
—¡Una patrulla española merodea por la ladera del río!
—Así que los españoles están buscando pelea —dijo Humeya— pues vamos a darles lo que piden…
Así, disiparon las flamas de la fogata con tierra, tomaron sus armas y se introdujeron entre los recovecos del bosque en persecución de sus enemigos para emboscarlos. No tardaron mucho en encontrarlos, efectivamente cercando la ladera de un caudaloso río que bajaba de la Sierra Nevada. Preparados para atacar se parapetaron tras los troncos, prepararon sus arcabuces y mosquetes y apuntaron a la patrulla.
Humeya los observó fijamente, alzó su mano y finalmente la dejó caer como señal homicida y una serie de ensordecedores disparos retumbaron por las montañas haciendo escapar a las aves y ultimando a muchos españoles que colapsaban acribillados sobre el suelo o se desplomaban dentro de las furiosas aguas del río.
Los españoles contraatacaron con sus propias armas pero las balas sólo golpeaban los troncos. Sin embargo, en aquella época resultaba virtualmente imposible un asedio continuo con armas de fuego que eran lentas de cargar y difíciles de maniobrar así que los mudéjares bajaron de inmediato la escarpa boscosa con sables en mano listos para descuartizar a los españoles. Los que restaban se prepararon con sus propias espadas, aunque algunos fuegos de mosquete de la cuadrilla hispana asesinó a varios mudéjares que terminaron rodando cuesta abajo hasta que sus cadáveres llegaban a la ribera. Mientras uno de estos mosqueteros intentaba rellenar de pólvora y pesadas balas su armamento, recibió un fino corte de la cimitarra de Humeya que le atravesó desde el ojo derecho hasta la garganta desfigurándolo al tiempo que lo mataba.
Ambos bandos se enfrascaron en una sangrienta contienda que tiñó de rojo el río. El experto caudillo mudéjar Humeya era muy hábil y parecía estar coleccionando cadáveres a sus pies.
Abdul a su vez combatía fieramente a los enemigos castellanos esquivando balas que le pasaban rozando la cabeza y asesinando contrincantes con cortes letales. Una vez que enterró su cimitarra en el estómago de un soldado español que cayó sobre el suelo, la desenterró y se tomó un respiro para recuperar el aliento y limpiarse el sudor. Como si todo aconteciera lentamente observó a su amigo, a su tutor, a su consejero y, sobre todo, a su líder, Humeya mientras terminaba de rebanarle la garganta a algún infortunado. Detrás de él estaba Moammar apuntándole con un arcabuz y reflejando en su mirada unas intenciones turbias.
—¡NO! —gritó Abdul mientras la pólvora estallaba y la bala brotaba del arcabuz en dirección a la espalda de Humeya hasta enterrársele entre los omoplatos. Humeya sollozó sorprendido y colapsó sobre el suelo, agonizante.
—¿¡Por qué!? —gimió Abdul en un grito mezclado de furia e indignación y sacó su espada que sin pensarlo dos veces ensartó en el traidor. Una vez que Moammar se desplomó sobre el suelo resonó una bolsa de monedas que se desperdigaron por el suelo. Monedas de oro con el rostro del Rey de España sellado en ellas. ¡El soborno de Moammar!
El enfrentamiento había terminado. Los pocos soldados españoles escaparon complacidos a dar la noticia de la muerte del líder revoltoso. Abdul se arrodilló al lado de su líder que vomitaba sangre para ayudarlo a desfallecer.
—Las puertas del Janah se abren —declaró Humeya— para que los ángeles y las huríes me reciban en la casa de Alá… Allahu Akbar… —luego falleció.
—Sí —respondió Abdul— Alá es grande… —y luego huyó del territorio lo más rápido que pudo.
Decepcionado por la traición, Abdul abandonó la revuelta que, de todas maneras no tenía mucho futuro, y regresó a su hogar con sus padres resignándose a una vida miserable y a fingir que era católico sin serlo. Sus padres y hermana lo recibieron con amorosos abrazos y su madre en particular le llenó de besos la cara lo que lo hizo sonreír. Dejando atrás sus días de forajido terminó retomando la azada y la guadaña para cultivar la tierra sin mayores expectativas de vida. Y así vivió sin sobresaltos durante siete aburridos años hasta que…