LA ODALISCA Y EL PIRATA (II)
La Biblioteca donde vivían Aisha y Nasradán estaba acondicionada para que ambos residieran cómodamente en ella. Tenía baños, cocina, dos aposentos para cada uno y un espacio para rezar, así como una miríada de gatos que compartían el hábitat con ambos. Nasradán era un derviche muy respetado miembro de una importante Tariqa Sufí conocida como la Orden de las Palabras Nobles, cuyos miembros se dedicaban al estudio del Corán y la filosofía islámica, al tiempo que daban clases de diferentes disciplinas en la Casa de la Sabiduría, la más prestigiosa universidad del mundo islámico, localizada en Bagdad.
Era común que Aisha acompañara a su abuelo hasta la universidad donde impartía lecciones o a la sede de su cofradía. Para esto, y como era normal, ella se debía cubrir la cabeza con un velo y generalmente usar ropa que le tapaba todo el cuerpo excepto las manos. Aunque Nasradán poseía un bastón, le gustaba desentenderse de él y disponer del brazo de su nieta para recorrer las concurridas callejuelas de Bagdad, atestadas de transeúntes de todo tipo; regateadores compradores, bulliciosos pregoneros, barbudos clérigos, hoscos marineros y comerciantes que ofrecían alfombras, dátiles, camellos y esclavos haciendo alarde de sus supuestos bajos costos.
—La paz de Alá sea contigo, Nasradán —saludó un viejo amigo del derviche, un anciano juez de huelga barba.
—Y contigo, Ibrahim —le respondió el derviche y se pusieron a hablar alegremente sobre una gran cantidad de temas sin importancia. Aisha, aburrida, se distanció de la pareja de ancianos y llegó hasta un restaurante donde diferentes hombres, tanto árabes como turcos, se sentaban en las redondas mesas a ver bailar a las bellas odaliscas.
Las bailarinas del vientre realizaban sus eróticos movimientos de cadera y abdomen con una gracia espectacular y un talento magnífico, haciendo que la niña se abstrajera.
—¡Aisha! —llamó su abuelo y la muchacha salió del embrujo y regresó a su lado. El anciano ya se había despedido de su amigo.
—Disculpa Abuelo.
—Vamos, que llegaremos tarde… —dijo él.
—Abuelo, ¿crees que yo podría ser bailarina del vientre?
—Hija mía ¿estarías dispuesta a exhibir tu cuerpo semidesnudo ante extraños? ¿No te parece eso inapropiado?
Aisha se silenció. No quiso tocar más el tema pero en el fondo aspiraba sinceramente a convertirse en una de aquellas hermosas odaliscas.
Ella y Nasradán llegaron hasta una venta de dátiles donde el anciano saludó amablemente al mercader y conversaron otro largo rato (como no podía ser de otra forma) aunque su conversación fue brevemente interrumpida cuando una procesión de cuatro soldados turcos llevaban en el medio a una joven muy hermosa pero además muy triste. Su gesto reflejaba un profundo dolor pues estaba siendo separada de su familia y sería llevada a la fuerza al palacio del Valí de Bagdad, el gobernador otomano local y el hombre más poderoso de la ciudad. Hubo un silencio lúgubre entre todos los observadores de la plaza, como si guardaran respetuoso luto por aquella joven.
—¿Quién es ella? ¿A dónde la llevan? —preguntó Aisha.
—Eres muy joven para saber esas cosas tan terribles, niña —sentenció el comerciante. Pero su Abuelo estaba enfurecido y oprimía los puños.
—¡Esto es una vergüenza! —dijo— ¡una desgracia! ¡Y nosotros la permitimos! ¡Somos unos cobardes que no combaten el mal de Valí!
—¡Basta! ¡Silencio Nasradán! —acalló el mercader muy preocupado— ¡Si te escuchan diciendo eso puede que algo terrible te suceda! Tu respetada posición como director de la Biblioteca no te protegerá siempre.
Aisha nunca había desobedecido a su abuelo, pero su espíritu libre e indomable le impedía dormir en las noches hasta que pudiera realizar su sueño. Así, empezó a escabullirse a escondidas en las tardes cuando su Abuelo asistía a extensas reuniones y conversaciones en las mezquitas y cafés, y llegó hasta aquel restaurante donde había muchas bailarinas del vientre. La dueña del local, una ex esclava que había sido odalisca en el palacio del Valí, se llamaba Amina, y era una de las mujeres más hermosas de Bagdad.
Amina ya era una mujer madura y por su condición de ex concubina era probable que no se casara nunca. Enseñaba la danza del vientre a otras jóvenes y vivía bien gracias a su popular restaurante al que acudían hombres de todo Bagdad a ver a las bellas bailarinas.
Amina aceptó instruir a Aisha como bailarina del vientre, pues vio en ella potencial gracias a su agilidad, soltura de movimientos y belleza. Aunque aquello era peligroso pues no quería ganarse la enemistad del respetado Nasradán en el caso de que se descubriera que la estaba instruyendo sin su permiso.
Así, casi todas las tardes excepto los viernes que eran los días de oración en la mezquita, se escapaba Aisha para aprender la danza árabe convirtiéndose en la mejor alumna y entablando una gran amistad con su instructora.
Fue así como Aisha supo la historia de Amina. Había sido vendida como esclava odalisca al Valí anterior en cuyo harén sirvió fielmente, hasta que éste murió casi de viejo. Prendido por los sentimientos de cariño y afectó que ella le proporcionó en sus días agonizantes, la liberó con su última voluntad. Al morir el previo Valí, su heredero y actual gobernador de Bagdad, no tuvo más opción que dejarla ir. Ella empezó bailando en la calle y recibiendo pagos que rozaban las limosnas, pero gracias a su disciplina y astucia, poco a poco fue resurgiendo hasta poder comprar su propio local.
—La vida es muy dura, pequeña Aisha —le dijo la bella bayadera en una de tantas tardes en que platicaban en una mesa— eres joven y no lo sabes. En este mundo hay muchas injusticias.
—¿Quiénes son las jóvenes que todas las semanas llevan los soldados al Palacio?
Amina titubeó en responder y bajó la mirada, como si meditara si era correcto romper la inocencia de Aisha. Finalmente decidió responderle.
—Al menos una vez a la semana el Valí de Bagdad escoge a una joven hermosa para ser llevada a sus aposentos. Tras abusar de ella por varios días, ordena su muerte.
Aisha estaba atónita.
—¿Y por qué se lo permiten?
—Las mata para que no revelen su perversidad, pero en la realidad es un secreto ya bien conocido y rumores se han filtrado entre el pueblo desde el palacio. Todos saben que una vez que una joven es seleccionada nunca se le volverá a ver. Quien se atreva a oponerse será ejecutado.
—Eso es terrible…
—He perdido muchas de mis bailarinas y amigas así —dijo con un evidente dolor dibujado en su rostro.
Aisha volvía todos los días a su hogar antes de ser descubierta, pero ese día se distrajo cuando en la plaza central se escuchaba el bullicio de una multitud hablando y los soldados otomanos vociferando. Aisha se coló entre la multitud y observó a los solados que sostenían a un joven de unos veinte y tantos años encadenado. Era un muchacho apuesto y simpático, de rasgos árabes y una bien recortada barba de candado. El capitán de la guardia imperial, un viejo y curtido turco de larga barba y un ojo cicatrizado, dio una declaración a todo volumen:
—Este hombre es Omar Ahmed Mahmud Ibn Farad, conocido simplemente por el nombre de Omar el Aventurero, afamado bandido y pirata. Por orden del Valí de Bagdad y la autoridad investida en él por el Sultán del Imperio Otomano, se le condena a cien latigazos y cadena perpetua en las mazmorras.
Aisha escuchó los rumores de una pareja a su lado:
—¿Ese es el famoso Omar? Dicen que ha seducido a cientos de mujeres en todo el mundo.
—Debe ser algo exagera esa cifra, aunque sin duda sedujo a la esposa del capitán, ya que lo encontraron en su cama. Es por eso que lo odia tanto como para convencer al Valí que conmutara la pena de muerte por la de cadena perpetua. Quiere torturarlo por el resto de su vida. ¡Pobre hombre!
Aisha observó los cien latigazos que le propinaron a la esbelta espalda del apuesto pirata. Este resistió cuanto pudo para no gritar, como si no deseara darles tal satisfacción a sus torturadores.
Debido a aquel horrible espectáculo, Aisha llegó tarde a su casa por lo que fue descubierta por su abuelo adoptivo. Incapaz de mentirle de frente le confesó toda la verdad.
Nasradán era un anciano comprensivo y amaba demasiado a Aisha como para gritarle o castigarle. Simplemente se sentó y sonrió.
—Ya eres grande para tomar tus decisiones —dijo y el asunto se selló.
Esto llenó de alegría a Aisha y abrazó con cariño a su abuelo putativo. Esa noche sonrió mientras dormía plácidamente pues sabía que a partir del día siguiente no tendría que volver a esconderse y podría ser una bayadera de verdad.
La mañana siguiente camino a sus clases, algo la interrumpió. Un misterioso sujeto cubierto por harapos y vendas. Parecía un leproso, se abrió espacio a empujones entre la multitud de la plaza central.
Pero Aisha notó algo inusual en el tipo que todo mundo ignoraba o evitaba por su condición. No caminaba como caminaría alguien genuinamente afectado por el mal. Al contrario, se apresuraba y miraba por sobre el hombro como preocupado. Además, sentía que podía reconocer la forma del dorso y le pareció reconocer los ojos avellana que emergían de entre las vendas.
—¿Supiste la última? —le dijo un mercader a un cliente que apretaba sus dátiles. —Omar el Aventurero escapó de prisión.
—¡No puede ser! ¿Cómo lo logró?
—Es astuto como un zorro. Hay quien dice que tiene pacto con Iblís y que a su servicio están muchos ifrits y djins.
—Alá nos guarde.
Aisha escuchó la conversación con atención. Compró unos dátiles sin perder de vista al leproso y lo siguió subrepticiamente. Caminó detrás de él muchas horas hasta llegar a un área de las montañas aledañas a la ciudad cerca de la ladera del río Éufrates donde había una cadena de colinas repletas de cavernas.
Allí, en una de las mismas, Aisha encontró restos de un campamento y descubrió la verdad.
Iba a correr hacia la ciudad de regreso, pero una mano le cubrió la boca y pronto se vio lanzada contra el arenoso piso con un hombre encima suyo reteniéndole los brazos con una mano y acallándola con la otra. Era Omar.
—Te descubriré la boca —dijo— pero si gritas morirás —amenazó. Aisha asintió.
—¡Omar el pirata! —reaccionó ella una vez que la áspera mano del sujeto dejó de presionar sus labios. —¿Qué va a hacerme?
Omar sonrió.
—Está bien —rogó ella especulando sus intenciones— haga lo que desee pero déjeme ir ilesa después. Haré lo que guste y además no diré nada sobre su ubicación.
Pero, para su sorpresa, Omar la liberó completamente.
—Nunca he tomado una mujer a la fuerza ni pretendo hacerlo. No lo necesito y mucho menos una mocosa como tú.
Aisha se incorporó frotándose las muñecas que las duras manos de Omar habían lastimado.
—¿Cómo escapó? —preguntó ella— ¿es cierto que tiene a su servicio a miles de ifrits y djinns como dice la gente? ¿tiene pacto con Iblís?
Omar se carcajeó.
—No, la realidad es que escaparse de un calabozo bagdadí se logra con métodos más mundanos que eso. Utilicé solo mi astucia y la ambición de uno de los guardias que quería saber donde había enterrado los tesoros que he acumulado por años. A cambio de eso aceptó entregarme papel y pluma para escribirle una carta de despedida a mi amante. Lo que él no sabía es que la punta metálica de la pluma se puede usar para abrir cerraduras, después de eso pude hacer el resto con algo de cuidado y escudriño hasta llegar a los baños y realizar la poco agraciada tarea de escapar a través de las cañerías. Nunca he visto a Iblís ni a un djinn, pero me gustaría, sin duda sería más fácil.
—¿Y los tesoros?
—Jamás le daría tal información real a un guardia, pero para cuando descubrió que mentí ya yo había escapado.
—¡Asombroso!
—Al menos fue mejor que lo que tuve que hacer para escapar de prisión de Acre.
—¿Y que fue lo que hizo en Acre?
Omar titubeó algunos momentos.
—Solo digamos que el Alcaide es un hombre de gustos antinaturales…
Aisha pensó por algunos momentos, hasta que entendió.
—¿No apruebas lo que hice? —preguntó Omar.
—Alá no lo aprueba, no yo. Pero eso es entre usted y él.
Omar sonrió.
—Bueno, deberé irme. Ahora que descubriste mi escondite…
—No diré nada.
—¿Y que garantía tengo de que así será?
Aisha pensó algunos momentos. Luego extrajo el medallón que había sido de su madre, lo último que le quedaba de ella.
—Además de mi palabra de beduina, le daré esto. Es lo más valioso que tengo y lo único que me queda de mis padres. Puede esconderlo y si rompo mi promesa nunca lo recuperaré.
Omar observó la alhaja por algunos momentos, pero luego la devolvió a Aisha.
—Tu palabra de beduina es suficiente para mí.
Y en efecto, Aisha cumplió su palabra. No dijo a las autoridades donde estaba Omar ni siquiera cuando se enteró de la jugosa recompensa que ofrecían por ello. Al contrario, y cerciorándose que no la siguieran, Aisha llevó provisiones todos los días a donde Omar se escondía recibiendo a cambio solo los fascinantes relatos de sus aventuras.
Es así como Aisha también supo la historia de Omar, que tenía un origen igualmente trágico como la suya.
Omar había nacido en el seno de una familia cristiana, y como solía suceder, al cumplir los 12 años era reclutado a la fuerza para formar parte de la élite militar jenízara. Omar recordaba cuando, aun a esa tierna edad, los funcionarios del Imperio llegaron a su humilde aldea y escogieron a dedo a múltiples jóvenes arrancados en medio de llantos de sus amorosas familias. Dijo adiós a sus padres y hermanas y se embarcó junto a unos desconocidos hacia Estambul a iniciar su entrenamiento.
Allí fue convertido a la fuerza al Islam y se le enseñó a leer educándosele en diversas disciplinas como ciencia, filosofía y teología. También le entrenaron a usar el arco, la espada y el combate personal.
Pero la vida de Omar como jenízaro tomaría un giro más oscuro cuando fue llevado ante el Sultán en medio de la corte otomana. El Visir, que supervisaba el entrenamiento jenízaro, tenía órdenes de llevarle al Sultán periódicamente uno de los jóvenes cadetes en entrenamiento que destacara de entre los otros. Omar recitó ante el Sultán una serie de poemas que conocía de memoria y que extasiaron al regordete monarca.
Una mañana reverberante
Una voz cantarina,
Dorados rizos que ondean con el viento,
Como una lluvia de oro
Como el cálido sol veraniego,
Encarnación de la alegría,
Tierna, dulce, bella y lista
Su presencia reanima,
Como rica ambrosía
Resplandece de felicidad,
Aposento con su ánima,
Un espíritu que atesoro,
Es el alma de todo lugar,
Un universo en la palma de su mano
Y conforme su hermosa sonrisa
Sus largos y dorados cabellos amarillos,
Enternecedor entusiasmo de niña
Como un hada juguetona
Se desdibuja a lo lejos,
Lloran las flores su partida,
Y el trinar de los pájaros se acalla
Lindos gatos, juguetones y traviesos
Andaregueando por los callejones y los páramos y los tejados
La observan caminando vivaz y gentil
Pensando tiernamente en sus cuidados y mimos
Ella camina
Acompañada por sus figuras cuadrúpedas, peludas y rabos empinados
De mirada fuerte y gran hermosura
Una mente aguda tras unos ojos de fuego
Bella transita las calles de la ciudad
Que los niños y los gatos se refugien en su terso corazón
No cabe duda,
Que tanta belleza,
Debe tener un caballero afortunado a su lado,
Pero dueño no tiene ni tendrá jamás
Pues al igual que los gatos y los niños que mima,
Ella libre como el viento por siempre será.
Pupila oblicua que atraviesa las penumbras
Sonoro maullido en la neblinosa noche
Que transitan alegremente con patas silenciosas,
Sobre superficies de ángulos insostenibles
Ágiles acróbatas que se relamen gustosos
Cuando la cena está servida
El infante inocente y cachetón
Con risotadas simplonas se entretiene
Gatea y gatea en inocua persecución
Tierno abrazo a la princesa
Se escuchan entonces por cada tejado y por los jardines
Y entre los muros, y las bancas y todos los confines
Un ejército peludo de patas silenciosas y maullidos sinfónicos
¡Noble escolta de su Princesa!
Un soplo refrescante
Licoroso
Una mirada aguda y atravesante, de mente poderosa grande y ominosa,
Ante ti rindo homenaje,
Cuya resplandeciente aura extrae su calor ante un burdo mundo.
Oculta en el Inframundo,
En mortuorios páramos desoladores
Inhóspita y agreste tierra blanquecina,
Sumida en el frígido luto del dolor y la desesperanza,
Mientras aguarda tu regreso, hermosa Perséfone.
Clamores y súplicas se elevan vacíos,
Hacia sordas y pedantes deidades,
Tu regreso solícito, esperan hambrientos,
Los mortales que no lo ameritan.
Amargas lágrimas que brotan de ojos enardecidos.
La calle resuena con cascos de finos corceles negros.
¡Cuervos y golondrinas jolgoriosos!
Revuelan felices sobre la corona,
Sus ojos acuosos verdes y profundos,
De marfilada y cómplice sonrisa,
Propia de demonios extraídos del Infierno,
Hija del encanto.
En tus prendas de princesa y bruja y diosa,
Fuerza oscura de lo interno,
Ante ti se doblegan las musas,
Y las orquídeas se marchitan envidiosas.
¡Mirada desdeñosa!
Fría crueldad
Las espinas afiladas de la rosa oscura,
Un corazón puro, pero arrogante,
¡Tu pecado es la soberbia!
Tu alegría es engañosa,
Tu confianza inquebrantable
Andar rotundo y tenebroso,
Siembra el temor en los incultos
Sobresaliente en cada aspecto.
No es humana tal criatura.
Su desdén es merecido y de allí su desaliento.
Pues de él deriva su desidiosa condena,
¡Su aburrimiento!
Mira con compasión a un triste Minotauro,
Que solloza desconsolado en una orilla marginada,
Dulce mano que acaricia un rostro deformado,
Tiernos cantos de consuelo a unos oídos atormentados,
Su cariño es la redención y la vida,
Suave luz candorosa en el húmedo túnel de la muerte,
Única luz que se disfruta
Un abrazo amoroso que espanta los demonios,
Y cura las espantosas heridas de flagelos lacerantes,
Solo por un instante, al oído le susurra:
“¡Dulce Asterión! ¡Mi querido Asterión! No sufras más por tu fatídico destino. Duerme y sueña y piensa en tu amiga Perséfone.
“Poza tu cabeza en mi regazo mientras la acaricio tiernamente.
“Que tu dolor y sufrimiento desaparezca por un tiempo.
“Enjuga tus lágrimas en mis gráciles dedos, no te adelantes.
“Duerme, duerme, tranquilo, sueña con paz y con contento. Que tu dolor yo contendré por algunos momentos.
Y así durmió por un tiempo.
Torturado y deforme y monstruoso, pero tierno por dentro.
Y así reposó algunos segundos,
Donde los augurios horrendos y los llantos eternos cesaron,
Sólo un instante,
Y Asterión complacido recordó por siempre, mientras sendas lágrimas recorrían su rostro adolorido.
Despreciado, rechazado, humillado, derrotado.
Y en su corazón despedazado brillo una única chispa de humanidad
Salvación del Abismo,
Redención que espanta los más oscuros resentimientos.
Triste Asterión, cuando te mate Teseo,
Recordarás a Perséfone con su último aliento.
Que entre el odio y el repudio que sufrió por tantos,
Y el dolor que desgarró su corazón tierno y hambriento,
Hubo una única alma que lo quiso y lo cuido, y su oído susurró bellas palabras de aliento.