LA ODALISCA Y EL PIRATA (IV)
Siete años después ya las revueltas mudéjares habían sido completamente sofocadas. Los combatientes que eran atrapados vivos eran torturados y ejecutados públicamente ante la mirada de los vecinos con el propósito de aleccionarlos y evitar futuros levantamientos. Los últimos vestigios que quedaron fueron los salteadores monfíes, simples bandidos apolíticos musulmanes que vivían en las montañas y vivían del bandolerismo sin mayores pretensiones revolucionarias.
A la morería llegaron como de costumbre Bartolomé, sus dos inseparables trúhanes bobalicones y, algo inusual, el señor feudal en persona; el Marqués de Vorja, un tipo de largo cabello blanco tensado en una cola hacia su espalda, una afilada nariz y barba negra, así como una mirada tenebrosa. Vorja vestía lujosamente y utilizaba una larga capa que se extendía hasta la parte trasera del fino purasangre que montaba.
—¡Salid! ¡Salid todos! —ordenó groseramente Bartolomé y la totalidad de pobladores de la morería emergió de sus humildes viviendas. —Vosotras, venid al frente —dijo a todas las mujeres entre los doce y los veinte años a quienes colocó de frente al caballo del señor feudal, para preocupación de sus padres.
Vorja las miró a todas con mucha atención, fijándose en cada uno de sus detalles de manera puntillosa. Mediante gestos manuales le daba instrucciones a Bartolomé para que les quitara el pelo de la cara, les hiciera mostrar los dientes o les diera media vuelta para verles el cuerpo entero. Vorja, finalmente, se decantó por una joven a la que señaló con su pulgar, para horror de Abdul y sus padres; era su hermana.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Bartolomé.
—Soraya —respondió ella.
—Bien Soraya, pues vendrás a vivir al castillo de tu señor. Súbete a este caballo…
—¿¡Pero que hace, por Dios!? —preguntó disgustado el padre de la muchacha encarando a Bartolomé quien lo ignoró. Abdul, que era ya un hombre de 18 años se propuso impedir el secuestro de su hermana a toda costa y miró hacia donde guardaba la afilada guadaña.
—¿A dónde la llevan? ¿Qué le van a hacer? —preguntó angustiada la madre.
—¡Silencio, malditos moros! —reprendió Bartolomé— ¡Si no quieren que los mate! ¿Creéis que no sabemos que vosotros practicáis vuestra herejía en secreto? ¡Si no nos dejáis llevarnos a la morisca en paz vamos a alertar a la Inquisición!
Abdul se preparó para tomar la guadaña y cortarle la cabeza a Bartolomé, cuando menos, aunque muriera en el momento acribillado por los mosquetes de sus dos cómplices.
—¡Padres, hermano! ¡Tranquilizaos! —rogó Soraya desde el caballo— no quiero que os lastimen. Iré con ellos en paz. No temáis por mí…
Las súplicas de su hermana lo hicieron pensarlo dos veces. Soraya tenía razón y una acción impulsiva podría significar la muerte de toda la aldea. Así que, indignado e impotente, observó a su hermana siendo llevada a quien sabe que terrible destino…
—Tras ello me dediqué a investigar sobre el Marqués —afirmó mientras recorría los senderos boscosos con sus dos nuevos aliados— y parece que el Marqués ya desde hace muchos años solía recolectar muchachas jóvenes entre sus vasallos, pero nadie sabe qué les hace, sólo que nunca se les vuelve a ver.
—¿Y esto no ha provocado la ira popular? —preguntó Aisha molesta.
—Usualmente secuestra gitanas, judías, moriscas o mendigas. Mujeres que no le importan a las autoridades, cuidándose de nunca tocar una mujer cristiana, mucho menos de la nobleza.
—Bueno —adujo Omar— habrá que ponerle fin a la maldad del Marqués.
Pero algo les interrumpiría en su misión. Súbitamente tres cuerdas brotaron de entre los arbustos que los franqueaban terminadas en un lazo y los amarraron. Inmediatamente después las cuerdas fueron jaladas haciéndolos caer sobre el duro y pedregoso suelo y provocando que sus caballos escaparan a toda prisa. Intentaron aferrar las espadas y las pistolas de sus fundas pero fueron impedidos de hacerlo por una banda de gitanos que les cayó encima y los desarmó.
Fueron llevados a la caravana de la tribu gitana, situada en un claro del bosque. Consistía en diez carros que utilizaban como viviendas y que colocaban en un semicírculo. Fuertemente maniatados fueron lanzados al suelo a los pies del líder del clan, un gitano de tupido bigote y piel morena, ataviado con un chaleco rojo, un fajón grande y colorado, pantalón negro, una sedosa camisa blanca de cuello bombacho y mangas holgadas, así como muchos aretes en sus orejas y un pañuelo verde sobre la cabeza. Su indumentaria no distaba mucho de la del resto.
—¡Justo lo que necesitábamos —dijo el cabecilla gitano aferrándole el mentón a Aisha— una presa para el Marqués!
—¡Malditos! —reclamó Aisha que hablaba muy bien español al igual que sus acompañantes— ¿Cómo podéis ser tan crueles como para recolectar mujeres para ese enfermo? ¿Cuánto os paga? ¿Cuánto vale vuestra dignidad?
El gitano le propinó un bofetón a la mujer por atreverse a cuestionarlo.
—¡Calla! ¡No sabes lo que dices!
—¡Sí lo sé! —reaccionó ella con un hilo de sangre en la comisura derecha de su boca, sin amilanarse en absoluto por la agresión— ¡Cerdos! ¡Traidores! ¡Infames! ¡Entregáis mujeres inocentes a ese monstruo!
—Tú eres la primera que capturamos con esa finalidad —aseguró el romaní— y si lo hago es porque no tengo opción… guardo la esperanza de que el Marqués me devuelva a mi hija si la intercambio por otra mujer —y al explicar esto se denotó el dolor en su mirada.
—No sea tonto, hombre… —dijo Omar— el Marqués no le devolverá a su hija a cambio de nada porque, asumiendo que está viva, ella ya es testigo de lo que sea les hace en su castillo y no querrá que los rumores se dispersen.
El cíngaro apretó sus puños, frustrado… ellos tenían razón.
—Mi hermana también es prisionera del Marqués —adujo Abdul— nos dirigíamos a salvarla. Quizás vosotros nos podáis ayudar.
—¿Tomar el castillo de un noble? —preguntó el rey gitano— eso es una locura… ¡pero bueno! Me gustan las locuras… —así que con señales manuales ordenó a sus hombres que liberaran a los moros y una vez desatados les estrechó la mano diciendo: mi nombre es Perperot, el Rey de los Gitanos. Han pasado de ser mis prisioneros a ser mis invitados y les demostraré la buena hospitalidad que nos hace famosos a los gitanos —dijo aplaudiendo como señal a sus súbditos de organizar una buena fiesta.
Y así, por los vaivenes inesperados del Destino, Aisha, Omar y Abdul gozaron de las atenciones de la tribu cíngara. Hermosas mujeres danzaban zapateando y revoloteando sus largas faldas coloridas al lado de una cálida fogata, los hombres cantaban, algunos tocaban el violín y la guitarra alegremente, además les dieron de comer deliciosos platillos de pollo asado y carne de cordero.
—¡Venid! —dijo Perperot a sus invitados árabes— ¡Brindemos con buen vino!
—Gracias, Perperot, pero los musulmanes no bebemos licor —declinó Omar— y tampoco comemos carne de cerdo, que es la razón por la cual no pudimos probar el guisado.
—¡Que me lleve el Diablo —dijo Perperot jovialmente— si los moros no son los hombres más aburridos de la tierra! Bueno, pues os traeré leche fresca de cabra si os parece.
Todos asintieron así que Perperot estrelló su jarra de cobre repleta de vino con las de sus invitados que estaban rebosantes de sana leche.
—¿Y ya tenéis pensado lo que vamos a hacer para entrar al Castillo Vorja? —preguntó Perperot una vez que se hubo tragado el licor.
—Sí… —respondió Aisha— se me ocurrió una buena idea…
El Castillo Vorja se alzaba oneroso por entre los bosques andaluces, rodeado de la inescrutable campiña montañosa. El edificio databa de la Edad Media y era separado del exterior por un profundo foso por lo que sólo podía adentrársele mediante el puente levadizo, o al menos eso era lo lógico. El diseño arquitectónico mostraba una estructura picuda y alargada con extensas atalayas y una negra torre en el centro que subía hasta un tétrico campanario. Además, se encontraba rodeado por altos e infranqueables murallones.
Una carreta gitana llegó hasta las inmediaciones del infame castillo y de su interior salió Perperot vociferando:
—¡Exigimos hablar con el Marqués de Vorja! ¡Marqués de Vorja! ¡Que salga el Marqués de Vorja!
—¿Qué queréis trúhanes piltrafas? —preguntó Bartolomé desde una de las ventanas. —¿Cómo os atrevéis a perturbar al Señor de estas tierras?
—Traemos algo para él —dijo Perperot y dos de sus gitanos extrajeron de entre la carreta a Aisha fuertemente encadenada y amordazada. Estaba vestida con su atractivo traje de odalisca que permitía a cualquier observador reconocer su hermosura natural. La muchacha se resistía violentamente e intentaba liberarse de sus ataduras, sin éxito.
Bartolomé pareció conferenciar con una siniestra figura que esperaba en las sombras y tras intercambiar algunas palabras se asomó por la ventana.
—¿Qué queréis a cambio de ella?
—Treinta monedas de plata —adujo Perperot con una sonrisa y sus hombres se carcajearon— Ese es el pago de los traidores ¿no?
El puente levadizo descendió desde la pared hasta llegar al suelo permitiendo así el poder sobrepasar la fosa. Los gitanos se acercaron hasta donde Bartolomé y sus gandules realizando el siniestro intercambio y luego introdujeron a Aisha a las lóbregas profundidades del lugar.
—¡Bienvenida al Castillo Vorja! —dijo la maléfica figura del Marqués bajando las escaleras de su salón de banquetes con una candelabro en la mano. —Tu nuevo hogar y del cual nunca saldrás. Remuévanle las cadenas —ordenó a sus hombres, quienes obedecieron. El Marqués se le aproximó y la miró fijamente mientras le acariciaba la mejilla. —Vales más que treinta monedas de plata. Eres una buena adquisición.
—¿Qué quiere de mí, perro infeliz? —preguntó Aisha y por sus palabras groseras recibió un golpe en el hígado de parte de Bartolomé que la hizo perder el aire y colapsar sobre sus rodillas por el dolor y la asfixia.
—Tiene un carácter fuerte esta moza —adujo el noble aferrándole el mentón. —Eso me gusta.
—Puerco asqueroso. ¡Nunca lo complaceré!
Vorja se carcajeó.
—No es eso lo que deseo de ti, si es lo que piensas. Creo que será mejor que te muestre mi pequeña colección.
Custodiada por los gandules del marqués e iluminados por el candelabro en manos del noble que dibujaba grandes sombras en la pedregosa pared al bajar las escaleras hacia un lóbrego sótano.
Al llegar al lugar Aisha se estremeció. Una docena de jovencitas de distintas etnias pero principalmente judías, gitanas y moriscas, languidecían atrapadas en una genuina cámara de tortura. Algunas en el potro, otras en jaulas colgantes, otras en el cepo y al menos una en la dama de hierro. Habían sido azotadas, flageladas, marcadas con fierros calientes que dibujaban una enorme V en sus piernas o pechos como forma de demarcar que ahora eran propiedad de Vorja.
—¿Te das cuenta? Tu resistencia solo me satisface más. Es acá, en mi pequeño cuarto de juegos donde me divierto por horas.
—¡Está enfermo! —expulsó Aisha con auténtica indignación.
Vorja la miró lúgubremente.
—Cuida la lengua, o puedes perderla, o más.
—Pero acá hay menos mujeres de las que se rumorea que usted ha capturado —inquirió Aisha curiosa.
—Veo que mi reputación me precede —aseguró con cierto sadismo. —Sí, en algunas ocasiones cuando me exagero en los juegos o cuando me hacen enojar no sobreviven y es necesario disponer de sus cuerpos —aseguró mostrando una compuerta que se habría hacia unas porquerizas donde los cerdos devoraban los cadáveres y aun podían verse osamentas humanas entre el lodo.
—¡Es un monstruo! —espetó ella. Vorja la abofetó.
—Planearé algunas cosas particularmente siniestras para ti.
—¡Espero! —dijo ella—, al menos antes de que me mutile por el resto de mi vida, permítame demostrarle mi valor —aseguró ella—, quizás así me perdone la vida.
—¿Y que puedes ofrecer?
—Fui entrenada por la mejor odalisca de Bagdad, sé que mi baile le volverá loco. Pero debe prometerme dejarme ir después.
—Muy bien —aseguró curioso Vorja, aunque no tenía intención de cumplir su promesa.
Se acondicionó un espacio en la sala principal de su tenebroso castillo bien iluminada por la chimenea. Allí, ataviada con la ropa adecuada, Aisha realizó el seductor baile de los siete velos.
Aunque Vorja no encontraba placer sexual fuera de realizarle torturas sádicas a sus víctimas, no podía negar que aquél seductor espectáculo lo embriagaba en deseo. Quizás un oscuro deseo por poseer aquella fierecilla y doblegarla. Si jugaba bien sus cartas quizás la convertiría en algo especial ¿su esposa? ¿su cómplice en la maldad?
Lentamente Aisha fue aproximándose al embelesado marqués ante la vista de sus también encantados guardaespaldas, hasta subirse a sus regazos frente a frente ya cuando el último de los velos quedaba por removerse. Lo hizo y lo colocó alrededor de su cuello.
Y entonces… repleta de furia e indignación… comenzó a estrangularlo.
Los guardias salieron del estupor naturalmente, pero su reacción fue interrumpida por fuego de arcabuces disparados por Omar desde el segundo piso y cuchillas lanzadas por Abdul desde la entrada a la cocina, quienes sigilosamente habían logrado penetrar al castillo.
Aisha continúo estrangulando al marqués con furia loca reflejada en su rostro. El noble intentó defenderse pero era inútil y tras algunos minutos de agonía merecida, expiró.
—El infierno te espera, maldito —sentenció Aisha.
Tras esto bajaron a la horripilante cámara de torturas de Vorja donde liberaron a todas las víctimas, incluyendo a Milena, la hija del rey gitano, y a Soraya, hermana de Abdul, quienes se abrazaron.
Imposibilitado de retornar a la vida normal después de estas experiencias, Abdul se renroló entre los salteadores monfíes y se mudó junto a su familia hacia sus campamentos ocultos en las montañas. Omar y Aisha hicieron lo mismo pues faltaban meses para que Samir regresara por ellos.
Y así, pasaron los meses.
—¡Despiértate ya! —le dijo una mujer que lo zarandeaba de un lado a otro. Abdul se despertó aturdido y semidesnudo bajo las sábanas. Se encontraba sobre la cama y dentro de un carruaje gitano. Quien lo empujaba era su amante, Milena, una guapa gitana de 20 años y de cabello castaño largo y rizado, que ataviada con una blusa blanca y una larga falda roja, así como un grueso cinturón y un chaleco. Se conocieron meses atrás cuando él la salvó del maléfico Marqués de Vorja.
—¿Qué sucede? —preguntó él.
—Pues que unos soldados españoles andan preguntando por ti.
—¿¡Por mí!? —respondió Abdul alarmado y alertándose de inmediato.
—Bueno, no por ti específicamente, no eres tan importante, pero andan preguntando si hay moros dentro del campamento.
—Alguien tuvo que haberles dicho sobre lo nuestro.
—¡Me da igual, majo! Ponte esta ropa para que te disfraces —dijo llenándolo de una indumentaria propia de un gitano, incluyendo aretes y un pañuelo rojo para que se colocara (en vez del turbante).
Tocaron violentamente la puerta del carro. Milena abrió y dos soldados les hicieron señas para que salieran.
—Identificaos —ordenó el comandante— ¿Cómo os llamáis?
—Yo soy Milena y él es mi prometido Arnulfo.
Abdul, que era muy inteligente y hablaba calé, la lengua gitana, perfectamente, le contestó a su “prometida” en dicho idioma.
—Disculpadlo —pidió Milena a los soldados— es muy tonto y no habla castellano.
—¿Habéis visto a algún moro por estos lares?
—No, señor —respondió ella.
—Pregúntaselo a tu novio —ordenó el soldado y la gitana repitió la pregunta en calé, a lo que Abdul respondió acordemente y además insultó al comandante.
—Dice que no —fue la traducción de Milena.
—Sí —concedió el español con una mueca de desprecio— y también dijo algunas cosas más de mí. ¡Que no se pase de listo o lo mando a ahorcar! No necesito excusas para ejecutar a un sucio gitano.
Y dicho esto el militar se largó junto a su escolta y tanto Milena como Abdul respiraron más aliviados.
Abdul regresó a su refugio en las montañas. Los monfíes no eran simples salteadores, vivían con sus familias en lo profundo de la Sierra Nevada dentro de comunidades organizadas rigiéndose por la Ley Coránica y por las costumbres musulmanas. Allí estaban los padres y la hermana de Abdul, junto a otros clanes familiares y personas de todas las edades.
Cuando Abdul regresó los hombres realizaban sus oraciones colectivas haciendo varias hileras encabezadas por el mulá. La hija del cual contempló a Abdul desde su tienda y le sonrió. Abdul le devolvió la sonrisa y después realizó las abluciones aseándose bien como era prerrequisito para participar del rezo.
—¿Sabes, Abdul? —le preguntó su madre— la hija del Mulá ha estado preguntando por ti. Creo que está interesada.
—¿En serio? —respondió él como desentendido del asunto.
—¿No has pensado en echar cabeza? Ya estás en edad de casarte y ella es un excelente partido. Mucho mejor que esa gitana infiel e idólatra.
—¡Madre!
—¿Crees que no lo sabemos? La brujería está estrictamente prohibida por el Corán al igual que la fornicación…
—Suficiente, madre —dijo él encarándola— no quiero escucharte más.
Al día siguiente un carruaje caminaba por el empedrado sendero que bordeaba la Sierra Nevada conectando Granada con las ciudades vecinas. El carruaje era conducido por un regordete paje y en su interior viajaban dos mujeres aristócratas (una vieja matrona y su joven hija) así como un sacerdote.
El paje agachó un poco cuando pasó bajo un frondoso árbol de exuberante ramaje temeroso de golpearse la cabeza. Súbitamente de entre las ramas saltó una pesada figura humana que cayó justo a sus espaldas y le colocó un cuchillo en el cuello.
—Le recomiendo que detenga el carruaje y haga lo que le digo o le corto el cuello —le dijo Abdul que tenía el rostro totalmente cubierto por su turbante. El paje obedeció sudando copiosamente y con un temblor histérico en sus piernas.
De entre los arbustos aledaños brotaron varios forajidos monfíes con sus caras cuidadosamente cubiertas de la misma manera y apuntando al carruaje con sus mosquetes y arcabuces. Las mujeres dentro del vehículo profirieron un grito cada una y el cura se persignó y se puso a rezar.
—Salid del carruaje, si sois tan amables —pidió Abdul y los tres ocupantes obedecieron. —Muy bien, ahora por favor entregad todo lo que de valor que tengáis. Veo que usted, Padre, tiene muchas joyas encima. Ese crucifijo de oro y joyas, ese anillo se ve muy fino ¿y que me dice de esa bolsa que tiene allí? ¿Limosnas talvez?
—¡Por Dios Bendito! —exclamó el párroco mientras lo despojaban de sus riquezas— ¿Cómo pueden robarle a la misma Iglesia? ¡Es como robarle a Dios!
—Dios no necesita oro, Padre —le dijo Omar— además le estamos haciendo un favor, con menos dinero podrá comer menos y bajar algunas libritas que le hace falta —dijo dándole palmaditas en la abundante barriga.
—¡Ay, por Dios! —dijo la mujer mayor— ¡No le hagan nada a mi hija!
Abdul le quitó todas las alhajas de valor a la mujer —que eran muy numerosa— mientras le decía:
—Descuide, señora, le aseguro que antes daría mi vida que permitir que un solo cabello de tan bella criatura como se hija se despeinara siquiera.
Y al decir esto se aproximó a la joven que, con rostro serio pero exudando una mirada de picardía, se comenzó a desprender de sus propios anillos y joyas para entregarlas.
—Conserve todo, Señorita —le dijo Omar— considérelo un pago en agradecimiento por permitirme disfrutar de su hermosura.
Y dicho esto la muchacha fue incapaz de reprimir un impúdico suspiro.
—Con su permiso, Señoras y que Dios las acompañe —dijo el monfí y se escabulló velozmente entre los frondosos bosques como sus compinches.