LA ÚLTIMA HECHICERA DE EGIPTO; REINA

Cuando mi hijo Ptolomeo llegó llorando hasta su habitación sintiendo el ardor en su cara por el bofetón de Cleopatra, una siniestra figura se le aproximó. Se trataba de Potino, su tutor, un tipo escuálido y de barba larga que utilizaba un vistoso turbante y una túnica púrpura.

—No llores más, Excelencia —le decía al niño. —Tú eres el verdadero rey y no tu hermana Cleopatra.

El niño levantó la mirada mirándolo con sus ojos humedecidos y preguntó:

—Pues no parece. ¡Ya ves como ella me trata! ¿Que puedo hacer?

—Simple, Alteza… cuando el momento llegue solo debe firmar un decreto exiliándola para siempre…

Y así lo hizo, poco tiempo después. Cleopatra fue expulsada del palacio y escapó a Siria. Pero el poder no recayó en el manipulable Ptolomeo sino en el oscuro Potino quien era ahora el nuevo poder detrás del trono.

Luego de esto, una guerra civil estalló en Roma. Los enfrentamientos fueron entre los partidarios de Julio y los seguidores de Pompeyo. El conflicto sumió al Imperio en contiendas intestinas pero pronto la situación se decantó favorablemente para César. Acorralado, Pompeyo se refugió en Egipto y Julio César se dirigió a nuestra patria acompañado por 4000 de sus soldados, dispuesto a capturar a su rival y ponerle fin a la contienda.

Cuando Julio César llegó a Alejandría, la despreciable sabandija de Potino le tenía una sorpresa.

—Aquí está, mi señor —dijo él intentando congraciarse con el poderoso general romano— un regalo de parte del Faraón Ptolomeo XIII y del pueblo egipcio para ti…

Potino destapó una manta que cubría una bandeja de plata con la cabeza de Pompeyo sobre ella. El rostro estaba compungido en una grotesca mueca cadavérica y la sangre coagulada manchaba el metal.

—¡Infelices! ¡Bastardos! —exclamó César indignado.

—Pero… ¿No entiendo, mi señor? ¿No era él tu enemigo?

—Salvaje asqueroso —dijo aferrándolo por la túnica y Potino chilló cobardemente. —Entre los romanos hay algo que se llama honor. Pompeyo era mi enemigo pero también era un hombre valiente y honorable y verlo en esta indigna situación me revuelve el estómago. Pedazo de porquería, pagarás por esta infamia…

Jaloneó a Potino de la túnica lanzándolo contra el suelo a sus pies. Luego hizo señas a dos de sus soldados que esperaban en el umbral de la habitación y les ordenó que dieran muerte a Potino… lentamente… y así puso fin a la vida de esa serpiente.

Cleopatra regresó de Siria poco después de enterarse de la muerte de su enemigo Potino. Allí encontró a César viviendo suntuosamente y lo sedujo…

—Juegas un juego peligroso, hija mía —le dijo al pie de su cama. Era de noche y estaba muy oscuro pero la plateada luz de la luna entraba por las ventanas permitiendo cierta visibilidad. Ella estaba desnuda y a su lado se encontraba Julio César, profundamente dormido y abrazándola, sin una sola prenda encima.

—¿Cómo entraste aquí, madre? Estoy empezando a pensar que eres un fantasma —dijo desembarazándose del romano que se volteó quedando boca arriba y mostrando así su musculoso pecho y brazos.

—¿Te estás divirtiendo, Cleopatra?

—Claro —dijo mientras se cubría con una cobija y se apartaba de la cama hasta llegar a la terraza— es un cambio notorio disfrutar de un fornido y vigoroso amante como Julio César después de tantas noches yaciendo con un precoz y nervioso adolescente.

—Sabes que tu hermano Ptolomeo te ha denunciado como una traidora que se prostituyó ante los romanos y que piensa entregar Egipto ¿Verdad? Y que esta reuniendo seguidores nacionalistas listos para derrocarte y colocar en su lugar a tu hermana Berenice como reina.

—Sí, lo sé. Déjalos que vengan, madre —dijo ella observándome desde el balcón mientras se servía algo de vino. —Yo tengo a Roma de mi lado…

—Nunca subestimes a tus enemigos… las conspiraciones dentro de la Familia Real han sido siempre una de las principales razones por las que morían los reyes en Egipto desde hace muchos años…

—¿Otra historia?

—Sí.

Anatolia, 1200 años antes.

Era una noche muy oscura y la gélida humedad nocturna había provocado una bruma sinuosa que recorría las costas de la próspera ciudad portuaria en la Isla de Alasiya, perteneciente al Imperio Hitita.

De entre la siniestra neblina empezó a aproximarse una fuerza temible. Infinidad de barcos y lanchas empujadas por remeros y atestadas de hombres toscos y salvajes de aspecto terrible, sucios, barbudos, llenos de tatuajes y con cuerpos robustos y musculosos, se acercaba nefastamente hasta las puertas de la ciudad.

Los adormilados centinelas hititas apenas pudieron percatarse de la horda pirata que se aproximaba emitiendo febriles alaridos. Aterrados miraron la insólita legión de bandoleros que rápidamente dejaron sus barcazas dirigiéndose hacia las murallas y portones de la ciudad. Eran una hueste multitudinaria tan numerosa que solo verla les heló la sangre.

Desde las atalayas dispararon sus flechas, consciente de que era inútil pues no tenían suficientes como para detener a la marabunta de saqueadores. Los brutales sujetos pronto ultimaron a los centinelas con sus lanzas e hicieron pedazos las puertas de madera de la ciudad astillándolas con un enorme ariete.

Una vez dentro, los soldados hititas de Alasiya intentaron defender la ciudad valientemente, pero sin éxito. Pronto fueron derrotados por la abrumadora fuerza agresora y no quedó un solo soldado en pie. Los furibundos salvajes arrasaron la ciudad y devastaron todo a su paso, provocando una gran mortandad. La sangre de sus víctimas encharcaba las callejuelas, los incendios funestos que devoraban diversos edificios provocaban humarascas pestilentes y los gritos de las víctimas resonaban cacofónicamente contaminando la noche como un eco mórbido.

Entre los piratas abocados al pillaje destacaba uno por ser el más musculoso, alto y greñudo de todos. Su cabellera y su barba eran ambas caóticas marañas de mechones entrelazados, tenía muchos tatuajes en la cara, los dientes amarillos y una grosera cicatriz en su ojo derecho; se trataba de Urgus, el líder de los bandidos. Contempló complacido su diabólica obra inhalando el aroma a muerte y sangre. Observando a las mujeres siendo violadas, los templos profanados por sus riquezas, los graneros siendo saqueados y sonrió siniestramente.

Palacio de Dyamet, Tebas, Egipto.

El Faraón Ramsés era un hombre apuesto y fornido, de torso musculoso. Solía ataviarse con el característico tocado Nemes, símbolo de la divinidad faraónica e idéntico al que vemos en la cabeza de la Esfinge. Tenía dos hermosas esposas; Isis y Tiyi. Ambas mujeres distaban mucho en su personalidad. Isis era taciturna y reflexiva, de mirada distraída, abocada al estudio de los rituales y ceremonias religiosas, el culto a los dioses y la vida después de la muerte, Isis se había dedicado a la espiritualidad y la contemplación mística. Tiyi, por el contrario, era ambiciosa y calculadora.

El gobierno de Ramsés había traído nueva prosperidad como nunca antes vista en Egipto, sin embargo, uno de sus primeros retos como Faraón fue la revuelta de los provincianos libios quienes se opusieron al nombramiento de un príncipe educado en Egipto, para que los gobernara. Los libios respondieron a esto decapitando al gobernante títere y enviando su cabeza a Tebas, y luego atacaron la ciudad de Menfis, así que Ramsés y su ejército partieron a toda prisa a darles una sangrienta lección.

—Mientras Su Majestad se encuentra reprimiendo la revuelta de los libios —decía Atribis, el visir, un sujeto de nariz afilada y una barba serpentina, quien sustituía al Faraón en el gobierno cuando este se ausentaba— es importante que reiniciemos los proyectos arquitectónicos como el Obelisco de Heliópolis y la reconstrucción del Templo a Osiris en Elefantina.

—Si, señor —respondió uno de los cinco escribas que lo rodeaban y caminaban a su lado por los pasillos palaciegos.

—¿Ya se recolectaron los impuestos de esta temporada? —preguntó el Visir.

—Sólo en el norte, señor —respondió otro escriba.

—Pues inicien la recolección completa, al menos en el Egipto medio.

—Sí, señor.

—¿Queda algo más?

—Una reunión con los Sacerdotes —le recordó uno de los escribas— para discutir el presupuesto de los templos.

—Cierto —dijo él y entonces vio a la Reina Tiyi que lo observaba desde lejos llamándolo con un silencioso gesto manual. —Díganle al Sumo Sacerdote que me reuniré con él después de la cena y pueden retirarse.

Los escribas reverenciaron y se fueron. Atribis se aproximó a la Reina Tiyi, le mostró sus respetos, y después dijo:

—¿En que te puedo servir, Alteza?

—Ven conmigo, Atribis —ordenó ella y lo llevó hasta una solitaria bodega repleta de grano y ratones. Una vez que comprobó que no hubiera nadie más cerca, dijo— tú debes de saber si son ciertos los rumores que aseguran la decisión tomada por mi esposo Ramsés, destituyendo a mi hijo Pentaur como heredero al trono y nombrando al mocoso de esa ramera Isis…

—Mi señora me confunde. No sé de qué habla…

—No finjas conmigo, Atribis —insistió Tiyi— ¡Dímelo ya!

—Está bien. Su Majestad el Faraón Ramsés me confió que considera a hijo de la Reina Isis más apto para el gobierno.

—¡Maldito sea! —clamó ella y el Visir pensó que maldecir al Faraón, aún siendo una reina, era algo riesgoso. —Eres un hombre inteligente, Atribis, creo que sería bueno tenerte de mi lado.

—¿Y que lado es ese?

—El lado vencedor, por supuesto. No permitiré que Ramsés aleje a mi hijo del poder. Juntos, tú y yo, podríamos gobernar Egipto como regentes hasta que mi hijo tenga la edad suficiente, si quitamos a Ramsés del camino…

—Lo que estás sugiriendo se castiga con la muerte, Reina Tiyi ¿Cómo sabes que no te denunciaré?

—Por qué conozco a los hombres, y aunque puedas rechazar la tentación de la riqueza y el poder sin límites, hay tentaciones que no podrás resistir —dijo desnudándose frente a él, se le aproximó, le masajeó los hombros y le estampó un beso en la boca. Atribis reaccionó erógenamente y poseyó su voluptuoso cuerpo entre las cajas del granero.

La aterradora noticia de la destrucción de Alasiya no tardó en llegar hasta la ciudad de Hatti, capital del Imperio Hitita.

Shubiluliuma era el Rey de los hititas. Un hombre intelectual y perspicaz. Suficiente, al menos, como para saber que el alguna vez glorioso Imperio Hitita se encontraba en plena decadencia. La que alguna vez fuera una de las mayores potencias de la región, compitiendo en poder solo con Egipto y Babilonia, estaba en su crepúsculo. Su territorio disminuía día tras día frente a los crueles asirios, y la caída de Alasiya ante los pueblos del mar (como habían apodado a la horda pirata) parecía ser un presagio muy amargo de lo que se avecinaba.

Los hititas, aunque poderosos guerreros, siempre fueron un pueblo moderado y culto que se abstenía de las grandes atrocidades que solían cometer sus vecinos, sintiendo disgusto por las torturas, las violaciones y el innecesario derramamiento de sangre que eran tan habituales entre sus enemigos.

“¡Esto no puede ser!” se decía a si mismo pensando en las épocas más esplendorosas de su pueblo “¡Como es que el imperio que derrotó a Egipto en la Batalla de Kadash sea asolado por unos gandules!”.

En realidad no era la primera vez que los hititas lidiaban con un enemigo bárbaro. Desde mucho tiempo antes los salvajes kaskas, una sociedad tribal sin ningún vestigio de civilización y que eran poco más que bestias, solía realizar irrupciones ocasionales asolando a los campesinos hititas de la frontera, violando mujeres y robándose las cosechas. Obligaban al Imperio a enviar tropas para incursionar en sus territorios y propinarles una buena represalia. No había forma de conquistarlos porque no se les podía imponer un rey, ya que eran un grupo de tribus desorganizadas lideradas por caciques frecuentemente enemistados entre sí, que realizaban ocasionales e inestables alianzas contra los hititas. Debido a que no tenían nada de civilizados eran un dolor de cabeza, pero no una amenaza. ¡Y ahora esto! Los pueblos del mar no se diferenciaban mucho de los kaskas pero eran tan numerosos como las arenas del desierto.

Entonces un temible pensamiento cruzó por su mente…

En el palacio de Dyamet, en Tebas, Egipto, se encontraba la Reina Isis jugando con su pequeño hijo Heqamaatra. Isis fue siempre una madre dulce y amorosa que gustaba inculcarles a sus hijos las mismas preocupaciones espirituales de ella y, mientras le peinaba el cabello afectuosamente el niño, dijo en voz alta:

—Recuerda siempre escuchar a tu corazón, mi niño lindo, y ser generoso con la gente. ¡Algún día serás Faraón! Y cuando lo seas deberás ser muy bueno y justo…

Sus palabras llegaron a oídos de Tiyi quien rechinó los dientes carcomida por la envidia.

Tiyi se dirigió hasta la presencia de Atribis quien disfrutaba de un baño en una marmólea tina.

—Isis ya sabe que su hijo será designado heredero pronto.

—¿Y eso qué? —preguntó el visir desde el agua.

—¿Cómo haremos para operar nuestra conjura y deshacernos de Ramsés sin que ella se entere…?

—Querida, ya conoces a Isis. Está mucho más interesada en el otro mundo que en este. Dada su perenne abstracción dudo que se entere de nada que ocurre aún frente a sus narices…

—Aún así no confío en ella. Me da mala espina…

—Bien, bien… ya encontraremos la forma de distraerla de alguna manera.

Urgus y dos de sus hombres de confianza observaban de las colinas remotas a los greñudos y andrajosos kaskas que vivían en un complejo de cavernas ubicado en una montaña a orillas del desierto. Ciertamente no podían ser más primitivos, vestían pieles de animales y utilizaban lanzas de madera.

—¿Serán peligrosos estos salvajes? —preguntó el hombre a su derecha.

—Fácilmente podríamos derrotarlos y arrasarlos —dijo Urgus— y no dejar vivo a uno sólo de ellos pero… ¿Para qué? No tienen nada de valor.

—¿Entonces para qué vinimos aquí? —preguntó el de la izquierda, intrigado.

—Pronto sabrás la utilidad que tendrán para nosotros. Si no nos matan cuando nos vean —dijo Urgus poniéndose de pie y bajando la escarpa.

Ugarit por siglos se había erigido como una de las más emblemáticas ciudades hititas. Una rica metrópoli portuaria a orillas del Mediterráneo que bullía constantemente de barcos mercantes… aunque estaba por recibir visitas indeseables.

La flotilla pirata de los temidos pueblos del mar se aproximaba escabrosamente hacia las costas repletas de bulliciosos comerciantes fenicios, griegos, babilonios y egipcios, cada cual con sus diferentes tonos de piel y con sus ropajes distintivos que iban desde las elegantes togas griegas hasta los coloridos turbantes fenicios.

—¡Los pueblos del mar! —gritó un mercader acadio y la multitud costera estalló en pánico. Los puestos de productos fueron abandonados conforme una estampida de personas huía despavorida. El comandante militar de Ugarit ordenó a la guarnición hitita iniciar la defensa del área portuaria enviando a la totalidad de las tropas allí y pronto se enfrascaron en una violenta refriega con los navíos piratas pero, mientras acontecía la sangrienta batalla naval la peor pesadilla del rey hitita se hizo realidad como los clamores frenéticos de una horda salvaje resonaban bajando por las montañas que rodeaban la ciudad.

¡Los kaskas!

Aliados con los pueblos del mar, estas tribus primitivas atacaron Ugarit desde el otro lado atravesado los umbrales y asesinando a todo lo que encontraran a su paso.

La ciudad se sumió rápidamente en el caos más absoluto. Se escuchaban los gemidos de personas siendo destripadas por las afiladas espadas ó lanzas y el llanto solitario de un bebé recién convertido en huérfano que resonaba desde una canasta en medio de la refriega.

¡Ugarit había caído!

Y como una imparable plaga de langostas, los pueblos del mar y sus aliados kaskas no se conformaron sólo con esa ciudad, sino que siguieron su depredadora peregrinación más hacia el norte, recorriendo Anatolia y arrasando todo a su paso como una hueste del infierno, cada vez más cerca de Hatti, la capital del Imperio Hitita.

El Rey Shubiluliuma envió al grueso del ejército hitita a retenerlos pero la otrora potente maquinaria militar no era ya ni una sombra de lo que alguna vez fue y se dio cuenta que pasaría a la historia como el último rey hitita.

—Hemos evacuado la ciudad de mujeres y niños, como ordenó, Majestad —le dijo su general mientras el soberano miraba nostálgicamente hacia el desierto desde una atalaya. —Es hora de que usted escape también.

—No, mi leal general —respondió— el destino de esta ciudad será el mío…

La batalla estaba perdida, él y sus guerreros lo sabían, pero preferían morir honrosamente que escapar como cobardes. El ejército de piratas y bárbaros bajó por las dunas desérticas como una marejada feroz y sitió la ciudad. Treparon por sus muros como sabandijas y la valiente, pero suicida, resistencia del rey y sus hombres pasó casi inadvertida, salvo para Urgus que tomó la cabeza del monarca y la alzó desde la torre más alta celebrando su triunfo. La gran Hatti había sido destruida y uno de los más extensos y maravillosos imperios de la historia había sido engullido por la barbarie.

Y otra gran civilización estaba en la mira…

Isis participaba activa y devotamente de las ceremonias realizadas por los sacerdotes de Tebas. Mientras depositaba sobre el altar a los dioses una ofrenda hecha de leche y pan fresco, Isis tuvo una visión terrible y declamó su oscuro vaticinio:

—Fuerzas maléficas se aproximan. La tierra de Egipto ultrajada por demonios del mar. Bajo el sometimiento de almas envenenadas por la envidia y la ira quedará condenado el pueblo egipcio.

Los sacerdotes interpretaron las palabras de Isis como un oráculo y de inmediato lo comunicaron al Visir y, aunque en principio escéptico, Atribis se dio cuenta que era una gran oportunidad.

—Su Excelencia, la Reina Isis, se encuentra en directa comunicación con los dioses —le dijo al Sacerdote— será mejor que se mantenga dentro del Templo, en claustro absoluto. Que medite y rece día y noche y que estudie los antiguos pergaminos sagrados para que nos continué revelando sus profecías.

A los sacerdotes y a Isis les pareció una sugerencia genial, y de esta forma Atribis logró mantener alejada a la reina del Palacio e impedir que se enterara de la conspiración.

Tan solo unas pocas estaciones después de haber destruido el Imperio Hitita, los pueblos del mar saquearon las desérticas tierras de Canaán, en aquel entonces una provincia de Egipto, devastando sus ciudades y las tierras campesinas.

—¿Crees que esto llame la atención del Faraón? —le preguntó uno de sus lugartenientes a Urgus mientras esté jugueteaba con una muchacha cananea cautiva cuya familia había sido masacrada.

—Esa es la idea —dijo él levantándose y soltando a la joven por unos momentos. Observó hacia el rededor para supervisar la obra de sus huestes que habían incendiado las cabañas de los campesinos de la región, destruido sus campos, y dejado una estela de cuerpos asesinados tras de sí. —¿Crees que hay algún valor en saquear estas miserables tierras que lo único que tienen son granos, cabras y campesinas piojosas? No, mi amigo, las riquezas de Egipto nos esperan. ¡Tesoros como jamás hemos visto! Ya hicimos trizas uno de los mayores imperios del mundo y pronto seguirá Egipto —dijo mirando hacia el oeste donde el basto desierto del Sinaí delimitaba la frontera entre el Levante y la Tierra del Nilo.

La Casa de Jeneret era el palacio donde residían las esposas y la madre del Faraón, donde sus hijos eran criados y educados y donde se localizaba el harén de concubinas, razón por la cual se le llamaba “La Casa de las Bellezas”. Era allí donde se encontraba Atribis administrando Egipto.

—…y la cosecha fue muy buen este año —le decía un escriba recitándole tediosos datos que Atribis escuchaba lacónico— los graneros se encuentran un 12% más llenos que el años pasado…

La aburrida sesión fue interrumpida por un mensajero que llegó corriendo hasta la presencia del Visir y le informó agitado

—¡Señor Atribis! ¡Señor Atribis! ¡Reportan nuestros embajadores que el Imperio Hitita a caído!

—¿¡Pero como es eso posible!? —preguntó Atribis sobresaltado levantándose de su asiento.

—Sí, mi señor, fue destruido por una banda de piratas venidos del océano a los que apodan los pueblos del mar.

—¿Estás diciéndome que una de las más antiguas y poderosas civilizaciones del mundo cayó por un puñado de sucios piratas? ¡No lo creo!

—¡Es verdad, mi señor!

Atribis se quedó pensativo. Luego recordó la hora que era —ya había anochecido— y despachó a todos sus sirvientes, dirigiéndose de inmediato hacia el Cuarto del Harén. Allí, una docena de ministros y funcionarios de alto rango se encontraban deleitándose con los placeres eróticos que les proporcionaban las hermosas concubinas bajo el mando de Tiyi.

La Reina —quizás la más hermosa de todas— percibió la presencia de Atribis y se separó del ministro al que satisfacía sexualmente (siendo sustituida de inmediato por una de sus colaboradoras) y conferenció con su cómplice.

—Todo está listo. Ya sólo es necesario darle muerte. Tendremos el apoyo de la mayor parte de la Corte.

Ramsés se encontraba sobre su carro de batalla jalado por dos finos corceles y rodeado por similares carruajes militares de su escolta guerrera y, mediante un telescopio, pudo contemplar el horizonte desértico donde habitaban los nómadas libios.

—¡Allá, mi señor! —alertó uno de sus generales, llamado Nictis, señalando hacia unas dunas lejanas por entre las cuales los observaba un explorador beréber cubierto de pies a cabeza por su turbante y sus ropajes. El vigía enemigo corrió a esconderse perdiéndose entre las arenosas inmediaciones.

—El salvaje se fue —anunció Ramsés bajando el telescopio— pero regresará pronto, y acompañado.

—¿Nos preparamos, mi señor?

Ramsés asintió. Inmediatamente los guerreros en los carruajes prepararon sus arcos y flechas, cerca de ellos estaba la caballería armada con espadas y después la infantería; los soldados a pie, que tenían escudos, lanzas y espadas.

Pocos minutos después escucharon la oleada de aguerridos nómadas berberiscos aproximándose a toda prisa y exclamando gritos guturales. La mayoría montaban a camello y usaban cimitarras, y estaban cubiertos por los mismos trapos y turbantes.

Finalmente ambos ejércitos chocaron. El propio Ramsés recorría el campo de batalla disparando atinadamente sus flechas contra los enemigos desde su carruaje y la sangre derramada a caudales encharcó la arena.

Se escuchaba por doquier el entrechocar de las espadas y las cimitarras. Gargantas degolladas con cortes limpios. Una lluvia de flechas que atraviesa el aire zumbando.

Pero los bien organizados y disciplinados soldados egipcios eran rivales invencibles para los bárbaros libios y pronto las nubes polvorientas levantadas por la conflagración bélica se disiparon demostrando, sin lugar a dudas, el triunfo egipcio.

Los egipcios se llevaron los numerosos cadáveres de los suyos para realizarles los ritos fúnebres adecuados y asegurar su viaje al otro mundo, y dejaron los aún más numerosos cuerpos de libios muertos para que fueran devorados por los carroñeros. Los pocos libios sobrevivientes fueron encadenados y convertidos en esclavos. Ramsés dio la orden a la caravana victoriosa de regresar a Tebas y volver a la civilización más espléndida del mundo.

Una vez en el Palacio de Dyamet, Ramsés fue aclamado con gran pompa por su más reciente éxito militar. Cuando él ingresaba al Salón del Trono su visir Atribis enunció:

—¡En el nombre de Osiris, el Primer Faraón! ¡Salve oh glorioso Ramsés, gobernante del Alto y del Bajo Egipto, de Nubia, Libia, Siria y Canaán! ¡Salve oh victorioso Faraón que viene de doblegar la rebelión de los bárbaros!

Todos los presentes en la corte reverenciaron ante él. Ramsés ignoró el gesto (aunque le complació internamente) y una vez dentro saludó a sus esposas, empezando por Isis —para furia de Tiyi— a quien estrechó en sus brazos y besó apasionadamente. Luego saludó más discretamente a Tiyi y finalmente se sentó en su trono que era abanicado por dos esclavas.

—La oscuridad se aproxima… —declaró enigmáticamente Isis no bien se había sentado el monarca de Egipto, y justo entonces se escuchó el sonido de alerta emitido por un cuerno que sonaban los vigías desde las atalayas costeras.

—¡Los pueblos del mar! —gritó el general Nictis provocando que Ramsés y sus valientes guerreros blandieran las espadas y se prepararan para la batalla.

Desde el Mar Mediterráneo y aproximándose a la desembocadura del Nilo podía verse la cercanía de la flotilla pirata compuesta por decenas de navíos enormes empujados por remeros en las galeras. ¡Justo en ese momento en que las fuerzas egipcias estaban debilitadas por la guerra contra los libios!

Sobre las aguas del Nilo y del Mediterráneo conflagraron las flotas pirata y egipcia y la sangre de los combatientes tiñó de rojo las aguas. Ramsés tomó una cuerda y saltó de su barco hasta la cubierta enemiga, imitado por sus valientes súbditos, y una vez allí empezaron a cercenar cabezas y atravesar corazones de piratas con sus espadas.

En medio del ardor de la batalla los líderes terminaban acercándose por una sinergia instintiva. Urgus y Ramsés, tan diferentes como el día y la noche, se encararon uno al otro y procedieron a enfrascarse en un mortal duelo.

El golpeteo de las espadas entrechocando era casi inaudible en medio del marasmo sangriento. Alrededor de ambos dirigentes sus hombres se asesinaban mutuamente y muchos cuerpos liquidados caían exánimes en el agua.

Tanto Ramsés como Urgus eran esgrimistas excelentes. Sus embates eran diestros y se anulaban mutuamente. Sin embargo Urgus era considerablemente más robusto y corpulento que Ramsés y el Faraón comenzó a llevar la peor parte. En determinado momento Urgus arrinconó a Ramsés contra el mástil del barco y se preparó a ultimarlo.

La Reina Isis —que miraba la batalla desde lejos— sopló…

Un huracanado vendaval golpeó súbitamente las aguas mediterráneas. Las velas se inflaron y los barcos se movieron de forma violenta. Esto hizo que Urgus fallara su intento homicida y terminara enterrando su espada en la madera del mástil. Ramsés aprovechó y asesinó a Urgus enterrándole la espada en el abdomen.

La muerte de su líder desmoralizó a los pueblos del mar y el lugarteniente llamó a la retirada. Los egipcios se replegaron y observaron la flotilla pirata alejarse de Egipto.

Ramsés fue aclamado como el victorioso faraón que había salvado a su patria de los invasores y un festín se realizó en el Palacio de Dyamet.

—¡Brindemos —pidió Tiyi levantando la copa— por el Faraón Ramsés , el Victorioso!

Todos los comensales, entre los que se contaban Isis, Atribis y el general Nictis, levantaron sus copas y así lo hizo también Ramsés. Y cuando se disponía a sorber el vino:

—¡Alto! —exclamó Isis y le arrebató la copa a su esposo.

—Pero… ¿Qué pasa…?

—Una conspiración se ha fraguado en este palacio para cegar la vida del Gran Faraón —dijo Isis siempre enigmática— y como dije en mi oráculo: Bajo el sometimiento de almas envenenadas por la envidia y la ira quedará condenado el pueblo egipcio. Me estaba refiriendo a los traidores Atribis y Tiyi, y su hueste de cómplices infames.

—¡Calumnias! —gritó Atribis.

—¡Mentiras! —exclamó Tiyi.

—¿A sí? —declaró Isis— entonces beban el contenido de esta copa…

Pero ambos volvieron el rostro. Esto fue prueba suficiente y los dos fueron aferrados por los soldados al mando de Nictis, encadenados y llevados a los calabozos. Se realizaría un extenso juicio contra ellos y los muchos ministros y cortesanas que colaboraron. A Tiyi, sin embargo, se le dio la oportunidad de suicidarse antes de ser ejecutada. El resto no tendría tanta suerte.

—Ese es el destino de los traidores, hija mía —sentencié al culminar mi narración.

—Cuando los atrapan, madre.