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Esperó durante algunos momentos y cuando decidió que era el momento indicado dio la orden y emergió junto a su tropa de entre el parapeto.

Clamando gritos de guerra Ahotep y sus fieles guerreros sorprendieron a los capataces hicsos y los asesinaron a todos casi sin pérdidas de su bando. Dejaron con vida a los esclavos palestinos y, salvo por uno, se los llevaron junto al resto del botín, a servir en Tebas.

Al que dejaron libre le indicaron que diera la noticia a los hicsos de lo que había pasado.

Un pergamino con la noticia le fue entregado a Jamuny por su visir. El faraón rechinó los dientes e hizo trizas el papiro con sus propias manos.

Poco después las fuerzas comandadas por la hábil Ahotep asestó otro golpe a los hicsos reteniendo a un grupo de corruptos funcionarios egipcios al servicio de los invasores que recolectaban impuestos y llevaban lo recaudado de Amarna a Avaris.

—¿Cómo pueden servir a un usurpador como Jamuny? —preguntó Ahotep a los cobradores que estaban maniatados, desnudos y arrodillados sobre la arena a sus pies.

Los recaudadores de impuestos se deshicieron en excusas y súplicas. El leal Mehtis se aproximó espada en mano presto a darles muerte.

—No, no —lo detuvo Ahotep— no vale la pena —dijo perdonándoles la vida.

Nuevamente llegaron malas noticias a Jamuny arruinándole su desayuno. Jamuny lanzó los tazones en que le llevaron el alimento y los hizo añicos contra las paredes en una explosión incontenible de furia.

Las acciones de Ahotep seguían dándole duros golpes a los hicsos. Ella misma comandó en persona las tropas que tomaron Heliópolis. Cabalgaba sobre su caballo cortando cabezas enemigas como una saeta a través del desierto. Encabezaba la horda libertadora inspirando a sus escuadrones y logró numerosas victorias militares hasta arrinconar a los hicsos en Avaris, haciéndolos perder tanto territorio que su dominio sobre Egipto pasó a ser puramente nominal.

Para cuando el hijo de Ahotep, que había sido criado por su valerosa abuela Tetisheri, alcanzó la edad suficiente como para ejercer el trono, Ahotep renunció tranquilamente y depositó el poder en el muchacho adolescente, pero las victorias militares del mozuelo fueron simplemente la culminación de las campañas de su madre.

Casi treinta años desde que Sequenenra se rebeló contra los hicsos. Las tropas egipcias bajo el mando de Ahmosis conquistaron finalmente Avaris destruyendo el último reducto hicso de Egipto. La ciudad fue devastada y quedó en ruinas y Jamuny, el último faraón hicso, se colgó del balcón de su palacio antes de ser tomado vivo. Ahmosis envió expediciones militares de represalia contra los pocos hicsos que escaparon a las provincias de Palestina y contra los nubios.

La gente de todo Egipto celebró la victoria. El país había sido reunificado y su Imperio renacía. Ahmosis ordenó la reconstrucción de los templos y monumentos destruidos por los hicsos, premió a los caudillos locales que lo apoyaron y envió embajadores a estrechar las relaciones con los imperios vecinos como Grecia y Persia.

—¡Salve oh Faraón Ahmosis , vencedor de los usurpadores y señor de todo Egipto! —gritó el veterano Mehtis ante el salón del trono en la nueva capital egipcia, Tebas, en donde se sentaba el soberano. La multitud de guerreros, sacerdotes, ministros y esclavos que atestaban el salón correspondió el saludo con vítores gozosos.

—Si hay alguien en este reino que merece el crédito por este triunfo —dijo Ahmosis poniéndose de pie— son mi abuela Tetisheri y mi madre Ahotep.

El Faraón se aproximó a ambas y las reverenció con una pronunciada inclinación y todo el resto de sus súbditos imitaron el gesto. Sería uno de muchos reconocimientos pues Ahmosis repletó Egipto de monumentos dedicados a la memoria de su madre y abuela, dos de las más grandes heroínas de la historia…

—¿Qué intentas decirme con esa historia, madre? —me preguntó Cleopatra una vez que finalicé el relato.

—Tetisheri y Ahotep son hoy recordadas como grandes mujeres que lideraron a su pueblo con justicia y bondad contra los invasores ¿Cómo quieres que te recuerden a ti?