LA ÚLTIMA HECHICERA DE EGIPTO; SACERDOTISA

Mis relatos parecían llegar a oídos sordos y mi hija no aprendía nada de ellos. Cleopatra seguía siendo igual de ambiciosa y cruel que siempre. Su hermano Ptolomeo había perdido a Potino como colaborador y ahora era su hermana Arsínoe la que lo controlaba. Arsínoe se proclamó Faraona, declaró a los cuatro vientos que Cleopatra había traicionado al pueblo egipcio y entregado su patria a los romanos y hubieron estallidos de ira popular por toda Alejandría y en otras grandes ciudades.

La resistencia egipcia liderada por Arsínoe (a pesar de ser una muchacha de veinte años) le dio severas derrotas a los romanos comandados por Julio César atrincherando al experimentado militar en Alejandría. ¡El gran César, héroe de mil batallas, cercado por una jovenzuela! ¡Que humillación!

No obstante los romanos sabía bien como lograr la victoria y César sobornó a varios allegados de mi hija Arsínoe por lo que, entre las pugnas internas y la llegada de refuerzos, César aplastó a los rebeldes egipcios, mató a mi hijo Ptolomeo que era sólo un mocoso y tomó prisionera a Arsínoe.

—¡Esta es la valiente Faraona Arsínoe! —dijo Cleopatra burlista a su desgraciada hermana que estaba con los brazos encadenados a la pared dentro de una pestilente mazmorra. Cleopatra la miraba entre los barrotes demostrando una sádica complacencia. —¡La autoproclamada Reina de Egipto encadenada como una sucia ladrona a la espera de la tortura y la muerte!

—Al menos muero como una reina derrotada y no como la prostituta de un invasor romano…

Cleopatra rabió, luego le dijo:

—Piensa en mí cuando los romanos te decapiten como a un cerdo…

—Y tú piensa en mí cuando dejes de servirle a los romanos para calentarles la cama y se deshagan de ti.

Arsínoe fue trasladada a Roma donde se realizaría el infame Desfile Triunfal, un repugnante circo en donde los caudillos derrotados por el ejército de Roma eran exhibidos como trofeos de guerra, abucheados, escupidos, humillados, apedreados y finalmente ejecutados públicamente.

—Mis tres hijas intentaron ser reinas —dije a Cleopatra mientras se proporcionaba un baño de tina asistida por sus esclavas— y dos de ellas encontraron muertes horribles.

—Ellas retaron a Roma, yo no.

—No eres la primera gobernante egipcia aliada a un imperio extranjero, hija mía…

Susa, 700 años en el pasado.

El Rey Asurbanipal de Asiria pasó a la historia como uno de los mayores intelectuales de su tiempo. No sólo era conocido por ser uno de los pocos reyes asirios que sabía leer y escribir, sino que hablaba varios idiomas incluyendo el (ya en ese entonces antiguo) lenguaje sumerio. También construyó una de las primeras bibliotecas que organizaban los textos de manera sistemática. Entusiasta de la historia (que estudió asiduamente) reconstruyó y restauró diferentes sitios históricos en todo su imperio.

Pero, además de ser afamado por su inteligencia y cultura, Asurbanipal era conocido por su crueldad. Pasó a la historia como uno de los más sangrientos tiranos.

Recientemente había conquistado Susa, la ciudad de los elamitas y contemplaba la mortandad y masacre que su victoria significaba complacido pues, cada grito desesperado, cada gota de sangre derramada y cada ladrillo quebrado eran símbolos de su poder.

Negras humarascas se elevaban por entre los destrozados muros de la otrora poderosa Susa, capital del antiguo Imperio Elamita y uno de los aliados en la rebelión de su odiado hermano y enemigo, Shamash.

Como era costumbre entre los asirios (famosos por su sadismo) las matanzas de los civiles inocentes se perpetuaron por muchas horas hasta amontonar incontables cadáveres en enormes fosas comunes, las mujeres jóvenes fueron entregadas a los soldados para su placer y los guerreros derrotados fueron torturados horriblemente atándolos a caballos, y arrastrándolos por las piedras, flagelándolos hasta la muerte ó aplastándolos vivos con enormes lajas.

Un nuevo enemigo del temido Asurbanipal se desplomaba cimentando más su poderío. Con la caída de Susa se mejoraban las probabilidades de derrotar a su envidioso hermano Shamash, que siempre retó su autoridad. Shamash, rey de Babilonia, había renegado de la autoridad del Imperio Asirio con apoyo de salvajes nómadas árabes y algunos reyezuelos caldeos del sur.

Sin embargo, con la conquista de los elamitas ahora tendría poder suficiente como para asestar un golpe final a su hermano.

Sais, Egipto.

—Las incursiones de los nubios en el sur han proseguido, padre —explicaba la joven y hermosa Nicotris, la hija del gobernador Psamético, un hombre egipcio pero al servicio del Imperio Asirio, al igual que su padre y su abuelo. Simples testaferros que gobernaban para un rey extranjero. —Su rey Tantamani —continuó Nicotris— quien se considera a si mismo el legítimo faraón de Egipto, ha logrado provocar severos daños a nuestros reductos meridionales y, peor aún, tiene el apoyo de los sacerdotes de Tebas, incluyendo a Shepenupet , la Suprema Adoratriz de Amón, lo cual lo legitima como faraón.

—¡Malditos tebanos! —reclamó Psamético.

—No es de extrañar, padre mío. Los nubios son muchos más populares que los asirios entre el pueblo egipcio.

Psamético se levantó de su trono, pensativo. Observó a su hija de la que se sentía orgulloso. Aunque era una sacerdotisa iniciada en los mágicos misterios de los templos egipcios, sus amplios conocimientos no se limitaban al mundo espiritual y conocía bien los tejemanejes del poder político.

—¡Incautos! —dijo Psamético por fin— lo que los asirios son capaces de hacerles los haría temblar de pavor. No se compara en nada con los nubios…

—Sí, padre, pero los asirios gobiernan con el terror mientras que los nubios alientan la esperanza. ¿Qué es más fuerte?

Las fuerzas asirias comandadas por Asurbanipal se enfrentaron a las tribus árabes del desierto en una batalla campal. Los primitivos moradores de las arenas combatieron con fiereza al bien organizado y “civilizado” ejército asirio, el más grande de la época, con más valor que eficiencia. Las tropas asirias se abrieron paso entre los beduinos cegando con saña sus filas hasta derrotarlos y a los pocos sobrevivientes se les decapitó allí mismo.

Ahora sólo faltaba Babilonia. Asurbanipal sitió la ciudad por días y días impidiendo que entrara una sola pieza de comida hasta que la población comenzó a desfallecer atormentada por la hambruna.

Shamash era muy diferente a su hermano Asurbanipal. Siempre fue tonto, adusto e inculto. Un completo ignorante como frecuentemente se lo recordó Asurbanipal. Se encontraba en su palacio caminando de un lado a otro, con el ejército asirio cercándolo y famélicos súbditos suplicando por alimento con quejidos que llegaban hasta su ventana.

—¡Estamos sufriendo por tu soberbia, Shamash! —le gritaban.

—¡Nos morimos de hambre!

—¡Nosotros no tenemos la culpa de tu rebeldía!

—¡Que los dioses maldigan a Shamash!

—¡Danos tu comida, Shamash! ¡Danos tu comida!

—¡Tú no te has perdido una cena nunca y nosotros nos estamos devorando a los muertos para sobrevivir!

Shamash tembló. En efecto la carencia había reducido a las gentes al canibalismo y pronto sus soldados se rebelarían. Conocedor de la crueldad de su hermano y de lo que le haría de tomarlo vivo, Shamash se incineró a si mismo en el altar (quizás como una simbólica entrega a los dioses) y los soldados abrieron las puertas para que Asurbanipal retomara el control de Babilonia, poniendo así fin a la revuelta.

Asurbanipal regresó a su amada Nínive, la capital de su imperio y su hogar, pero se encontró con malas noticias.

—El rebelde Tantamani —le dijo su general Karash— quien asegura ser faraón, ha extendido su reino hasta Tebas, mi señor.

—¿No habíamos resuelto el problema de Egipto ya en tiempos de mi padre —se preguntó molesto Asurbanipal observando el mapa de su basto imperio que abarcaba desde Egipto hasta Elam.

—Sí, Majestad, tu padre logró sofocar la revuelta egipcia, saqueo Menfis y derrotó a Taharqa, el tío de Tantamani. También ejecutó a todos los gobernadores asirios en Egipto por su corrupción y deslealtad, excepto a uno.

—Sí, lo recuerdo, a Neco …

—El hijo de Neco, llamado Psamético , es el actual gobernador.

—Bueno —se dijo Asurbanipal— pues prepara las tropas para ir a Egipto y refrescarles la memoria de lo que pasa cuando enojan a los asirios.

Unas semanas después la flota asiria se anclaba a las costas egipcias en la desembocadura del Nilo y era recibida por la comitiva de Psamético, su hija y los altos funcionarios del gobierno provincial.

—¡Auspiciosos son los dioses por traernos a nuestro amado Rey Asurbanipal! —dijo Psamético zalameramente y se inclinó ante el asirio al lado de su hija, mientras este bajaba del barco real custodiado por soldados y esclavos que lo abanicaban. —Lamentamos, sin embargo, que esta visita se deba a tan infortunadas circunstancias…

—Circunstancias lamentables e infortunadas, sin duda, en especial para ti, Psamético. Tu fracaso en detener esta revuelta bien ameritaría que te colgara de los testículos antes de matarte —Psamético tragó saliva— pero… está bien… Has sido un buen administrador y estoy de buen humor —dijo recordando a su hermano muerto.

Y así se enfrentaron poco después los ejércitos asirio y nubio, ambos con egipcios en sus filas. La matanza se escenificó en las tierras al norte de Tebas que estaba siendo protegida por Tantamani y sus hombres. Pero el caudillo africano difícilmente iba a poder contrarrestar al nutrido y bien entrenado ejército asirio y, aunque sus valientes soldados negros como el ébano, combatieron a los asirios estoicamente, pronto sus cadáveres se amontonaron sobre las arenas desérticas y la ribera del Nilo provocando un panorama morboso.

El Faraón Tantamani —que también sería el último rey nubio— resultó derrotado y las fuerzas de Asurbanipal se impusieron masacrando a su ejército y matando al feroz rey de piel negra y cabellos rizados, finalizando así la fatua revuelta nubia y dejando el espacio despejado para que Asurbanipal ocupara la sagrada Tebas...

Los castigos ejercidos por el monarca asirio deberían de ser ejemplares para cerciorarse así que nadie nunca se atrevería a cuestionar su poder.

Nuevamente —y como era costumbre— se suscitaron las torturas, las violaciones y las atrocidades contra la población civil. Los gemidos agónicos de los hombres siendo atormentados y asesinados lentamente que clamaban por misericordia, ó los gritos adoloridos de las mujeres brutalmente violadas por ejércitos enteros, no parecían conmover a Asurbanipal; al contrario, lo complacían.

¡Tebas la gloriosa había caído! Sus muros fueron destruidos, sus templos fueron saqueados, sus palacios destruidos, sus pobladores masacrados.

Los enardecidos soldados asirios se adentraron al templo de Amón encaminándose hacia las estancias personales de la Adoratriz de Amón (la más alta figura religiosa del antiguo Egipto) con intenciones de violarla, ya que era famosa por su sublime hermosura, pero ella cerró sus aposentos con magia y ningún mortal hubiera podido abrir la puerta. Al cansarse, se alejaron y la Adoratriz se aproximó a la ventana y salió al balcón.

Desde allí podía percibir el acre hedor de la sangre que inundaba las calles y los clamores lastimeros de las víctimas de los asirios y no pudo evitar derramar aciagas lágrimas por su hermosa y amada ciudad, tan antigua y tan sacra.

—Esto no puede ser. Debe terminar.

La Adoratriz de Amón se presentó ante Psamético y su hija Nitocris cuando ambos estaban solos y sin asirios cerca.

—La bella Tebas a caído —les dijo— y con ella el esplendor que alguna vez tuvo Egipto. Ese es el legado que dejará tu gobierno títere, Psamético.

—¿Y que puedo hacer? —reclamó él— No tenemos formas de derrotar a los asirios…

—Egipto necesita ser reunificado, Psamético, y sin duda Tantamani no tuvo éxito como yo esperaba. En mi calidad de esposa del dios Amón y Suma Sacerdotisa de todo Egipto te reconoceré a ti como el genuino Faraón y acogeré a tu hija como mi discípula para que me sustituya en el cargo cuando yo me haya ido y así gozarás de la suficiente legitimidad como para emprender la unificación de esta tierra una vez más y ponerle fin a la guerra y la destrucción que nos asolan.

Psamético estaba sorprendido y agradecido, sin embargo agregó:

—¿Y que hay de los asirios? ¿Cómo nos desharemos de ellos?

—Yo me encargaré de eso…

Ignorante de las conspiraciones que se entretejían a sus espaldas, el poderoso y temido Asurbanipal pasaba la noche en uno de los dormitorios más lujosos del Palacio de Sais, sobre suaves almohadones y protegido de los insectos mediante una blanca mosquitera. Por las ventanas del edificio se filtraba la luz de la luna y las estrellas y el gélido aire del desierto… y algo más…

Una sombra oscura y sinuosa que se adentró a la recámara real y merodeó siniestramente por el piso, hasta introducirse al lecho.

Asurbanipal se despertó sintiendo una presencia execrable y escalofriante encima de su cuerpo. Al abrir los ojos ahogó un grito aterrado pues, sobre él, había un demonio espeluznante con cola de serpiente, dorso y brazos humanos terminados en garras, alas de murciélago y cabeza de león de ojos rojos resplandecientes.

—¡Utuku! ¡Utuku! —exclamó desesperado.

—Sí, Asurbanipal, soy un demonio —le dijo con una ronca voz gutural.

—¡Marduk! ¡Ishtar! ¡Baal! ¡Ayúdenme se los ruego!

—Tus dioses no podrán auxiliarte esta noche, Asurbanipal, eres mío y te haré trizas…

—¡No! ¡Te lo suplico! ¡No quiero morir! ¡Haré lo que sea!

—Bien… bien… Asurbanipal… dejarás Egipto para siempre y le otorgarás la libertad, dándole el poder absoluto a Psamético… y nunca más pondrás un pie en estas tierras. ¿Has comprendido?

—¡Sí! ¡Sí! Lo juro…

El monstruo se fue de la cama dejando al aterrado monarca sollozando del horror pero, antes de cruzar la ventana, el monstruo modificó su grotesco aspecto y volvió a ser la hermosa Adoratriz de Amón quien se había disfrazado con magia para engañar al asriio. Se giró unos momentos para mirar al patético hombrecillo sumido en llanto como un bebé y sonrió antes de salir por la ventana…

Asurbanipal dejó las tierras egipcias para siempre y aún hoy los historiadores no comprenden por que el Imperio Asirio renunció súbitamente a su control sobre Egipto, pero Psamético será recordado como el Faraón de un nuevo reino libre e independiente, y su hija Nitocris se convertiría en la discípula y luego sucesora de la Adoratriz de Amón Shepenupet .