LAS LÁGRIMAS DE LA GORGONA (II)

Naturalmente un hombre como Polidectes no estaría complacido con lo ocurrido. Durante dos días y sus noches meditó el asunto mientras se hartaba de los manjares en su mesa al lado de sus groseros compinches y disfrutaba del cuerpo de hermosas esclavas que ahora le parecían insípidas y desagradables al compararlas con el objeto de su obsesión; la angelical Dánae.

Finalmente, tuvo una idea;

Regresó al lado de su comitiva al hogar de su hermano Dictis, la pequeña y rústica cabañita de madera, y declaró:

—Hemos decidido enviar un regalo de parte de esta Isla a la hermosa Reina Hipodamía de los lápitas. Cada familia deberá entregarnos un caballo como ofrenda.

—No tengo caballos —adujo Dictis— soy un hombre pobre y sólo dispongo de mi barco para pescar que, sin él, moriremos de hambre.

—Soy un rey razonable —dijo Polidectes fijando su mirada en Dánae que observaba con rostro consternado por entre el umbral de la cabaña— puedo aceptar otro tipo de ofrenda como, por ejemplo, la mano de tu hija adoptiva en matrimonio…

—¡Jamás! —vociferó enfurecido Perseo y emergió de la cabaña— —¡Juraste nunca lastimar a mi madre!

—Si Dictis la cede en matrimonio no la estaría lastimando, estaría realizando un acuerdo marital plenamente legítimo. Claro, en caso de que no acepte, siempre puedo embargar su barco…

—¡No! —dijo Perseo— pídeme lo que quieras y te lo traeré.

Entonces Polidectes tuvo una idea brillante que le iluminó el rostro. Había escuchado la leyenda de una espantosa criatura amalgama de mujer y serpiente que convertía a quien la observara en piedra; una de las tres monstruosas gorgonas.

—Quiero la cabeza de Medusa…

Dictis bajó la mirada apesadumbrado sabiendo que la petición de su hermano era una sentencia de muerte, y Dánae se cubrió el rostro con las manos mientras amargas lágrimas brotaban de sus ojos azules.

—Claro que si eres un cobarde —continuó Polidectes— podré embargar el barco de Dictis o casarme con tu madre. ¡Tú escoges!

—Te traeré la cabeza de Medusa gustoso —declaró Perseo engreídamente— o moriré en el intento pues prefiero morir mil veces que ver a mi madre casada con un cerdo como tú.

Perseo se encaminó hacia su fatídica tarea. Su primer destino fue la escabrosa cueva de las Grayas, tres horripilantes y deformes brujas que nacieron ancianas y que sólo tenían un único ojo que compartían entre las tres, pero que según se decía, eran capaces de ver cualquier cosa por lo que lo sabían todo.

Las Grayas eran criaturas execrables, de piel verdosa y rugosa como la de un muerto y largas y deformes narices, las rótulas donde debían tener los ojos estaban vacías y en cambio, un enorme agujero se ubicaba en sus frentes donde colocaban el detestable ojo común que parecía el repulsivo órgano óptico de una serpiente. Vestían prendas harapientas y tenían voces chillonas como graznidos de buitre.

Perseo les robó el ojo mientras dormían y las obligó a darles la localización de la Medusa.

Encaminándose hacia el lugar indicado, Perseo decidió descansar algunos momentos. Se aproximó a un cristalino lago donde lavó su rostro. Sorprendido, contempló su reflejo en el agua y observó un rostro femenino precioso.

Se alejó del agua al percatarse de la realidad y del líquido surgieron tres hermosas muchachas de aspecto juvenil y que parecían estar hechas de agua. Las ninfas tomaron sustancia aunque mantuvieron su aspecto acuoso y sus largos cabellos verdosos más parecían algas marinas, además se decoraban con una corona de objetos marinos como estrellas de mar, ostiones y conchas.

Las tres náyades eran tan pero tan bellas como horrendas eran las grayas en su cueva.

Las ninfas sonrieron ante Perseo y le dijeron con voz cantarina como el sonido de un arroyo que habían sido enviadas por los dioses para ayudarlo y que le tenían tres regalos.

—Este es de parte de tu tío, el dios Hades, y es un casco que vuelve invisible a quien lo use —dijo una entregándole el misterioso yelmo.

—Este es de parte de tu medio hermano Hermes —aseguró una segunda náyade— unas sandalias aladas que te permitirán volar.

—Y éste —adujo la tercera náyade— es de parte de tu padre, Zeus, y es un escudo que te servirá mucho, si sabes como usarlo.

—Pero —preguntó Perseo tomando el platinado objeto— ¿de que me servirá un escudo contra Medusa si ella no mata con armas?

—Zeus dijo que si eras digno hijo de él lo comprenderías… —respondieron al unísono y luego se disolvieron en húmedo rocío que se esparció por doquier.

Viajando en sus sandalias voladoras, Perseo llegó velozmente hasta las grutas horribles donde habitaba la Medusa ubicadas en una solitaria isla muy alejada del resto de la Humanidad. Allí se erguían unas ruinas dejadas atrás por alguna misteriosa y críptica civilización preternatural, quizás previa a los humanos, y cuyos vestigios derruidos como un cementerio lúgubre y pavoroso servía de hogar a las tres gorgonas.

A lo largo de toda la isla se repetía el mismo tórrido escenario; una innumerable cantidad de estatuas de piedra de personas y animales de todo tipo. Feroces bárbaros de largas barbas y cascos con cuernos vestidos con pieles de oso y de lobo y armados con hachas, salvajes africanos semidesnudos con lanzas, poderosas amazonas de bellos y fornidos cuerpos, pretenciosos guerreros griegos con sus cascos y petos, caballos, perros, zorros e incluso pájaros que caían al suelo petrificados, todos con rostros horrorizados por siempre congelados en una mueca eterna.

Y Perseo se preguntó si las víctimas de Medusa realmente morían o quedaban eternamente atrapadas en esa horrible situación…

Las lóbregas ruinas eran de una naturaleza obscena y escabrosa que helaba la sangre. Las terribles estatuas humanas hacían palidecer el corazón y el conocimiento de que las tres monstruosas criaturas conocidas como gorgonas merodeaban en algún lado era un tormento para el espíritu.

Desde que la espantosa metamorfosis sucedió en ella, Medusa se había acostumbrado al constante movimiento de las serpientes que brotaban de su cráneo. En un principio era una experiencia aterrorizante e incómoda sentir esos seres que se removían encima suyo como sabandijas asquerosas y, aunque intentó cortarlos en cuanto pasó el cuchillo por la piel de una de las víboras sintió un dolor tan terrible como si pretendiera cortarse un dedo, además las mismas serpientes tenían voluntad propia y comenzaron a picarla dolorosamente en la cara, el cuello y los hombros.

Eventualmente las serpientes dejaron de picarla —quizás a ellas les dolía también recíprocamente— así que desistió de cortarlas y se dio cuenta que su irracional temor femenino a las serpientes desaparecía. Empezó a percibir los burdos pensamientos de los animales cuando éstos sentían hambre, frío, temor, etc., y se dio cuenta que no la dejaban dormir porque siempre se estaban moviendo, pero finalmente se habituó a sus compañeras eternas.

Medusa emigró lejos hasta la terrible Isla de las Gorgonas donde habitaban los únicos dos seres que no la rechazarían y que eran hijas de Poseidón —su violador— y Equidna, la madre de todos los monstruos que tenía cola de serpiente pero cuerpo de mujer de la cintura para arriba.

Las dos gorgonas, Esteno y Euríale eran tan amorfas y extrañas como sus padres; de la cintura hacia arriba tenían el cuerpo de una mujer humana casi perfecto; un vientre plano, unos pechos firmes, piel suave y un rostro de rasgos femeninos hermosos salvo por los colmillos de víbora que resaltaban cuando abrían la boca, la lengua bífida y los ojos de serpiente. Esteno, la menor, tenía el cabello un poco más corto y le llegaba al mentón y era de color castaño, mientras que Euríale tenía el cabello largo hasta la cintura y muy, muy negro. La mayor diferencia entre ambas era que Esteno tenía su cola terminada en un cascabel mientras que Euríale aparentaba más ser un pitón.

Sin duda eran hermanas de Medusa, quizás no en el sentido biológico pero si en cuanto a ser una monstruosidad producto de la lujuria de Poseidón.

Medusa fue bien recibida por sus hermanas y entre ellas encontró consuelo. Su capacidad de volver a quien la mirada en piedra no afectó a las gorgonas y más bien sirvió como un mecanismo para deshacerse rápidamente de los molestos visitantes que generalmente buscaban obtener la gloria dándoles muerte.

Perseo se aproximó invisible hasta el lóbrego y gélido punto de las ruinas en donde convergían las tres gorgonas. Recordando que de ver el rostro de Medusa quedaría petrificado para siempre cerró los ojos y ocultó su rostro tras el escudo…

Entonces entendió la utilidad del escudo…

El casco de Hades le otorgaba la invisibilidad pero él, y todo objeto que tocara, era perfectamente visible para si mismo. Si caminaba de espaldas podía utilizar el escudo para ver el reflejo de Medusa sin verla directamente y, al menos en teoría, evitaría quedar transmutado en piedra…

Podía no funcionar, pero no tenía otra opción.

—¡Siempre estas pensando en cosas inmaduras, hermana mía! —le regañaba Euríale a su hermana menor Esteno con tono maternal ante las sugerencias algo infantiles de la chica-demonio. Esteno era mucho más juguetona e inquieta que sus hermanas y gustaba de realizar juegos y bromas con los mortales.

—No veo que tiene de malo el buscar un centauro y ver como saldría un hijo de él y de nosotras. ¡Sería un experimento divertidísimo!

—¡Por los dioses, Esteno! —sermoneó Euríale— deja ya de proponer cosas tan tontas…

—¡Uy eres una aburrida! —reclamó entre dientes y cruzando los brazos con tono juvenil.

Medusa sonrió…

—¿Escucharon eso? —dijo súbitamente Medusa poniéndose alerta. Las serpientes en su cabeza habían percibido movimiento y ella afinó el oído y pudo escuchar cautelosos pasos que se aproximaban hacia ellas. —¡Hay alguien aquí!

Las otras gorgonas se pusieron en guardia y el cascabel de Esteno sonó más frenéticamente tratando de anticiparse al extraño visitante invisible.

—Si encuentro al invasor —amenazó Esteno— se arrepentirá de haber nacido…

En su búsqueda las gorgonas caminaron a unos cuantos pasos Perseo haciéndolo sudar frío y tragar grueso, pero él trato de mantener su temple y continuó caminando de espaldas hacia donde estaba Medusa mientras la observaba por su escudo. Una vez cerca de ella… ¡la abatió!

—¡NO! —gritó Esteno al observar como la cabeza de su hermana Medusa rodaba por el suelo y de su cuerpo sin vida brotaba un chorro de sangre como una fuente infernal. Súbitamente la cabeza desapareció del suelo y la sangre mostró huellas que se dibujaban en ella producidas por pies invisibles. Esteno y Euríale se lanzaron en su persecución clamando venganza pero pronto Perseo puso en funcionamiento sus sandalias voladoras y escapó del lugar ileso dejando a las gorgonas rabiando por la muerte de su querida hermana.

En las costas africanas el monstruoso Leviatán continuaba su sangrienta labor. Destruía todo a su paso y convertía los puertos y las ciudades costeras en escombros en pocas horas.

Para calmarlo, fue encadenada sobre uno de los riscos que encaraban el océano la hermosa Andrómeda. Las gruesas cadenas que la sujetaban mediante grilletes en sus muñecas eran de acero inoxidable y conforme el viento marino y las olas que repicaban a sus pies comenzaron a humedecerla, Andrómeda maldijo su suerte y ya agotada de soportar el peso de su cuerpo en sus lacerados brazos y sus muñecas lastimadas rogó para que el Leviatán llegara pronto a devorarla y pusiera fin a su dolor.

Sus ruegos fueron respondidos…

Una entidad aparatosa en maldad y horripilancia comenzó a divisarse a lo lejos. Un ser que parecía la culminación de todos los horrores, repleto de tentáculos y con una larga cola de pez y un rostro similar al de una ballena mezclada con un cocodrilo, una boca repleta de afilados colmillos y los ojos grandes y redondos de un batracio la observó a lo lejos hambrientamente.

Ante la visión tan espeluznante Andrómeda profirió ensordecedores alaridos.

En su trayecto de regreso hacia Sérifo, Perseo sobrevoló a toda velocidad sobre mares y montañas. Mientras bordeaba la costa etíope escuchó los lamentos desgarradores de Andrómeda y se aproximó hasta donde ella. Contempló a la infortunada joven a punto de ser devorada viva por un ser aborrecible y se vio impelido de ayudarla.

Andrómeda podía sentir el bao quemante y nauseabundo del Leviatán tan grande como una isla que con su enorme bocaza podía tragarla completa y palideció del horror. Cuando entre ella y la criatura se interpuso un joven que volaba asumió que se trataría de algún dios que venía a salvarla.

Perseo extrajo de la bolsa ensangrentada en su mano derecha la cabeza de Medusa y la mostró a los ojos del demonio marino. El Leviatán prorrumpió en un rugido terrible y gradualmente las células de su cuerpo comenzaron a transmutarse y a volverse inorgánicas como la más dura roca. En cuestión de instantes la horrenda criatura fue convertida en un gigantesco peñasco de forma monstruosa que emergía del mar, y luego se desintegró por su propio peso.

Perseo liberó a Andrómeda de sus cadenas con su espada y la llevó volando hasta el Palacio de sus padres.

¡Que celebración!

En las calles de todas las tierras de Etiopía las gentes salían a vitorear el triunfo de Perseo sobre el Leviatán al tiempo que cantaban y festejaban. El Rey Cefeo declaró tres días de fiesta y carnaval y celebró un banquete de bodas para celebrar el matrimonio entre Perseo y su hija Andrómeda.

Pero no todos estaban contentos…

El general Fineo, prometido de Andrómeda, refunfuñaba molesto mientras aplastaba sus alimentos sin comerlos pues carecía de apetito. Frunció aún más el entrecejo al escuchar el brindis de Cefeo;

—¡Brindemos! —dijo el Rey— ¡Por que los dioses han traído a nuestras tierras al más valiente de todos los hombres! ¡A un joven que siendo aún apenas un muchacho vale más que todos los soldados de mi ejército juntos!

—¡Basta ya! —gritó furibundo Fineo levantándose de su asiento y golpeando la mesa. —¡Alguna vez el Rey de Etiopía empeñó su palabra! ¿Será que ya no existe el honor?

—¿Qué palabra es esa? —preguntó Cefeo intrigado.

—¿No juraste que me darías a tu hija en matrimonio?

Los comensales murmuraron entre sí.

—Fineo tiene razón, amado mío —dijo Casiopea que no deseaba que su hija se casara con un plebeyo— no podemos romper el compromiso de nuestra hija sólo por estas circunstancias particulares…

—¡Padre! —reclamó Andrómeda que, sin dudarlo, prefería casarse con el joven y apuesto Perseo antes que con Fineo que tenía edad para ser su padre— ¡Le debo la vida a Perseo y tú le debes tu reino!

—¡Que dilema! —se dijo a si mismo Cefeo— por un lado sin duda Perseo merece un premio por su heroica acción. Las viejas costumbres dicen que puede pedir lo que desee por salvar la vida de mi hija, y la ha pedido a ella…

—Pero él no puede pedir algo que ya tiene dueño —argumentó Fineo— y en el momento en que nos comprometimos Andrómeda es mía. Perseo puede pedirla pero es decisión mía si la cedo o no…

Los comensales murmuraron de nuevo y la mayoría le daba la razón a Fineo por lo que muchos empezaron a gritar;

—¡Andrómeda es de Fineo! ¡Permite que se case con Fineo! ¡Cumple tu palabra! —e incluso— ¡Dile al extranjero que se largue!

—¿Qué se largue? —preguntó Fineo— ¡Pero si él ha matado a una de las criaturas de Poseidón! La furia de éste dios puede resurgir. Debemos darle muerte y entregar su cabeza como ofrenda al dios de los mares.

Nuevamente hubo gritos de apoyo a favor de esa sugerencia.

Enfurecido por la deslealtad y el mal agradecimiento, un silencioso Perseo se levantó y alzo la bolsa ensangrentada y dijo:

—¡Eres muy valiente, Fineo! ¡Deberían hacerte un homenaje! ¿Qué te parece si alguien erigiera una estatua en tu honor para que te recuerden por siempre?

Entonces extrajo de la bolsa la cabeza cadavérica de Medusa que había comenzado a descomponerse y mostraba rasgos fantasmagóricos; un rostro carcomido de ojos hundidos y la lengua hinchada que lo hacía aún más pavoroso de lo que había sido en vida.

Fineo quedó congelado en el acto conforme la transformación en piedra empezó a gestarse dolorosamente. El cambio de carne a piedra era más agónico de lo que Perseo había supuesto y conforme los músculos y los huesos de Fineo se solidificaban este exclamaba lastimeros gritos de sufrimiento hasta que, finalmente, su cuerdas vocales también se endurecieron y todo su cuerpo quedó convertido en una estatua retorcida y con un rostro por siempre congelado en una mueca de horror.

Y así cesaron completamente las dudas sobre el matrimonio entre Perseo y Andrómeda…

Dictis, su esposa Cilene y su hija adoptiva Dánae se habían refugiado en el Templo de Zeus en la Isla de Sérifo escapando del acoso de Polidectes quien, habiendo asumido la muerte de Perseo, decidió forzar el matrimonio con Dánae. Y si bien, supersticioso como era, Polidectes no se atrevía a profanar el templo, lo había cercado y los alimentos y el agua escaseaban y pronto se agotarían pues le era imposible a los refugiados el abastecerse por el asedio del tirano y sus guardias y pronto tendrían que salir.

—Te agradezco mucho el que hayas venido —le dijo Polidectes a su homólogo quien acababa de llegar al lugar, se trataba de Acrisio, el padre biológico de Dánae que había sido informado por los embajadores de Polidectes sobre el fatídico destino de su nieto Perseo y de la rebeldía de su hija.

—Es lo menos que puedo hacer después de que ayudaste a que me librara de una vez por todas de mi nieto.

—¡Dánae! ¿¡Me escuchas!? —gritó Polidectes— ¡Tengo aquí a mi lado a alguien que quiere verte!

—¡Dánea, hija! ¡Soy tu padre el Rey Acrisio! ¡Sigues siendo mi hija y por la Ley de Grecia puedo entregarte en matrimonio a quien yo quiera! ¡Te ordeno que dejes ya esta farsa y salgas de allí para que te cases con el Rey Polidectes!

Conscientes de su irremediable situación y, al perder la esperanza de volver a ver a Perseo, los parapetados abrieron la puerta y permitieron entrar a Polidectes y compañía quien, gustoso, decidió celebrar la boda allí mismo.

Ya se encontraba jurando los votos maritales para desgracia de una Dánae que lloraba desconsolada cuando escuchó una voz conocida:

—¿No estoy invitado a la boda de mi madre?

Polidectes rabió y encaró al adolescente que entraba por la puerta principal del santuario. Acrisio, en cambio, palideció del temor.

—Llegas tarde. He esperado demasiado y voy a consumar mi matrimonio con tu madre pase lo que pase. ¡Guardias! ¡Denle muerte!

Inmediatamente los soldados cercaron a Perseo —que era lo que él quería— y debido a que la cuadrilla militar bloqueaba la vista de su madre y sus abuelos adoptivos, Perseo extrajo nuevamente la calavera de Medusa y pronto además de los ídolos de Zeus y otros dioses, varias estatuas decoraron el Templo, entre ellas la del dictador Polidectes y la del Rey de Argos su abuelo, cumpliendo así la trágica profecía del Oráculo.

Cuentan los cronistas que Perseo nombró a su abuelo adoptivo Dictis como el nuevo rey de Sérifo por lo que el labriego pescador se convertiría en un nuevo monarca noble y generoso. El linaje de Perseo sería importantísimo pues con Andrómeda tuvo varios hijos incluyendo a Perses, el ancestro de los persas, y a Alceo, el abuelo de Hércules.

Aunque el final no fue feliz para todos. Los cronistas también aseguran que, tras la muerte de Medusa, su hermana Euríale fue la única que lloró por ella. La única que derramó amargas lágrimas de Gorgona…