EL ENGENDRO EN EL LABERINTO
¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
La Casa de Asterión
Jorge Luis Borges
I
Una enloquecedora maraña de pasillos y muros y dimensiones de ángulos morbosos e imposibles, se extendía ominosa como un presagio maligno. Se trataba de la malévola jaula inventada por la genial mente de Dédalo para aprisionar en su tortura eterna a un recuerdo tormentoso.
El Laberinto era un vergel de tinieblas pavorosas, una mole espeluznante, un infierno de caos arquitectónico de agobiante lobreguez.
Dafne era una de las infortunadas víctimas que recorrían la estructura laberíntica oscura y sórdida y siniestra, tropezándose en las tinieblas con las osamentas espantosas que servían de recordatorio de antiguos festines antropófagos. En las recónditas entrañas de la críptica edificación, buscaba la salida sudorosa, asustada y presa del pánico, sintiendo los pasos pesados y bestiales de pezuñas y el bufido repugnante de una entidad escabrosa que rugía de vez en cuando con su alarido insoportable.
Quizás lo más aterrorizante de ese alarido era que asemejaba una mezcla entre un mugido y un sollozo humano; demasiado humano, como el lamento lastimero y desesperado de algún alma en pena.
Y entre cráneos, costillas, tibias y otros huesos, Dafne se tropezó y cayó sobre el pedregoso y frígido suelo del Laberinto. Alzó la vista y contempló horrorizada al espantajo que la perseguía.
Dafne emitió un alarido de terror poseída por una locura histérica y la criatura deforme rugió con su alarido quejumbroso como un llanto del Infierno, como si de alguna manera clamara con ira, odio y dolor por su condena al encontrar a la víctima que asesinaría como hizo con los otros trece jóvenes antes que ella cuya sangre ahora encharcaba los pisos y manchaba los muros del Laberinto.
Pero todas las pesadillas tienen un inicio…
El reino de Creta prosperó por muchas centurias como la legendaria tierra de riqueza y poder. Una potencia local que había conquistado muchos éxitos militares y políticos y había sometido a sus vecinos Atenas y Cnosos. Sus palaciegas edificaciones y sus bulliciosas calles bucólicas repletas de hombres, mujeres, niños y bestias que transitaban en innumerables quehaceres y diligencias eran sin duda las propias de una gran metrópoli. Bajo el ardiente sol mediterráneo, la majestuosa estatua esculpida en honor al patrón de la isla, el dios Poseidón, brillaba refulgente desde un escarpado acantilado que daba al mar. El repicar sempiterno de las olas en los arrecifes, el graznido de las gaviotas y el salino viento marino eran sus eternos compañeros.
Y era frente a dicha estatua donde año tras año la sangre brotaba desde una garganta bovina infortunada y chorreaba por el borde del acantilado hasta ser llevada por los vientos hacia el mar. Se escuchaban los mugidos agónicos del infortunado toro degollado conforme su vida expiraba como un sacrificio cruel hacia Poseidón. Siempre el mejor, más bello y más fuerte de todos los toros…
Casi siempre.
Minos toda su vida había sido un hombre arrogante. De cabeza calva y larga barba negra, su nariz aquilina y sus dientes blancos perfectos denotaban esos rasgos mediterráneos inconfundibles. Alguna vez fue fornido pero, ya entrado a la edad madura, se había engordado un poco. Su esposa, Pasifae, mucho más joven que él, era una mujer de una belleza espléndida y monumental. Tenía sangre de ninfa en sus venas y su piel resplandecía con la luz solar emitiendo un aura feérica. Su largo cabello negro y ondulado era sedoso y largo, sus ojos eran de azul marino, penetrantes, y su rostro una perfección simétrica de mentón y nariz finos y respingados y su cuerpo se pechos rebosantes y voluptuosos bajaba por un ajustada cintura y unas caderas ensanchadas sobre unas piernas perfectas.
La devoción —al menos pública— de Minos por Poseidón no era casual. El ambicioso rey había pactado con el numen marino a cambio de la muerte de sus rivales al trono y la entidad había cumplido.
Minos, en su adolescencia, se había hincado ante los mares rogando la venia de Poseidón. Había cortado su mano y derramado su sangre en el mar jurándole lealtad y las olas rugieron más terriblemente respondiendo al sórdido pacto… un pacto sangriento que se cobraría caro.
En cierta ocasión el toro que debía ser inmolado a Poseidón era demasiado perfecto. Grande, musculoso, de largos cuernos, de color absolutamente blanco. Era un animal tan precioso y bien hecho que Minos fue incapaz de darle muerte. Algunos dicen que por empatía hacia el animal, pero otros sospechan que simplemente quería cruzarlo y dar nacimiento a una casta de ganado sin parangón en belleza y poder que lo enriquecería aún más…
En las profundidades de las aguas, dentro de los insondables abismos oscuros y fríos se encontraba el reino acuoso de Poseidón quien se removió molesto en sus lúbricas inmediaciones. Dentro de las sombras del abismo oceánico fijo su mirada vengativa y enconada en Minos y profirió una maldición:
Has sembrado las semillas de tu desgracia, Rey Minos —dijo— que tu amor por este toro sea la perdición de tu Casa. Un amor enfermizo, irrefrenable, retorcido y blasfemo emergerá dentro del corazón de tu esposa por ese animal. Y ella no tendrá paz hasta consumar su repugnante unión. Y de ese coito monstruoso brotará un engendro horrible y espantoso que recordará tu traición por siempre.
La maldición de Poseidón retumbó a través de los océanos durante la noche. Las olas se encabritaron y una bruma verdosa y siniestra comenzó a formarse en los mares aterrando a los marineros y a los vigías que permanecían despiertos.
La húmeda neblina alcanzó el palacio de Minos y subió hasta su alcoba donde yacía junto a su hermosa esposa. Y la malévola tiniebla la roció con un líquido viscoso y sucio y le contaminó el cuerpo y la mente… sin que ella pudiera saberlo…
A la mañana siguiente, Pasifae despertó con un extraño resquemor. Había pasado soñando con el Toro Blanco toda la noche. Eróticos sueños de pasión animal. Estremecida por el anómalo deseo, Pasifae se dirigió desde temprano a los potreros donde pastaba el ganado real, y allí observó al majestuoso animal con una aguda e incontenible lujuria.
Sin embargo, Pasifae fracasó en todas las formas en que intentó seducir al bovino que de hecho casi la mata en una embestida. Frustrada, acudió hasta donde el sabio Dédalo, el más grandioso de los genios de la Antigüedad.
El Laboratorio de Dédalo era un edificio en forma de torre en cuya cúspide se colocaba una habitación repleta de toda clase de artilugios mecánicos que incluían un enorme telescopio, una extraña estructura que pretendía imitar el sistema solar con el sol, la Tierra, la luna y los cinco planetas conocidos en la época, una serie de modelos a escala de armas de guerra, una pizarra con complejas fórmulas matemáticas, una biblioteca repleta de viejos volúmenes y una mesa llena de frascos, botellas y tubos de ensayo que contenían extraños y burbujeantes compuestos químicos de olores acres.
—¿Maestro Dédalo? —preguntó tímidamente la Reina Pasifae conforme se adentró al recinto del científico pero no observó señales de él así que se distrajo curioseando sorprendida los extraños aparatos en el lugar.
—¿A que debo el honor de su visita, Alteza? —consultó Dédalo sobresaltando a la aristócrata.
—Maestro Dédalo, ¿puedo confiar en que lo que voy a decirle será mantenido como un absoluto secreto? So pena de perder mi vida si alguien se enterara.
—Tenga absoluta confianza, le doy mi palabra.
—Los dioses me han maldecido con un deseo insaciable que amenaza con volverme loca. Se trata de algo que la humanidad consideraría sucio y malsano pero mi necesidad es tan profunda que soy incapaz de refrenarme. Y me esperan la locura o la muerte si no lo satisfago.
—Me intriga, Majestad, ¿Qué puede tenerte tan perturbada?
—¡El Toro Blanco! —estalló con desesperación— ¡Lo amo!—Dédalo bajó la mirada y le dio la espalda, pero Pasifae continuó— ¡Ansío que me posea! ¡No puedo vivir más sin él!
—¿Y qué quiere de mí?
—¡Que diseñes un artefacto que me permita engañar al toro para que me tome! Estoy dispuesta a pagar cualquier precio a cambio de ello —luego se aproximó a Dédalo y se colocó frente a él y agregó; —cualquier precio.
Dédalo la apartó de su lado, indignado.
—¡Por favor! —suplicó la reina arrodillándose y aferrándole la túnica— ¡Si no me ayuda seguiré intentándolo hasta que el Toro me mate a cornadas!
Dédalo suspiró.
—Está bien… —dijo finalmente— le daré lo que pide, Majestad. Mis invenciones han hecho cosas monstruosas. Minos ha utilizado mis maquinas para ganar batallas, conquistar reinos, torturar enemigos y destruir fortalezas, pero algún día dejará de verme útil y ese día probablemente pierda mi vida. Ya he hecho tanto mal que una cosa tan horrenda como ésta será una gota en el mar.
Dédalo trabajó día y noche en la extraña estructura. Realizó planos y cálculos y figuras a escala y, finalmente, tras muchas pruebas y percances, culminó su obra e hizo que dos esclavos la llevaran hasta los potreros del rey donde la esperaba la enloquecida Pasifae. Era de noche. La luna llena se asomaba entre las nubes nocturnas y Dédalo descubrió su invención; un horrendo remedo de vaca hecho de madera y metal, cubierto por un cuero de rumiante y con dos cuernos también naturales, que en su interior tenía la estructura apropiada para que una mujer humana se escondiera dentro. Un resorte colocado bajo la tabla en que descansaba el vientre permitiría aminorar el peso del animal e impedir que muriera aplastada.
—¿Pero —reclamó la Reina— bastará solo con este disfraz para burlar al animal?
—No —respondió Dédalo— falta algo más —y de entre su túnica de sabio extrajo un extraño compuesto químico cuya fórmula sólo él conocía y que provocaría la lujuria en el toro. La Reina se introdujo a la máquina y se bañó en el compuesto químico.
En cuanto los vientos nocturnos llevaron el aromático encanto al hocico del toro, éste bramó enardecido y se lanzó excitado hacia el señuelo, hacia esa vaca falsa diseñada por Dédalo y así se consumo el bizarro deseo de la reina.
Pasifae estuvo al borde de la muerte por tres días, atormentada por fiebres e infecciones. Los cuidados de los médicos reales y los medicamentos maravillosos de Dédalo le devolvieron la salud. El tiempo pasó y comenzó a notarse el crecimiento de su barriga hasta que fue inevitable esconder el embarazo. Nueve meses desde que se realizó la zoófila copulación y bajó una torrencial tormenta eléctrica, Pasifae se encontraba en una agónica y dolorosa labor de parto emitiendo lamentos espantosos interrumpidos por los sonoros relámpagos.
Mientras Minos con los nervios crispados esperaba a que la partera y las esclavas finalizaran su trabajo, escuchó el ensordecedor alarido de una mujer que no era su esposa.
El monarca se introdujo al aposento observando el rostro horrorizado de la partera y las esclavas con miradas asqueadas. En el suelo a los pies de Pasifae yacía una criatura que al nacer fue lanzada al suelo por la partera debido a su fealdad deforme y nauseabunda.
Cuando Minos contempló a la asquerosa y malformada cosa que se encontraba llorando con un sonido mórbido que parecía la mezcla de un bramido de ternero y el llanto de un bebé humano, exclamó un prolongado grito de furia, luego se asomó a la ventana por la cual penetraba la lluvia y maldijo a todos los dioses…
Una vez revelada la abominación cometida por Pasifae con la colaboración cómplice de Dédalo, Minos ordenó al científico que diseñara la prisión adecuada para el esperpento que había emergido del vientre de su esposa.
Dédalo, que también era un talentoso arquitecto, diseñó una horripilante prisión para la infeliz monstruosidad. Se trataba de una intrincada red de pasillos y recovecos que se interconectaban y entrelazaban caóticamente, o al menos, que aparentaban tener un diseño anárquico pero, en realidad, los cálculos matemáticos de Dédalo tenían una lógica demencial.
Así, la cruel estructura construida para un ser desgraciado y culpable únicamente de los pecados de su madre y su padrastro, fue construida por esclavos que luego fueron asesinados para que su conocimiento de los enmarañados pasillos del laberinto muriera con ellos. En el centro del mismo fueron colocados Pasifae y el adefesio deforme que fue bautizado como Minotauro; el toro de Minos, una sórdida e irónica denominación que le dio la madre al bebé que, en todo caso, no era producto de la sangre de Minos pero si de su arrogancia. El Rey Minos dejó de dormir y pasaba las noches pernoctando y sollozando horrible y desoladoramente mientras recorría el laberinto desde afuera.
La maldición del Minotauro resultó ser contagiosa y pronto extendió su desgracia y sufrimiento a pueblos enteros tornándose en una especie de peste. Tras la muerte de Androgeo, el hijo de Minos, quien por resultar victorioso en las Olimpiadas auspiciadas en Atenas recibió como premio a su capacidad el ser asesinado por envidiosos rivales, la ira de Minos fue incontenible y sus ejércitos derrotaron e invadieron a Atenas. Los soldados cretenses saquearon, violaron, asesinaron y todo lo usual y, tras el marasmo, Atenas quedó condenada a entregar siete jóvenes hombres y siete mujeres, todos vírgenes, que sirvieran de sacrificio al Minotauro cada año.
Se dice que en Atenas, gloriosa nación de bellas ciudades marfiladas y ciclópeas que, en aquellas remotas épocas, todavía no alcanzaba la grandiosidad por la que sería conocida, tampoco estaría del todo libre de las conspiraciones de Poseidón.
Etra, la hermosa reina y esposa del poderoso Egeo, soberano de Atenas, yacía sobre su cómoda y suave cama repleta de sedosas sábanas. Mientras dormía completamente ajena alrededor, una extraña sustancia acuosa comenzó a filtrarse por el suelo. El líquido viscoso empezó a tomar una forma antropoide terrible; parecía una sombra que mostraba rasgos de un ser humano mezclado con animales marinos. Era una entidad con piel escamosa como un pez, múltiples tentáculos en vez de piernas, manos con los dedos palmeados y una cabeza similar a la de un pulpo, aún cuando el torso y el barbado rostro eran casi humanoides y sostenía un afilado tridente en su mano derecha; se trataba de Poseidón.
La entidad modificó su cuerpo tornándose indistinguible del Rey Egeo. En segundos su piel era cobriza como la del ateniense, sus ojos azules, su larga barba gris y sus cabellos rizados eran virtualmente idénticos.
Etra fue despertada afectuosamente por las tiernas caricias de quien pensó era su cónyuge. Pronto, los besos en el cuello, la mano derecha sobre los pechos, la erección contra sus glúteos, le permitió percatarse de sus intenciones.
Etra se volteó adormilada y cedió a los avances eróticos del falso Egeo. Una vez culminado el acto sexual, su engañoso amante se separó de ella y se disolvió en líquido que se filtró por las grietas del suelo dejando atónita a la reina…
—¡Poseidón! —murmuró.
De dicha unión nacería Teseo, un joven atlético y fornido desde muy joven gracias a su sangre divina. Su padre “terrenal” Egeo lo adoptó y amó como a un hijo, consciente de que un príncipe con sangre de dios sería un heredero estupendo. Como prueba para el infante, Egeo escondió su espada y sandalias bajo una piedra y adujo que cuando él pudiera levantarla podría reclamar su lugar como príncipe.
Criado lejos de su padre en la Isla de Trecén al lado de su madre y su abuelo, Teseo destacó siempre por su gran fortaleza física, su agilidad elástica y su brillante mente. Si bien corría más veloz que cualquiera, era más fuerte que la mayoría, su puntería con el arco era infalible y su capacidad intelectual envidiable (y le había permitido ser diestro en varios artes y ciencias así como bien versado en idiomas, filosofía e historia), en lo que más destacó fue en el nado. Teseo nadaba como un pez, se sumergía a profundidades claustrofóbicas y podía contener la respiración por espacios prolongados de tiempo casi sobrehumanamente. El agua era su elemento (y el de su padre biológico).
A los 21 años fue más que capaz de levantar la pesada piedra, reclamar las sandalias y la espada de su padre y, deseoso de emular a su héroe Hércules del que tanto había leído, se dirigió a Atenas decidido a terminar con el fatídico tributo que pagaba su pueblo.
El Minotauro observó el cuerpo de una de las virginales doncellas ateniense que le eran entregadas como ofrenda. La muchacha se había desmayado al contemplar el aspecto repulsivo del híbrido.
¡Y que aspecto era ese! El Minotauro medía dos metros de altura. Su torso sin duda asemejaba el cruce de un primate y un bovino; musculoso, con hombros, clavícula, pectorales, brazos y abdomen, pero grueso con costillas enormes y cuero en vez de piel. Las manos eran humanas pero abultadas y de dedos rechonchos sin uñas, y las piernas se asemejaban a una mezcolanza indefinida de extremidades de humano y de artiodáctilo terminadas en pezuñas, un taparrabo miserable cubría sus genitales y de éste emergía una cola de toro. Sostenía una afilada hacha en su mano derecha que chorreaba sangre fresca y su cuerpo exudaba un hedor nauseabundo.
Pero lo más grotesco del mestizo era la cabeza; un inconfundible cuello taurino con un alargado hocico que expulsaba espumarajos y con una nariz que bufaba bao ardiente, orejas vacunas con dos largos cuernos pero, lo que quizás lo hacía aún más espantoso, eran sus ojos azules perfectamente humanos.
Al contemplar al monstruo la muchacha se desvaneció y colapsó sobre el frío suelo manchado de sangre de incontables víctimas.
El Minotauro la observó tirada en el suelo con sus abultados pechos adolescentes desbordándose de entre la túnica y sus torneadas piernas apreciables a través de la translúcida vestimenta. Su lengua de buey lamió los gruesos y babosos labios de rumiante mientras sintió una pulsión sexual intensa.
Pero la reprimió.
Aunque siempre sentía los mismos deseos lujuriosos al contemplar los atractivos y juveniles cuerpos de sus víctimas y ansiaba febrilmente poseerlos, nunca lo hacía, quizás por temor a crear más seres como él.
La ofrenda mortal de los atenienses había sido pagada durante muchísimos años.
Teseo, deseoso de glorias y honores, convenció a su padre de que lo enviara a él como uno de los 14 jóvenes ofrendados y Egeo reticente aceptó.
Siete muchachas bellas y recién comenzando a vivir y siete mancebos jóvenes y apuestos, entre ellos el Príncipe de Atenas. Todos, excepto Teseo, viajaban presa del mayor horror y angustia. Llorosos, temblorosos y desconsolados. Dejando atrás el llanto y los lamentos de sus padres y hermanos como tantas otras familias atenienses fueron desgarradas por décadas.
Una vez en Creta, los catorce elegidos eran encadenados y trasladados groseramente hasta una enorme jaula donde permanecerían uno o dos días antes de ser introducidos al Laberinto. Debido a la inusual presencia de un príncipe entre los escogidos los guardias hicieron burlas y humillaciones adicionales a Teseo que llamaron la atención de Minos y sus hijos, incluyendo a la Princesa Ariadna.
Teseo pudo comprobar, desde su jaula, que en efecto los rumores de la demencia de Minos eran certeros. El monarca parecía no haber dormido en años; su rostro estaba demacrado, su otrora fornido cuerpo estaba totalmente descuidado y se notaba el daño que el alcohol y la mala alimentación causaron en su fisonomía, su mirada era turbia y mezquina como la de alguien consumido por el odio y el rencor.
Ariadna, por el contrario, era la digna hija de su legendaria madre y siendo una adolescente ya mostraba la hermosura y la belleza de las mujeres de su linaje. La muchacha se prendió del apuesto Teseo con sólo observarlo. Y esa sería su salvación…
Clandestinamente y amparada por las tinieblas nocturnas, la enamorada princesita se dirigía a la jaula donde contenían a los atenienses a conversar con Teseo. Hablaban por horas, durante toda la noche separados por los barrotes y Teseo le acariciaba el rostro dulcemente y le besaba las manos seduciéndola tórrida y hábilmente hasta ganarle el corazón.
Ariadna subió por la ahora oscura y semiderruida torre donde se localizaba el laboratorio de Dédalo.
—¿Quién es usted y que quiere? —preguntó una voz chillona en el interior de un extraño artefacto metálico semejante a una tortuga mecánica.
—Soy la Princesa Ariadna y deseo hablar con el Maestro Dédalo.
El dueño de la voz, un preadolescente de cabellos rizados y rostro pecoso, emergió de su escondite y dijo:
—Soy Ícaro, su hijo, iré a buscarlo.
Minutos después el consentido muchacho regresaba donde la princesa y le dijo que lo siguiera.
Años de remordimiento por su acción habían transformado a Dédalo en un ser atormentado, ojeroso y canoso a pesar de todavía no ser tan viejo como aparentaba. Cuando el inventor contempló a la hermosa princesa, tan parecida a su madre, recordó la nefasta fecha hacía décadas en que ella lo convenció del trastornado experimento zoófilo que sería la aciaga perdición de tantos...
—¿Qué desea, Princesa?
—El hijo del Rey Egeo será sacrificado al Minotauro al lado de otros desgraciados. Y no puedo permitirlo. ¡Amo a Teseo! Desde que lo vi supe que era el hombre de mis sueños y he conocido su dulzura y su amor entre los barrotes de su prisión. ¡Debe haber una forma de salvarlo!
—Puedes introducir una espada secretamente en su jaula.
—Ya lo hice. Pero aún si él matara al Minotauro, ¿Cómo encontrará la salida de nuevo del Laberinto?
Dédalo se giró momentáneamente, buscó algo en una de las gavetas de su laboratorio y luego extrajo una madeja de hilo;
—Con esto —y se la entregó en las manos.
Una esperanza nació momentáneamente en el corazón de Dédalo; después de todo, el Minotauro era en parte su creación y era producto de su inventiva científica y la sangre de los muchos inocentes masacrados y devorados por el monstruo estaba en sus manos…
El interior del Laberinto era más lóbrego y asfixiante de lo que Teseo imagino. Se trataba de una genuina plétora de horrores. La falta de aire fresco y de luz le daba una atmósfera críptica y el constante eco del caminar empezuñado del Minotauro así como de sus horrendos bramidos semihumanos resultaba aterrador.
Debido a la locura cacofónica que provocaba el Laberinto, resultaba imposible determinar el origen de los ruidos y los ecos, así que el acecho (y la pestilencia) del Minotauro se volvía omnipresente pues no había manera de esclarecer su localización o si los sonidos que provenían de la derecha habían sido provocados a la izquierda o viceversa, o arriba, o abajo, o atrás o adelante.
Pero Teseo avanzó más y más internándose en las infernales entrañas del Laberinto hasta que sintió que jamás podría volver a ver la luz solar y sintió como si estuviera transitando hacia una dimensión de maldad insondable.
Subió escalones y los bajó, atravesó portales y recorrió pasillos que parecían girar sobre si mismos en ángulos inauditos hasta que finalmente alcanzó el centro del laberíntico presidio.
Y allí, en el único mobiliario (una especie de mesa enorme como una tarima) yacía el cadáver de Pasifae colocada como en una especie de altar. Debió haber muerto hacía un par de años. Teseo pensó que su muerte debe haber sido piadosa considerando la horripilante vida que tuvo que padecer allí.
Teseo se compadeció del cuerpo y quiso tocarlo pero justo entonces escuchó el rugido furioso y desgarrador del Minotauro a sus espaldas. Se giró y lo observó a unos cuantos metros de distancia y preparó su espada.
—¿Qué haces a mi madre? —fueron las palabras del monstruo. Hablaba con un acento grotesco y gutural como aquel que pronunciaría una persona cuya boca no es humana. Pronunciaba las palabras como si se trataran de mugidos alargados y resultaba difícil de entender.
—No le he hecho nada, ni la he tocado. No sabía que pudieras hablar…
—Ella me enseñó. Ella ha sido la única que me amó. La única que no me temió nunca.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Teseo comenzando a conmoverse. El Minotauro no era un monstruo después de todo.
—Asterión.
—¿Por qué matas y devoras a estas personas?
—¿Y que más puedo comer aquí? No hay como sembrar ni cazar ni me dan alimento.
—Es verdad… —reconoció Teseo.
—Yo no hice nada. No soy culpable de nada. Mi único crimen fue nacer. Yo no pedí ser así —dijo señalándose su rostro deforme— no fue mi intención ofender tanto a los humanos con mi aspecto mezclado. No conozco la opinión de los toros pero sin duda ellos también me odiarían por mezclar su digna casta con la repulsiva humanidad…
Súbitamente Teseo sintió un arrebato de pena y compasión por el infortunado Minotauro que había sido una víctima como las demás y no deseó matarlo.
—¿Quieres escapar del Laberinto junto a mi? Talvez puedas huir hacia las montañas donde nadie te observe.
—No. Este es mi hogar. No dejaré a mamá. La amo.
—No puedo permitir que sigas aquí matando personas. Todas tus víctimas son mis hermanos y hermanas.
El Minotauro enarboló su hacha y declaró lapidariamente;
—No le temo a la muerte ¿tú si?
Ambas figuras se enfrascaron inmediatamente en un duelo surrealista. Los rivales no podían ser más diferentes; el apuesto y gallardo Teseo receptor de todas las virtudes y dones físicos y mentales y el malformado aborto Asterión; una maldición viviente. Uno hijo de una mujer y un dios y el otro hijo de una mujer y una bestia.
Los filosos metales entrechocaron sonoramente. La fuerza del Minotauro era genuinamente sobrehumana más propia de un búfalo que de un hombre, pero Teseo tenía a su favor la flexibilidad y la astucia.
Finalmente, la espada venció al hacha y en un momento de descuido Teseo enterró la hoja de su arma en el costado del Minotauro. De la herida brotó sangre roja y caliente que se derramó sobre el suelo y el gigante se desplomó.
El sonido de los agónicos bufidos de Asterión conforme la vida se iba de su cuerpo resonó por todo el Laberinto hasta que finalmente falleció con una mirada de paz.
Haciendo uso de la madeja de hilo que ataron a la entrada del laberinto, Teseo y sus compatriotas dejaron el lugar vivos. A las afueras del mismo esperaba expectante Ariadna quien, al contemplar a su amado emergiendo de entre las penumbras, se lanzó a sus brazos y luego lo besó apasionadamente.
—¡Gracias por matar a ese horrible monstruo devorador de personas, amado mío! —agradeció Ariadna.
—Sí, pero… —dijo Teseo pensativamente— ¿de donde provenían los instintos asesinos y caníbales del Minotauro? Los toros no comen carne…