LAS LÁGRIMAS DE LA GORGONA (I)
Era débil, y sutilmente, aún a los ojos del genio, el vástago indiscutible de los primeros pobladores de Zimbawbe. No es de extrañar que tuviera un lazo con la anciana bruja Sophonisba... ya que, en una diluida proporción, Marceline era negra.
La cola de Medusa
H. P. Lovecraft.
Cuenta la leyenda que alguna vez en las gloriosas tierras de Atenas, existió una hermosa sacerdotisa cuya belleza era tan sublime y tan esplendorosa que despertó la lujuria y las pretensiones románticas de reyes, guerreros, sabios y plebeyos de todas partes del mundo griego.
Pero la sacerdotisa siempre rehusó todos los avances y las proposiciones amorosas desinteresada en las burdas pasiones carnales y empecinada en cumplir sus funciones como una de las devotas adoradoras de la diosa Atenea, a quien admiraba y amaba con todo su corazón. Había tenido una vida de absoluto celibato y estaba complacida con ello, entregándose en cuerpo y alma a su amada diosa.
La sacerdotisa se transformó rápidamente en la jefa de sus pares; en la Suma Sacerdotisa, presidiendo las ceremonias y rituales ante la aristocracia ateniense y liderando a las demás devotas. Y sin duda su belleza era apabullante; hermosos ojos verdes, un rostro fino y perfectamente simétrico, nariz respingada, un cuerpo escultural de pechos rebosantes y piernas torneadas, unas caderas perfectas ensanchadas bajo una cintura diminuta y, la que quizás era su característica más notoria, unos largos y rizados cabellos rubios que le llegaban hasta los firmes glúteos y ondulaban preciosamente lloviendo sobre sus hombros y el resto de su cuerpo.
Esa belleza sería su perdición.
La lujuria que provocaba la Suma Sacerdotisa era tan universal que incluso encendió la libido de los dioses. Uno en particular no pudo contener más su deseo por ella y mientras ella oraba sola en la medianoche ante el altar majestuoso de Atenea, una tormenta comenzó a gestarse en los mares. Tremendas olas gigantescas y una lluvia intermitente azotaron la costa ateniense como si se tratara de la furia de un dios frustrado. De entre las aguas enardecidas emergió una criatura amorfa e impulsada por sus incontrolables deseos que recorrió las escarpas, los senderos y los muros hasta el Templo de Atenea en forma de líquido viscoso y llegó hasta donde la Suma Sacerdotisa oraba de rodillas.
Súbitamente, la mujer sintió como recibía un golpe tremendo y doloroso en su espalda que la tumbó al suelo golpeándose el rostro contra el mármol. Perdió la consciencia por algunos segundos y cuando la recuperó se encontraba boca arriba, su ropa había sido rasgada y su cuerpo desnudo estaba siendo violado por una deidad marina malévola. Cuando finalmente la criatura eyaculó dentro de ella mezclando su semen como agua salada con la sangre de su himen desgarrado, el dios Poseidón saciado se disolvió en agua y desapareció.
La Sacerdotisa se encontraba destrozada.
Lloraba inconsolablemente y prorrumpía lastimeros sollozos embargada por el dolor, la ira, el miedo y la impotencia. Finalmente se levantó, sintiéndose sucia y desnuda y empapada del agua salada y el semen de Poseidón e intentó orar de nuevo ante su amada Atenea.
Pero la diosa se encontraba repugnada. Su Suma Sacerdotisa había traicionado el pacto de celibato; ahora estaba contaminada y deshonrada. Había sido profanada en su templo y eso, a su vez, profanó todo el templo. ¡Y tal blasfemia debía pagarse caro!
La Sacerdotisa comenzó a sentir un severo dolor de cabeza. Su hermosa cabellera comenzó a desprenderse de su cuero cabelludo ante sus horrorizados ojos. La Sacerdotisa aterrada observó como los mechones de cabello se le quedaban entre los dedos hasta quedarse completamente calva. De su cráneo brotaron extraños bultos que atravesaron la piel provocándole un tremendo dolor y que la sangre brotara de su cabeza. La Sacerdotisa empezó a emitir alaridos de dolor ante la agónica transmutación.
Los bultos que brotaban de su cabeza rasgando su cuero cabelludo pronto se transformaron en serpientes de afilados colmillos que se removían furibundas para terror de la Sacerdotisa. Su piel comenzó a teñirse de un tono verdoso enfermizo y escamoso, sus uñas se desprendieron dolorosamente de sus dedos y en su lugar crecieron garras afiladas, y vomitó sangre junto a todos sus dientes humanos, para luego ser sustituidos por colmillos serpentinos y una lengua bífida.
Y sus ojos se tornaron negros como la oscuridad.
—¡POR QUE! —clamó la mujer hacia el cielo— ¿¡Por qué a mí!? ¡Yo no hice nada!
Pero clamaba a deidades sordas y arrogantes…
El Rey Acrisio, soberano de Argos (al menos la mitad del tiempo), se introdujo en la lóbrega cueva donde habitaba el Oráculo; un lugar húmedo y sórdido repleto de tinieblas asfixiantes.
Sentada a orillas de un enorme y burbujeante caldero que exudaba una humarasca pestilente y cubierta por una negra capa y capucha, se sentaba el Oráculo.
—¡Respetuosos saludos te elevo, oh gran Oráculo! —dijo el soberano postrándose ante la extraña mujer cubierta por tinieblas y telas. —Soy el Rey Acrisio y he venido a consultar tus grandiosos vaticinios.
La mujer retiró su capucha. Era una mujer joven, no mayor de 30 años, de cabellos negros y rostro tremendamente pálido, hermoso salvo por sus ojos blancos y lechosos totalmente ciegos. Con melódica voz de entonación enigmática, la pitonisa dijo:
—En este lugar de sombras siniestras, así serán de lóbregas las respuestas.
Acrisio interpretó esto como una aprobación y consultó:
—Hasta ahora y por mutuo acuerdo, mi hermano gemelo Preto y yo nos hemos alternado el trono un año cada uno. Actualmente yo gobierno pero en cuestión de meses él asumirá de nuevo por otro período. Sin embargo, él no tiene hijos y aquél que logre tener un heredero podría asumir la corona permanentemente. Sólo tengo una hija, la Princesa Dánae. ¡Los dioses me han negado la gloria y la bendición de un hijo! Dime, oh gran conocedora del destino, ¿tendré alguna vez un heredero varón?
La mujer se ensimismó para frustración del diarca. Introdujo algunos hierbajos extraños y malolientes en el caldero y del humo que brotó de éste y que aspiró narcóticamente, pareció extraer su profecía, y declaró:
“Después de mucho dolor y lágrimas.
Un varón con tu sangre en tu trono se sentará,
Hijo de Dánae concebido en las tinieblas.
A su abuelo el Rey Acrisio matará”.
Acrisio tembló ante la predicción funesta. Tendría un nieto, concebido en secreto por Dánae quien lo asesinaría para usurpar el trono. ¡Eso no lo permitiría!
Enardecido por el mal augurio, pateó el caldero de la Oráculo derramando su contenido sobre el suelo cavernoso, y salió bufando del lugar. La mujer apenas reaccionó como si su naturaleza etérea la hiciera indiferente de los sucesos en su entorno.
Afuera, una intermitente lluvia que había empapado al caballo del gobernante lo flageló gélidamente de inmediato.
Mientras cabalgaba frenéticamente reflexionaba sobre lo que debía hacer. “No puedo asesinar a Dánae, el pueblo no lo aceptaría y me derrocarían”. Finalmente, desmontó de su caballo a las puertas del palacio y se adentró rápidamente en busca de su hija.
Recorrió los oscuros pasillos apenas iluminados por algunos candelabros e ignoró a los sirvientes que le reverenciaban y que intentaban obtener su aprobación dispensándole atenciones y favores.
Pero Acrisio sólo estaba interesado en una cosa; encontrar la habitación de Dánae.
Entró de golpe al aposento y lo que observó lo crispó aún más llenándolo de una ira histérica…
El grito de Acrisio fue atronador.
En la cama donde yacía la joven adolescente recién entrada a la pubertad, se encontraba desnuda al lado de su tío Preto, el hermano gemelo de Acrisio. Idénticos en cada detalle físico como dos gotas de agua.
—Siempre nos hemos odiado, hermano —recordó amargamente Acrisio con una irrefrenable cólera que le atragantaba la garganta— desde que estábamos en el vientre de nuestra madre… ¡Pero esto! ¡Esta es una infamia! ¡Mereces morir como un perro!
—No olvides, hermano mío —dijo Preto— que soy el corregente de este reino, y que tanta autoridad tienes tú como yo.
—Veremos que opinan los nobles y los plebeyos cuando se enteren de tu crimen. ¡Guardias! —vociferó febrilmente— ¡Llévense a este inmundo cerdo al calabozo!
En cuanto los hombres obedecieron y se llevaron a rastras a su hermano, Acrisio con desprecio observó a su hija desnuda que se cubría bajo las sábanas de su cama profanada. Apretó los puños deseoso de golpearla y la joven intuyendo sus intenciones se encogió de hombros y se cubrió el rostro con las cobijas. Acrisio se contuvo y con desprecio le dio la espalda habiendo descubierto como resolver su problema.
Siendo tan solo una niña que apenas había entrado a la edad reproductiva, la infortunada Dánae fue recluida en una enorme y oscura torre tan alejada como era posible del centro de la ciudad de Argos. Tenía una única ventana por la cual podía observar a lo lejos las bucólicas edificaciones de la metrópoli donde nació. Su único contacto humano era cuando un silente guardia, que había sido castrado para impedir que sintiera alguna tentación por la princesa, le dejaba los exiguos alimentos y que nunca le hablaba. Totalmente aislada del trato humano, Dánae languideció sumida en la más desesperante y enloquecedora soledad, perdiendo la razón día tras día.
Ajena a los acontecimientos políticos de su reino, no supo que su tío Preto había escapado de la cautividad y que se refugió en Licia, donde se casó con la hija del rey local y regresó a Argos disponiendo de un ejército gigantesco y fulminante.
Los soldados licios asolaron las fuerzas de Argos y el Rey Acrisio se vio forzado a renunciar a la mitad de su reino. Argos fue dividida en dos; una mitad gobernada por Acrisio y la otra por Preto. Y después de mucha sangre, muerte y destrucción, cada quien siguió su vida arrogante y ambiciosa olvidando a la infortunada Dánae por siempre en su injusto presidio.
Pero Dánae era observada desde lo alto.
Existía en el Cosmos un lugar espléndido de maravillas inimaginables; el Olimpo, el celestial reino de los dioses. Allí, cohabitaban las poderosas deidades que observaban caprichosamente al ser humano y demás seres de la creación. Las galerías palaciegas enchapadas en oro, diamantes y joyas se engalanaban con las más bellas y sedosas cortinas. En el centro del Olimpo se encontraba el Salón del Trono donde las divinidades realizaban conciliábulo, el más estupendo trono de oro sólido se situaba al lado de una enorme fuente desde la cual podía verse todo lo que sucedía en el Universo. Allí se sentaba Zeus, el Rey de los Dioses.
Zeus observaba intrigado a la Torre donde se encontraba confinada la joven adolescente Dánae. A pesar del encierro que le había afectado psicológicamente dándole un semblante enfermizo y desconsolado reforzado por la palidez que la falta de sol le producía, Dánae era bellísima; de ojos azules, largos cabellos rubios y ondulados, piel blanca como la leche y un cuerpo esbelto y firme. Zeus se removió intranquilo contemplándola mientras acariciaba su mentón y su lujuria legendaria crecía y crecía.
Pero en esta ocasión no sentía simple libido, sino que su corazón genuinamente se había conmovido por la desgracia que asolaba a la muchacha.
Así, una nueva lluvia torrencial azotó las inmediaciones de Argos. Los relámpagos resonaban resquebrajando el cielo y la pobre Dánae se estremeció de temor; un temor infantil que ningún adulto consolaba en las oscuras y solitarias noches.
Extrañamente, la intermitente lluvia comenzó a tornarse dorada…
Temblorosa y asustada, Dánae escuchó como un ensordecedor relámpago cayó justo en su ventana provocando un estallido de rayos eléctricos multicolores y la entrada a la habitación de la anómala lluvia dorada.
Aterrada, se cubrió el rostro después de ser cegada por las luces eléctricas temiendo su muerte calcinada.
Lo que ella no observó fue que los rayos de energía se modificaron transmutándose hasta formar un cuerpo antropoide que pronto se materializó en un hombre de barba blanca y cabello largo y cano, facciones mediterráneas y cuerpo fornido; Zeus.
—No temas —le dijo y Dánae escuchó la primera voz que no era suya en mucho tiempo— no quiero lastimarte.
Dánae se descubrió el rostro y contempló a su acompañante. Se trataba del primer ser humano con el que interactuaba en muchos años.
Esa noche ella y Zeus conversaron por muchas horas, y posteriormente hicieron el amor. Dánae disfrutó cada segundo de ambas cosas pues tenía una eternidad sin ser tocada por otra persona y sin recibir cariños o atenciones de ninguna naturaleza. Zeus continuó visitándola por muchos días más hasta que en una ocasión el lánguido guardia los escuchó. Alarmado y presumiendo que se trataba de algún intruso que hábilmente hubiera podido burlarlo, entró al calabozo y encontró al mismísimo Rey de los Dioses copulando con la hermosa princesa. Zeus simplemente sonrió, se separó de su núbil amante y salió por la ventana transformándose en una gloriosa águila y dejando sola a una Dánae desnuda en su cama a quien ya se le notaban algunos meses de embarazo…
Dánae despertó en la más absoluta y tremenda oscuridad…
Gritó desesperada, pero sus gemidos resonaron ecosos en una asfixiante prisión; en las lóbregas y claustrofóbicas entrañas de un cofre.
El grito despertó a su bebé, que llamó Perseo, que comenzó a chillar molestamente.
Su cruel padre la introdujo, junto a su bebé recién nacido, en un enorme ataúd y la lanzó al mar para cerciorarse que moriría. Demasiado cobarde como para derramar su sangre y temeroso de la ira de Zeus en caso de asesinar a su hijo, Acrisio decidió abandonarla a su suerte en una muerte segura en las tempestades profundas de los mares.
Pero las aguas que transportaban el ataúd donde Dánae y su hijo lactante se encontraba enterrada en vida eran calmas y apacibles pues, por orden de Zeus, un reticente Poseidón había sosegada la ira oceánica y sus corrientes llevaron el ataúd hasta las costas de la isla Sérifo, donde para sorpresa del humilde pescador Dictis, fue extraído de las aguas en sus redes y se descubrió su inusual contenido.
En las cálidas tierras africanas se erguía el reino de Etiopía, rodeado por una selva tropical y vecino del poderoso Imperio Egipcio. Cefeo, rey de Etiopía, era hijo del Faraón Belo y había heredado los rasgos de piel morena y cabello negro rizado de su padre. Su esposa, Casiopea, era una etíope nativa de piel negra, cuerpo voluptuoso y largos cabellos ensortijados que le llegaban a la cintura, y se decoraba con sonoros collares y pulseras. Producto del matrimonio había nacido la Princesa Andrómeda, casi idéntica a su madre en belleza, aunque su cabello era un poco menos largo y al ser más humilde y menos ostentosa que su progenitora, gustaba de vestir moderadamente y rara vez lucía las lujosas joyas traídas de todas partes del África que ostentaba con frecuencia su progenitora.
La familia real se sentaba en sus majestuosos tronos frente a su corte de guerreros, ministros, concejeros, nobles y chamanes a recibir los tesoros cobrados por las provincias sometidas en Nubia y Saba y a ser atendidos por sus sumisos esclavos.
—¡Una nueva victoria para el poderoso reino de Etiopía —anunció el general Agenor trayendo el último botín— para gloria de nuestros soberanos el magnánimo Rey Cefeo y su esposa la Reina Casiopea, la más bella de todas las mujeres del mundo!
—¡Hablas sabiamente Fineo! —le reconoció Casiopea complacida y se aproximó hacia la bandeja de oro que éste cargaba en sus manos y que estaba repleta de tesoros inconmensurables. Divisando los enormes diamantes y los bellos collares de perlas agregó; Eres digno prometido de mi hija. —luego se colocó las alhajas y dijo: ¿Hay en el mundo otra mujer más hermosa que yo? ¡Si hasta las mismas nereidas, hijas de Poseidón, palidecen ante mí y se verían horrendas comparadas conmigo!
Entonces las aguas del mar se encabritaron y las olas comenzaron a picar más fuertemente, y un gélido viento marino asoló las costas etíopes.
Una burbujeante maldad empezó a gestarse de entre las profundidades más lóbregas del fondo marino. De entre el interior de las cavernas y los insondables abismos oceánicos brotó una pesadilla monstruosa comandada por el iracundo Poseidón que deseaba lavar la ofensa en su contra con sangre. Un ser espantoso y mórbido de aspecto horripilante y dimensiones gigantescas salió del fondo del mar y se enrumbó hacia Etiopía…
Era el Leviatán.
El monstruo marino grande como diez ballenas juntas, mostró su lomo asqueroso de entre las aguas, repleto de costras y vestigios adheridos mientras dormía en el lecho marítimo. Provocando el terror entre los infortunados marinos de cada embarcación que se topó con él y que fue despedazada por sus tentáculos gruesos como troncos de árbol.
La abominación marina provocó una huracanada tempestad que arrasó con todos los navíos etíopes desde las humildes canoas de pescadores hasta los poderosos barcos de guerra de la flota naval del rey. La tempestad destruyó las costas y los puertos etíopes, causó una serie de inundaciones que aniquilaron cosechas y destruyó la ciudad y cobró cientos de vidas provocando mucha desgracia y desolación.
La noticia de que el horrendo Leviatán se aproximaba a Etiopía desde altamar llegó pronto traída por los pocos marinos que sobrevivían el encuentro y causó pánico entre los pobladores que escaparon rápidamente.
El desesperado Cefeo contempló desde su palacio las espantosas inundaciones que la petulancia de su esposa habían causado; galones de agua encharcada que había transformado los pasillos de la ciudad en canales repletos de escombros y de personas y animales ahogados cuyos cadáveres exudaban un hedor a muerte y pestilencia.
—¡Esto es tu culpa! —recriminó Cefeo a su esposa Casiopea mientras el sonido del aleteo de las moscas embargaba el ambiente producto de la mortandad.
Entonces uno de los sacerdotes recordó la profecía que alguna vez la hermosa ciega pitonisa que ejercía como Oráculo predijo a Cefeo cuando éste le consultó algunos años en el pasado y que fue incomprensible en aquella época.
“Del abismo emergerá un demonio que aterroriza,
Pero el agua es menos espesa que la sangre,
Sólo con el sacrificio de la etíope princesa,
Se saciará del Leviatán su hambre”.
—¡No! —chilló angustiada Casiopea— ¡No puede ser ese el precio a pagar!
—Sólo la muerte de Andrómeda —adujo el Sacerdote de Amón— sacrificada al Leviatán podrá salvar a nuestro pueblo.
—¡Mi hija no! —reclamó de nuevo Casiopea y abrazó a la silente Andrómeda que se veía ensimismada.
—Debe haber otra solución… —se dijo como hablando solo el Rey Cefeo.
—Si he de morir —declaró Andrómeda con cierta templanza y sangre fría— que así sea, sin con ello detengo esta masacre y aplaco la ira de los dioses.
Dictis crió al joven Perseo como a su propio hijo y le dio un hogar a Dánae. Viviendo como un pescador en una humilde cabañita a orillas de un acantilado, Perseo tuvo una niñez maravillosa y feliz retozando entre las aguas, aprendiendo el oficio de su padre, jugando con su madre —que era apenas una jovencita— y coqueteando con las hermosas muchachas hijas de los marineros, campesinos y otros vecinos de su padre.
Sin duda, un hijo de Zeus.
No obstante, Dictis guardaba un oscuro secreto que no tardaría en resurgir…
En cierta ocasión la caravana del Rey Polidectes llegó a las costas donde pescaba Dictis. Decenas de guardias y abanderados cabalgando en finos corceles componían la escolta de un sujeto de aspecto tosco y sádico. Polidectes era turbio, de aspecto robusto, con varios tatuajes que le cruzaban los brazos y parte del cuello, la cabeza totalmente rapada y una abundante barba, mostraba su desagradable sonrisa amarillenta conforme se bajaba del caballo y abrazaba a Dictis para sorpresa de Dánae y el joven Perseo.
—¡Hermano mío! —dijo el Rey Polidectes— no te había visto en muchos años.
—Supuse que estabas ocupado gobernando y nunca quise molestarte, hermano —respondió el pescador.
Dictis sabía desde que eran niños que su hermano era una persona peligrosa. Mientras él se dedicaba a las apacibles tareas de pesca, su hermano se había convertido en un rufián local y pronto se convirtió en el líder una pandilla de maleantes dedicados a asaltar transeúntes. Su genio y personalidad carismática le permitió acumular gran poder hasta que lideró una turba de gandules que derrocaron al anciano rey de la isla y se autoproclamó como nuevo gobernante convirtiéndose en un tirano. Se olvidó de su hermano el humilde pescador mientras se dedicaba a una vida de lujos y excesos, así que su visita sólo podía entrañar algún motivo turbio que Dictis no tardó en dilucidar.
—¿Y quien es esta bella mujer que vive contigo, Dictis? —preguntó el dictador posando sus ojos en Dánae quien seguía siendo tan hermosa como siempre aunque ya contaba casi treinta años. —No me habías dicho que te habías conseguido a una mujer tan bella para que te acompañara en las noches. ¿Y que fue de tu esposa Cilene?
—Sigo felizmente casado con mi amada Cilene —declaró Dictis reprimiendo su molestia— y a Dánae le he propinado únicamente el trato que se le proporciona a una hija.
—¡Me alegra escuchar eso! —dijo Polidectes relamiéndose y se aproximó hacia Dánae quien bajó la mirada y miró hacia la izquierda conforme el repulsivo Polidectes le acariciaba la mejilla con sus rasposos dedos. Luego le aferró el mentón para que lo mirara de frente y Dánae percibió su pestilente aliento. Polidectes entonces la aferró por la cintura con la mano derecha y con la izquierda en su pecho declaró; —¡Vendrás conmigo al Palacio a mi lado como una ofrenda de mi querido hermano…!
Súbitamente, uno de los guardias que escoltaban a Polidectes y que se sonreía maliciosamente al ver el comportamiento de su amo, pagó cara su distracción siendo golpeado por la espalda y despojado de su espada. Perseo, el autor de la agresión, corrió hasta donde el tirano manoseaba a su madre y sorpresivamente le aferró por la espalda colocándole el filo en el cuello.
—¡No toque a mi madre, cerdo! —le dijo. Polidectes, preocupado, se alejó de la mujer. Los guardias estaban alerta, pero era demasiado tarde, pues la vida del sátrapa estaba en manos de Perseo.
—Tranquilo… tranquilo muchacho… —le dijo— si me matas, mis guardias te matarán…
—Pero tú te irás al Hades antes que yo.
—¿Qué quieres?
—Quiero tu juramento de que no me lastimarás a mí ni a mi madre. —Polidectes titubeó pero un nuevo empujón de Perseo a la hoja de la espada en su cuello le persuadió.
—¡Está bien! ¡Lo juro!
—¿Lo juras en el nombre de Zeus?
—¡Sí, lo juro!
Perseo liberó a Polidectes quien se alejó de él maldiciendo y acariciándose el cuello levemente rasgado por la hoja. Se sintió tentado a ordenar a sus guardias que ejecutaran a Perseo, ese mocoso adolescente que lo observaba altivamente de frente, para luego violar a su madre… pero en cuanto esos pensamientos cruzaron su mente, sonoros relámpagos empezaron a retumbar en el horizonte como un amenazante recordatorio de Zeus de que romper la palabra se paga caro.
Así que Polidectes decidió largarse de allí junto a su comitiva, para planear su venganza en otra ocasión…