El velo 33

El sudor en sus frentes y los rápidos latidos de sus corazones eran evidencia del temor que los recorría. Estaban en mano de sus enemigos y era obvio que este sería su fin.

Arthur se apresuró al portón con alivio, al notar que era la pelirroja quien estaba allí, ella lo miraba con interrogantes y él entendió esa expresión y agradeció a Dios por aquella oportunidad.

—Dígame, señor Connovan, ¿cree que hay alguna esperanza para mí? ¿Creé que mi alma pecadora y malvada encuentre un lugar donde pertenecer y que pueda ser admirada por alguien?

—Lo creo. No tiene que ser el amor romántico, puede encontrar el amor donde desee cultivarlo. Y definitivamente, creo que puede redimir sus actos y ser una persona de bien, creo que puede soñar y hacer esos sueños realidad.

—¿Seré feliz si hago eso? —Su voz salió chillona y lágrimas bañaron su rostro.

—Lo será. Conocerá la verdadera satisfacción y sensación de logro, al obtener lo que desea por medio del esfuerzo y sin tener la necesidad de dañar a otros.

—¿Usted me ayudaría? Si los libero, ¿me llevaría con usted?

Arthur asintió y ella limpió sus lágrimas.

—Démonos prisa, entonces. Sus enemigos vienen a matarlos —anunció mientras abría el portón. Arthur y Samuel se miraron sin aún dar crédito a lo que sucedía, pero no se quedarían a preguntar, se apresuraron a la salida y los tres corrieron fuera de aquel establo. Ellos saliendo y White, los Jones y los Delton, llegando.

—¡Se escapan! —Uno de ellos vociferó y los disparos en su contra empezaron.

(...)

Sam miraba aquel cuchillo con incredulidad. Lágrimas bañaban sus mejillas hasta llegar a su clavícula. Nunca esperó aquello de su prima.

Flashback

—Veo que no te importa lo que te dije. —La pelirroja la escudriñó—. Solo quieres su bienestar, al igual que él el tuyo. No eras así con Daniel, nunca lo amaste como yo a él, pese a su maltrato. ¿Sabes? Arthur no se acostó conmigo, me dijo algo sobre conocerme y eso me impactó. Creí que a los hombres solo les importaba lo que podías hacer en la cama. Por eso me esmeré en ser la mejor perra, aunque en el fondo sabía que eso no era suficiente, nunca lo fue.

—El sexo no tiene mucho valor si no hay amor y entrega. Es solo un momento de placer y después de eso, ¿qué? ¿Cada quien por su lado? No le veo el sentido. —Sam reflexionó y Bárbara rio con amargura.

—Te entiendo perfectamente. Yo he tenido las experiencias sexuales más bajas y sin limitaciones o escrúpulos. El momento es increíble, las sensaciones que puedes llegar a tener, vivir esas fantasías prohibidas y gritar de placer; sin embargo, después de que todo termina te asquea hasta el sudor. Te sientes vacía y efímera. Nada tiene sentido y necesita más de aquello para llenar el vacío. Entonces, te vuelves adicta a algo que te hiere cada vez más, hasta que ya nada te satisface.

—Lamento que hayas tenido que vivir todo eso. —Sam dijo con sinceridad. Veía dolor y cansancio en la mirada de su prima y se imaginaba el infierno que le tocó vivir con esa bestia.

—No, yo lamento haberte quitado todo solo por envidia. Pero no es tarde y haré mi único acto de bien porque estoy cansada de esta vida, ya no quiero que esos hombres me toquen o que Daniel me humille y me trate como basura. —Las lágrimas salían como torrentes y la amargura se sentía en cada palabra—. ¿Sabes lo humillante que es tener que verlo entrar a su habitación con esas malditas mujeres? Escucharlos vociferar su placer y sin poder reclamar nada, pues yo una vez fui su amante. Mi venganza hacia él será liberarte a ti y que el señor Connovan lo hunda, porque ese maldito se merece más que la muerte.

Sam la observaba con recelo, ¿debería confiar en ella?

—Esta llave abre la prueba de la basura que es Daniel y todas sus amistades. Tampoco te lo pondré fácil, tú misma libérate y haz como te parezca.

Dicho esto, le tiró un cuchillo cerca de los pies junto a una llave y salió de la habitación, dejándola sin asegurar.

Fin del flashback

Sam acercó el cuchillo con sus pies, se tardó más de lo deseado, pues estaba ansiosa por salir de allí. El corazón le latía con agitación y sentía que no estaba respirando, sudores recorrían su piel y las lágrimas empañaban su visión. Un poco más y el cuchillo estaría en su boca. Este se cayó y ella maldijo de la impotencia, se movió hasta que su pie tocó el piso y con sus dedos agarró el cuchillo. Levantó el pie lentamente y con cuidado de que no se le cayera, soltó el arma cuando el pie tocó el colchón y acercó su cabeza.

Esbozó un suspiro al no alcanzarlo y con sus pies lo arrastró hasta que sus dientes atraparon el mango de este. Con movimientos de cabeza rectos, logró cortar un pedazo de soga liberando una de sus manos. Casi llora de la felicidad. Con su mano libre terminó con su prisión y, tomando la llave, corrió fuera del lugar.

(...)

—¿Dónde está Arthur? —Anabela abordó a Jacqueline, quien estaba en el estudio del aludido revisando unos documentos. Con todo lo que había sucedido en esos últimos meses, no había tenido tiempo para concluir el proceso de compra de la hacienda vecina.

—Salió de viaje no sé a dónde —Jacqueline suspiró—. Ni siquiera Samuel aparece, y solo cuento con él para que me ayude con los asuntos de la compra de la hacienda, te debes imaginar lo cabreada que estoy, es solo una advertencia, en caso de que te quieras poner pesada.

—Solo quiero saber dónde rayos se metió. ¿No te parece extraño que viajara de repente sin decirle a nadie?

Jacqueline se quedó pensativa ante ese comentario. Solo esperaba que su amigo no hubiese cometido una imprudencia.

—Arthur es grande, él sabe lo que hace.

—Pues a mí no me parece. Pero no perderé mi tiempo contigo.

Anabela salió y Jacqueline hizo una mueca.

—Abuela, nada más te la pasas con ese mocoso encima.

—Deja de ser amargada y ten cuidado de cómo me hablas. Aún estoy molesta contigo, mira que jugar con los sentimientos de un buen hombre como Samuel. ¡Eres una tonta! Hombres como él están escasos. —Nidia se paró de la silla y puso al niño en el asiento donde suele comer.

—No voy a tener una relación con un hombre a quien no amo. —Anabela se cruzó de brazos.

—No sé de dónde te salió que estás enamorada de Arthur. Ustedes se han tratado siempre como hermanos, toma —le pasó el plato con la comida del niño—, sé útil y haz que coma. La ausencia de Arthur lo tiene sin apetito. —Empezó a lavar los platos.

Anabela resopló y se sentó frente al niño.

—Come o el coco vendrá por ti. —Puso el plato frente al niño y este la miró frunciendo el ceño.

—¡Anabela! —Nidia vociferó—. ¡Qué indeseable te has vuelto!

—Solo bromeo con el mocoso. ¿Verdad, Douglas? Tú y yo somos amigos, yo soy la novia de tu papá.

—¡Dios mío! —Nidia profirió y Anabela estalló de la risa.

—Es medio retrasado, pero tiene unos ojos hermosos, color avella... —Anabela dejó de hablar y observó al pequeño con detenimiento. ¿Cuáles eran las probabilidades?

(…)

—La desaparición de Arthur y Samuel es muy extraña. Me temo que cometieron la estupidez de irrumpir en los terrenos de White. —Sebastián especuló.

—¿Crees que se hayan atrevido? —Jacqueline cuestionó con preocupación.

—No lo creo, estoy seguro. Según tengo entendido, anoche se escucharon disparos en la casa de ese malandro y esta mañana los Delton y Jones se dirigieron a la hacienda de él. —El pelirrojo aseguró.

—¿Cómo supo eso?

—Preciosa, tengo mis contactos. ¿Cómo crees que estoy reuniendo las pruebas para hundir a ese desgraciado? Además, tengo a un infiltrado. Él había estado fuera de esa hacienda cuando sucedió el asunto de los disparos, pero lo envié esta mañana para que me diera información. Este es el punto de encuentro. Pero hay trabajadores de White que son hombres de familia que se unieron a la causa y ellos me informaron sobre los disparos. Todavía no habían podido investigar si White tiene a Samay, pero estaban en eso.

—Mi hermano es un poco extremo con sus investigaciones. —Luis sonrió—. Por eso ha tenido varios atentados. Por cierto, ¿cómo está el hijo de Samay Fraga? El proceso de adopción está culminando y Arthur tendrá que ir pronto a la institución.

—Luis, no menciones que es hijo de Sam. Las paredes tienen oídos. —Jacqueline musitó y el pelirrojo la miró extrañado.

—Disculpe, no sabía que era un secreto el origen del niño.

—Lo es hasta que sepamos quién está colando información de Sam. Alguien de la hacienda está traicionando a Arthur. —Jacqueline aseguró.

—¿No sospechan quién pueda ser? —Sebastián indagó.

—Yo tengo mis sospechas, pero no quiero hablar sin pruebas. —Jacqueline respondió en un suspiro.

Mientras ellos conversaban una persona escuchaba tras la puerta.

—Entonces, el mocoso es hijo de la maldita intrusa. Interesante...

(...)

—¡El señor Connovan está siendo atacado por White, los Delton y los Jones! —Un hombre entró a la hacienda vociferando la frase. Jacqueline y los hermanos Domínguez salieron al patio y el hombre les informó lo que vio cuando regresó a la hacienda de White en la mañana.

—¡¿Qué?! —Jacqueline gritó alarmada.

—Ellos escaparon en dirección al bosque, pero sus enemigos los están persiguiendo. Debemos darnos prisa e ir a su rescate.

—¡Vamos! —Sebastián ordenó

—¡Esperen! Vamos a repartirnos. —Luis sugirió—. Jacqueline y yo iremos al pueblo con un grupo de hombres vociferando el ataque a Connovan. Sebastián, tú vete con los hombres armados de Arthur a su rescate, hoy vamos a matar varios pájaros de un tiro.

—¡Vamos! —Sebastián indicó a los hombres que lo habían rodeado. A Nidia le dio un ataque de la impresión y la tuvieron que llevar a recostar.

—Ustedes encárguense del niño en mi ausencia. No se lo confíen a nadie, queda en sus manos. —Jacqueline les advirtió a las sirvientas que estaban tomando el lugar de Nidia en la cocina.

Ella se subió a su caballo y se dirigió con Luis, Raúl y un grupo de personas al pueblo, todos vociferando: “¡Los Delton, los Jones y White van a matar a Arthur Connovan!”

En el recorrido, personas salían de sus hogares escandalizados y pronto se armó una histeria colectiva que reunió a casi todo el pueblo frente a las autoridades. Muchos de ellos armados con pistolas y machetes, otros con piedras y algunos tocaban música; todos cansados del abuso de esos delincuentes.

—¡Queremos la cabeza de Delton, White y Jone! ¡Queremos que paguen por sus crímenes! ¡Salvemos a Arthur Connovan! ¡Connovan líder de Terrus! ¡Connovan, líder de Terrus!

(...)

Los disparos en su contra aumentaron y ellos corrieron en dirección al bosque, solo que antes de perderse dentro de este, un disparo alcanzó a Bárbara, luego otro disparo y luego un último que le cegó la vida. Arthur se devolvió, pero Samuel lo agarró del brazo y lo hizo entrar en razón.

—¡Está muerta! No tiene caso, ya.

Arthur asintió con lágrimas en los ojos y le dio una última mirada, antes de perderse en el bosque.

—¡Corran tras ello! —White gritó eufórico, lleno de adrenalina. Se encontraba divertido poder cazar a su rival como a un animal salvaje, un alarido de dolor lo paró en seco.

—¡Bárbara! —Sam corrió en dirección al cadáver y lloró sobre su prima—. ¡¡No!! ¡Bárbara! Nooooo... —Daniel la agarró por el cabello y ella se volteó, liberándose de él; entonces, empezó a golpearlo en el pecho.

—¡Maldita zorra! —Él la cacheteó—. Ya me harté de ser paciente. Tú te vienes conmigo, no esperaré a que te entregues a mí, esta noche te cojo a la fuerza y me devolverás a mi hijo.

Sam luchó, pero él la golpeó en la cabeza con la pistola y ella cayó desplomada. Él se la subió encima como saco de papas y entró a la casa, dejando en manos de los demás el asesinato de Arthur y Samuel.

—Asegúrate de que no escape esta vez, de seguro fue la perra de Bárbara quien la liberó —se dirigió a la sirvienta.

—Sí, Señor. No se preocupe que yo la mantendré vigilada.

—Bien. Porque tu vida depende de eso.

(...)

Anabela entró a la cocina y sonrió al ver a Douglas jugando en el piso.

—Hola, pequeño de tía. ¿Quieres dar un paseo?

—Disculpe, Anabela; pero la señorita Ben nos dio orden de mantenerlo aquí.

—Disculpe, criada. Yo soy la tía y novia del padre, ¿cómo se le ocurre contradecirme?

—Según tengo entendido la novia es Sam, no usted. —La criada la confrontó.

—Deje su insolencia, sirvienta de mierda. Yo decido si llevarme a mi sobrino o no. —Anabela refutó.

—Lo siento, pero el niño no sale de aquí sin la orden directa de la señorita Ben o el señor Arthur. —Las dos sirvientas se le pararon en frente de forma amenazante y ella retrocedió.

—No me voy a rebajar a su nivel, pero debe saber que informaré a Arthur sobre su atrevimiento, así que sus días en esta hacienda están contados —amenazó con malicia y salió de la casa apretando los puños, pero todavía había algo que podía hacer para deshacerse de ese mocoso.

(...)

Los hombres de Arthur irrumpieron en la hacienda a tiro puro, entonces se armó la balacera. Arthur y Samuel corrían sin rumbo fijo por el bosque, esquivando los disparos, pero no sabían cuánto tiempo más sobrevivirían.

—¡¿A dónde creen que van?! —El señor Delton les apreció de frente apuntando su arma y, en cuestión de segundos, se vieron rodeados. Arthur y Samuel se miraron con sigilo, como esperando una última oportunidad para salir ilesos, aunque las probabilidades eran nulas.

Un disparo se escuchó y luego otro, y otro. Arthur cayó al suelo y miró a Samuel quien también estaba allí tirado. Ambos asintieron y tomaron el arma de los cadáveres a su lado y se unieron al enfrentamiento. Sus salvadores se dejaron ver y visualizaron a Carlos y un grupo de hombres que no habían visto antes. Samuel le disparó a Delton y Arthur a Jone. Fue así como esas escorias dejaron de respirar para siempre.

Corrieron en dirección a la hacienda de White a rescatar a Sam y allí se encontraron con otra batalla. Los tiros se pegaban a los árboles, rebotaban por las paredes y muchas veces les pasaban por los lados. Ellos se ocultaron y, antes de Arthur intentar entrar a la casa, un grupo de los hombres de la autoridad irrumpió atrapando a White y a los que disparaban. Muchos de los hombres que participaban en la balacera se dieron a la huida.

—Oficial, estos hombres irrumpieron en mi casa y me atacaron. —Daniel se defendió.

—No es cierto. Usted nos secuestró, así como tiene a Samay Fraga secuestrada —Arthur contraatacó.

—No tengo a nadie secuestrada. Ella es mi esposa y vive conmigo.

—Entonces no tendrá problemas con que hablemos con ella. —El oficial espetó y Daniel lo miró entrecerrando los ojos. El hombre de la ley miró a la multitud que se había conglomerado dentro de la hacienda, parte de esta estaba siendo retenida afuera, pero todos estaban violentos y alterados, no le convenía dejarse sobornar.

—¡Revisen la casa! —El oficial ordenó y la multitud empezó a gritar y a aplaudir, tanto los de adentro como los de afuera, estos últimos, no tenían ni idea de qué sucedía, pero suponían que era bueno. Jacqueline y Luis lograron entrar y esta abrazó a Arthur con nerviosismo, pues había temido encontrarlo muerto.

—¿A mí no me vas a abrazar? —Sebastián la miró con flirteo y ella sonrió. Jacqueline se dejó abrazar, aunque su atención estaba en otra persona. Tenía tantas ganas de abrazarlo, pues la angustia no la dejaba respirar con normalidad al sopesar la idea de no volverlo a ver jamás. Samuel frunció el cejo al ver cómo Sebastián se aprovechaba de la situación y lo jaló con brusquedad, separándolo de la rubia.

—Suelta a mi mujer, solo yo la puedo abrazar de esa forma —gruñó. Jacqueline agrandó los ojos y se quedó sin habla, solo sintió como su cuerpo era levantado por el grandulón quien la sostenía con fuerza—. Preciosa, pensé que jamás volvería a oler tu delicioso aroma —dicho esto, besó su frente y la volvió a abrazar.

Mientras tanto, Arthur siguió al oficial junto a Luis y un grupo de hombres para que no hicieran de las suyas. Daniel iba detrás exigiéndoles que no tenían derecho de irrumpir en su casa. Luis le tiró un papel en la cara y con una sonrisa maliciosa le dijo:

—Esta es una orden de allanamiento, pues descubrimos que usted posee sustancias ilegales y armas en este lugar.

Daniel le iba a atacar cuando un hombre de la autoridad le pegó en la espalda y lo atrapó. Este se removía y vociferaba injurias contra ellos.

—¿Qué buscan? —La sirvienta se colocó frente a la puerta.

—¡Quítese, señora! —El oficial ordenó, mas ella negó.

—¡No lo dejes entrar, Úrsula! —Daniel demandó entre risas burlescas y el oficial lo cacheteó.

—¡Abra, señora! —El oficial espetó perdiendo la paciencia. La señora negó y Arthur la empujó. Ella salió corriendo de los nervios, pero fue atrapada en el pasillo.

—¡Yo soy inocente! ¡Déjenme ir! —espetaba mientras se removía—. ¡El único culpable es el señor White! ¡Él me amenazó! ¡Sí, él me amenazó!

—¡Traidora de mierda! Ja, ja, ja, ja… —Daniel reía como loco.

Arthur tiró la puerta de una patada y se apresuró a entrar seguido de los demás.

—¡Sam! —Corrió hacia ella y empezó a soltarla. Una vez libre de sogas y, que él haya quitado el trapo que cubría su boca, ambos se abrazaron con fuerza. Arthur besó todo su rostro, al igual que ella lo besó a él. Fueron sacados de su ensoñación por las autoridades. Arthur tomó a Sam de la mano y le besó la frente. Ambos caminaron fuera de la casa acompañados de los oficiales.

—No se preocupen, tenemos todo bajo control. Samay, te detendrán por un tiempo, pero probaremos tu inocencia. —Luis animaba, pero Arthur la apretaba con fuerza. No quería que ella viviera ese infierno que le tocó vivir a él, cuando revisaron la hacienda y Daniel pudo probar que Sam vivía allá como novia de Arthur.

Anabela llegó a la hacienda y se sorprendió al ver a tantas personas, si bien había escuchado que Arthur estaba siendo acorralado por Daniel, no se esperaba encontrarse con tal alboroto. Golpeó a un guardia para entrar y corrió hacia el patio, allí visualizó a Sam abrazada de Arthur. La rabia cegó su razón y avanzó hacia ellos.

Estaba dispuesta a contarle todo a Daniel sobre su hijo. No permitiría que Arthur cargara con aquel mocoso ni que escogiera a Sam. Entonces, algo llamó su atención. Daniel se le zafó al hombre de la autoridad y le quitó el arma que yacía sobre su muslo, Anabela corrió al percatarse contra quién dispararía.

Varios disparos se escucharon y los gritos llenaron el lugar. Hubo confusión y el caos se desató. Disparos de diferentes direcciones armaban gran escándalo y personas corrían despavoridas para salvar sus vidas. Anabela cayó al suelo y Arthur corrió hacia ella.

—Perdóname... —Fue su último aliento. Arthur cerró sus ojos y lloró desconsolado a quien siempre consideró su hermana.

—¡Anabela! ¡¡no!! —Sus alaridos se mezclaban con el escándalo.

—Anabela… —Samuel se dejó caer mientras Jacqueline lo cubría con sus brazos.

Sebastián alejó a Arthur del cadáver y ellos se refugiaron dentro de la casa. Era una lucha entre las autoridades y malandros, debido a que los hombres de los Delton y Jones aprovecharon el caos para poder escapar. Daniel buscó a Sam y a Arthur con la mirada. ¡Se vengaría!

Iba a adentrarse a la casa cuando varios disparos impactaron su cuerpo y este cayó de rodillas. Carlos se le acercó por detrás y con una sonrisa retorcida profirió:

—¡Esto es por mi abuela! Espero que te podrás en el infierno —dicho esto, le disparó en la cabeza desde atrás, volándole los sesos. Los hombres de Arthur y los amigos de Carlos se unieron al enfrentamiento. Muchos de los delincuentes al verse en desventaja, trataron de escapar; pero hombres del pueblo saltaron la cerca y con palos, piedras y machetes ajusticiaron a los que tanto daño les habían causado. Fue así como en una hacienda, acabaron con el sesenta por ciento de la mafia de esa región.

Sam y Arthur fueron retenidos por un mes, mientras se presentaban las pruebas de su inocencia. Todos los días los habitantes de Terrus hacían actividades frente al palacio judicial, proclamando justicia. Muchos ciudadanos se inmiscuyeron en el caso y sorprendían a los criminales en sus delitos, tomando la justicia en sus manos. Como los ciudadanos se le estaban saliendo de control a las autoridades, decidieron unirse a su lucha. Fue así, como pudieron contrarrestar la opresión de los poderosos; pues el pueblo salió a las calles, hizo guerrillas, perseguían a los criminales, mataban a los asaltadores y violadores y planeaban un golpe de estado contra aquel corrupto gobernador que nunca veló por la seguridad de sus habitantes, más bien, colaboraba con los criminales. Esto último asustó al gobernador, quien decidió entregar el cargo y viajó con su familia al otro lado del océano.

La llave que Bárbara le dio a Sam abría un cofre que encontraron en la habitación de la pelirroja, al requisar la hacienda. Allí ella guardaba las pruebas de la culpabilidad de Daniel, por si algún día necesitara usarlo en su contra. Incluso estaba la compra del veneno que utilizaron para quitarle la vida al señor Fraga, la confesión de Bárbara y pruebas de los movimientos que hacía Daniel. Sam testificó el infierno que vivió y cómo era obligada a firmar esos documentos. Enseñó todas sus cicatrices y personas que trabajaron con White en aquel tiempo atestiguaron como ellos la tenían encerrada. Con la ayuda de Luis, Sam fue declarada inocente y víctima de White. Todos los bienes de él fueron confiscados, pero una parte fue devuelta a Sam, por el robo que este hizo a su fortuna. Tiempo después, Arthur se enteró de la traición de Anabela y entendió la razón de ella pedirle perdón antes de morir.

Samuel fue a la tumba de Anabela y lloró como un niño su muerte. Con todo el caos, no tuvieron chance de hacerle un velorio decente. Jacqueline se le acercó y lo abrazó, él dejó salir su tristeza en el hombro de ella.

—Yo la quise mucho —gimió con la voz ronca y Jacqueline asintió. Limpió sus lágrimas y besó su frente.

—Lo sé. Y ella también lo supo. —Él se aferró a su abrazo y ambos lloraron.

(...)

Sam se dio un baño y se puso el vestido fresco y juvenil que Arthur le había llevado. Estaba en un hotel, pues decidieron descansar antes de llegar a la hacienda. Ella estaba nerviosa y temerosa. No podía creer que su hijo la esperaba en la hacienda y temía su reacción al verla. Limpió sus lágrimas y se miró al espejo. Esos dos meses en la comisaría no fueron fáciles, pero por fin tendría paz. El primer mes estuvo con Arthur, pero él fue dado en libertad y solía viajar para estar con ella.

—¿Lista? —Arthur se asomó a la puerta y ella asintió sonriente. Él extendió su mano y ella la tomó, Arthur la atrajo hacia él y besó sus labios con dulzura.

—Gracias... —Ella susurró sobre su boca y él sonrió.

—Gracias a ti por enseñarme el significado del verdadero amor y añadirle tanta felicidad a mi vida.

—Te amo.

—Yo también te amo, mi chica del velo.

Ambos rieron y se dirigieron a la hacienda.

Nidia estaba en la cocina haciendo el almuerzo mientras conversaba con el niño. Ya él no se mostraba retraído y su lenguaje había mejorado mucho. Ese pequeño era el consuelo de ella. La pérdida de su nieta fue un golpe muy doloroso, y una herida que jamás cerraría, pero su dolor era reemplazado con la alegría que el pequeño emanaba.

Sam y Arthur entraron en la casa y el niño corrió en su dirección.

—¡Papá! —celebró tirándosele encima. Arthur lo levantó en el aire y besó su rostro, lo abrazó y luego miró a Sam con picardía. Ella retrocedió asustada, con lágrimas que mojaban su mejilla. Arthur miró al pequeño y le sonrió con complicidad.

—¿Recuerdas la historia que te dije sobre tu madre y el viaje que tuvo que hacer? —El pequeño asintió, entonces Arthur besó su frente—. Pues tu hermosa mamá regresó de su viaje y se quedará con nosotros para siempre.

—¡¿De verdad?! —El niño juntó sus manitas y Arthur asintió sonriente.

—Ve, dale un beso y un abrazo y demuéstrale que la perdonas por haber viajado por tanto tiempo.

—¡Sí! ¿La flor? —El niño preguntó y Arthur sacó una rosa de su maleta y se la dio al pequeño. Él se acercó a Sam, mas ella se quedó helada sin saber cómo reaccionar. Las lágrimas cubrían su rostro y no pudo contener el llanto. El niño se volvió a Arthur encogiendo sus hombros sin entender por qué ella lloraba. Arthur se acercó a Sam, la tomó de la mano y la arrastró hasta donde su hijo la esperaba lleno de confusión. Ella se arrodilló frente a él y acarició su cabello con torpeza.

—No llores. Mira, una flor. —El pequeño extendió su manita y ella tomó el regalo. Lo atrajo a su cuerpo y lo abrazó con desesperación. Lloró con él entre sus brazos, absorbió su olor y rio de la felicidad. Sus manos temblaban y su corazón palpitaba con intensidad.

—Hola, mi amor. Mami te extrañó muchísimo, ¿sabes? Te traje muchos regalos. Siempre estaré a tu lado, ya nada ni nadie nos va a separar —dijo conteniendo el llanto.

—¡Siii! —El niño aplaudió y Sam besó su rostro con fervor, luego sus manitas y cabeza, para abrazarlo de nuevo. Sensaciones diferentes recorrían su piel y entendió el significado de sentir mariposas en el estómago.

—Mami, hermosa. —Él acarició su rostro mojado y ella rio llena de felicidad—. ¿Te cortaste? —Pasó su manita sobre la cicatriz y ella cerró los ojos ante la caricia. Sentir su suave piel sobre su mejilla era como bálsamo a sus heridas y sanidad a su alma.

✨Fin✨

—El epílogo en la próxima página—