El velo 32
Arthur se apeó del caballo lleno de emoción. Había soñado todos esos días con el rostro de Sam al ver a su hijo, y las ansias de presenciar esa felicidad en ella lo tenía nervioso y con náuseas. Corrió hacia la puerta con temblores en sus manos y el pecho agitado. Jacqueline lo siguió con el niño en brazos, él era muy tranquilo para un niño de su edad y casi no emitía palabras.
Arthur se percató de la puerta a medio abrir y entró en silencio, pues quería sorprenderla. Su corazón palpitó con intensidad al ver un florero roto en medio de la sala y algunas cosas tiradas, como si una lucha se hubiese llevado a cabo allí. Corrió con desesperación hacia las demás habitaciones de la casa mientras la llamaba con gritos llenos de angustia.
—¡Sam! No, no, no, no. Sam, amor mío. ¿Qué sucedió?
Jacqueline lo miró con pesar, temiendo lo peor.
—¡Sam! —gritó y corrió fuera de la choza esperanzado. Debía ser un malentendido, de seguro ella le explicaría lo que en realidad sucedió. La llamaba y buscaba con desesperación y angustia, pero no obtuvo resultados. Él se subió al caballo con una rapidez increíble y Jacqueline lo imitó.
Arthur se tiró del caballo y corrió a la entrada de la casa de los Goodman. Su angustia aumentó cuando le dijeron que ella no estaba allí.
Todos los trabajadores de los Goodman ayudaron a Arthur a buscarla, pero pareciera que se la hubiera tragado la tierra.
(...)
Sam lloraba llena de temor sobre aquella cama. Sus brazos colgaban del espaldar, pues estaban amarrados con una larga soga. La paliza que Daniel le propinó para someterla dejó dolores sobre sus músculos. La decepción y confusión la azotaban sin piedad, no entendía las razones de Anabela. ¿Qué le hizo ella para merecer aquello? Siempre la trató bien y hasta la consideraba su amiga, ¿por qué la entregó a su verdugo? ¿Por qué tenía esa expresión de satisfacción cuando Daniel la golpeaba?
—Hola, cariño. —Daniel entró a la habitación con expresión burlona—. Has sido muy escurridiza y más inteligente de lo que esperaba. Mira que lograr que un hombre como Connovan enloqueciera por ti, a tal punto, que prefirió sacrificar su vida y reputación. Ahora él no tendrá credibilidad para ser gobernador y levantarse en nuestra contra. Felicidades, le has arruinado la vida a un buen hombre, y todo por no aceptar tu destino.
—¡Déjame ir, por favor! Ya me lo quitaste todo. ¡¿Qué más quieres de mí?! —gritó desesperada. Su pesadilla estaba frente a ella y sin esperanzas de escapar¸ tanto que evitó ese encuentro y tuvo que padecer para no caer en sus garras y ahora él estaba allí, frente a ella, su vida en su poder.
—¿Que te deje ir? —Caminó lentamente hacia ella y se sentó a su lado. Sus dedos viajaron por sus piernas hasta llegar al borde de su vestido blanco que le llegaba hasta la rodilla—. ¡Pero si eres mi esposa! Estaremos juntos hasta que la muerte nos separe, eso fue lo que juramos en el altar. Tú me darás esos hijos que la inservible de tu prima nunca me pudo dar. Mi amor, sé que te traté mal y que no debí ponerla a ella en tu lugar, pero te prometo que esta vez será diferente; haremos el amor como se debe, te haré sentir tanto placer que no tendrás ganas de volver con el santico de Connovan. Tendremos ese hijo que nunca vimos nacer. ¿Sabes? Desde esa vez que te vi perder a nuestro bebé, no he dejado de tener pesadillas. Yo lo quería, quería a mi hijo.
Sam pudo ver dolor en sus ojos, pero también veía a una persona desequilibrada mentalmente. Temía por su vida, temía por lo que le deparaba allí.
(...)
Una semana de búsqueda y ya Arthur estaba perdiendo la cordura. Era frustrante no saber qué sucedió, en especial, cuando él había tomado todas las medidas necesarias para evitar aquello.
—Deja de sufrir por esa mujer, una vez más, ella te abandonó.
—Anabela, no querrás tentar mi paciencia. —Arthur le dedicó una mirada asesina. No estaba en sus cabales y cualquier cosa podría alterarle.
Anabela se acercó para abrazarlo, pero él la alejó. Lo que veía en los ojos de ella no le gustaba, y por una razón desconocida, tenía ganas de cachetearla, de hacerla sufrir. Se sentía mal por ese deseo extraño, que Anabela le haya declarado sus sentimientos y se expresase de forma despectiva hacia Sam, no la hacían culpable de su desaparición. Todo era muy confuso, porque solo él sabía su paradero, ni siquiera Jacqueline lo sabía, no hasta que él mismo la llevó allá con él.
—¡Me voy a volver loco! —gritó angustiado y Anabela se espantó. Arthur dejó la cocina y subió a su estudio. Debía calmarse para encontrar una respuesta.
—Es obvio que alguien supo sobre su escondite. —Jacqueline entró al estudio con esa calma que la caracterizaba, no importaba que el mundo se estuviera cayendo a pedazos, ella se mantenía erguida y con mente fría, no se dejaba caer por nada ni nadie. ¡Cómo deseaba ser como ella en ese momento!
—Sí, pero ¿quién? ¿Cómo? —Apretó su cabello con desesperación. A veces deseaba mandar todo al carajo e ir a los terrenos de White a buscarla. Si Jacqueline y Samuel no lo hubiesen detenido, ya hubiera cometido tal locura. No podían ir a las autoridades porque Sam no era esposa de él, mas sí de White. ¿Cómo buscarla entonces?
—Piensa bien... ¿Tienes algún documento sobre el lugar?
Arthur se quedó pensativo un rato. Recuerda que guardó el recibo de las provisiones para Sam en la gaveta. Como provenía de los Goodman, tenía toda la información del lugar para enviarles el pago. Buscó desesperado aquel papel, mas no lo encontró. Maldijo en sus adentros al entender que alguien de la hacienda hizo aquello, probablemente, era la misma persona que informó que Sam estaba con él allí.
(...)
—Debe comer, señora. —La sirvienta le extendió la cuchara, pero Sam cerró la boca—. Tendré problemas con el amo si no lo hace.
—No soy ningún animal para que me tengan aquí amarrada. Si el señor quiere que yo coma, tendrá que soltarme.
—Es demasiado terca. Muérase de hambre, entonces. —La mujer se levantó refunfuñando y se marchó. Sam dejó salir esas lágrimas que tenía atrapada, necesitaba ver a Arthur, necesitaba recuperar su libertad.
—¡Eres un maldito, Daniel! —Barbara espetó con dolor en su mirada—. ¿Cómo te atreves a traer a esa mujer a mi casa? ¿Qué demonios pretendes?
—No es tu asunto. Tú preocúpate por mantener a mis amigos contentos y disfruta de todo el dinero que te doy. Lo que haga con mi esposa es asunto mío.
—¡Eres un desgraciado! ¡Yo soy tu esposa! ¡Voy a matar a esa maldita! ¡La voy a destruir con mis propias manos!
Daniel la agarró por el cuello con fuerza y la miró amenazante.
—No te acercarás a Samay, sabes lo que soy capaz de hacer, así que no pruebes mi paciencia. Tú encárgate de tu tarea porque no querrás dejar de serme útil, sabes lo rápido que me deshago de lo que no me sirve.
Bárbara empezó a toser. Daniel la soltó y besó sus labios. Ella dejó salir sus lágrimas cuando quedó sola en la habitación.
—Esto no se va a quedar así, maldito imbécil.
(...)
Dos semanas después...
El pequeño Douglas era mimado por todos en la hacienda, en especial por Arthur, a quien él empezó a llamar papá, después de la insistencia de este. Para los trabajadores de la hacienda, Arthur adoptó al niño porque lo había encontrado en condiciones pésimas y lo vieron como un acto de caridad, puesto que Arthur temía que supieran de quién era hijo y que Daniel lo reclamase.
Nidia se veía más radiante cuidando al chiquillo, aunque sabía que Arthur estaba omitiendo información relacionada a la adopción, ella prefería no meterse en esos asuntos y limitarse a cumplir con sus tareas; de todas formas, amaba a Arthur como a un nieto y siempre estaría dispuesta a ayudarle en lo que este necesitase.
Arthur se había apegado tanto al niño, que sentía que él mismo lo había procreado y los momentos junto a él eran alegres y satisfactorio; sin embargo, la ausencia de Sam empañaba esa felicidad.
—Listo —dijo al colocarse el sombrero roto que hacía juego con su ropa sucia y demacrada, con su barba larga y nada estética y su cabello rizado rojizo. Solo destacaban sus ojos cafés, pues aquel cabello, bigote y barba cubrían su rostro. Se coló con los demás trabajadores y suspiró cuando le dieron paso en la hacienda. Después de descargar la mercancía, se adentró a la cocina de los trabajadores y pidió agua a la sirvienta.
—Aquí tiene. —Ella extendió el vaso con el fresco líquido y él agradeció con cortesía.
—Esta es una hacienda muy bonita, de seguro debe tener una señora que se encarga de los detalles de decoración. —El hombre expresó y ella hizo una mueca.
—No es necesario que la señora se encargue de esas cosas, a decir verdad, el señor White no ha sido afortunado con su mujer.
—Ah, ¿no? Él es un hombre respetable y con muchas influencias, de seguro supo escoger a su esposa, aunque escuché que esta lo había abandonado, pero no creo en esos chismes.
—Pues es mejor que no crea en chismes, el señor White cuida bien de su mujer, aunque ella es una terca.
—Entonces debe ser una belleza. Dicen que las mujeres hermosas esclavizan a los hombres.
—¡Ja! Hermosa mi rodilla. Esa mujer es más ordinaria que yo y hasta tiene una cica... —La mujer dejó de hablar al percatarse de que estaba dando información que no debía, puesto que Daniel mantenía el asunto de su mujer en secreto, dado el maltrato que ella recibía de él.
—¿Perdón? No terminó la frase, ¿dijo que tiene una cicatriz?
—Yo no he dicho nada. Usted deje de chismosear y vuelva a su trabajo.
La mujer empezó a refunfuñar y él salió de la cocina.
(...)
El sudor recorría su piel y el cansancio tensó sus músculos. Siempre había sido un hombre trabajador, pero nunca había hecho un trabajo tan pesado. Caminó con sigilo por el gran pasillo, era estúpido, lo más lógico era que las habitaciones estuvieran cerradas bajo llave. Ya estaba allí, ¿qué haría ahora? ¿Cómo saber dónde estaba ella? Entró a un estudio y buscó entre las gavetas algo que le sirviera.
Su corazón latió con intensidad al escuchar a Daniel discutir con una mujer.
—¡Ya me tienes harto! —Daniel gritó mientras entraba al estudio. El hombre se escondió debajo de la mesa—. ¿Por qué huele tan mal aquí? —Daniel espetó tapando su nariz. Salió del estudio profiriendo maldiciones y llamando a las sirvientas, el hombre aprovechó para dejar su escondite. Corrió por el pasillo antes de ser visto y llegó a la cocina.
—¿Qué hace aquí? —Una mujer pelirroja, de cuerpo curvilíneo y rostro hermoso lo detuvo—. ¿Qué no sabe que esta cocina pertenece a sus señores?
—Perdón, yo estaba buscando el baño y me perdí.
—¿Es nuevo acaso? El baño está fuera de esta casa. No se permite a los trabajadores entrar aquí.
—Tiene razón, disculpe mi ignorancia. —Tomó su mano y la besó. Ella la quitó con asco ante la apariencia de aquel hombre.
—Es un atrevido.
—Perdón por no resistirme al encanto de una hermosa dama, usted es como un vaso frágil que necesita cuidado y que un buen hombre la trate como a su reina. Pero yo sería un iluso con si quiera soñar en convertirla en la razón de mi existencia, mi musa, la dueña de mis suspiros. ¿Cree en el amor a primera vista?
—Pero ¡qué atrevido e insolente! Tome su puesto y limítese a sus tareas. —Ella fingió ofensa, sin embargo, sus palabras habían calado profundo.
—No se preocupe que solo me conformaré con verla de lejos. Tal vez no pueda acercarme a usted, pero nadie me puede impedir soñar y dejar volar mi imaginación. Hermosa y delicada flor de fragancia hipnotizante. Usted sería mi dueña y yo sería su esclavo, adicto a su piel, aferrado a cada centímetro de su cuerpo. Le sacaría los más deliciosos suspiros y gritaría mi nombre bajo el éxtasis del amor y ese sería nuestro vicio. En mis sueños sería mi reina y mi dueña.
El hombre hizo una pequeña reverencia y se alejó, ella se quedó ensimismada viéndolo salir.
(...)
La pelirroja lo observaba de lejos, su fuerza varonil, su cuerpo fuerte y firme. Pese a sus trapos y su falta de estética, había algo en él que captaba su atención.
—Trabaja duro. —Ella se acercó con flirteo y él le sonrió.
—Un hombre deja su vida en el trabajo para darle lo mejor a su mujer.
—Entonces es casado —dijo desganada y la decepción en sus ojos fue muy obvia.
—Lo fui una vez, pero mi esposa falleció. Nunca me había fijado en otra mujer hasta ahora, pues nadie nunca la superaba.
—¿Hasta ahora? —Ella inquirió con interés y él la miró de forma seductora.
—Hasta que conocí a la pelirroja más hermosa que mis ojos han visto. Pero usted es una mujer para admirar de lejos, yo nunca podría darle lo que se merece.
—Tiene razón. No está a mi altura y solo le queda soñar; no obstante, mi habitación es la segunda cuando empieza el pasillo y estará abierta para usted esta noche. No se preocupe por los guardias, yo me encargo. —Ella le guiñó un ojo y se alejó con una sonrisa.
(…)
—¿Creyó que lo dejaría solo ante su locura? —Samuel le sonrió y Arthur suspiró.
—La amante de White me dará entrada a la casa en unas horas, ella esperará a que todos se acuesten.
—¿Y cómo logró eso, señor? —Samuel inquirió con una sonrisa pícara.
—Digamos que le dije lo que ella quería escuchar; una mujer con baja autoestima y con problemas afectivos es presa fácil ante la labia.
Samuel estalló de la risa, pues nunca imaginó que su jefe fuera capaz de aquello.
Ambos hombres esperaban la señal y cuando los guardias dejaron la puerta abierta, se apresuraron a entrar.
—Bien, por lo que pude notar la vez que me escurrí, la habitación de Daniel es la última, no tienen invitados y su amante tiene su propia habitación que es la segunda del pasillo. Solo debemos buscar la que esté cerrada con seguro y esa debe ser la de Sam.
Samuel asintió y ambos empezaron la búsqueda por separado.
—¡Aquí estás! —Barbara se acercó a Arthur, quien se había quedado helado en su lugar—. Creí que te habías perdido en el camino. No tenemos mucho tiempo, mi marido está en su habitación con una de las criadas. Engañé a los guardias, pero a él no lo puedo engañar. Vamos.
Arthur se tensó al verse llevado a la habitación. La mujer se le lanzó encima, pero él la distanció.
—No la tocaré. No soy digno de usted —se excusó con nerviosismo.
—Su juego no es divertido y mi paciencia tiene un límite. ¿Para qué vino, entonces?
—Para conocerla mejor, para conversar. No es una mujer de una sola noche, usted vale más que eso. —Arthur trató de no sonar nervioso.
—Pero yo quiero que me haga gritar su nombre, nombre que aún no me ha dicho. —Ella se acercó de forma provocativa y Arthur tragó pesado.
—¿Por qué no me cuenta un poco más de usted? Podría decirme su color favorito o que postre disfruta comer después del almuerzo... —Maldijo en sus adentros ante su mala suerte, tenía que idearse un plan para salir de allí y buscar a Sam.
Bárbara rio divertida ante la estupidez del hombre.
—¿Se va a hacer el difícil después de todo lo que me dijo?
—No me hago el difícil, solo que la veo como alguien especial. Una mujer joven y hermosa, el orgullo de cualquier hombre. ¿Cuáles son sueños? ¿Qué le gustaría hacer por su cuenta? ¿Nunca ha pensado aprender un arte u ocupación?
Bárbara lo miró con incredulidad. Nunca nadie le había preguntado sobre sus sueños o sus gustos, todos los hombres que se les acercaban solo querían una cosa y sus preguntas derivaban de aquello. Sus ojos se cristalizaron y movió sus pestañas varias veces de la impresión. No había conocido a un hombre que se interese en su esencia y no en su cuerpo, un hombre que le dé su lugar y no la utilice a su antojo. ¿Existiría esa oportunidad en su vida?
Bárbara iba a hablar cuando ruidos se escucharon en el pasillo. Disparos pusieron a Arthur alerta y corrió fuera de la habitación, entendiendo que Samuel corría peligro.
No llegó a salir bien, cuando un golpe en la nuca le quitó el conocimiento. Bárbara salió asustada y miró a Daniel quitarle las barbas y peluca al intruso. Su boca se abrió de la impresión al ver el rostro elegante y apuesto de aquel hombre.
—¿Qué hacía Connovan en tu habitación? —El reclamo de White la sacó de su ensoñación y entonces lo entendió. Aquel sujeto la había engañado con sus dulces palabras y ella cayó como tonta en la trampa.
Arthur despertó desorbitado y con un terrible dolor de cabeza. Miró a su alrededor y visualizó a Samuel sentado sobre la paja, que era lo único que había en aquel lugar. Era un cuarto con portones de hierro, parecido a una reja o un calabozo.
—¡Hasta que ya despertó! —Samuel mencionó mirándolo divertido—. Creo que de esta no salimos vivos. Hace un rato escuché al tal White hablar con sus hombres, al parecer, le dirán a los Delton y Jones que nos tienen en su poder, usted debe imaginarse como terminará todo.
Arthur apretó su cabello con frustración, la impotencia llenando su pecho. Todo era su culpa, ahora Samuel pagaría por su imprudencia.
—Perdón por ponerte en esta situación...
—No me puso en esta situación. —Samuel lo interrumpió—. Yo solito decidí seguirlo y colaborarle.
—De todas formas, es mi culpa. Si le hubiera prestado atención a Luis y Sebastián, esto no estaría pasando.
—Lo hecho, hecho está. ¿Para qué lamentarse? Mejor pensemos en un plan... —No terminó de hablar cuando una persona lo interrumpió.
—¡Señor Connovan! —Bárbara se paró frente al portón y Arthur se acercó.
—Hola, señorita Fraga.
—Entonces sabe quién soy.
—La prima de la mujer que amo.
Ella rio con rabia.
—Esa maldita siempre tiene a los mejores hombres a sus pies. Usted me engañó, dijo que yo sería la razón de sus suspiros, sin embargo, la dueña es mi prima, la maldita mosca muerta de Samay.
—Es obvio que mentí. ¿Cree que una persona se enamora en minutos? El amor no es una emoción de momento ni una ilusión infundada. El amor es un sentimiento desinteresado que se va cultivando con el trato y el tiempo. Es recíproco y sin egoísmos. Sam y yo nos enamoramos poco a poco, aunque ya había una fuerte atracción entre nosotros. Al principio nos unía la intriga, la cercanía de haber compartido de forma íntima por causa de la situación en la que nos encontramos. Pero al pasar el tiempo y mientras más nos conocíamos, aprendimos a tratarnos con nuestros defectos y diferencias; nos compenetramos de una forma tan maravillosa e íntima, que, el fruto de todo eso fue un amor fuerte que ha resistido todos los inconvenientes, incluso, cuando todavía no ha habido una entrega carnal.
—Dice que ustedes nunca han intimado.
—Hemos intimado, pero no hemos tenido coito. La intimidad no se limita a lo sexual, más esto último es parte de la intimidad. Señorita, usted se merece lo que decide y cree. Nadie nunca le dará el valor que usted misma no se da. Usted decide si hacer el bien o el mal, pese a sus circunstancias. Yo creo que usted se merece más que sexo y que puede llegar a ser la dueña de los suspiros de un buen hombre.
—¡Es muy fácil decirlo! ¿Sabe qué? De nada le servirá su amor por Sam, porque yo misma me encargaré de destruirla, y disfrutaré verla sufrir cuando se entere de su muerte. Porque debe saber que sus enemigos están en mi sala ahora mismo, debatiendo su destino. En este caso, buscando la mejor forma de asesinarlo.
Dicho esto, Bárbara corrió fuera del lugar con lágrimas en los ojos.
(...)
—Hola, prima. —Sam la miró con odio. No la soportaba y quería liberarse de esa soga para romperle la cara.
—Si Daniel se entera de que volviste a entrar a mi habitación estarás en problemas. —Sam espetó con rabia.
—No te preocupes, él está muy entretenido decidiendo de qué manera matar a tu amado Arthur. ¿Sabías que él vino a rescatarte anoche?
Sam se removió en la cama. Eso explicaba el escándalo y los disparos.
—¡No le hagan daño! —lloraba desesperada—. Me tienen a mí, no necesitan matarlo.
—¡Claro que tenemos que matarlo! Connovan es una piedra en el zapato y más ahora que sabe que estás aquí. ¡Lástima! Está tan bueno el condenado. Por lo menos tuve el privilegio de degustarlo, más tú nunca podrás hacerlo. Otra vez yo disfruto lo que te pertenece. —Sonrió maliciosa.
—Eres una mentirosa. Arthur nunca se acostaría con una zorra como tú.
—Fue su "sacrificio" para rescatarte. Solo que no se esperaba que yo lo usaría y luego lo entregaría.
Reía como loca, mientras que Sam luchaba para soltarse y borrarle la satisfacción de la cara. En ese momento, no le importaba si Arthur durmió con Bárbara y con ella no, lo único que le importaba era su bienestar. Quería liberarse y salvarlo, no soportaría que algo malo le sucediera, entonces lo entendió: amaba a Arthur más allá de sus intereses, lo amaba como nunca amó a otro hombre. Si comparaba aquel sentimiento con el de su esposo, nunca amó a Daniel. Él solo fue una ilusión que luego se convirtió en frustración.
—Arthur... —sollozó con un gran dolor en el pecho.
(...)
—Debemos buscar la manera de salir de aquí. —Arthur caminaba de un lado a otro, buscando una posible salida.
—No hay forma de forzar esa puerta, sería esperar a que viniera un guardia y atacarlo, pero eso no sucederá. Estoy seguro de que cuando vengan por nosotros, será para matarnos.
Arthur lo miró con pesar, no podía terminar así, no sin liberar a Sam y ponerla a salvo.
Pasos se escucharon y ellos se pusieron alerta, ambos retrocedieron ante la expectativa; probablemente, ya habían decidido su destino y era hora de llevarlo a cabo.