Epílogo

Un hermoso atardecer celebraba la unión de dos almas enamoradas, que se encontraron y se salvaron mutuamente.

Bailes, risas, comidas y salutaciones inundaban la alegre hacienda.

Una pareja admiraba a los novios bailar junto al niño inquieto, formando una danza de tres.

—Nosotros Debemos casarnos, también. —Samuel susurró sobre el oído de la rubia a quien abrazaba por detrás.

—Todo dependerá de usted y que tan productiva hagas nuestra hacienda —dijo maliciosa y él besó su cuello.

Jacqueline había comprado la hacienda vecina y se instaló allí. Ella y Samuel la administraban, aunque este prefería los trabajos pesados junto a los demás trabajadores. Como todo hombre de hacienda con orgullo masculino, estaba ahorrando para comprar el anillo de compromiso, pues quería que saliera de su bolsillo, como fruto de su arduo trabajo. Ya pronto se celebraría otra boda, aunque Jacqueline le tenía otra sorpresita guardada, consecuencia de su poca paciencia al no aguantarse hasta casarse para degustar el pastel.

La noche había caído y Sam y Arthur viajaron a una alejada choza para tener una semana de privacidad, mientras que Nidia cuidaba al pequeño Douglas. Arthur salió del baño con el torso desnudo, pues no le vio caso ponerse ropa si de todas formas iba a desnudarse; se puso un pantalón para no espantar a Sam, pero si de él dependiera, salía en pelotas. Sam se paró de la cama sonriente, si bien tenía un poco de nervios, las ansias eran más grandes.

Arthur sirvió sidra en dos copas y le pasó una a su mujer.

—¿Te gusta? —Él preguntó mientras daba un sorbo. Ella tragó y sonrió con flirteo.

—Me encanta.

Música sensual se escuchó en el lugar, él extendió su brazo y ella tomó su mano. Bailaron entre risas y miradas provocativas, como jugando a quien se desesperaba primero. Ella fue la perdedora, que se le lanzó como leona hambrienta y se apoderó de su boca.

—¿Quién diría que yo estaría besando al próximo gobernador de Terrus? —Ella acarició sus labios con los dedos y él la pegó más a su cuerpo sosteniéndola fuerte por la cintura.

—No es un hecho aún.

—Es obvio que te escogerán a ti.

—Bueno, el gobernador de Terrus tendrá a su lado a la mujer más hermosa y valiente del mundo.

—Vaya, me has hecho sonrojar.

Ambos rieron y se besaron de manera tierna y sin prisa. Él la cargó y la depositó sobre la cama con delicadeza, se sentó a su lado y recorrió su pierna con sus dedos. Sam empezó a respirar con dificultad, entonces se miraron a los ojos.

Arthur besó desde la punta de sus pies hasta donde terminaba su diminuto vestido. Lo levantó lentamente hasta que ella quedó expuesta ante él, quien estalló en carcajadas, Sam lo imitó al sentirse una depravada.

—Creí que encontraría una linda braga, pero al parecer, mi esposa no perdió su tiempo en eso.

—¿Para qué alargar el asunto con ropa? —Ella respondió seductora y Arthur se mordió el labio ahogando una sonrisita.

—Una vez me preguntaste si conocía el placer. Te dije que sí, pero nunca te conté y, creo que es mi momento de alardear —esbozó una risita—, nunca te dije todo lo que había aprendido y cómo te haré gritar como loca desquiciada esta noche; prepárate, preciosa, porque hoy será el inicio de muchos momentos placenteros en tu vida.

Sam suspiró al sentir sus estimulaciones y una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios.

—¿Arthur...? —jadeó incrédula de que su santa paloma fuera capaz de provocar ese mar de sensaciones exquisitas en ella.

—Esto no termina aquí preciosa. —Besó su cuello mientras se adentraba en ella. Sam apretó su cabello y mordió la mejilla de él ante sus embestidas. Era la primera vez que sentía placer en el coito, era la primera vez que hacía el amor.

Sus cuerpos sudorosos se aferraban en una dulce danza que no solo les brindaba placer desquiciante, sus almas se compenetraban y se sanaban mientras las caricias llenaban sus cuerpos. Sam gritaba al él morder sus pechos, ella le haló el cabello con fuerza no pudiendo contenerse más.

—¡Increíble...! —balbuceó extasiada y dejó caer su cabeza sobre la almohada.

—¿Aguantas otro más? —Sam agrandó los ojos al escuchar a su esposo, que obviamente no había terminado.

Fue así como Arthur jugó un poco más antes de dejarse caer sobre su clavícula, olfateando el olor de su mujer. Ambos se abrazaron con fuerza y lágrimas mojaron sus rostros. Un beso mezclado con el salado líquido cerró la noche y ellos se quedaron dormidos.

Cuatro años después…

—Mami, Isabela está comiendo tierra. —Douglas se posó frente a ella, molesto y cansado de correr detrás de su hermanita.

—Llama a tu padre, esta barriga está tan grande que no me puedo mover.

—Deberías dejar de estar jugando tanto con papá, se van a llenar de niños.

Sam se puso colorada al escuchar a su hijo.

—Douglas, vas a matar a tu madre del corazón. —Arthur se sentó junto a Sam y le acarició la gran barriga, el niño se encogió de hombros y se fue corriendo.

—Solo tiene siete años, ¿cómo es que sale con esas cosas? —Sam se quejó escandalizada.

—Voy a tener que conversar con Raúl para que deje de hablar necedades delante de los niños. ¿Cómo te sientes hoy? ¿Has tenido contracciones? —Arthur masajeó sus hombros, por lo que ella sonrió ante lo placentero de su masaje.

—Esos niños me maltratan sin piedad, creo que no paso de hoy, Arthur.

—Ummm... Eso dices todos los días. De todas formas, me he tomado unas vacaciones, ser gobernador por cuatro años fue agotador.

—Pero te retiraste hace unos meses. Ya deja de quejarte y mejor vamos a la habitación, sabes que mientras más sexo tengamos mejor me va en el parto.

—Creo que tomas eso de excusa para violarme.

—Tal vez.

Ella sonrió y él la tomó de la mano.

—¿Van a dormir su siesta? —Nidia les guiñó un ojo y Arthur se sonrojó de la vergüenza—. Vayan en paz que yo me encargo de los niños. Por cierto, sean cuidadosos al dormir, son tres niños que carga la señora.

Arthur se apresuró a subir lleno de vergüenza y Nidia estalló de la risa.

En la alcoba, los esposos disfrutaban de una deliciosa "siesta".

Sam se durmió con una gran sonrisa en los labios. Ya no tenía pesadillas ni la necesidad de ocultar su rostro. Siempre extrañaría a su padre, pero su ausencia ya no le era tan dolorosa y guardaba todos los momentos hermosos que vivió con él, como un tesoro en su corazón.

Iba a la iglesia muy seguido y en las mañanas agradecía a Dios por haberle dado la oportunidad de renacer y ser feliz. La felicidad pende de un hilo y solo los valientes se atreven a sostenerla sin temor, pues esta no se encuentra en las cosas que la sociedad nos ha hecho creer, más bien, está en esos momentos que compartimos con nuestros seres queridos.

Momentos únicos y hermosos desde tomarnos una taza de café en la mañana, hasta ir a un restaurante a celebrar un cumpleaños. Esa satisfacción de saciar tu sed y dar un abrazo, pasar un examen y recibir los mimos de tus amigos y familiares. Comer tu comida favorita, dormir con el sonido de la lluvia y, ¿por qué no? Tener un delicioso orgasmo. Todos merecemos ser felices y disfrutar las cosas buenas de la vida y el amor, pero la responsabilidad de serlo está en nuestras manos y depende de nosotros mismos. Déjate querer, mimar y ayudar, y, no te dejes vencer por las cosas negativas del día a día ni por los traumas del pasado. Date una oportunidad de sanar y disfrutar las cosas ricas que te da la vida junto a los tuyos. Es momento de que nos quitemos el velo y levantemos nuestro mentón, ufanos y con una gran sonrisa.

Está de más decir que Samay y Arthur fueron felices para siempre, y que disfrutaron junto a sus hijos, las cosas buenas de la vida y supieron afrontar los retos y momentos dolorosos.

Hasta aquí llegó el Velo, espero que lo hayan disfrutado.

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