El velo 31

—Entonces, Samay está con ustedes. —El pelinegro dijo sonriente—. Esa muchacha es muy escurridiza, nunca pude dar con su paradero.

—¿La buscabas? —Samuel y Sebastián se miraron con una sonrisa.

—¡Claro que la buscaba! Quería devolverle a su hijo.

—¿Su hijo? —Samuel inquirió estupefacto. Pues Arthur no le había contado sobre aquello.

—¿Que no les ha dicho nada? Ella quedó embarazada del animal de su esposo. No sé bien como logró escapar, pero yo la encontré desmayada en las afueras del bosque que rodeaba la hacienda de los Fraga. Ella estaba sangrando y creí que había perdido al bebé. Un amigo doctor la trató en secreto, puesto que muchas personas le temían a White. Ella despertó alterada creyendo que su hijo había muerto, pero esa criatura estaba bien pegada y más vivo que la madre.

Dio una calada a su cigarrillo y sonrió malicioso.

—Nos fuimos a otro pueblo y ella vivió conmigo lo que quedó de embarazo. Su situación era precaria y complicada, pues no tenía nada y Daniel la estaba buscando para matarla, puesto que temía que ella lo denunciara. Ese era nuestro plan, pero las personas que nos ayudarían se dejaron sobornar y nuestras vidas corrían peligro. Yo quería justicia para mi abuela y Sam para su vida, pero no éramos nadie y solo conseguiríamos la muerte.

—Entiendo —Sebastián sorbió su cerveza—. Mi hermano y yo hemos ayudado a personas como ustedes, que tienen todas las de perder. No es fácil irse en contra de personas sin escrúpulos, con la capacidad de comprar a las supuestas autoridades.

—Me dieron ganas de matar a ese mal nacido. —Carlos expresó con melancolía—. Mi abuela era lo único que me quedaba.

—Siento mucho tu pérdida y te aseguro, amigo, que le haremos justicia a tu abuela. Es por esto que necesitamos tu cooperación.

Carlos asintió satisfecho, pues había esperado ese momento por más de tres años.

(...)

Dos años y algunos meses atrás:

Los gritos del recién nacido retumbaban en el lugar. Sam lo acomodó entre sus brazos con emoción, mientras las lágrimas mojaban su rostro. Era su hijo, sano y lleno de vida. Acarició su piel colorada y chillidos salieron de su garganta. No quería separarse de él, no podría soportar tal dolor. La partera le aconsejó que le diera de mamar y ella emanó un alarido al sentir el intenso dolor en su pezón, al ser succionado por su criatura.

Pese al dolor y cansancio físico, guardaría ese momento como el día más feliz de su vida, el día que conoció el rostro de su gran amor: su hijo.

Pasó un mes y Sam no podía seguir en aquel lugar. Los hombres de Daniel rondaban a toda hora, por lo que ocultarse se le estaba dificultando.

—No puedo seguir ayudándote, Samay. —Carlos caminaba en círculos con nerviosismo—. Debemos largarnos de este lugar, cada quien por su lado. Me apena tu situación, pero si seguimos aquí estaremos muertos.

—Entiendo... —Sam trató de no llorar. No tenía nada ni a nadie a quien acudir, así que Carlos era su único refugio.

—Ya los padres adoptivos están listos para llevarse al bebé. Ellos viajarán al otro lado del océano, ya compraron la casa y todo. Tu hijo estará bien con ellos, es una pareja estable que no puede tener hijos. Sam, tú no tienes nada que darle y si te empeñas en conservarlo, ese niño terminará en un orfanato o peor aún, siendo criado por el padre y su amante.

Sam suspiró. Carlos tenía razón, ella era prófuga de la justicia y de su esposo. ¿Cómo podría proteger a su hijo?

—Dame otro mes. —Las lágrimas bañaron su rostro—. No estoy lista para despedirme ahora... —Un sollozo espantó al bebé y ella lo pegó a su pecho—. Él me necesita, ¿quién lo amamantará?

—Eso es lo de menos, Sam. Debes ser consciente y si lo amas debes dejarlo ir. Los señores Lee necesitan viajar en tres días, no esperarán todo un mes y nosotros tampoco podemos seguir arriesgándonos.

Sam lloró toda la noche. Acariciaba el cabello de su bebé y lo observaba con tristeza. No quería darlo, pero no podía ser tan egoísta. Besó su frente y acarició su mejilla, tomó una gargantilla que su padre le había regalado y la puso sobre el cuello del bebé.

(…)

—Douglas —Sam musitó con dificultad.

—Está bien. Es lo menos que podemos hacer por usted, les estamos muy agradecidos. —La mujer vestida de un largo vestido y un velo alrededor de su cabeza agradeció con lágrimas en los ojos.

—Llamarás al bebé como tu padre. —Carlos mencionó con media sonrisa. Le daba pesar el sacrificio que estaba haciendo Sam, pero era la mejor decisión. Con ella, el niño corría peligro.

—Sí —esbozó cabizbaja—. Cuiden de él, por favor, y gracias por permitirme ponerle el nombre de mi padre. Gracias también por hacerse cargo de mi hijo. —Sam no pudo evitar las lágrimas. La pareja la miró con empatía, debía ser muy doloroso separarse de él.

—Tenga. —El señor Lee sacó un cofre dorado y lo extendió en dirección de Sam.

—No quiero nada de ustedes. —Sam negó con brusquedad—. No les estoy vendiendo a mi hijo —su voz salió chillona—, solo le regalo una mejor vida a él.

—Entiendo, pero es solo un presente. Necesita dinero para subsistir. —El hombre insistió.

—Déselo a Carlos. Es mi paga por todo el cuidado que me dio. Yo no quiero recibir nada. Bueno, a decir verdad, quiero algo. —Miró a la mujer al decir aquello—. ¿Me daría su velo?

La señora Lee se encontró extrañada ante su petición, pero cedió a su deseo. Quitó la fina tela de su cabeza y la extendió en dirección a Sam.

Después de Sam cargar a su hijo, besarlo y abrazarlo; la señora le extendió los brazos con timidez, pues ya tenían que irse. Sam lo apretó más a ella y empezó a sollozar.

—Sam, dáselo. —Carlos frotó su hombro y ella asintió. Lo besó por última vez y absorbió su olor, esperaba nunca olvidar su rica aroma, esperaba rememorar su tierna carita para siempre. Sam lloró con fuerza al verlos alejarse, al estar consciente de que nunca más volvería a ver a su hijo.

(...)

Un mes antes del regreso a la hacienda:

Arthur daba vueltas en la cama de aquel hotel. Las palabras de Samuel retumbaban en su cabeza. ¿El hijo de Sam en un orfanato? Recordó el dolor en la mirada de ella cuando le habló de su bebé, de la razón de decir que lo había perdido.

Ella le contó que creyó que Daniel lo había matado, pero que cuando descubrió que no fue así, temía que él la encontrara y se lo arrebatara. Prefirió hacerse la idea de que lo había perdido aquella vez y esconder el dolor y la culpa de haberlo regalado.

Arthur se paró de la cama con una idea rondando su cabeza, debía encontrar a ese niño y devolverlo a su madre.

(…)

—Señor, Connovan. —Carlos extendió su mano como gesto de saludo y Arthur le correspondió con cortesía—. Es un honor conocerlo en persona. Estoy enterado de todas sus luchas contra las injusticias de estas regiones y lo admiro mucho. Creo que Terrus no podría tener mejor líder que usted, debería ser nuestro próximo gobernador.

—Gracias por sus palabras y por ayudarnos.

—Para mí será un placer hundir a ese desgraciado que asesinó a mi abuela y que ha hecho tanto daño.

—Así será. Haremos justicia. —Arthur afirmó—. Señor Rodríguez, necesito que me cuente lo que sucedió con el hijo de Sam.

—Pues, encontramos una pareja de esposos que no podían tener hijos y ellos quisieron adoptarlo. Al principio, Sam estaba renuente, pero al ser consciente de su situación y luego de estar a punto de ser descubiertos, decidió entregarles el niño.

Hizo una pausa y suspiró.

—En el viaje, la familia Lee fue atacada por asaltadores y, para cuando fueron a su rescate, el señor Lee había sido asesinado y su esposa estaba mal herida. Ella murió tiempo después, por consiguiente, el niño fue llevado a un orfanato. Busqué a Sam por cielo y tierra, pero no di con su paradero. Fue así como decidí dejar las cosas como estaban, dado que, de todas formas, el chiquillo estaría mejor allí que con ella.

Arthur inhaló y exhaló varias veces. Sam había cargado con ese dolor todo ese tiempo y su hijo estaba en un orfanato. Él investigó sobre el dichoso lugar y buscó a un niño con una gargantilla dorada con el dije de corazón.

Después de una semana de búsqueda, dio con la institución y, al ver al pequeño, no cabía duda de que fuese él. Pero necesitaba asegurarse y fue así como envió a Samuel a la hacienda a buscar el cepillo que Sam solía usar. Una prueba de ADN fue la evidencia y tuvo que mover sus influencias para adoptar al pequeño. Claro, la adopción no era un hecho aún, y le permitieron convivir con el niño hasta que terminara el proceso.

Nunca reveló a los encargados del orfanato los resultados de la prueba, puesto que eso lo hizo a escondidas, tomando un mechón de cabello del niño cuando lo visitó. En esos lugares, una persona rica e influyente tenía ciertos privilegios y adoptar les era fácil, añadiéndole el hecho de que las adopciones no eran comunes, más los niños huérfanos eran demasiados, gracias a la violencia e injusticias que se estaban viviendo en esas regiones.

Una adopción era todo un gran acontecimiento y se proclamaba afortunado al niño escogido. Las condiciones de la mayoría de los lugares no eran muy buenas, y muchas veces los niños eran vendidos a bandas y prostíbulos, puesto que no sabían qué hacer con ellos.

(...)

Sam se removía sobre la cama al soñar de nuevo con su bebé. En sus sueños, su rostro estaba intacto, al despertar, no podía recordar la forma de su cara y eso la alteraba.

Rememoró aquel dolor punzante en el pecho al ver a esa pareja llevarse a su hijo. ¿Dónde estaría ahora? ¿Seguiría viviendo del otro lado del océano? ¿Cómo sería él? ¿Travieso o tranquilo? Posiblemente, un niño triste y retraído, puesto que la gran parte de su embarazo se la pasó sufriendo. Por lo menos, los últimos meses fueron mejores y pudo guardar hermosos recuerdos.

A ella le gustaba sentarse en una mecedora para observar la noche, mientras acariciaba su barriga y le cantaba a su bebé. Se emocionaba cuando él se movía o la pateaba.

Sam lloró por su desdicha.

Recordó aquel día...

Ella corrió con desesperación hacia el bosque. El vacío consumía su pecho, apenas lo había entregado y ya lo extrañaba. Se sentía raro no tenerlo en sus brazos. Los pechos le dolían al llenarse de leche. Lloró con amargura porque tal vez su bebé estaba hambriento en ese momento, y ella con tanta leche desperdiciada.

Un hormigueo en los senos demandaba a su criatura. Dicen que las madres presienten cuando sus hijos las necesitan, que sus pechos gotean cuando su criatura necesita mamar.

Ella corrió sin rumbo fijo, con las lágrimas nublando su vista. ¡Estaba arrepentida! No podía permitir que se llevaran a su bebé. No, ella buscaría la manera de defenderlo, de poder ponerlo a salvo sin tener que separarse de él. Corrió de vuelta con la esperanza de alcanzarlos, pero no vio a nadie. Era obvio que ya estaban lejos. La razón la abandonó y ella corrió rememorando el camino que ellos tomaron.

Horas de búsqueda desesperada la confrontaron con su realidad: no volvería a verlo jamás. Y estaba bien. Era un alivio no haberlos encontrado, su bebé estaría mejor con ellos. Corrió hacia un risco y el pensamiento que la acosaba en la hacienda de su padre, cuando la trataban como a un animal, floreció en su pecho. Sería rápido y acabaría con su dolor.

Se acercó a la orilla y miró hacia abajo. Un grito de dolor hizo eco en el lugar y ella caminó hacia la nada. Mientras caía, los recuerdos sobre los momentos con sus padres y su bebé pasaron por su mente como una película. Su madre murió de una horrible enfermedad cuando ella era pequeña y su padre nunca superó esa muerte.

Sintió como cientos de agujas atravesaron su cuerpo, el agua la cubrió hasta que solo vio oscuridad.

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero el entumecimiento en el cuerpo evidenciaba que había sido mucho. Caminó por aquel campo arrastrándose, no tenía dinero y estaba mojada. Pese a su falta de apetito y las náuseas, el dolor en el estómago le hacía entender que necesitaba comer.

Sam vagó por varios días, comiendo frutas silvestres, con aquel velo amarrado a su cintura. Era el recuerdo de que una vez fue madre y que su hijo estaría bien con ellos. Llegó a un bosque desolado y remoto. Una pequeña choza se erguía orgullosa, pese al deterioro. Tocó la puerta, pero no obtuvo respuesta.

Se sentó en el frente no soportando más el mareo y se quedó dormida. Una hora después, un anciano la despertó y la acogió sin hacer preguntas. Ella vivió con él hasta que un día lo encontró muerto en la cama. Cavó un hoyo y lo enterró, entonces lloró su muerte. Él era una persona sin familia como ella, huyendo de un pasado oscuro y doloroso. Nunca le preguntó si él fue víctima o abusador, en realidad, nunca confesaron sus secretos. Hablar de cosas banales los entretenía y él era quien hacía las compras.

Ahora él no estaba y ella debía salir a la civilización a comprar las cosas básicas. Se paró frente al espejo y acarició su mejilla. Tomó el velo y lo colocó sobre su rostro. Fue así como Samay Fraga ocultaba su rostro bajo la fina tela, refugiando allí un pasado oscuro y el temor de ser capturada, fuese por su pareja o por las autoridades. He allí, el misterio del velo.

(...)

Jacqueline ayudaba a Arthur a cuidar al bebé junto a Nidia. Solo la primera sabía que era hijo de Sam, puesto que Arthur era muy precavido con los asuntos de su novia, en especial, porque ya no confiaba en Anabela.

Anabela salió del estudio de Arthur con sigilo, feliz de no haber sido vista allí. Tomó su caballo y salió de la hacienda. Por fin se iba a deshacer de esa intrusa y Arthur sería solo para ella.

Arthur continuó con las investigaciones, y junto a la familia Ben, empezaron a hacer campañas de concientización a los más vulnerables. Cada día se unían más personas cansadas de la injusticia y la opresión de la corrupción, dispuestos a aportar un granito de arena para defender sus tierras.

—Ya quiero ver la cara de Sam cuando vea a nuestro hijo —Arthur dijo con emoción, ganando la mirada conmovida de Jacqueline. Admiraba a su amigo y no concebía su nobleza. Nunca había conocido a una persona tan generosa como él y poder colaborarle le era de gran satisfacción.

Solo a Jacqueline le confió la ubicación de Sam en caso de que algo le sucediera a él. Solo a ella podría confiarle a su amada novia y a su hijo. Ambos cabalgaban en dirección a la cabaña; él con ansias de ver al amor de su vida.

(...)

Sam corrió a la entrada al escuchar los pasos de varios caballos. Su corazón palpitó con intensidad y se acercó a la ventana. Suspiró al ver aquel rostro conocido y una gran alegría llenó su pecho al imaginarse que Arthur venía junto a ella. Abrió la puerta con ansias, no obstante, se paró en seco al notar a aquel hombre frente a ella y la confusión nubló sus pensamientos.

—Hola, Sam. —Anabela la saludó con una sonrisa retorcida. Sam tragó pesado. ¿Por qué estaba ella con ese hombre y no con Arthur?