El velo 30
Arthur cabalgaba aturdido, la melancolía en su pecho y el vacío de su ausencia le eran tortuoso. Imaginar todo lo que sufrió, todo lo que tuvo que sacrificar.
***
—Entonces, la señora está muerta. —Samuel se quedó pensativo y luego sonrió—. No debemos perder las esperanzas, hay una persona que puede ayudarnos y pronto daré con su paradero.
—¿Quién es? —Arthur inquirió confundido.
—El nieto de la señora Julia.
Arthur asintió y Samuel se levantó de la silla y se marchó.
Arthur estaba en su habitación meditando la confesión de Sam, cuando la puerta se abrió.
—Hola, Arthur. —Anabela lo abrazó con fervor—. He estado tan preocupada. ¿Dónde te metiste que no dormiste en la casa anoche?
—Estaba resolviendo algo. —Se pellizcó la nariz.
—¿Y por qué te fuiste solo? Sabes que esos malandros te tienen en la mira. Por suerte no lograron su cometido cuando estabas preso, pero eso no quiere decir que no lo intenten otra vez.
—Me estoy cuidando, no te preocupes. Debí hacer ese viaje solo. Por cierto, háblame de tu relación con Samuel, con todo esto no había tenido tiempo de preguntarte. Primero, estoy muy feliz por ti; Samuel es un buen hombre y yo le tengo mucha confianza, sé que él no te haría daño. Segundo, me alivia que decidieras darte una oportunidad, ahora sí, dame los detalles, pequeña.
—Ummm... —Anabela se quedó pensativa por unos segundos—. Creo que él no entiende mi situación, no me ha tenido paciencia... He estado pensando que es mejor dejar esa relación, puesto que ahora entiendo lo que es el verdadero amor y no es lo que siento por Samuel.
Arthur la miró perturbado.
—Pero tú dijiste que te interesaba, incluso lo celaste con Jacqueline. No te entiendo, Anabela, ¿para qué lo ilusionaste entonces? Si no le hubieras dado esperanzas, tal vez él se hubiese dado una oportunidad con Jac.
Anabela rodó los ojos.
—¿Una oportunidad con esa zorra? Yo le hice un favor, pues esa mujer solo lo estaba utilizando para complacer sus deseos más bajos. Samuel se merece a una persona decente y con pudor.
—No sé, Ana. Creo que debes pensar bien las cosas, si la embarras con él ahora, será difícil recuperarlo luego. No quiero que sufras, pequeña.
—He sufrido, Arthur. Creo que esa fue la razón de lanzarme a los brazos de Samuel. Yo... siempre he amado a otro hombre.
—¿Todavía amas a Iván?
—Nunca amé a Iván. Creo que el hecho de que hayan abusado de mí no fue la única razón para él dejarme y casarse con otra. Entre nosotros siempre estuvo la barrera de mi amor por esa persona. —Ella se acercó y rodeó el cuello de él con sus brazos.
—¿A quién amas, Anabela?
—A ti.
Arthur no tuvo tiempo de reaccionar a su confesión porque ella lo besó con gran intensidad.
—¡¿Qué rayos haces?! —Él se la quitó de encima con gran espanto.
—Te amo, Arthur. Ya no quiero callarlo más y permitir que nos separen. Yo sé que tú también me amas, solo que esas mujeres te confunden.
—¿Esto es una broma, preciosa? —inquirió con incredulidad.
—No lo es. Yo te amo desde que tengo uso de razón, pero tú siempre te fijabas en otras chicas a pesar de que me demostrabas amor.
—Yo toda la vida te he visto como a una hermana, ese es el amor que te he demostrado. Mi madre murió cuando era un niño y no tuve hermanos. Entonces tú y Nidia fueron lo más cercano a una familia que tuve.
—¡Yo no soy tu maldita familia! ¡Deja de decir que me ves como a una hermana! No lo soy, Arthur. Te engañas a ti mismo para no afrontar que me amas tanto como yo a ti. Mi amor, olvídate de esa loca criminal. Esa mujer solo te ha dado problemas, tú nunca estuviste en una cárcel y por su culpa fuiste encerrado por todo un mes y con el riesgo de ser asesinado. Me imagino que “tu viaje” fue ir a ver a esa intrusa.
—No te lo permitiré, Anabela. No te metas con Sam, ella es la mujer de mi vida y si nuestro amor es problemático, es mi asunto, no te entrometas.
—Tú eres mío, Arthur. Estábamos tan cerca de concretar lo nuestro después de que Iván me dejó. Pero tuvo que venir la intrusa de Jacqueline a arruinarlo todo y luego te dejaste engatusar por una loca que para colmo está casada.
—Anabela, yo te quiero mucho, pero no permitiré que te expreses así de Sam. No entiendo nada. Siempre te traté como una hermana e incluso te enojaste porque me iba a casar con Jacqueline estando enamorado de Sam.
Anabela se acercó, pero él retrocedió.
—Lo de Sam fue una excusa para que no te casaras. Es más fácil competir con una loca sin gracia ni atractivo, que con una mujer como la rubia depravada. Eres mío y no permitiré que te aparten de mí. Sé que me amas, solo estás confundido.
—¡Esto debe ser una broma! —Arthur agitó la cabeza con ironía.
—No es una broma. Yo te amo. —Anabela se le abalanzó encima y ellos cayeron en la cama. Él la sostuvo por las muñecas y se incorporó.
—¡Sal de aquí, Anabela! —Su dedo apuntó hacia la puerta.
—Arthur, te necesito. No me trates así. ¿No lo entiendes? Tú y yo nacimos para estar juntos, somos el uno para el otro —insistió.
Arthur abrió la puerta, mas ella se le tiró encima y empezó a besar su cuello. Él trataba de quitársela con delicadeza, temiendo hacerle daño.
—¡Anabela! —Samuel gritó al ver la escena. Él había subido las escaleras junto a Jacqueline para hablar con su jefe.
Arthur se la despegó con violencia y miró a Samuel con nerviosismo.
—Todo tiene una explicación. —La calma en su voz hacía contraste con la tensión del momento. Samuel rio de la impotencia y observó a Anabela con decepción y dolor.
—¡Basura! —espetó adolorido y posó su mirada de horror y confusión sobre Arthur—. Usted lo tiene todo, incluso el amor de una buena mujer; ¿por qué arrebatarme lo poco que tengo yo? —lágrimas llenaron sus ojos y él los frotó con rudeza. Necesitaba salir de allí o se ahogaría. Bajó las escaleras con prisa ignorando el llamado de Arthur y Jacqueline.
—No quiero ver a nadie. —Samuel expresó con voz ronca. Estaba tirado en su cama con la mirada al techo.
—Arthur me contó lo que sucedió. —Jacqueline se sentó a su lado—. Anabela se le lanzó encima, él todavía está impresionado con la actitud de esa loca. Yo sabía que ella se traía algo, sabía que estaba obsesionada con Arthur.
—Lo sé. —Él suspiró—. Siempre lo sospeché, pero me engañaba a mí mismo, creo que me obsesioné con ella y cerré mis ojos a lo obvio. Lo que no entiendo es la razón de ilusionarme, eso no se lo perdono.
—Esa perra está loca. —Jacqueline hizo una mueca—. Creo que solo quería fastidiarme, también le molestó el hecho de no ser el centro de tu atención. Esa niña tiene problemas de autoestima. Ella siempre estuvo celosa de mí, entonces cuando me fijé en ti vio su oportunidad de venganza.
—Es estúpido porque lo nuestro fue solo sexo.
Jacqueline se quedó en silencio y apretó su mano. Era consciente de que Samuel se convirtió en algo más que una relación carnal, pero sabía que él nunca la tomaría en serio, por lo menos, podría ser su amiga y apoyarlo en su dolor.
(...)
Un mes después...
—Es un placer tenerlos en mi casa. —Arthur saludó a los hermanos. Ellos eran altos de ojos grises y cabello rojizo. Luis, el mayor, era ancho y le llevaba unos cinco años a Sebastián, quien era más delgado, osado y sonriente.
—Gracias por recibirnos y darnos el caso a nosotros. —Sebastián respondió sin quitarle la mirada a Jacqueline de encima.
—Hemos investigado la situación y te aseguro que saldremos airosos. —Luis informó con altivez y un brillo de esperanza se reflejó en la mirada de Arthur.
Pasaron varios días y Sebastián emprendió el viaje junto a Arthur, Jacqueline y Samuel, mientras que su hermano Luis se encargaba del papeleo con los abogados de la hacienda.
—Preciosa, te necesito aquí investigando los casos que quedaron sin resolver sobre los delitos de los Delton. Si tenemos suerte, podremos hundir a esos rufianes, también. —Sebastián se dirigió a Jacqueline con flirteo, cosa que a Samuel sacaba de sus casillas.
—Está bien. Mi padre y hermano tienen varios años reuniendo evidencias, pero esa gente es tan poderosa que se nos ha hecho imposible encerrarlos. Es una gran mafia, desde el gobernador hasta los criminales rateros, esos que son utilizados para que hagan el trabajo sucio.
—Debemos hacer algo. Sería bueno quitar a ese hijo de su madre del poder, la delincuencia ha incrementado en estos últimos meses, en especial, con la unificación de Daniel White con ellos. —Sebastián agregó frunciendo el entrecejo. Él era un detective que trabajaba a la par con su hermano —el mejor abogado en la capital— y que había tenido varios problemas para ejercer por su lucha contra el crimen, pues solo defendía a quien sabía era inocente.
Jacqueline se quedó en la capital junto a Arthur, mientras que Samuel y Sebastián salieron a hacer varias investigaciones.
Una semana investigando con algunos colegas y Sebastián dio con el paradero de Carlos Rodríguez, un compañero de trabajo de un conocido en el área.
—Conque tú eres Carlos Rodríguez, la persona que tanto Arthur y yo hemos buscado. —Samuel sonrió victorioso mientras este le extendía la mano.
—Ese soy yo, para servirle.
(…)
Arthur llegó a la hacienda junto a Jacqueline y una persona más, después de haber pasado un mes de su viaje. Entraron a la casa con las miradas curiosas de los trabajadores. Nidia se acercó a Arthur y observó al niño de unos dos años en su regazo y sin cerrar la boca de la impresión pasó su vista de Arthur al pequeño de ojos avellanados, como esperando una explicación.
—Nidia, cierra la boca —Jacqueline espetó divertida—. Tampoco es para tanto.
—¿De quién es ese niño? —preguntó desorbitada.
—Este es mi hijo —Arthur respondió con una gran sonrisa—, Douglas Connovan Fraga.