El velo 29
Sam buscó comida y se sentó a comer en el patio. Rememoró aquel día cuando él la llevó allí. Lo amaba y era doloroso estar separada de él. Había pasado una semana y era momento de que le dijeran que por lo menos estaba bien, fue así como decidió visitar a los señores que se hacían cargo de ella.
—Hola, querida. —La señora Goodman la recibió con una sonrisa—. ¿Cómo está tu brazo, hoy?
—Está mejor. Vine para darle la lista de provisiones que necesitaré.
—¡Excelente! —La señora tomó el papel y se sentó frente a ella—. ¿Quieres un café? —Sam asintió y ella sonrió.
—Me gustaría saber... —Bajó la mirada y jugó con sus dedos. Sus mejillas se sonrojaron y su nerviosismo era notable—. Hace una semana estoy aquí y... —Su corazón palpitó con intensidad.
—Él se contactará contigo cuando sea seguro. —La señora le evadió la mirada y Sam tuvo un mal presentimiento.
—¿Arthur está bien? —inquirió con ojos llorosos.
La señora se quedó en silencio por unos segundos que le parecieron eternos.
—Él se contactará contigo, no te preocupes —repitió mientras volvía con el café.
—Esto no me gusta nada. No he tenido noticias de Arthur desde que llegué aquí y solo me dicen que se contactará conmigo. Necesito saber que está bien. —Lágrimas mojaron sus mejillas. La señora la miró con pesar y decidió mentir para que ella no cometiera una locura.
—Él está bien. Se fue de viaje a la capital para encontrarse con los abogados de tu caso, es solo eso —dijo para tranquilizarla y Sam suspiró. Tal vez solo estaba nerviosa por todo lo sucedido.
(...)
—Hola, niño bonito —Arthur fue rodeado por un grupo de presidiarios que lo miraban con malicia.
—Hola... —susurró asustado, sospechando la razón de ellos abordarle en el baño.
—Antes de hacer el trabajito, déjenme disfrutarlo. —Uno de ellos pidió con voz afeminada—. Será un desperdicio si lo matan virgen.
Todos rieron ante esas palabras.
—¿Crees que este tipo es virgen? Se estaba revolcando con la esposa de un señor respetable. ¡Quién lo diría! Tan correcto que se mostraba ante todos.
—No me refería a la virginidad del frente —refutó entornando los ojos.
—Pues, discúlpame por no entender de mariconerías. —Su compañero respondió de mala gana y los demás soltaron carcajadas burlescas. Arthur los observaba aterrorizado.
—¿Me dejarán desvirgarlo? —El tipo preguntó con ojos brillosos y uno de ellos bufó.
—Puedes desvirgarlo después de muerto.
—No soy necrófilo —espetó ofendido.
—Está bien, mariquita de mierda, pero date rápido. Los guardias vendrán pronto. Será divertido ver al moralista Connovan ser cogido por un marica.
—Tampoco tienes que sonar tan despectivo —reclamó indignado.
Arthur se removió cuando empezaron a bajar su pantalón y tiraba golpes al aire para evitar la invasión a su cuerpo. Ellos lo golpearon sin piedad hasta que este cayó en el sucio suelo y ellos bajaron sus pantalones entre risas y burlas. Aquel hombre lamió sus labios del deseo y empezó a acariciar los glúteos de Arthur.
—¡Suéltenme! ¡Auxilio! —gritó con desesperación y terror, removiéndose con la poca fuerza que le quedaba, aunque eso ameritase los golpes de sus verdugos.
—¡¿Qué creen que hacen?! —Arthur sintió alivio al escuchar a los guardias irrumpir en el amplio baño. Ellos golpearon a los prisioneros para someterlos, pero durante el forcejeo, uno de ellos le enterró una navaja a Arthur en el vientre.
Un mes después...
Sam estaba regando las flores del jardín de la pequeña cabaña cuando sintió los galopes. Se quedó rígida en su lugar sin saber qué hacer. Miró a su alrededor y soltó la tinaja con agua del susto. ¡La habían encontrado! Iba a correr cuando se percató de la figura imponente de Arthur, su ropa blanca brillaba con intensidad y su sonrisa se convirtió en un mohín triste.
Sam despertó de golpe con el corazón agitado. Hacía varias semanas que tenía sueños similares y la preocupación por Arthur no la dejaba en paz. Decidió visitar a los señores Goodman y si ellos no le daban noticias, iría a la hacienda sin importarle las consecuencias.
Los trabajadores la recibieron en la entrada y ella corrió hacia la sala con desesperación.
—¡Hola, Samay! —El señor Goodman la saludó con una gran sonrisa, mas ella bajó el rostro, avergonzada por su intromisión descortés.
—Hola, señor Mateo —devolvió el saludo, sonrojada.
—¡Querida, aquí estás! —La señora la abrazó con efusividad y Sam fue invadida de esa alegría que hacía mucho la señora no mostraba—. Te tengo una sorpresa. —Le sonrió con picardía y Sam la miró desorbitada. No quería sorpresas, quería noticias de Arthur—. Vamos a la cocina, horneé un pastel. —Se la llevó a rastras antes de ella proferir una negación.
La señora Goodman salió de la cocina a buscar un vino y Sam se cruzó de brazos incómoda. Su corazón amenazó con salirse de su pecho al sentir sus labios invadidos por los de Arthur. Agrandó los ojos y rompió el contacto, sorprendida.
—¿Arthur? —Sus ojos se llenaron de lágrimas y ella lo apretó en un efusivo abrazo. Él acarició su cabello y besó todo su rostro con desesperación. Tomó sus manos y repartió besos allí también, para luego cerrar sus ataques de besos en sus labios. Los señores le dieron privacidad, aunque no lo necesitasen, simplemente, se habían olvidado de todo a su alrededor y solo existían ellos dos en su burbuja de amor.
—Hermosa, no te imaginas cuanto te he extrañado. —Agarró su rostro con delicadeza y volvió a besarla. Sam lloró a gran voz del alivio, temía tanto no volver a verlo que le parecía irreal tenerlo en frente. Lo tocaba revisando que estuviera completo y que su presencia fuera real y no una alucinación.
—¡Arthur! Esto es demasiado bueno —sollozó—. ¡Estás aquí, mi amor!
Él limpió sus lágrimas y le dio una pequeña mordida a sus labios que la estremeció.
—No traes tu velo... —Acarició sus mejillas y ella sonrió.
—No lo necesito, ya todos saben quién soy y a los señores Goodman no les molesta mi cicatriz.
—Hermosa, a nadie le molestaría tu cicatriz.
—Pero me hace ver fea —replicó con tristeza.
—No hay forma de que te veas fea. —Besó su cicatriz—. Esa cicatriz adquiere belleza por el simple hecho de estar en tu rostro.
Sam se perdió en su mirada con la boca abierta. Él no podría ser más lindo de lo que ya era. Besó sus labios con fervor y él la sostuvo de la cintura.
—Vamos a la cabaña —susurró sobre sus labios y ella sonrió. Después de despedirse, montaron sus caballos y se marcharon.
Ambos cayeron sobre la cama sin dejar de besarse. Las manos de Arthur jugueteaban con caricias atrevidas por encima de la ropa. Por su parte, Sam pareciera que quería tragárselo; él rio sobre su boca y ella se sonrojó al entender la intensidad con que lo estaba besando. Arthur besó su cuello y aspiró su aroma, necesitaba tanto de ella. Lamió su piel y ella suspiró ante lo rico de aquel beso sobre su cuello, su respiración era un caos y su corazón palpitaba con rapidez. Se murió de la vergüenza al sentirse tan mojada, pues creyó que se había orinado.
—¡Debo ir al baño! —saltó de repente. Arthur la miró confundido.
—¿Pasó algo?
Sam se sonrojó mientras él la examinaba desorbitado.
—Debo ir... —Se separó y corrió fuera de la habitación. Ya en el baño, se sorprendió al percatarse que no era orina, entonces, recordó sus clases sobre la excitación femenina y se ruborizó.
Entró a la habitación con la mirada en el suelo y Arthur se le acercó y abrazó.
—¿Todo en orden? —susurró sobre sus oídos. Ella asintió.
Él besó sus labios con delicadeza y ella lo empujó hacia la cama, mas él atrapó su cintura y ambos cayeron sobre el colchón entre risas.
—Te amo, Samay.
Escuchar su nombre tal cual en sus labios, le apretó el pecho y un punzón molestó su estómago. Ella lo besó con pasión y fervor, esta vez fue ella quien empezó el jugueteo de sus lenguas y se posicionó encima de él. Un escalofrío recorrió su cuerpo al sentarse sobre su erección y él gruñó ante la sensación. Atrapó sus caderas y Sam empezó a moverse sobre él. Arthur la apretó en su contra y ella jadeó. Él la tiró sobre la cama cual cazador a su presa; la tomaría, estaba cegado por el deseo y no creía poder inhibirse más.
Sam le quitó la camisa y besó su fornido pecho y acarició su piel, paró en seco al encontrarse con una cicatriz reciente cerca de su estómago.
—¿Q-qué te pasó? —Su voz salió entrecortada por la mezcla de excitación y preocupación.
—Tuve un percance —restó importancia y besó su frente. Él se deshizo de su vestido y miró su busto con un deseo que no había experimentado antes. Se abrazaron y la sensación de sus pechos desnudos pegados con la mezcla de calores los estaba enloqueciendo. Acarició su espalda y sintió lo rústico de sus cicatrices.
—¿Fue él? —La rabia lo consumía al imaginarse a ese tipo dañarla.
—No... —Ocultó su rostro en el pecho de Arthur—. Fue mi prima con unos hombres que trabajaban en la hacienda. Ella estaba celosa, pues a pesar de ser la mujer de Daniel se sentía amenazada con mi presencia. Me encerraron en un cuarto lleno de pajas como si fuese un animal y casi todas las noches ella entraba con esos hombres y me golpeaban con látigos. —Sam lloró con temblores al recordar aquello.
—¡Dios! Eso es horrible... —Arthur lloró junto a ella—. Cómo me hubiera gustado estar allí y defenderte de esas malditas víboras. —Acarició su espalda con delicadeza y besó su hombro.
—Estás aquí, ahora. Es todo lo que necesito. —Ella lo besó y él acarició sus pechos. Entonces recordó que ella era una mujer casada y que hacer aquello no era correcto. Se distanció un poco para buscar su mirada y acarició sus mejillas sonrosadas.
—No debemos... —Pegó su frente a la de ella, temeroso de su reacción.
—Lo sé... —Ella susurró—. Aunque no hagamos nada, quédate así conmigo —pidió y él asintió. Se acostaron y ella se acurrucó en su torso mientras él acariciaba su espalda con la yema de sus dedos.
—Pronto podremos estar juntos sin inhibiciones, estoy reuniendo las pruebas que necesito para liberarte de ese hombre. Mis abogados me dijeron que puedes poner la demanda de divorcio. Buscaré la forma de que ustedes hablen y les cuentes todo, existen documentos de mercancías ilegales con tu firma.
—Daniel me obligaba a firmar muchos papeles a puro golpes. Nunca supe la naturaleza de estos, pero presentía que nada bueno había detrás de ello.
—¿Él te hizo esa cicatriz? —Arthur cambió de tema mientras acariciaba la cicatriz en su mejilla con su otra mano.
Ella negó con lágrimas en los ojos al recordar aquel día.
—Tenía tres meses de embarazo y los malestares eran horribles, por más que Julia y yo tratamos de ocultarlo, Bárbara se enteró. Irrumpió con un cuchillo dispuesta a acabar con mi vida, Julia trató de defenderme, mas ella la empujó y la pobre cayó sobre su brazo; el golpe fue tan fuerte, que no podía sostenerse. Yo traté de defenderme por mi cuenta, pero estaba muy débil.
Hizo una pausa, suspiró y prosiguió:
—Me dijo que primero cortaría mi rostro para que mi cara desfigurada fuera la última imagen que Daniel viera. Yo luché, temía tanto por mi bebé... —Arthur la apretó contra él ante sus sollozos y fue imposible no llorar también—. Ella me cortó desde la oreja hasta donde empieza mi nariz. Fue tan doloroso, en ese momento llegó Daniel y le quitó el cuchillo. Al parecer, Julia había ido por él. Supe que él le dio una paliza por atentar contra su hijo, fue cuando él lo supo.
—Julia, ella puede declarar a tu favor y hasta puede darnos información valiosa. Esa señora vio cosas que de seguro tú no pudiste.
Sam se encogió de hombros y su llanto se agudizó.
—Eso no será posible. —Sam negó hipando—. Julia está muerta.
—¿Qué? —Arthur la miró a los ojos y un amargor recorrió su pecho, al ver la tristeza reflejada en el rostro de Sam.
—Daniel la mató porque trató de ayudarme a escapar. Después de que Bárbara me cortara la cara, él me llevó a una casa a las afueras de la hacienda y puso a Julia a cuidarme para que su bebé creciera fuerte. Una noche, ella me dijo que me ayudaría a escapar de ese infierno, de paso lo haría ella también, pues estaba secuestrada en aquel lugar, dado que sabía mucho.
—Ese hombre debe pagar por todos sus crímenes, pero será difícil reunir las pruebas suficientes, tenía la esperanza de encontrar a esa señora. —Arthur se lamentó.
—Sí. Siempre me sentí culpable de aquello, pues al hecho de que Julia estuviese muerta se le sumó el peligro de perder a mi bebé. Daniel volvió a encerrarme en el cuarto con pajas y no sé qué fue lo que hizo para convencer a Bárbara, pero ellos planeaban quitarme a mi hijo y deshacerse de mí. Una noche él entró como loco y empezó a golpearme, entonces yo empecé a sangrar, fue cuando entendí que se murió mi bebé.
Sam ahogó un grito en el pecho de Arthur y él acarició su cabello entendiendo su dolor y frustración.
(...)
—¡Entonces te acostaste con ese maldito peón!
—¡No es cierto! Deja de golpearme, por favor. Piensa en nuestro hijo. —Ella gritaba desesperada, cada vez que el puño de él la impactaba.
—¡Ni siquiera estoy seguro de que sea mío! ¡Eres una cualquiera! —espetó apretando sus dientes con fuerza, la rabia corriendo por sus venas y el sudor mojando su piel. Toda su ira desatada contra ella, una mujer embarazada y desnutrida.
Sam cubría su vientre como intento torpe de proteger a su criatura, prefería padecer ella antes de que algo malo le pasara a su bebé.
Golpes en su cabeza le quitaron las fuerzas y los puños arremetieron contra su barriga. El instinto de sobrevivencia le dio una fuerza más allá de lo natural y fue cuando ella se le lanzó encima. Lo arañó y tomó un pedazo de madera y lo golpeó con rabia.
El sudor, los golpes y la sangre rodando por sus piernas no fueron impedimento para detenerse, de todas formas, ya no tenía qué perder, pues no le quedaba nada. Lo único que la mantenía con esperanzas y, que impidió que los deseos de acabar con su infierno de la manera más cobarde, le había sido quitado. Su hijo, lo único hermoso de toda esa tortura.
—¡Lo mataste! —gritó con rabia y dolor mientras le pegaba con aquella tabla—. ¡Mataste a tu propio hijo! —Sam le pegó por última vez y, pensando que lo había matado, corrió aterrorizada. Escuchó a los hombres de Daniel acercarse, al parecer, el escándalo los dirigió hacia allá. Aceleró su corrida y se perdió en el bosque.
Sam despertó exaltada espantando a Arthur con su grito. Miró a su alrededor desorbitada, se había quedado dormida entre sus brazos y al parecer él también.
—Nos quedamos dormidos. —Arthur se sonrojó al ver los pechos redondos de Sam libre de ropa. Recordó que estuvieron a punto de hacer el amor y que no se molestaron en vestirse, pues se sentía bien estar abrazados piel con piel—. ¿Tuviste una pesadilla? —La abrazó fuerte. Sam estalló en un llanto que él jamás había escuchado de ella antes. Se percibía como un desahogo desde lo más profundo de su ser.
—¡Soy una mala madre! —Lloró desconsolada—. Yo... Yo regalé a mi bebé...
Arthur se quedó helado ante aquella confesión. ¿Que no le había dicho ella que Daniel le provocó un aborto?