El velo 28
La respiración le era pesada, su corazón latía con tanta agitación que le ahogaba. Dolor y ardor se mezclaron y ella perdió el conocimiento.
(...)
—Julia, no entiendo lo que me estás diciendo. —Ella temblaba ante lo que escuchaba.
—Se está utilizando la hacienda del señor Fraga para vender armas y sustancias tóxicas. Debes escapar de este lugar, no es seguro para ti. —La señora le advirtió.
—Desde que mi padre murió, esto dejó de ser un lugar seguro, Julia.
—Sí, pero las cosas se complicaron. Se dice que tu padre no murió de forma natural, Samay. Él fue asesinado y te están inculpando. ¿Sabes lo que ellos te están obligando a firmar y rellenar?
Sam abrió los ojos como si despertara de una pesadilla, su cabeza dolía y el vértigo no la dejaba incorporarse como debiera. Tocó su rostro y su velo no estaba.
—No te preocupes, solo el doctor y yo te hemos visto y él es de mi entera confianza. —La voz de Arthur la reconfortó, sin embargo, estaba muy confundida. Lo último que recordaba era el dolor mezclado con ardor y el grito de Arthur.
—¿Qué sucedió? —se quejó al mover su brazo izquierdo y fue cuando notó que estaba vendado.
—Los hombres de los Delton nos atacaron, y tanto tú como tres de mis hombres resultaron heridos, estoy agradecido de que ninguno perdiese la vida, logramos escapar a tiempo. —Se acercó a ella y acunó su rostro entre sus dos manos.
—¿Me desmayé por un disparo en el brazo? —comentó para buscar de qué hablar, pues su mirada penetrante la estaba incomodando.
—No fue por el disparo. Estabas muy débil y asustada. El doctor dijo que debes descansar y alimentarte bien; al parecer, no has comido como debieras, no solo estos días que te perdiste, desde antes. Siento no haber estado pendiente de tu falta de apetito.
—No tienes que estar pendiente de todo, Arthur. Disculpa por escapar como una cobarde, pero no soportaba ver el daño que mis omisiones te provocaron.
—Más daño me hace que huyas de mí. Perdón por no cumplir mi palabra y haber dudado de ti.
—Entonces leíste la carta. —Ella suspiró.
—No. Me sentí mal de cómo te había hablado y decidí buscarte, fue cuando encontré la carta y temí tanto que fui a comprobar que no me hayas dejado. Me concentré en encontrarte y olvidé la carta, luego la busqué y nunca la encontré —explicó mientras acariciaba sus mejillas.
—No merezco tu amor, Arthur —sollozó y él la abrazó.
—No digas eso, yo te amo y punto. Solo lamento que no podamos estar juntos, que el hacerte mi esposa quede en mis sueños y fantasías. ¿Cómo saldremos de esta situación, hermosa?
—Daré la cara. Enfrentaré mis cargos. —Sam dijo decidida y Arthur la sostuvo por los hombros con delicadeza.
—En un mundo perfecto eso sería lo más recomendable, pero en este caso debes ocultarte hasta que sepamos la verdad de todo. Sam, si vas con las autoridades a enfrentar unos cargos que no te corresponden será tu fin. Ese tipo se va a aprovechar para acusarte a ti de sus cochinadas y hasta pueden matarte. Él está en alianza con los Jones y Delton, y hacerte daño será su mejor estrategia para joderme a mí.
—¿Seguir oculta? ¿Qué ganaremos con eso?
—Tiempo y pruebas. Voy a contratar a los mejores abogados que tiene la capital y buscaré la manera de desenmascarar, no solo a Daniel White, también a los Delton y a los Jones.
—¿Cómo harás eso? Por cierto, ¿cómo supiste que huyo de la justicia?
—Corrección: no huyes de la justicia, huyes de la injusticia. Pero cómo lo supe fue casualidad. Estaba investigando un caso que me llevó a la muerte de tu padre y entonces sospeché que Samay y tú podrían ser la misma persona.
—¿Insinúas que me investigaste? —Ella lo miró ofendida y él se sonrojó.
—Necesitaba saber de qué huías, he querido protegerte desde que noté que te dañaron. Pero ¿cómo hacerlo a ciegas?
—No es justo que te busques problemas por mí, no estás obligado. —Ella le esquivó la mirada y él levantó su mentón para apreciar esos lindos ojos que siempre lo habían enloquecido.
—Tus problemas son mis problemas. Buscaré la manera de liberarte, Sam. También, haré hasta lo imposible para que algún día seas mi esposa. Te amo.
Besó su frente y ella lo abrazó con fuerza.
(...)
—Recibí esta carta de una mujer celosa. Es la única explicación lógica. —Daniel analizaba el papel con recelo.
—A menos que sea una trampa. —El señor Jones sugirió.
—No parece serlo. La forma como se detalla la información me hace entender que no. Solo debemos saber cómo proceder, yo quiero a mi mujer de vuelta.
—Pero ella es una prófuga, nos conviene más que sea culpada de tus estupideces y así podemos hacer nuestros negocios tranquilos. —Delton replicó.
—No se preocupen. La justicia se soborna y altera. Si en algún momento necesitamos culparla no solo de mis fechorías pasadas, también de las que ahora cometemos, tendré ese ‘as’ bajo la manga. Pero la quiero de vuelta, ella será la madre de mis hijos y mi señora. No la dejé de buscar en todo este tiempo, después de que la hice mía y de enterarme que cargaba a mi hijo, no he podido olvidarla. La deseo tanto que quiero saciarme con ella. Además, será la excusa perfecta para deshacernos de Arthur Connovan. Es un delito que oculte a la mujer de otro hombre y que se revuelque con ella.
—Entonces, procedamos con tiempo. —Jones sugirió—. Arthur es sabio.
(...)
Habían pasado dos días desde que encontraron a Sam y Arthur se mantenía ocupado junto a Jacqueline y Samuel investigando el caso que la inculpaba.
Arthur y ellos dos se dirigieron a la sala a recibir la visita que les fue anunciada y sus vellos se erizaron al ver a Daniel White en su casa.
—Seré directo y sin rodeos. Vine a buscar a mi esposa.
—No sé de qué hablas. —Arthur trató de controlar la rabia que invadía su ser. La mirada de desprecio que le daba a Daniel era evidencia del odio que sentía por él. El simple hecho de imaginarlo haciéndole daño a Sam le hervía la sangre y le daban ganas de golpearlo hasta desaparecerlo para siempre.
—No te hagas el idiota que no te queda. Dejémonos de formalidades e hipocresía. Ambos amamos a la misma mujer, la diferencia es que yo soy el esposo y tú el amante. Esto te va a costar, Connovan. Todos sabrán que no eres el tipo correcto que presume de buenos principios. Has cometido un delito y lo pagarás. Ahora, busca a mi mujer antes de que pierda la paciencia.
Ese fue el detonante que acabó con el razonamiento de Arthur. Lo golpeó desprevenido y no le dio chance de reponerse. Arremetió contra él sacando toda la ira retenida. Jacqueline y Nidia gritaban con reclamo a un entretenido Samuel que solo miraba el espectáculo con una sonrisa de satisfacción, al ver la tunda que Arthur le estaba dando a Daniel.
—Jacqueline golpeó a Samuel en el hombro y este ni se inmutó, fue cuando ella decidió llamar a los trabajadores. Estos los separaron y Daniel profería todo tipo de injurias y amenazas.
—¡Te aprovechas porque vine solo! —espetó mientras escupía la sangre de su boca y Nidia lo miró mal por haber ensuciado el piso—. Veamos cuanto te dura la sonrisa de victoria, pronto volveré a tener a mi mujer en mi cama y tú estarás en la cárcel.
Arthur lo mandó a sacar, pero un trabajador entró alterado a la sala.
—¡Señor Connovan! Las autoridades, los Delton y los Jones están en la entrada. Ellos tienen una orden para revisar la hacienda y buscar a una tal Samay Fraga.
Arthur se quedó helado. Daniel, en cambio, empezó a reír como loco. Jacqueline subió las escaleras con sigilo mientras Samuel y Arthur intercambiaban miradas.
Arthur salió de prisa y todos los de la sala lo siguieron. En un descuido dejó a Samuel a cargo y corrió de vuelta a la casa. Subió a la habitación de Sam y la encontró empacando con confusión junto a Jacqueline. Arthur se acercó a ella, quien se espantó al verle el rostro golpeado.
—¿Qué te pasó? —Acarició sus moretones, él cerró los ojos ante aquella reconfortante caricia.
—¡Debes irte ya! Vinieron por ti, Sam. No entiendo cómo lo lograron tan rápido, ese hombre ni siquiera sabía que estabas aquí, no concibo cómo se enteró.
Sam empezó a temblar de los nervios.
—No te alteres, amor. Me aseguraré de que nadie te toque. ¿Recuerdas el lugar de descanso? Tienes una llave y sabes a quien acudir. Cuando las cosas se calmen, te visitaré.
Sam agrandó los ojos al sentir su boca invadida por la de él, quien le había arrancado el velo con desesperación. Besarlo se sentía bien y ya lo había extrañado. Después de lo que sucedió en la fiesta, ellos no volvieron a tener ese tipo de cercanía.
Sus labios se quedaron con ansias de más y se aferró a su mirada café. El acarició su cabello y le colocó el velo. Jacqueline los admiraba con curiosidad, si el amor era así, tal vez amar no sería tan malo.
Arthur tomó las cosas de Sam y se la llevó a rastras por el pasillo, salieron por detrás y tres caballos estaban preparados.
—Ramón te dejará cerca del bosque junto a Jacqueline y seguirás sola hasta donde ya sabes. —La abrazó—. No quiero que nadie sepa de nuestro lugar, por eso Jacqueline se asegurará de que Ramón regrese con ella cuando estés fuera de peligro para continuar tu camino. Después de instalarte, visita a los Goodman, ellos sabrán qué hacer —susurró sobre su oído.
Escándalos y gritos se escucharon y Arthur rompió el contacto para ayudar a Sam a subir sobre el caballo. Sam miró a Arthur con tristeza, pues no quería apartarse de él. Él observó en silencio como ella se marchaba, secó las incontrolables lágrimas que se abrieron paso cuando estuvo solo y suspiró. Entonces, se dirigió a la entrada de la hacienda a encarar la situación.