El velo 27

Arthur miró los alambres de púas que marcaban el límite que no debía pasar. Sus hombres lo examinaban expectantes y asustados, confiando en su sano juicio y prudencia, sin embargo, Arthur se abrió paso y entró a los terrenos de sus enemigos.

—Señor, salga de allí, es peligroso. —Uno de ellos musitó mirando por los lados, asegurándose que solo su jefe lo había escuchado.

—Debo buscarla, es muy probable que se encuentre en este lugar —refutó observando el arete que había tomado desde el otro lado y que sabía que pertenecía a ella, pues él se lo había comprado en una de sus salidas.

—Es muy peligroso. ¿Sabe que ellos pueden matarlo alegando que usted los atacó o quiso robarles? Está irrumpiendo en sus terrenos, si lo descubren, no dudarán en aprovechar esta oportunidad de deshacerse de usted. —Otro de ellos advirtió.

—¡No la voy a abandonar! Si ella está en este lugar, corre peligro. Si no es que ya está en manos de esos desgraciados, si ese fuese el caso, no me importa luchar con ellos. ¿No lo entienden? La necesito sana y salva, ella es mi otra mitad.

El ardor en sus ojos anunciaba más lágrimas.

Ellos se miraron con preocupación.

—Regresen a la hacienda y avisen a los demás donde me encuentro.

—No lo dejaremos solo en la boca del lobo. —Uno de ellos replicó.

—Así es, señor. Si usted arriesga su vida, lo haremos también, moriremos con usted. —Otro señaló.

—No, ya les he dado una orden. De todas formas, es peligroso hasta para mí que vengan. Una persona puede escurrirse mejor que un grupo, por favor regresen y den aviso de donde estoy, créanme, eso me será de más utilidad.

Hubo un momento de silencio y sus hombres se miraban unos a otros para nada convencidos.

—Solo dos de nosotros regresarán. —El más viejo de ellos apuntó a los que tenían familia—. Nosotros nos quedaremos a vigilar. Tiene razón, si vamos con usted seremos de estorbo, pero tampoco lo dejaremos a su suerte. Solo dos regresan y avisan, pero también vuelven con refuerzos.

Arthur suspiró resignado, no había forma de hacerlos regresar, por lo que aceptó sus condiciones.

(...)

Ella cerró la habitación y abrió una gaveta. Sacó la carta y arrugó el rostro con desagrado.

—Estúpida. ¿Crees que haciéndote la víctima te quedarás con mi Arthur? Eres una intrusa y no permitiré que tú también me alejes de él. ¿Cuántas mujeres no han sido golpeadas por sus maridos? Deberías regresar con él de una buena vez.

Buscó un encendedor y pasó el fuego sobre la carta. Una sonrisa se dibujó en sus labios al ver cómo el papel ardía.

(...)

—¿Has visto al jefe? —Samuel entró al estudio donde Jacqueline examinaba unos documentos y cerró la puerta tras sí.

—No. Salió temprano con algunos de sus hombres a continuar con la búsqueda. —Ella se puso sobre sus pies y se acercó a Samuel, quien la observaba con nerviosismo.

—Estoy asustada, Samuel. Han pasado tres días y no hay rastro de Sam, temo lo peor. —Sus ojos se cristalizaron.

—La encontraremos, no te preocupes. —Él la abrazó y acarició su corto cabello.

—Si pudiéramos buscarla abiertamente e informar a las autoridades, todo sería más fácil y efectivo. —Ella se lamentó.

—No en este caso. —Samuel tomó distancia y limpió las lágrimas que se le habían escapado y mojado su camisa—. Sabes que el tal Daniel está merodeando, además de los antecedentes de Sam...

—Sí, esto es una pesadilla. —Suspiró y lo miró a los ojos. Se perdió en esa mirada que tanto le gustaba, al principio no se fijaba en sus orbes amarillentos, más bien, notaba lo fornido y salvaje que se veía y no reparaba en lo tierno que ese hombre tan grande era. Estaba arrepentida de no haber visto más allá de su apariencia, si no hubiera sido tan promiscua, tal vez él la mirara con otros ojos.

—Bien, yo me retiro... —Él no terminó de hablar porque sus labios fueron invadidos por una rubia que, a pesar de ser alta, tenía que extenderse levantando sus pies para poder alcanzar su boca. Él se quedó inmóvil por unos segundos, no entendía la razón de disfrutar aquello, se supone que sus labios pertenecen a una sola mujer. ¿Por qué sentía que extrañaba ese roce?

Jacqueline dejó salir más lágrimas cuando él la levantó por la cintura para tener más acceso a ella. Su beso desesperado le hizo entender que ella no era la única que lo extrañaba y necesitaba. Él se separó de golpe, como si hubiera cometido el peor error de su vida, reacción que a ella le dolió.

—Esto... —balbuceó con dificultad—. Esto no debió pasar, yo tengo novia. Dijiste que no estarías con un hombre que tenga una relación, tú estás más loca que una cabra, dices una cosa y haces otra.

—Y tú eres un imbécil. No estoy yéndome en contra de mis palabras, puesto que no tienes ninguna relación. Esa mujer no te quiere y solo te utiliza.

—Ella me quiere —replicó, aunque su voz resaltaba su duda.

—¡Sí, claro! En el fondo sabes que no es así, pero te empeñas en mantener una mentira porque prefieres hacerte creer que ustedes están bien, para no encarar tus sentimientos por mí. Me temes, ¿cierto? Crees que no tendrás el control y que perderás tu hombría conmigo. ¡Estúpido, machista cobarde! Tú te lo pierdes, idiota.

Jacqueline se giró y él se le acercó por detrás. Todo su cuerpo se estremeció cuando ella sintió su aliento sobre su cuello. Él rodeó su cintura y pegó sus cuerpos, Jacqueline tembló al sentir su excitación frotarse sobre su espalda. Ella se giró y lo encaró, por su parte, él se perdió en sus ojos azules mientras que ella miraba los labios gruesos de él. Le gustaba ese hombre y era difícil tenerlo cerca y no lanzársele encima.

—Entonces te temo... —dijo con sorna y su voz temblorosa evidenciaba la agitación en su pecho.

—Sí. Soy una mujer independiente y segura de mí misma. No me gusta el drama ni los rodeos. Soy clara en lo que deseo y no le debo explicaciones a nadie, me gusta disfrutar las cosas buenas de la vida sin reparos. Por eso te hice vibrar en mis brazos, Samuelito. No soy una chiquilla pasiva que espera a que le resuelvas todos sus orgasmos; yo voy por lo que quiero sin avergonzarme por ello, que sea mujer no significa que no pueda pedir lo que deseo ni que deba inhibirme en el acto sexual.

—Pero eres muy lengua suelta y no tienes principios de mujer decente. No crees en el amor ni en las relaciones serias, no tienes ni una pizca de compromiso y entrega. Porque, Jacqueline, no solo te debes entregar en el sexo. —Su mirada profunda y acusatoria la confrontó. ¡Era cierto! Ella huía de las relaciones serias que implicara enamorarse. Temía hacerlo. Fue testigo de muchos casos donde la mujer se enamoraba a tal punto, que dejaba a un lado quien era para entregarlo todo. Temía perder su esencia y sufrir por amor, sin embargo, ya estaba sufriendo por aquel hombre que se había robado su corazón.

(...)

Sam temblaba atrapada en sus fuertes brazos. Su olor lo delató y ella se quedó quieta al escuchar el siseo por parte de él. Daniel buscaba junto a los demás aquel sonido que llamó su atención, en ese momento, un gato salió de entre los árboles y ellos se rieron de su paranoia.

Dos largas horas y sus cuerpos entumecidos, no se quejaban porque el calor del otro era refugio y medicina. Sin embargo, el temor de ser descubiertos en esos terrenos era tortuoso, además, Arthur temía que sus hombres fueran por él.

Por fin el grupo de mafiosos se perdió entre los árboles y Arthur quitó las manos de la boca de Sam, no sabía que aún la tenía allí. Él se incorporó y tomándola de la mano, buscó su mirada avellana. La abrazó con fuerza y lloró mientras la aferraba a su cuerpo, temeroso de volver a perderla.

(...)

Arthur estaba cerca de la salida cuando encontró a sus hombres irrumpiendo en el lugar. Ellos recuperaron el aliento al verlo entero y junto a Sam. Se apresuraron a ayudarlos a salir, pero justo cuando terminaron de sacarlos, fueron sorprendidos por un grupo de hombres que les apuntaron de repente.

—¿Que hacen aquí? —Uno de los matones de los Delton cuestionó sin dejar de apuntar a Arthur.

—No estamos en sus terrenos. Solo buscábamos una mula que se nos perdió, pero la condenada nada de aparecer. —El más viejo de los hombres de Arthur mintió con naturalidad.

—No se preocupen, ya nos retiramos. —Arthur mencionó, pero ellos rieron.

—¿Creen que los dejaremos ir así no más? Al jefe le interesará saber que ustedes estaban merodeando por aquí, además, esa cosa con trapos de seguro esconde un lindo cuerpecito, tal vez sea divertido jugar un poco con ella. —El tipo dijo con sorna y todos los demás rieron ante su idea. Arthur se colocó delante de Sam de forma protectora y sus hombres pusieron las manos sobre sus armas a la expectativa.

—No les conviene ponerse en ese plan, somos más. —Uno de los hombres de Arthur advirtió.

—Pero estamos cerca de nuestro territorio, un silbido y nuestros hombres corren hacia acá. —El tipo sonrió triunfante.

—No le complique las cosas a su jefe y déjenos ir en paz. Que estén cerca de sus territorios no les da el derecho de cometer crímenes. —Arthur advirtió.

—No se preocupe por nosotros, señor Connovan. Explicaremos cómo ustedes invadieron nuestros terrenos y tuvimos que matarlos porque nos atacaron. Están armados, solo debemos saber repartir los cuerpos y disparar sus armas, a ella nos las cogeremos todos y la dejaremos viva para que sea nuestra ramera.

Sam se abrazó a Arthur temerosa de aquellas palabras. Uno de los matones hizo un silbido, pero uno de los hombres de Arthur le disparó, entonces la balacera se armó. Dado que los hombres de él eran más y mejor adiestrados, fue fácil deshacerse de aquellos maleantes, sin embargo, un gran número de matones corrieron hacia ellos disparando a diestra y siniestra.

—¡Corran! —gritó uno de ellos y todos se dieron a la huida.

Arthur sostuvo a Sam de la mano porque ella estaba débil, entonces decidió cargarla para agilizar. Se detuvo para sostenerla, pero un disparo la impactó, cayendo al instante sobre la grama.

—¡Nooo! —Arthur dejó salir un grito aterrador, que heló los huesos de los demás.