El velo 26

El hambre le hacía estragos y su cuerpo estaba muy débil ya. Cayó sobre la grama y lloró por la frustración.

—Arthur... —balbuceó antes de cerrar sus ojos.

(...)

—¿Dónde está? —Arthur buscaba desesperado, su habitación estaba desordenada y con las gavetas abiertas.

—¿Qué pasó aquí? —Anabela se espantó al ver el desorden.

—¿Quién entró a mi habitación? —preguntó con voz temblorosa. No podía creer que la había perdido.

—Nadie entra a tu habitación a menos que sea para hacer la limpieza. —Anabela se le acercó y le rodeó el cuello con sus brazos.

—Tú acabas de entrar y no vas a hacer la limpieza. —Él suspiró y Anabela buscó su mirada color café.

—Solo vine a ver cómo estás, me tienes muy preocupada. —Ella acarició su mejilla con el pulgar.

—Estoy buscando algo. —Recuperó su espacio personal y le evadió la mirada. Anabela y él siempre habían sido cercanos, pero ya no le gustaba sus muestras de cariño.

—¿Sabes...? —Puso su dedo sobre sus labios como pensando—. Jacqueline es la única que ha estado entrando a tu habitación.

—Sí, le preguntaré a ella.

—¿Qué estás buscando? —indagó intrigada.

—Algo que no debí perder. —Salió a buscar a su amiga.

—Jac, ¿por casualidad guardaste una carta que estaba en mi habitación? —Arthur inquirió cuando entró al estudio.

—No. ¿Por qué?

—¡Soy un idiota! La noche que Sam se marchó encontré una carta en el suelo, al percatarme que tenía las letras de ella temí que me hubiera dejado. Mi sospecha fue cierta, pero estaba tan preocupado por encontrarla que olvidé la carta y ahora no la encuentro. Me siento fatal, si ella la escribió fue por algo, puede que allí esté la respuesta que necesito para encontrarla.

—Ummm... —Jacqueline se puso el dedo sobre los labios—. Tal vez solo confesó las razones de no decirte que estaba casada, supongo.

—Necesito encontrarla, necesito cualquier cosa que me haga sentir cerca de ella. —Sus ojos se cristalizaron—. Si pudiera devolver el tiempo, yo la hubiera escuchado y ella no estaría en peligro ahora. ¿Qué voy a hacer sin mi hermosa Sam?

Jacqueline lo abrazó.

—La encontraremos, ya verás.

(...)

—Eres tan linda... —Samuel acarició el largo cabello de Anabela y se acercó para besarla, pero ella volteó el rostro—. ¿Todo bien? —inquirió con tristeza en los ojos. Solo llevaban algunas semanas de relación y ella se mostraba distante y frívola. Entendía lo de su trauma, pero una sensación amarga no lo dejaba en paz.

—Sí, es que es difícil para mí. Yo... —Lo abrazó cuando vio que Jacqueline venía en su dirección—. Sabes que temo, todavía se me hace difícil el contacto con los hombres.

—Entiendo... —balbuceó no muy convencido—. Disculpa por presionarte.

—Perdón por la interrupción, pero necesito que hablemos, Samuel.

—Pues, habla. —Anabela la confrontó desafiante.

—Dije Samuel, no Anabela —Jacqueline sonrió maliciosa.

—¿Qué tienes que hablar tú con mi novio?

—Cosas de adultos —respondió con ganas de provocarla.

—No te atrevas a irte con esta zorra. —Anabela le advirtió y Samuel se rascó la cabeza con diversión.

—¿Estás celosa? —preguntó con una sonrisa y Jacqueline entornó los ojos.

—Samuel, estamos perdiendo tiempo. —La rubia espetó perdiendo la paciencia.

—Preciosa, nos vemos luego. —Samuel besó su mejilla, pero Anabela lo besó en los labios con pasión.

(…)

—¿Qué has investigado? —La rubia inquirió con mirada de gata rabiosa.

—No, mucho. La búsqueda de Sam no me ha permitido hacerlo. Es complicado buscar a alguien en secreto, los enemigos del jefe no se pueden enterar de esto o el tal Daniel White. Por cierto, lo he visto por los alrededores, como si buscara algo.

Jacqueline se quedó pensativa.

—Creo que él sospecha, según lo que Arthur me contó cuando ellos estuvieron en la fiesta, parece que él la reconoció.

—Es probable. Por cierto, él siempre está acompañado de una mujer pelirroja cuando sale, a excepción de aquella fiesta. Según escuché ellos tienen varios meses que se instalaron aquí, pero se mantuvieron al margen de todo, creo que es porque estaban planeando sus negocios turbios en secreto y aprovecharon la fiesta para darse a conocer.

—¿Y sabes quién es la mujer de la que me hablaste?

—Él no la había mencionado hasta después de la fiesta. Creo que es la prima de Sam, es la misma mujer que presentaba como amante en las regiones lejanas. Aquí la presenta como a un familiar.

—Ummm... —Jacqueline se quedó pensativa.

—Cambiando de tema, deja de acosar a Anabela, ella me contó que la insultaste. No te lo permitiré, Jacqueline.

—No voy a perder mi tiempo con explicaciones, puesto que estás tan embobado con tu damisela que, nada de lo que yo diga te parecerá justo. Le darás la razón a ella, aunque esta no la tenga. —Se acercó y acarició su fuerte pecho—. Por cierto, como que estás necesitado de cariño... —Sonrió maliciosa y se marchó.

Samuel se quedó observando cómo la rubia desaparecía de su campo de visión y no entendía aquella extraña melancolía.

(...)

Sam abrió los ojos y se levantó del suelo espantada. ¡Se había desmayado del hambre!

Buscó con su mirada algún árbol frutal y la alegría llenó su pecho al percatarse de un banano. Corrió con desesperación y empezó a despegar los frutos, puso su mano sobre su abdomen al sentir el punzón de dolor por la sensibilidad del estómago, pues comió demasiado rápido.

Pasos de hombres la espantaron y se escondió de nuevo. En esos días, había visto a los hombres de Arthur buscarla con sigilo y ella supo escabullirse entre los árboles y matorrales, pues ya estaba acostumbrada a vivir a escondidas.

Escuchó conversaciones y se escondió detrás de unos arbustos y malezas. Su corazón palpitó al reconocer aquella voz. «Daniel», pensó aterrorizada. Reconoció al otro señor que hablaba con él y un grupo de hombres. Era el tal Delton que acompañaba a Daniel en la fiesta a la que Arthur la había llevado.

«¿En dónde rayos me he metido? ¿Acaso estoy en los terrenos de los Delton?», pensó más asustada aún.

Pasos se percibían más cerca y ella cubrió su boca con miedo hasta de respirar. Un crujido se escuchó en el lugar y Daniel volteó en dirección a su escondite.

Sus manos se tornaron temblorosas, sudor frío recorría su piel y un grito se ahogó en las palmas que cubrieron su boca.