El velo 25

Arthur daba vueltas sobre su cómoda cama que ahora la sentía insoportable. Su corazón dolía y sus ojos ardían. Se incorporó mientras sus manos apretaban su cabello, estaba triste y la culpabilidad no lo dejaba dormir.

—Fui muy cruel contigo, hermosa. —Limpió sus lágrimas y suspiró.

Se levantó y caminó en círculo, se abrazó a sí mismo por la sensación gélida. No era solo el frío que su piel sufría al estar descubierta. —Puesto que él solo se había puesto en pantalón holgado después de su baño—. Más bien era la falta de abrazarla y besarla, de verla sonreír y hablar de sus pacientes animosamente.

Se sentó en el borde de la cama y miró a la nada, otra vez las molestas lágrimas. Debió hablar con ella y aclarar las cosas, ¿cómo se atrevió a llamarla delincuente?

«¡Soy un estúpido!», pensó mientras hundía sus dedos sobre sus sienes.

—Una mujer tan amable y dulce no puede ser una asesina. Ella es noble y se preocupa por los demás, mi Sam es la ternura e inocencia personificadas. Ella me salvó y acogió por todo un mes, alimentándome con lo poco que tenía. Durmió incómoda en el suelo para darme su cama, se mantuvo por ella misma en esa choza, mi Sam es fuerte y valiente.

Cayó de rodillas en el piso y sollozó como un niño. La amaba y no le importaba su pasado o lo difícil de su situación actual. Estaba dispuesto a enfrentar las consecuencias, ella se merecía eso y más.

—No eres una criminal. Tus ojos me expresaron tu miedo desde que te conocí, huyes de una vida dolorosa, intuyo que ese hombre te dañó, preciosa. Te voy a defender, amor.

Se puso de pies con desesperación. ¡Quería verla! Sus manos temblaban por la necesidad de tenerla entre sus brazos y pedirle perdón. Le dolía como la trató y lo tormentoso que debe ser sentirse tan sola y abandonada. Abrió la puerta, dispuesto a enmendar su error, a decirle que no estaba sola y que él la defendería hasta del mismo infierno.

Agrandó los ojos al notar la carta cuando abrió la puerta. Se arrodilló y la tomó desorbitado. Temió. ¿Por qué había una carta con sus letras? La dejó caer y corrió hacia la habitación de Sam. Tocó con gritos desesperados, pero no obtuvo respuesta.

De una patada abrió la puerta y buscó con su mirada. El dulce olor a hierbas inundó sus fosas y esa era la fragancia que quería eternizar en su piel. Llamó como loco y revisó los clósets. Suspiró aliviado al notar todas sus cosas allí.

«Talvez está afuera observando la noche», pensó. Era lo natural cuando ella no se sentía bien. Muchas noches se sentó a su lado con una taza de té y ambos contemplaron la luna en silencio.

Corrió en dirección al patio sin percatarse que solo llevaba su pantalón. Esta vez le tocaría a Sam darle calor, pues él siempre llevaba una manta para ella, puesto que cuando le daba por salir a respirar el sereno de la noche, la muy descuidada no llevaba una ropa fuerte que la protegiese del frío.

Sonrió al saber que pronto estarían abrazados, hablando tonterías o simplemente observando las estrellas.

Una hora de búsqueda en todo el patio y la casa sin resultados provocó que perdiera la cordura. Las sirvientas y trabajadores salieron al patio al escuchar los gritos desesperados de su jefe. Jacqueline corrió en su dirección y le tiró la manta que ella llevaba encima y lo cubrió. Él se abrazó a su cintura y lloró desconsolado por su amada.

Todos se reunieron allí rodeándolos con curiosidad y asombro. Era la primera vez que veían a su señor actuar de forma tan descabellada y expresarse sin ningún tipo de cohibición delante de ellos.

—¡Debo encontrarla! —Se incorporó con premura y Jacqueline lo observó desorbitada—. ¡Necesito que todos busquen a Sam! Ella no debe estar lejos.

Todos asintieron y se esparcieron para buscarla. Unos hombres se acercaron a él.

—Señor, la señorita Sam dejó la hacienda hacen dos horas. Ella nos dijo que usted estaba enterado de que atendería unos pacientes, no dejó que la acompañemos, pues la estaban esperando en la entrada. —El hombre informó y Arthur apretó el borde del cuello de su camisa con violencia.

—¡Dejaron que se fuera sola en la noche! ¡¿De qué me sirven entonces?! —El trabajador estaba estupefacto ante la reacción de su jefe, nunca lo había visto tan fuera de sí. Arthur lo removía con ira, pese al gran tamaño de aquel hombre.

—¡Ya basta, Arthur! —Jacqueline lo empujó y le pegó una cachetada. Él la miró como si quisiera asesinarla y ella sacudió la mano del dolor—. Perdón... —susurró mordiéndose el labio para no reírse, pues el momento no ameritaba tal imprudencia.

—No, está bien. —Arthur secó sus lágrimas y miró a su subordinado con vergüenza—. Perdón, de verdad lo siento mucho. No es su culpa, el único culpable aquí soy yo y ahora Sam corre peligro. Por favor, ayúdenme a encontrarla, ella... —Lágrimas llenaron sus ojos—. Ella es un pedazo de mí, si le llega a pasar algo, estaré mutilado de por vida.

Ellos asintieron comprensivos y se marcharon a planear la búsqueda. Arthur corrió y se adentró a la casa. En tiempo récord terminó de vestirse y se unió a los demás.

El sol se puso y luego llegó la mañana. La tarde estaba por terminar y Arthur seguía buscando.

—Debe regresar, comer y descansar. —Samuel trataba de convencerlo, pero él se negaba.

—Arthur, deja de ser tan exagerado y regresa a la hacienda. Sam sabe cómo cuidarse, si sigues en ese plan te vas a enfermar —Anabela espetó incómoda.

—¿Qué acabas de decir? —Arthur se acercó amenazante.

—Que dejes de hacerte daño por una mujer que te abandonó. —Ella lo confrontó—. ¿Crees que está bien rebajarte?

Samuel tuvo que agarrarlo junto a otro de los trabajadores para que él no cometiera una locura.

—¡No hables de lo que no sabes, Anabela! —Arthur estalló rojo de la ira—. ¡Es mi maldita culpa! —Todos agrandaron los ojos al escucharlo. Jacqueline hizo un asentimiento y una mujer se acercó con una jeringa sin que Arthur la notara, fue así como él fue dormido y llevado a la hacienda.

Arthur se despertó con agotamiento y dolor de cabeza.

—Bien, es hora de tu baño. —Jacqueline anunció mostrándole una toalla a un confundido Arthur.

—¿Qué me hicieron? —Trató de incorporarse, pero se sentía muy débil.

—Te pusimos a dormir y hace un momento una enfermera te sedó. Así podré bañarte y darte de comer sin muchos problemas.

—¿Qué? Debo buscar a Sam, estoy perdiendo el tiempo ahora mismo —replicó.

—Si quieres encontrarla deberás cuidarte, recuerda que traerla de vuelta no es el único problema que tienen.

—No me importa, necesito encontrarla.

—Ella está siendo buscada y tú te vas a bañar y a comer. —Jacqueline insistió. Arthur suspiró con resignación, sabía que esa batalla no la ganaría él y mientras más rápido cedía, era menos tiempo que perdía para buscar a Sam.

Después de bañarse, comer y dormir un poco más, Arthur se unió a sus hombres en la búsqueda.

(…)

—Me encantas, Ana. —Samuel la besó con euforia, pero ella se apartó, era obvio que algo la estaba molestando.

—Yo... no estoy de humor para esto, estoy preocupada por Arthur. Sabes que él es como un hermano para mí y no soporto que lo hagan sufrir.

—No te preocupes por él, encontraremos a Sam. —Samuel acarició su mejilla.

—Ese es el problema... —Lo miró con preocupación en sus orbes miel—. No creo que él deba encontrarla. Ella lo está consumiendo poco a poco, además si lo abandonó es porque no lo ama.

—No es así, es más complicado que eso, Anabela. —La miró desconcertado.

—No te entiendo. —Ella hizo un mohín.

—Te voy a contar lo que sucede, pero es un secreto. Te lo diré porque sé que amas mucho a Arthur y serías incapaz de hacerle daño.

(...)

—Bien, Anabela. —Jacqueline se posó frente a ella amenazante—. Dime la verdad, ¿cuál es la razón de estar con Samuel?

—¿De qué hablas? Samuel y yo nos queremos, por más que te duela, él solo tiene ojos para mí —respondió con una sonrisa de satisfacción.

—Unjú... —Jacqueline se cruzó de brazos—. Ahora dime la verdad, porque hasta donde yo tenía entendido, siempre has estado obsesionada con Arthur. Que él sea un ingenuo y no se percate de tu interés es otra cosa; pero a mí no me engañas con: "lo quiero como a un hermano". ¿Qué es lo que pretendes, Anabela?

—¡Eres una víbora de lo peor! —Anabela se le posó en frente desafiante—. Claro, como te gusta Samuel, te inventas cualquier tontería para sabotear nuestra relación. La única que estuvo interesada en Arthur fuiste tú, por eso te involucraste en la dichosa alianza y convenciste a su padre del compromiso. Pero de buenas a primera te interesaste en Samuel, después de que te le ofrecieras como lo zorra que eres. A mí no me engañas con tus palabrerías baratas ni tampoco me vas a confundir con tus manipulaciones.

—Estás enferma. —Jacqueline sacudió su cabeza con ironía—. Solo espero que Samuel y Arthur abran los ojos a tiempo, no sé qué rayos planeas, pero te estaré vigilando.

Anabela rodó los ojos y se alejó de ella.

Arthur entró a su habitación y al cerrar la puerta, recordó algo.

—¡La carta! —Buscó desesperado en toda la habitación, tal vez aquello podría darle una pista de dónde encontrarla.