Chapter 78: El velo 24

Sam se quedó dormida después de tanto llorar. Se despertó más tarde de lo regular y su reflejo en el espejo era espantoso, por lo menos podría cubrirlo con su velo. Temía salir y ver a Arthur, pero al mismo tiempo quería tenerlo en frente, abrazarlo y explicarle por qué huyó de su esposo.

Salió cabizbaja y entró a la cocina, se sintió juzgada y avergonzada al instante, aunque nadie sabía lo que había sucedido. Se sentó con timidez y los ojos preocupados la traspasaban.

—¿Estás bien? —Jacqueline la abordó—. Te ves pálida y tus ojos están hinchados. Dime si debo ir a regañar a Arthur. ¿Se pelearon? Él salió muy temprano con un humor de los mil demonios.

Sam carraspeó, pues el habla no le salía.

—No, él no me ha hecho nada. —Trató de no llorar, pese al escozor que tenía en los ojos. Se sentía fatal y no sabía cómo remediar las cosas entre ellos. Le dolía hacerle daño, si tan solo su hubiese marchado antes…

¿Por qué fue tan débil en aceptar empezar una relación con él?

—Tú me dices y yo le halo las orejas. —Jacqueline le guiñó un ojo.

Sam no pudo pasar el desayuno y decidió ir por Arthur para pedirle perdón. Lo buscó en toda la hacienda, pero no lo encontró. Se dirigió a los terrenos lejanos donde estaban los agricultores, tal vez se encontraba examinando la siembra.

—Buenos días, señorita. —Los trabajadores la saludaron con calidez y ella les devolvió el saludo.

—¿H-Han visto a Arthur? —No pudo evitar tartamudear, pues estaba muy nerviosa.

—Él estuvo por aquí, pero hace un rato se marchó. —Uno de ellos respondió y ella asintió decepcionada.

Así se pasó el día, buscando a Arthur.

Entró a su habitación y se acostó sobre la cama en posición fetal. Sus lágrimas salieron con libertad al fin y ella se arrancó el velo con rabia.

—¿Dónde estás, Arthur?

(...)

Jacqueline se estaba bañando en el río, disfrutando de las frescas aguas temprano en la mañana. No se atrevió a ir a la cocina y encontrarse con Anabela, simplemente no la soportaba. Entendía que estuviera traumada y que nadie se merecía vivir aquella tragedia que ella experimentó, pero eso no le daba el derecho de jugar con los sentimientos de Samuel.

—¡Estúpida, egoísta! ¡Egocéntrica inmadura! ¿Por qué no lo dejas en paz? —Golpeaba el agua con rabia y sus lágrimas se mezclaban con esta.

Se espantó al percatarse de que no estaba sola, salió del río y se cubrió con una manta.

—¿Jacqueline? ¿Qué haces aquí? —Samuel inquirió con el ceño fruncido.

—Creo que es muy obvio. —Ella entornó los ojos y él suspiró.

—Me refiero a estar bañándote tan temprano en el río. Estos terrenos son muy alejados, no está bien que andes por aquí sola.

—No tienes que fingir que te preocupas por mí. No me debes nada, Samuel. —Recogió su ropa y empezó a vestirse. El grandulón no dejaba de mirar cómo iba cubriendo cada curva que él una vez degustó.

—No finjo nada. No entiendo tu berrinche.

—La única que se la pasa haciendo berrinches es tu noviecita. No sé cómo la soportas —masculló lo último, pero él la escuchó.

—No te entiendo. —Él negó divertido—. Dijiste que solo era sexo, una diversión momentánea. Te largas por todo este tiempo y ahora me haces una escena de celos porque estoy con la mujer que amo. Tú misma me aconsejaste que tomara una decisión.

—En primer lugar, yo no te estoy haciendo ninguna escena de celos. En segundo, me fui porque lo nuestro se estaba saliendo de control y necesitaba tiempo. Y, por último, ¿estás seguro de que la amas?

Samuel rio con sorna.

—¡Claro que la amo! Siempre lo he hecho.

—Si siempre la has amado, ¿por qué te acostaste conmigo?

—Tú te me lanzaste —se excusó.

—Y tú muy bien que me pene... —Samuel tapó su boca, pues no soportaba que fuera tan vulgar.

Ella lo empujó airada.

—¿Sabes? Arthur y yo tuvimos una amistad un poco cercana cuando su padre aún vivía. Nos besábamos y tocábamos. Cuando el señor Connovan murió, Arthur se afianzó más a sus creencias y principios y yo me volví más liberal, sin embargo, de vez en cuando nos besábamos. Todo eso cambió cuando él se reencontró con Sam.

Ella hizo una pausa, puso sus manos sobre su cintura y prosiguió:

—Arthur evadía mis muestras de cariño. Después del compromiso intenté seducirlo, pues si nos íbamos a casar, debía probar el paquete, ¿no?

Samuel entornó los ojos y ella sonrió con picardía.

—Su comportamiento distante y su rechazo me hicieron sospechar. Lo observaba cuando trataba de disimular la alegría de verla, de cómo ambos se inhibían delante de todos. Arthur solo tenía ojos para ella, Sam captaba su atención con tan solo respirar. Cuando fuimos atacados, Arthur corrió hacia ella, la protegió hasta de su tontería. Él desnudó su torso frente a todos para cubrir su rostro. Te puedo asegurar que Arthur ama a Sam y estoy convencida de que él no se acostaría con otra mujer, aunque esta se le ofreciese.

—No puedes comparar. Ellos son pareja, Anabela me rechazaba.

—Arthur y Sam no eran pareja cuando yo me le insinué. —Jacqueline contraatacó.

—¿Cuál es tu punto? No me interesas si es lo que insinúas.

Jacqueline sintió como su pecho se contraía y un dolor desgarrador la azotaba. Sabía que él no la quería, pero escucharlo de sus labios era muy doloroso.

—Lo sé. —Ella esbozó una sonrisa falsa—. Entiendo que solo fui un desahogo y que te repugnaba cuando terminábamos de intimar. Sentía tu rechazo y cómo te alejabas de mí sin ningún disimulo. No espero nada de ti, Samuel; pero creo que te estás engañando a ti mismo y ella también lo hace. Esa niña no te quiere, solo busca sentirse bien consigo misma.

—¡Eso no es cierto! —Samuel alzó la voz y ella mordió su labio inferior de la impotencia—. ¡Eres una arpía venenosa! Solo quieres meter cizaña para separarnos.

—¡Eres un idiota! —Negó divertida—. Si tan seguro estás, ¿por qué te alteras? —Pasó por su lado fingiendo una sonrisa, pero al alejarse, las lágrimas salieron con libertad. No debería importarle, él era adulto y dueño de sus actos; pero ¿por qué le preocupaba tanto su bienestar?

(...)

Jacqueline observaba un pequeño estanque que había en unos de los patios de la hacienda, sentada en un banco blanco, sumida en sus más profundos pensamientos.

—¿Mal de amores? —Ella casi salta del espanto. Arthur se sentó a su lado y suspiró angustiado.

—¿Qué sucede con Sam? —cambió el tema.

—Necesito tu ayuda, sé que estás ocupada con lo de tu mudanza y la compra de la hacienda, pero necesito que te comuniques con tu amigo y prepares su viaje, por favor. También..., necesito contarte algo y que me des tu punto de vista, te necesito Jacqueline, me siento perdido y por primera vez no sé qué hacer.

—Me estás preocupando. —Puso un dedo sobre sus labios—. Tengo muchos amigos, Arthur, debes ser más específico.

—Me refiero a Luis y su hermano. Es mejor que vengan los dos.

—¿En qué te metiste ahora? —Ella lo observó con preocupación.

—De eso te voy a hablar. —Suspiró—. He estado investigando sobre Daniel White y Samay Fraga..., ellos son esposos y tienen varias acusaciones en su contra, casos pendientes con la justicia. Él se ha mantenido huyendo de región en región y haciendo sobornos. Ella simplemente desapareció y nadie ha dado con su paradero.

—¿Y eso en qué te afecta? —cuestionó confundida.

—Jacqueline, la mujer que amo es ella. Sam es Samay Fraga y está casada con ese delincuente. —Lágrimas mojaron sus mejillas.

(...)

—¿Han visto a Arthur? —Sam preguntó desesperada. Era el tercer día después del incidente y ella no lo había visto. Entendía que él necesitaba estar solo y pensar en lo que sucedió, pero ella quería explicarle; lo extrañaba y necesitaba verlo.

—Vamos a hablar. —Jacqueline la agarró por el brazo ante las miradas confusas de todos en la cocina, se la llevó a su habitación y cerró con sigilo.

—¿Sabes dónde está Arthur? —La desesperación se reflejaba al hablar.

—Ayer salió temprano a hacer unas investigaciones y se tomará unos días más. —Jacqueline respondió mirándola con recelo y tratando de ver alguna respuesta en ella.

—Necesito verlo...

—¿Qué sucedió? ¿Por qué escapaste de tu esposo? —Jacqueline fue directa y sin rodeos.

—Es difícil hablar de eso, el simple recuerdo me altera. Quiero superarlo, pero no sé cómo. —Lágrimas salieron—. Trato de ser fuerte y quisiera contarle todo a Arthur, sin embargo, soy muy cobarde. Arthur es tan correcto, ha tenido una buena vida y es tan lindo. Yo soy tan diferente… ¿Cómo le decía todo aquello? Temo que me vea como algo insignificante.

Jacqueline luchó con el ardor en los ojos; la tristeza, la impotencia y el miedo que Sam transmitía le estaba afectando.

—Puedes confiar en mí, Sam —puso su mano sobre la de ella—, no voy a juzgarte ni a menospreciarte.

—Tengo miedo… —Se abrazó a sí misma—. Quiero escapar de lo que viví, hacer como si nunca sucedió.

—Eso no te ha ayudado, entonces, creo que debes enfrentarlo. No te voy a presionar, esperaré a que estés lista. Pero Sam, Arthur está en tremendo lío, si esas personas se enteran de que eres casada...

—Lo sé. No te preocupes, lo arreglaré. —Se puso de pie dispuesta a dejar la habitación, pero Jacqueline la agarró por el brazo.

—Arthur está buscando la manera de arreglarlo, solo haz lo que yo te diga hasta que él regrese.

—Haré lo necesario para que él no tenga más problemas —respondió con tristeza.

—Por favor, limítate a hacer lo que te diga. —Jacqueline insistió—. Sam, no cometas una estupidez —advirtió. Sam salió del dormitorio y se dirigió a su habitación.

Había anochecido y ella escuchó voces en el pasillo. Medio abrió la puerta y su corazón palpitó con intensidad al ver a Arthur. La cerró de golpe y se recostó de la fría madera. Él se veía tan cansado y triste. Abrió con rapidez y lo llamó, él se volteó e hizo una mueca, se quedó observándola en silencio.

—Arthur... —balbuceó con nerviosismo.

—Estoy cansado, hablamos mañana —respondió con frialdad.

—No te quitaré mucho tiempo, yo... lo siento. —Bajó el rostro y él sonrió con amargura.

—¡Lo sientes! —Negó con rabia—. ¡Qué cínica eres! No confío en ti, Sam. No entiendo tus razones para hacerme creer que me amabas, pero me has jodido la vida. ¡Aléjate de mí! No quiero que me dirijas la palabra, por lo menos no por ahora. Necesito pensar y asimilar que no puedo estar contigo, que me usaste para ocultarte porque huyes de la justicia.

—¡No es cierto! ¡Yo nunca te usé! ¿Y cómo sabes que huyo de la justicia? —Sus lágrimas eran como torrentes y la vergüenza la consumía.

Arthur rio sin gracia ante su confesión. Lo que investigó era cierto. Ella estaba huyendo por sus crímenes, por eso usaba el velo y no por su cicatriz como quiso hacerle creer.

—Gracias por confirmarlo, hablamos cuando tu presencia deje de asquearme. —Se arrepintió al instante por hablarle de esa manera, sin embargo, optó por cerrar la habitación de un portazo violento.

Sam cayó en el suelo con llantos desesperados. Le dolía su rechazo, su mirada de desprecio, sus palabras hirientes; le dolía amarlo tanto y no poder estar con él.

Ella entró a la habitación temblando, iba a recoger su ropa, pero recordó que todo lo había comprado Arthur. No se llevaría nada, no se lo merecía. Tomó un papel y un lapicero, y derramó su corazón sobre aquella nota. Escribió lo que su boca se negaba a expresar, esos secretos que no podía decir en voz alta porque simplemente las palabras no le salían.

Dejó la habitación con sigilo y se paró frente al dormitorio de Arthur, se arrodilló y tiró la carta por la rendija de la puerta, suspiró y ahogó el llanto que quería salir.

Se dirigió fuera de la casa y cuando iba a dejar la salida, uno de los que aguardaban la hacienda se le acercó.

—¿Va a salir, señorita Sam?

—Sí. Iré a ver a un paciente.

—¿Irá sola? —Él la interrogó suspicaz.

—No. Me esperan en la entrada de la hacienda —respondió ocultando su nerviosismo.

—La acompaño, entonces. —El hombre se ofreció.

—No es necesario, esperan por mí. Continúe con su guardia y permita que los demás abran los portones para mí.

—Pero... —musitó no muy seguro.

—¿Cree que Arthur me dejaría salir sola? Él ya está enterado, no se preocupe por mí, más bien, ábrame los portones, por favor.

El hombre dio la orden y las puertas se abrieron. Sam agradeció y salió a toda prisa. Corrió cuando se vio fuera de la hacienda y se perdió entre los árboles.