El velo 23
Un beso tras otro…
Estaba sorprendido, pero no iba a desaprovechar el momento haciendo preguntas, aunque algo faltaba...
—Samuel... —Anabela se distanció agitada—. Quiero que lleguemos a algo más que una amistad.
Él se quedó petrificado. ¿Acaso estaba soñando?
—¡Por supuesto! —se apresuró en responder—. Sabes que eres especial para mí y es lo que más deseo.
Un beso selló el comienzo de su relación.
Jacqueline daba vueltas en la cama. Se sentía tonta, no entendía aquel enojo, aquel dolor.
—Él fue solo sexo —se repitió por tercera vez—. Ya tomó su decisión, él se lo pierde. —Trataba de convencerse a sí misma, aunque la sensación de tristeza e impotencia eran más fuertes. ¿Por qué se sentía usada?
(...)
Sam se devolvió con prisa, jaló a Arthur con brusquedad y lo miró con nerviosismo.
—Quiero irme. —Tanto su voz como su cuerpo temblaban. Él la observó con preocupación, pues su comportamiento era igual a cuando le daban las crisis.
—Claro que sí, pero cálmate. ¿Sucedió algo? —Tomó sus manos frías y temblorosas y ella lo miró con ruego.
—Vámonos, por favor —pidió con ojos llorosos y él asintió. Entrelazó sus manos y se dirigió hacia el amigo de su padre.
—Antón, muchas gracias por la invitación. Ha sido una hermosa velada, pero mi novia está indispuesta, así que tendremos que marcharnos —se disculpó con el anfitrión. Este asintió comprensivo.
—Gracias a ustedes por venir, Arthur. Ve y atiende a tu novia, no sabes cuánto me alegro de que hayas conseguido una buena mujer, eso escasea en estos tiempos. —El señor sonrió amablemente. Arthur iba a dar la vuelta para marcharse cuando varias personas se acercaron.
—¡Mis más cordiales saludos, señor Antón Dars! —Esa voz. Sam se refugió en los brazos de Arthur por inercia, quien entendió que debía sacarla de allí cuanto antes.
—¡Arthur Connovan! —El señor Delton lo nombró con obvia hipocresía—. Presentaste tu novia a todos, menos a mí.
—Disculpe mi descortesía, pero debo irme ya —respondió de mala gana.
—¿Arthur Connovan? —Daniel lo miró a los ojos con una sonrisa retorcida. Ese era el hombre de quien sus nuevos amigos le habían hablado—. He escuchado mucho sobre usted, de cómo lucha en contra de la corrupción en este lugar. Soy Daniel White, amigo de los Delton y nuevo habitante de este pueblo.
Arthur agrandó los ojos. Daniel White es de quien Samuel le había hablado, el ex esposo de Samay Fraga, aquella mujer que tanto lo intrigaba.
—Es un placer conocerlo, señor White. —Ambos apretaron manos en un "cordial" saludo, mientras se miraban con intriga y suspicacia.
—¿Quién es la hermosa mujer a su lado? —inquirió posando su atención sobre Sam, quien se hundió más en Arthur.
—Es mi novia Sam —la presentó con recelo. Daniel se quedó observándola con curiosidad, pues esos ojos los reconocería donde sea.
—Disculpe mi descortesía, pero ¿por qué su novia usa un velo? ¿Qué es lo oculta bajo esa tela? —Daniel preguntó con tono burlón y los temblores de Sam aumentaron.
Ella apretó a Arthur y ocultó su rostro en su pecho. Sabía que su acción sería mal vista, pero ya no estaba razonando. Era él, su esposo. El hombre que tanto daño le hizo, de quién tuvo que escapar para salvar su vida, el hombre culpable de la pérdida de su bebé.
Sam miró a Arthur con ruego y este entendió que ella necesitaba salir de allí cuanto antes.
—Si me disculpan, nosotros nos retiramos. —Arthur anunció y Daniel sonrió sin quitar la mirada de Sam.
—Pero si la fiesta apenas comienza. Mejor bebamos un par de tragos y así nos conocemos, como ente importante de esta región, me es bueno relacionarme con las personas que tanto influyen en aquí. —Daniel pidió sin quitar su mirada divertida de Sam.
—Será en otra ocasión, mi novia está indispuesta y debemos regresar. —Arthur respondió medio incómodo. No le gustaba ese hombre, como tampoco le agradaba que fuera amigo de los Delton y Jones, era obvio que era parte de sus turbios negocios.
—Por cierto, no respondió mi pregunta. —Daniel atacó.
—Es una pregunta privada, señor White. Solo Usted ha tenido la descortesía de preguntar sobre el velo de mi novia, es una costumbre en su país —mintió para salir del paso.
—Oh... Entonces ella es de los países que están del otro lado del océano. —Daniel ironizó—. Se fue lejos a buscar esposa, señor Connovan. —Sonrió malicioso—. Por cierto, ¿cuál es el apellido de su novia? ¿Es ella de buena familia?
Arthur empezó a emanar sudor gélido ante el interrogatorio. Los ojos expectantes de los demás lo puso alerta, debía ser cuidadoso con la información, estaba consciente de que sus enemigos buscarían cualquier excusa para hundirlo.
—Sam Lee. —Ella se apresuró a decir y bajó el rostro como saludo reverencial. Se sentía horrible por Arthur, ya había mentido una vez por ella, sabía que eso lo incomodaba, debía ser fuerte y luchar contra su miedo para poder salir ilesa de aquella fiesta.
—¿Nos conocemos, señorita Lee? —Daniel la miró con sorna y ella tragó pesado.
—N-no lo creo... —tartamudeó con nerviosismo.
—Me recuerda a alguien —dijo con maldad—. ¿Sabían que fui abandonado por mi esposa? Yo le di mi amor y cuidado, pero eso no fue suficiente para ella. Sus ojos me recuerdan a ella, incluso su nombre.
Sam empezó a hiperventilar, por otro lado, Arthur lo miró interesado en el tema.
—¡Eso es horrible! Una mujer se debe a su hogar y marido. —El señor Delton intervino en la conversación, puesto que entendió la indirecta de su nuevo amigo, y la oportunidad de atacar a Arthur no se la perdería ni loco.
—Sí, sufrí mucho su abandono, pero lo entiendo y no la culpo del todo. Ella no estaba bien de la cabeza, tenía alucinaciones y se autolesionaba, luego culpaba a los demás. La traté con varios doctores, pero la sirvienta que estaba a su cuidado dejó de darle sus medicinas por temor a acercarse a ella, fue cuando en su máxima locura me atacó y huyó. Nunca la encontré y me duele, porque aún la amo.
Sam apretó los puños ante su descaro. Quería golpearlo o mejor, matarlo. Lo odiaba con todo su ser y no era justo que otra vez apareciera en su vida para destruirla. ¿Cuántas veces se puede destruir a una persona? Ella lo miró con odio y el escozor en los ojos le indicó que en cualquier momento estallaría. Arthur entendió lo que podía suceder si seguían allí.
—Lamento escuchar lo de su esposa. Disculpen mi descortesía, pero debo irme ya. —Rodeó a Sam con su brazo, dispuesto a salir de allí.
—Señor Connovan, ¿no quiere saber el nombre de mi esposa? —preguntó con todo su veneno y Arthur se volteó para encararlo—. Su nombre es Samay Fraga. Aún aguardo las esperanzas de encontrarla, ella pudo haber tomado otra identidad para huir de las consecuencias que abandonar su hogar le puede traer, pero si un hombre se relaciona con ella, estaría cometiendo un delito, conoce la ley, señor Connovan.
—Es interesante como habla de la ley, señor White. Espero que su comportamiento, pese a su compañía —mencionó mirando al señor Delton—, se rija por los reglamentos, pues, así como se exige que la ley esté a nuestro favor, debemos comportarnos como esta rige. Y una persona no huye de otra sin ninguna razón, aunque no esté bien de la cabeza. Pero me imagino que como hombre honrado y de buenos principios, usted no provocó el escape de su esposa.
Daniel lo miró con odio y ganas de matarlo. Ya no era solo el hecho de que le era tropiezo para sus turbios negocios, estaba casi seguro de que la mujer con el velo era su esposa y no descansaría hasta descubrirlo.
Arthur se despidió y se marchó temeroso de que Sam no soportara la presión y sufriera una crisis. En el vehículo ella estaba recostada sobre él mientras este se sumía en sus meditaciones.
Después de darle un té relajante, Arthur acompañó a Sam a su habitación en un frío silencio, ya en la puerta, él sostuvo su brazo y la miró demandante.
—¿Cuál es tu apellido real? —cuestionó con frialdad.
—Y-yo... —tartamudeó temblorosa. Esta era su oportunidad de sincerarse, pero ¿por qué temía tanto? Lo miró a los ojos con miedo y vergüenza, sabía que después de su confesión, su relación con él terminaría.
—¿Podrías ser sincera conmigo, por favor? —reclamó con decepción en su mirada.
Sam no pudo controlar las lágrimas.
—M-mi nombre es... Samay Fraga y soy la esposa perdida de Daniel White. Escapé de él para salvar mi vida, después de que este me provocara un aborto.
Arthur se quedó sin habla por unos segundos. Lágrimas rodaron por sus mejillas y apretó su cabello por la impotencia.
—¿Quieres decir que aún están casados? ¿Te provocó un aborto? ¿Estabas embarazada? Ahora tu actitud hacia la boda tiene sentido. —Mordió su labio inferior para contener el dolor que sus palabras le provocaban—. ¡Estás casada, maldita sea!
Sam se espantó cuando él subió la voz. No recuerda haberlo escuchado maldecir antes, se sentía culpable de sacar lo peor de él.
—¿Por qué, Sam? —Sus lágrimas le partían el alma—. ¿Por qué dejaste que me ilusionara con una boda que nunca se iba a llevar a cabo? ¿Por qué demonios no me dijiste la verdad? ¿Por qué me hieres de esta manera? Tienes un esposo... —Su voz salió chillona, le dolía tanto que sentía que dejaría de respirar en cualquier momento—. Que tengamos una relación está mal y es penado, podemos ir a la cárcel o ser sancionados, pero lo que en realidad me duele es tu traición. ¿Por qué dejaste que me enamorara de ti? ¿Por qué me hiciste creer que serías mi esposa?
Sam estalló en llanto. No soportaba verlo sufrir y mucho menos ser ella la causante de su dolor. Trató de acercarse, pero él retrocedió, negó indignado y se encerró en su habitación. Sam entró a la de ella y después de cerrar tras sí, gritó su dolor, se arrodilló perdiendo el equilibrio y lloró a gran voz.