El velo 22
Sam fue visitada por los amigos de Arthur, maestros en medicina y drogas. Tomó clases intensivas con ellos, quienes la ayudaron a poner su laboratorio con sus firmas y reconociéndolo ante la ley. Varios meses pasaron y, aunque no lo hacía muy seguido, Sam aún tenía que seguir aprendiendo y su laboratorio ser inspeccionado cada cierto tiempo por expertos. Ella trabajaba junto a un grupo de casi graduados en el área, todos ellos muy buenos y sobresalientes.
Ella se miró en el espejo por última vez y sonrió. Poco a poco había cambiado su forma de vestir y sus compras con Anabela le habían llenado el clóset de vestidos más juveniles y bonitos. Después de aplicarse un lindo labial, puso su velo sobre el rostro, pues solo Arthur tenía el privilegio de verlo.
La velada con su novio fue romántica y especial, Arthur la trataba como si ella fuese una reina y siempre se inventaba una salida para tenerla para él solito.
Bajo la luna, su novio deshacía el labial de su boca. Sus besos eran dulces y atrevidos; Arthur era una combinación entre ternura y pasión, caballerosidad y picardía.
—Estoy ufano de cómo has cambiado y te vas amando y valorando con el tiempo. —Le acarició la mano y dejó un beso corto sobre ella.
—Me has enseñado mucho, Arthur. Has estado conmigo en mi momento más vergonzoso y bajo. La vida me ha recompensado con tu amor... —Hizo pausa y trago pesado.
—Sin embargo... —Él rodeó sus hombros y besó su frente, entendiendo que había una oposición.
—No sé si debas empezar los preparativos de la boda. No te conviene presentarme como tu prometida, Arthur.
—¿Por qué, Sam? ¿Hay algo que debas decirme? —La miró a la expectativa y ella se puso nerviosa.
—No... —Maldijo en sus adentros por ser tan cobarde y no enfrentar la verdad de una buena vez.
—Debes saber, Sam, que haré hasta lo imposible por protegerte, no permitiré que te dañen de nuevo. Amor, debes ser fuerte y afrontar. Puedes confiar en mí, hermosa.
Él acarició sus mejillas con su pulgar y ella se le tiró encima. Se aferró a su cuerpo como aspirando su presencia, lo había decidido. Era mejor dejarlo libre y no perjudicarlo con sus problemas.
(...)
—Hola, Anabela —Samuel se acercó a ella con una canasta de naranjas dulces. Ella la tomó con una sonrisa y él se sonrojó.
—Hola, Samuel.
—¿Vienes del doctor del comportamiento? —preguntó con timidez y ella asintió divertida.
—Sí, vengo de ver al psicólogo.
—Qué bien… —Rascó su nuca y la miró con nerviosismo—. ¿Te gustaría dar un paseo?
Ella asintió. Él corrió a buscar su caballo.
Ambos cabalgaban sobre la hermosa llanura, siendo acariciados por la brisa fresca.
—¡Eres muy buena jinete! —Él se apeó del animal decidido a ayudarla, pero ella saltó con agilidad.
—Siempre te voy a ganar, Samuel —dijo triunfante. Él le extendió la mano, ella se sostuvo y ambos conectaron sus miradas. Caminaron por un largo rato y luego se sentaron sobre un gran risco.
Conversaron de cosas banales, rieron de las anécdotas de Samuel y hablaron un poco sobre el tratamiento de ella.
—Ya me siento mejor conmigo misma y no me dejo acongojar por los sentimientos de culpa.
—No deberías sentirte culpable.
—Lo sé, por eso trato de liberarme de ese sentimiento. Todavía me da vergüenza mirar a las personas a los ojos y no puedo evitar lavarme las manos muy seguido. No dejo de sentirme sucia.
Samuel tomó su mano y la apretó con delicadeza, temía que su bruteza la espantara como casi siempre sucedía.
Ella se perdió en esos ojos pardos que lucían confundidos. Sabía que ella tenía culpa de eso, pues ya él no sabía qué hacer o decir que no la alterase, pero era lindo que, pese a los malos entendidos y su amistad complicada y difícil, él estaba a su lado y su apoyo era reconfortante.
No se percató como sus rostros quedaron tan cerca y sus labios se rozaron. Ella temblaba de los nervios, pues tenía más de un año que no besaba y volver hacerlo la aterrorizaba; sin embargo, deseaba probar los labios de él.
Samuel tomó su nuca con delicadeza y unió sus labios de una manera dulce y sin prisa. Se sorprendió de sí mismo, pues él siempre ha sido puro fuego y sus besos arrebatadores y bruscos. Pero con ella era diferente. La trataba como si fuese un vaso frágil que si no se cuidaba podía romperse en sus manos. Se sentía extasiado y su corazón palpitaba con intensidad, nunca había tenido tantos sentimientos con un beso, era inefable la sensación y estaba seguro de algo: se había enamorado de Anabela.
Con sonrojo y sonrisas tímidas, Samuel y Anabela regresaron a la hacienda. Después de llevar los caballos al establo, decidieron tomar café en la casa de Arthur con él y Sam. Samuel decía tonterías que provocaban carcajadas en ella.
—¡Samuel! —Jacqueline corrió hacia él y se le tiró encima. Besó sus labios como si no hubiera un mañana, mas él se quedó petrificado de la sorpresa, puesto que esta había regresado a su región varios meses atrás y él no supo más de ella.
Anabela bajó el rostro con tristeza, se sentía una tonta en ese momento.
—Los dejo solos para que tengan privacidad —comentó de mala gana y entró a la casa emanando chispas.
—Jacqueline, suéltame. —Samuel recuperó su espacio personal—. ¡Ana, espera! —gritó angustiado. Decidido a ir por ella apresuró el paso, pero la rubia la jaló por el brazo y se le enganchó encima.
—Deja a señorita temperamento explotar sola y vamos a tu cabaña. No te imaginas lo ansiosa que estoy por sentirte dentro de mí.
—¡Qué demonios! ¡Tú debes ser loca! —La ira lo consumía. Por su culpa se arruinó el poco avance que tuvo con Anabela.
—¡Cuida tu forma de hablarme! —Ella contraatacó y el rio con ironía.
—Te desapareces por meses sin dar noticias y ahora vienes como si nada a pedirme sexo. ¡Tú no eres normal!
Ella rodó los ojos.
—Sabes que no puedo ofrecerte más que esto, Samuel.
—Pero yo no quiero solo sexo. Además, todo este tiempo he reflexionado sobre lo que deseo hacer y estoy enamorado de Anabela, yo quiero intentarlo con ella.
—¿Estás seguro? Ella no está en condiciones para satisfacerte. —Se cruzó de brazos.
—¿Solo piensas en sexo? No quiero ser egoísta y pensar solo en mi satisfacción. No voy a ser como ese novio que la abandonó porque no fue lo suficiente hombre para afrontar los retos de su relación.
—Pero ustedes no son más que amigos. No tienes ninguna responsabilidad con ella, Samuel.
—Pero la amo. Quiero estar a su lado sin importar cuan oscura es su situación actual. Si quiero disfrutar de lo bueno, debo estar dispuesto a afrontar lo malo también.
—Bien. Si es tu decisión, la respeto. Me quedaré con el recuerdo, entonces. La pasamos muy rico juntos. —Ella lo besó y abrazó, no entendía el porqué de su tristeza. Él asintió y se fue tras Anabela; entonces, dos lágrimas rodaron por las mejillas rosadas de Jacqueline.
(...)
Arthur jugaba con un lápiz mientras analizaba las palabras de Samuel.
—Entonces no has dado con Julia Rivera. —Arthur confirmó decepcionado.
—No. Se dice que ella dejó la región antes de que Samay Fraga escapara. Escuché sobre un nieto que se mudó a en los montes del Sur, pero ni rastro del chico.
—Hay algo en esta historia que no concuerda. —Arthur mencionó pensativo.
—A mi parecer, hay muchas cosas que no concuerdan. —Samuel caminó en círculos y luego se sentó.
—¿Sabes si Samay Fraga sigue casada con Daniel White? ¿Pudiste investigarlo?
Samuel lo miró suspicaz, no entendía su interés en esa historia. Por más que él buscara ayudar a otros y hacer justicia, en esta ocasión presentía que Arthur tenía otras razones.
—No lo sé, aún. Eso es todo un misterio, pues él pregonaba que Bárbara Fraga era su mujer. Se dice que Daniel se divorció tiempo después, pero para eso debió haber tenido algún contacto con su ex.
—Si eran cómplices pudieron llegar a ese acuerdo o tal vez estén casados aún.
Samuel se encogió de hombros y Arthur se volvió a perder en sus pensamientos. Temía a la verdad, pero al mismo tiempo, necesitaba descartar cualquier vinculación entre Sam y esas personas. Si tan solo ella le hablara de su pasado, él no estaría tan preocupado al respecto.
(...)
Samuel salió del estudio de Arthur y se dirigió a la cocina.
—Toma un poco de té, mi niño. —Nidia le pasó una taza sonriente. Había notado como estaba apoyando a su nieta y ese gesto la llenaba de felicidad; Anabela era su prioridad y deseaba verla casada con un buen hombre.
—¿Qué huele tan bien? —Jacqueline entró a la cocina y Samuel se tensó. Nidia le pasó una taza con la aromática bebida de mala gana. Después de que Samuel se enredó con ella, la señora no la pasaba.
Jacqueline observaba a Samuel en silencio. Los momentos intensos que vivieron meses atrás inundaron su mente y un sentimiento de nostalgia embargó su pecho. Nunca había extrañado a un hombre como a él, esa fue la razón de alejarse por tanto tiempo, sin embargo, su deseo de verlo pudo más que su criterio.
—Abue, los dueños de la hacienda vecina van a vender. ¿Puedes creerlo? —Anabela entró de repente y paró en seco al ver a Samuel y a Jacqueline en la cocina.
—Anabela... —Samuel balbuceó con ojitos brillosos y ella hizo una mueca.
Jacqueline observaba a los tórtolos atenta a sus movimientos y Anabela se acercó a Samuel con flirteo. Decidió dejar sus miedos atrás y dar la pelea, esta vez, no permitiría que Jacqueline lo apartase de ella.
—Samuel, ¿podemos hablar? —preguntó mientras acariciaba su mano con coquetearía y él asintió nervioso y ansioso.
—¡Por supuesto! —Se paró de prisa y se la llevó a rastras. Jacqueline los siguió con la mirada hasta que ellos desaparecieron de su campo de visión, así se mantuvo por unos segundos sumergida en sus pensamientos. Puso su mano sobre su pecho cuando aquella extraña sensación la golpeó de repente. ¿Por qué le dolía tanto?
—Ellos hacen una linda pareja. —Nidia comentó con una sonrisa de satisfacción, sacando a Jacqueline de su ensoñación; ella asintió con desdén y continuó tomando su té. Había algo que no le agradaba sobre esa relación y, aunque reconocía que estaba celosa, aquel sentimiento amargo era más un presentimiento que celos.
(...)
—¿Lista? —Arthur extendió la mano a Sam con esa linda sonrisa que lo caracterizaba. Ella se sostuvo de él y entró al vehículo, el cual consistía en un extraño carruaje arrastrado por caballos. Ambos vestían de forma elegante y estaban bien arreglado, dado que la situación lo ameritaba. Arthur fue invitado a una fiesta de compromiso de la hija de un amigo de su padre y decidió que ese era el momento indicado para presentar a Sam como su futura esposa.
Llegaron al lugar y Sam miraba cada detalle de la ostentosa fiesta con timidez. Todos se le quedaban viendo por el velo en su rostro y se imaginaban que era una habitante de los países del otro lado del océano. Arthur la presentaba como su novia a todos sus conocidos y ella trataba de controlar sus nervios para no avergonzarlo.
—¿Todo bien, hermosa? —Él acarició el manto y ella asintió con un suspiro—. Sé que no te sientes cómoda rodeada de tantas personas desconocidas, pero poco a poco te acostumbrarás.
—¿Por qué me presentaste como tu novia? —Su pregunta fue parecida a un cuestionamiento rudo. Él la miró sorprendido y acarició su cabello.
—Porque eso eres, Sam. ¿Cómo debo presentarte, entonces? —Ella notó enojo en su tono.
—Como una amiga o invitada, no estoy a tu nivel, Arthur. —Miró al suelo con timidez.
—No vuelvas a decir eso jamás, amor. —La abrazó y se quedó con ella atrapada entre sus brazos—. Eres perfecta para mí, deja de pensar tonterías y disfrutemos de la fiesta.
Ella asintió sintiéndose culpable y temerosa de que él se cansara de su actitud negativa, pero era difícil lidiar con sus demonios y sonreír como si todo estuviera bien.
Saludaron y conversaron con más personas y ella pidió permiso para ir al baño, pero se detuvo en seco cuando vio nuevos invitados entrar. Su pulso se aceleró y temblores denotaban su nerviosismo e impresión. Reconocía esos ojos verdes de mirada intensa, esos labios que sonreían con hipocresía y esas manos que tanto la maltrataron. No, eso no estaba pasando. Tenía que salir de allí cuanto antes.