El velo 21
Sus labios se movían a la par y sus lenguas se acariciaban con deseo y delicadeza a la vez. Sus dedos acariciaban la cicatriz en la mejilla de su novia mientras ella jugaba con el lacio cabello de él.
—¿Nadamos? —Arthur rompió el beso y ella sonrió ante su propuesta. Se pararon de la larga tela que yacía sobre la grama y Sam se deshizo de su anticuado vestido quedando con unos pantalones cortos por encima de la rodilla y una blusa ceñida al cuerpo. Arthur la miró con escrutinio por unos segundos y luego se quitó su camisa, dejando su torso desnudo.
—¿Mojarás tu pantalón? —Ella inquirió y él peinó su cabello con las manos.
—Traje otro, hermosa. —Sonrió.
Ambos se metieron al agua y se atacaron con el fresco líquido. Risas y forcejeos se escuchaban en el solitario lugar. Cansados de juguetear nadaron un rato. Sam decidió descansar un poco, así que se recostó de una gran roca que había dentro del río y sobresalía hasta la orilla, cerró los ojos disfrutando de las corrientes alrededor de su cuerpo.
Arthur salió del agua de forma repentina y la acorraló con su cuerpo. Ella lo miró con coquetearía y el besó sus labios con ternura. Un beso lento y lleno de sentimientos, pero Sam quería otra cosa. Lo acercó más tirando de su cabeza y sus cuerpos mojados se pegaron. Él sintió como los pechos de ella se estrujaban contra su torso y su respiración se tornó desordenada.
—Hazme el amor… —Sam pidió con las pupilas dilatadas y voz ronca. Por su parte, Arthur se quedó sin habla y la observaba anonadado.
—Ah... —balbuceó atolondrado, suspiró y negó—. Sabes que no debo... —Rascó su cabeza—. Reconozco que nos hemos pasado de la raya algunas veces, pero no quiero hacer las cosas así, conoces sobre mis creencias, yo... quiero hacerte mi esposa primero.
Sam bajó el rostro con tristeza. Quería saber qué se sentía tener esa intimidad con Arthur.
—Lo siento... Entiendo si no me deseas. —Lágrimas mojaron sus mejillas.
—No he dicho eso, hermosa. —Acarició su rostro—. Me conoces, nunca te mentiría. Te amo y me encantas, deseo hacerte tantas cosas, pero me criaron en la iglesia. Sé que fui travieso cuando era un muchacho, sin embargo, como adulto quiero conducirme de la manera que mi padre me inculcó.
—Entiendo. —Ella esquivó la mirada.
—¿Por qué quieres hacerlo? Yo te deseo porque te amo, pero me temo que tú tienes otras razones. Creo que has sexualizado el afecto; el sexo no es lo único importante en una pareja y eso no define el amor que nos tenemos. No es que no tenga su importancia, sin embargo, no es la intimidad en sí, más bien, es parte de esta. Sam, que yo te toque o te de placer no significa que te ame, y viceversa.
—Si hubieras vivido mi infierno me entenderías. —Ella cubrió su rostro, de momento se sintió expuesta—. Necesito mi velo —dijo con frialdad y se alejó de prisa. Salió del agua y buscó su velo, no llegó a ponérselo debido a que Arthur la abrazó por detrás de repente. Ella se quedó paralizada en su lugar con la tela en la mano.
—Te amo. Eres la persona más importante en mi vida y estoy aquí para ti —susurró sobre su oído y besó la coronilla de su cabeza. Sam rompió en llanto y él la giró para quedar frente a ella y la abrazó.
Sam lloró sobre su pecho por un largo rato.
(...)
—Eres demasiado bueno... —Jacqueline jadeó del placer. Samuel se le apeó de encima y se corrió a la orilla de la cama. Después de estar con ella se sentía culpable y no la quería cerca. La rubia se incorporó y lo observó por un momento.
—Sé que soy solo un polvo, pero disimula un poco. —Ella rio de su propia frase y él hizo una mueca.
—No deberíamos hacer esto, Jacqueline. Tú eres una mujer inteligente, hermosa y preparada. Te estás rebajando con un capataz bruto como yo.
—Es eso lo que me atrae de ti. Esa fuerza salvaje y tu sencillez. Claro, es rico hacerlo contigo, debe ser tu arte innato saber darme tanto placer. Nunca me había gustado un hombre como lo haces tú.
—Lo lamento, pero no siento nada más que una atracción por ti, yo...
—Estás enamorado de Anabela, lo sé.
Samuel se sonrojó.
—Perdón por esto, pero refiero ser sincero.
—Y lo agradezco. —La rubia se puso de pie y buscó su ropa—. Ella debe sentir algo por ti, se la pasa celosa. ¿Recuerdas cómo nos atacó?
—Me confunde su comportamiento, me cela, pero no me acepta. Esa niña es muy complicada, creo que soy muy bruto y no sé cómo abordarla sin asustarla.
—Es que eres muy apasionado, lindura. Ella está traumatizada y debes sopesar si lo que sientes por ella es tan grande para involucrarte en eso. Será complicado y frustrante, tendrías que tenerle mucha paciencia. ¿Estás dispuesto a eso? Podrías dejar las cosas como están y seguir divirtiéndonos. Tú decides, cariño. Pero debes saber que, si escoges tener algo con ella, tú y yo dejamos de coger. No me acuesto con hombres atados a una relación.
—Creo que debemos parar nuestros encuentros, aunque esté solo. No me siento bien haciendo esto.
—No me pareció ser así hace un momento —comentó con picardía y él suspiró. Ella le tiró un beso al aire antes de salir de la cabaña.
—Hola, Anabela. —Jacqueline la saludó con una sonrisa al encontrarse con ella en la entrada.
—Hola, Jacqueline —respondió en un hilo de voz al entender de dónde venía la rubia.
—¿Vas a visitar a Samuel?
—No... Pasaba por aquí, estaba visitando a Cándida, que vive cerca.
—Bueno —musitó y se marchó. Anabela se quedó mirando la cabaña con asco, le molestaba lo que ellos hacían; sin embargo, no tenía derecho a reclamar. Suspiró con tristeza y se alejó cabizbaja.
(...)
—Entonces nos mudaremos en las regiones que están en el norte. —Bárbara mencionó emocionada, pues le gustaba conocer nuevos lugares.
—Sí. Antes de que se nos acabe el dinero y no nos podamos dar la vida que tanto nos gusta. Haremos negocios con unos amigos, ya tengo todo listo e incluso hice una buena inversión. —Sonrió de lado.
—Espero que esta vez nos vaya bien y no perdamos más dinero. —Bárbara arrugó el rostro y él tomó un sorbo de su whisky.
—Haremos negocios con personas poderosas, cariño. Eso sí, en esa región serás mi dama de compañía y tendrás que contentar a unos amigos.
Bárbara asintió con tristeza. Odiaba tener que acostarse con otros hombres, pero amaba a su marido y haría lo que fuese necesario para retenerlo a su lado.
—¿Cuándo me presentarás ante todos como esposa? ¿Por qué no me das mi lugar? —se quejó con lágrimas en los ojos.
—Tengo una esposa ya. Es todo lo que puedo darte, cariño.
—Ella te abandonó y yo estoy aquí contigo.
—Sí, pero ante la ley ella es mi mujer. ¿Cómo casarme si ya estoy casado? Sabes que la bigamia es un delito, así como lo es acostarse con la mujer de otro.
—Creo que esa es una de las razones por la que no te casas conmigo, para poder compartirme.
—¿Eres idiota o te haces? —Entornó los ojos—. Yo no cumplo la ley y creo que eso lo tienes claro; pero no me puedo casar, aunque intentara romper ese reglamento. Sabes que ante el registro civil estoy casado con Samay Fraga.