El velo 20
Frotaba su pequeña barriga con temor y lágrimas en sus ojos. Tenía cuatro meses de embarazo y su peso era muy bajo. Temía por su bebé y las consecuencias que su mala alimentación, el maltrato, la falta de chequeo médico y la forma tan precaria en la que vivía le podían traer a su criatura. Sabía que su barriga debía estar un poco más grande, entendía que muchas primerizas no hacían grandes panzas, pero era consciente de que en ella influía la desnutrición y la anemia.
Como animal peligroso, estaba encerrada en un pequeño y sucio cuarto cerca de los establos. Sin cama ni muebles, solo paja y un plato sin lavar donde le echaban mala comida una vez al día. Tenía que sobrevivir y ser fuerte por su hijo o hija. Temía el no poder parir a su bebé o que se muriera en cualquier momento.
—Debemos escapar. —Sollozaba acariciando su diminuta pancita, lágrimas salían de sus ojos y sus manos temblaban del hambre.
Sam limpió sus lágrimas al recordar aquello. Ese dolor en el pecho, ese vacío, la culpa y la impotencia la atacaban sin piedad. ¿Se había olvidado Dios de ella? Negó mientras secaba sus lágrimas, tal vez era muy poca cosa para que un creador soberano se tomara su valioso tiempo en ella.
Se lavó la cara y colocó el velo sobre su rostro, salió a la cocina y saludó a Nidia. La señora le sonrió como siempre lo hacía y le pasó una taza de café. Sam se sentía bien acogida en la hacienda. El cariño, las sonrisas sinceras y las divertidas conversaciones la hacían olvidar su realidad y le daba esperanzas de un nuevo comienzo y la probabilidad de ser feliz.
—Gracias —respondió al gesto de Nidia, quien se sentó a su lado, puso su mano sobre la de ella y la miró con ruego.
—No le hagas daño. —Sam agrandó los ojos ante el pedido de la anciana—. Arthur es un buen hombre y muchas veces pasa por ingenuo. Por más fuerte, calculador e imponente que lo veas, él es un inocente muchacho que cree que con buenas intenciones se puede lograr lo imposible. Él te ama de verdad y temo que lo hagas sufrir. —La señora la detiene cuando ella intenta replicar, por lo tanto, Sam la escucha en silencio—. Sé que tú también lo quieres, sin embargo, no has sido honesta con él y lo estás ilusionando. ¿Cuáles son tus planes?
Sam se quedó pasmada y una sensación gélida se posó en su pecho.
—Yo... —Jugó con sus dedos—. Trataré de ser sincera con él y no lo voy a ilusionar más. —Respiró hondo y sus ojos ardían. Nidia se levantó de la mesa y empezó a lavar los trastes.
—Eso espero —masculló.
(...)
La defensa atacaba a Anabela sin piedad y ella miraba a Arthur como cachorro perdido. Él le sonrió para darle fuerzas y apoyo desde su asiento, ella suspiró y respondió a las preguntas distorsionadas y venenosas del abogado, airosa.
—Todo está a nuestro favor, preciosa. —Arthur abrazó a Anabela. Los tres estaban en un restaurante esperando su almuerzo. Se habían pasado toda la mañana en la corte.
—Eso espero. —Ella se encogió de hombros—. Debemos estar atentos y ser cuidadosos, esa gente es peligrosa y no se quedará de brazos cruzados, Arthur.
Él suspiró y asintió.
—Tienes razón. —Jacqueline secundó—. Debemos estar preparados para la revancha o un atentado.
—No se preocupen, tengo todo bajo control. —Él aseguró frotando los hombros de Anabela.
Los días pasaron y Henry fue condenado, no solo por irrumpir en los terrenos y atacar a las chicas, otros casos salieron a flote y mujeres de diferentes lugares decidieron enfrentarlo y confesar lo que él les había hecho. Asesinatos y fraudes salieron a la luz por las investigaciones de Arthur y su equipo, así como los testigos de la violación hacia Anabela.
—¿Cómo se siente la victoria? —Arthur le preguntó con alegría y ella sonrió.
—Me siento tranquila. Trato de ser fuerte, pero el saber que ese tipo andaba por ahí como si nada después de lo que me hizo, me ponía nerviosa. Siempre temía que aquello se repitiera y desde aquel día me he sentido insegura. —Se abrazó a sí misma.
—Lo sé, Ana. Pero ya ese hombre no volverá a hacerte daño. Es hora de superarlo y continuar, debes abrirte y darte una oportunidad.
Anabela entendió sus palabras, pero aún no se sentía capaz de no ver intenciones malignas en los hombres. Le era difícil volver a confiar en sí misma y su capacidad de defenderse. Todavía se sentía sucia y avergonzada, aún caminaba por las calles con la mirada en el suelo, sintiéndose menos que las demás mujeres y culpable por percibirse sin dignidad y valor.
Con algarabía y celebraciones, las personas de la hacienda recibieron a Arthur, Anabela y Jacqueline.
Sam corrió desesperada y se le tiró encima a su amado novio. Cinco días se sintieron una eternidad.
—¡Te extrañé tanto! —Ella se aferró a su pecho y disfrutaba todos los besos torpes que él repartía sobre su rostro y manos.
—Yo también te extrañé, hermosa. —La cargó, mas ella se removía carcajeando. Arthur la devolvió al tosco suelo y se puso a espaldas de ella. Sam lo miró con duda al entender su pedido y sus mejillas se sonrojaron, pero accedió. Se montó sobre su espalda y él sostuvo sus piernas que quedaron descubiertas cuando el largo vestido se rodó. Entró a la casa con ella sobre su espalda entre risas. Subieron a la habitación de él y cuando cerraron la puerta, Sam se apeó y se posó frente a Arthur, quien la atrajo hacia él con prisa y le quitó el velo con ansias.
Sus labios se unieron con desesperación y necesidad. Ella puso sus manos sobre las mejillas de él y Arthur rompió el contacto de sus bocas y la miró a los ojos con ojitos brillosos.
—¿Por qué me gustas tanto? Dime, hermosa. ¿Qué fue lo que me hiciste que no dejo de pensar en ti? —Volvió a besarla. Sam no pudo evitar sus lágrimas, parecía un hermoso sueño que un hombre como Arthur le mostrara tanto amor. ¡Si tan solo lo hubiera conocido antes! ¿Por qué su felicidad no podía ser completa y sin remordimientos?
—Arthur, te amo mucho. Nunca dudes de mis sentimientos por ti.
Él limpió sus lágrimas y le sonrió.
—Nunca dudaré, hermosa. Tú tampoco dudes de mi amor por ti. Quiero que seas mi esposa, despertar a tu lado cada mañana, hacerte el amor todas las noches y que cargues a nuestros hijos en tu lindo vientre. Eres la mujer de mi vida.
Sam lloró. Lo abrazó con fuerza y se derramó en llanto sobre su pecho, Arthur acarició su cabello confundido. ¿Acaso dijo algo malo?
(...)
—¿Me extrañaste, guapo? Porque yo no veía la hora de volver a verte, mi cuerpo te reclama, Samuel. —Jacqueline cubrió el cuello del grandulón con sus brazos, pero tuvo que estirarse, entonces Samuel la cargó y ella envolvió la cintura de él con sus piernas y devoró su boca con pasión.
—¡Oh! ¡Perdón! —Samuel se quitó a Jacqueline espantado cuando vio a Anabela en la entrada del establo con la cara pálida.
—Está bien —Jacqueline se acercó a la salida—. Ya tendremos tiempo para hacer nuestras cochinadas —dijo triunfante, le guiñó un ojo a Samuel y salió con una sonrisa de satisfacción en el rostro.
—Anabela, yo no tengo nada con Jacqueline... Ella solo es...
«Un revolcón», ella pensó.
—No es mi asunto lo que sea que tengas con ella. Yo lamento la interrupción, solo vine por mi caballo.
Anabela se dirigió al animal y Samuel la jaló por el brazo.
—Me gustas tú. —La pegó contra la pared acorralándola con su cuerpo.
Recuerdos la golpearon de repente. Miró los brazos fuertes que le servían de barrera y empezó a hiperventilar, sus manos temblaban y sudores fríos emanaban de su piel.
Rememoró el momento en que aquel rubio la acorralaba en ese mismo establo, de sus gritos desesperados, de la burla de los hombres de él, quienes eran testigos de su vergüenza.
Samuel se apartó al percatarse de que la estaba asustando.
—Perdón, yo... ¡Lo siento tanto! —No sabía si tocarla, acercarse o alejarse más. Anabela rompió en llanto y se sentó sobre el suelo.
—Necesito estar sola. —Corrió fuera del establo avergonzada y alterada. Era obvio que nunca más volvería a confiar en un hombre.