El velo 19
Anabela escuchaba a Arthur avergonzada. Después de la cena, él se sentó junto a ella en una parte solitaria del patio para conversar sobre su comportamiento de la mañana.
—Lo sé y estoy muy apenada. —Ella miró las estrellas, sonrojada—. Les pediré perdón antes de partir, lo prometo.
—Bien, preciosa. —Él la abrazó—. Pero me preocupas, ¿acaso te interesa Samuel?
Ella suspiró y mordió su labio inferior.
—No lo sé... Cuando Iván me dejó, él se me acercó y fue muy lindo. Luego se alejó y me evadía, yo ignoré el asunto, pues estaba muy herida. Sabes lo mucho que amé a Iván, teníamos tres años de noviazgo y pronto íbamos a casarnos.
—Sí, lo sé. El muy tonto se casó con la hija de Román.
—Esa mujer siempre le tiró el ojo, su boda repentina me pareció extraño, una cosa era que me dejara por lo que me hizo Henry, y otra que se casara con esa mujer de la nada. Fue difícil para mí, pero sabes lo orgullosa que soy, fingí que no me importaba.
—Ahora explícame que te traes con Samuel. —La miró con picardía y ella se encogió de hombros.
—Pues... Empezó a regalarme cosas y su mirada me molestaba, sabía que lo hacía para conquistarme, yo... no me sentía lista para eso y no quería que se ilusionara, entonces maté todas sus esperanzas. Pero cuando Henry nos atacó cerca del río, algo cambió y me di cuenta de que Samuel me atraía. Cuando fue a verme, mis defensas cayeron y dejé que se acercara a mí, claro, él se alejó cuando me recuperé.
Ella suspiró.
—Cuando Jacqueline regresó a la hacienda noté su flirteo, pero no podía hacer nada, ya lo había rechazado. Yo los seguí ayer, no sé por qué actúe de esa manera... —Ella volvió a suspirar—. Me molestó verlos irse juntos...
—Entonces los viste... —Arthur se sonrojó.
—Sí... Fue muy doloroso presenciar como él la besaba y acariciaba con deseo. Me dio tanta rabia, actué de una forma impulsiva y fui muy imprudente. Lamento el espectáculo, mi abuela tiene la guerra del frío conmigo y me duele haberle causado tanta vergüenza.
—Todos cometemos errores, Anabela. —Arthur palmó su hombro—. Cómo lo enfrentamos es lo que hace la diferencia. Te recomiendo que te disculpes con ellos y tomes distancia, si Samuel quiere estar con Jacqueline debes respetar su decisión.
—Lo sé, voy a tomar mi distancia. —Se recostó de él y este la abrazó.
(...)
Sam se levantó más temprano de lo acostumbrado, se bañó con prisa y salió corriendo de su habitación. Le tocó a Arthur, quien le abrió en seguida.
—¡Te voy a extrañar! —Ella se le lanzó encima y él la apretó mientras besaba su cabello.
—¡Yo también te voy a extrañar! —Le quitó el velo y besó sus labios—. Solo serán unos días, cuando regrese nos encargaremos de tu laboratorio y luego de nuestra boda.
Sam se tensó.
—¿Nuestra boda? —preguntó desorbitada.
—Sí, amor. Romper el compromiso con Jacqueline me afectó con mis influencias, hay mucha presión en cuanto a seguir soltero, se supone que un gobernador debe ser un hombre que haya formado su familia. Sabes que mi plan es ser elegido para gobernar y expandir mis influencias y así tener más fuerzas para combatir a esos delincuentes. Pero también quiero que formalicemos nuestra relación y que seas la señora Connovan. Anhelo protegerte, Sam; te prometo que seré un buen esposo y no te va a faltar nada nunca, en especial amor.
Sam jugó con sus dedos y suspiró.
—Apenas empezamos nuestra relación, Arthur.
—Lo sé. —Sonrió—. Dije que después de que formalices lo del laboratorio planearemos la boda, no es ahora mismo. Además, somos adultos, nos amamos y queremos estar juntos. No le veo la complicación.
—Sí… —Fingió una sonrisa—. No hay ninguna complicación, haremos como dices. —Lo abrazó para que él no viera sus lágrimas. Sabía que pronto tendría que dejarlo.
(...)
—Perdón... —Anabela arrastró la palabra mientras miraba a la nada. Disculparse con ellos era la cosa más incómoda que había hecho en su vida, pero debía arreglar aquello por su abuela y Arthur.
—No te preocupes, Anabela —Jacqueline respondió quitando importancia al asunto—. Ya está olvidado.
Anabela asintió y miró a Samuel, quien la observaba como cachorro arrepentido.
—Anabela, yo...
—Él también te perdona. —Jacqueline lo interrumpió, rodeó el cuello del grandulón con sus brazos, se puso de puntitas y le dio un beso en la boca.
—Gracias... —Anabela los observaba con tristeza. Se alejó de ellos y secó las lágrimas que se le escaparon.
«Es mejor así», pensó.
—Ven, con nosotros, Ana —Arthur hizo un mohín—. Samuel no vendrá, tiene que hacer otro viaje.
—Está bien. —Se encogió de hombros—. Iré por mis cosas.
Arthur asintió y luego posó su mirada en los ojos avellanas que tanto le gustaban.
—Hermosa, nos vemos pronto, te amo mi chica pícara. —Ellos se abrazaron como si no quisieran separarse. Jacqueline los observaba con ternura, nunca se imaginó ver a Arthur tan enamorado. ¿Será que esas cosas sí suceden?
(...)
Samuel se detuvo frente a la entrada de aquella hacienda, se bajó del caballo y se quitó el sombrero para saludar. Unos hombres correspondieron el saludo y él se les acercó.
—Buenos días, ¿es esta la hacienda de los Fraga? —Samuel inquirió apuntando a la entrada.
—No, lo fue hace algunos años. —Un anciano con un palillo en la boca respondió.
—¡Qué mal! Escuché que el señor Fraga es el mejor comerciante de esta región y mi jefe desea hacer negocios con él.
Todos se miraron con pesar.
—El señor Fraga murió hace más de tres años en la boda de su única hija. Ella se casó con Daniel White y ellos empezaron negocios fraudulentos y utilizaron la hacienda como almacén de sustancias tóxicas y armas. Se dice que la hija del señor Fraga lo mató para quedarse con sus posesiones y hacer sus negocios sucios junto a su esposo y prima.
—¿Y ellos están aún en la hacienda? —Samuel preguntó sorprendido.
—No. Después de la muerte del señor Fraga, la muchacha no se dejó ver y su esposo hacía los negocios por ella. Un año después, se escuchó que ella escapó con un amante y parte del dinero de los negocios que hacían. Entonces la prima se quedó con el marido y ellos continuaron sus cochinadas, hasta que los habitantes decentes de este pueblo demandamos sus acciones y las autoridades los embargaron. La pareja huyó y no se supo más de ellos.
—¡Vaya! ¡Eso es terrible! No nos llegó la noticia de que aquel médico murió y que su hija es una fugitiva de la justicia. —Samuel fingió pesar y desconcierto.
—Así es. —Una señora movió la cabeza con indignación—. Tan serio aquel señor y mira cómo le salió la hija. Todos quedamos sorprendidos, pues esa muchachita iba de su casa a la escuela o la iglesia. Nunca mostró mala conducta y se llevaba bien con todas las personas. A mi entender, la prima y el marido la desviaron del camino cristiano y la sedujeron a la maldad. Esa otra nunca me gustó, siempre creyéndose mejor que los demás y coqueteándole a todos los hombres. —La señora hizo una mueca de disgusto.
Samuel agradeció por la información y se despidió, montó su caballo y se dirigió a la hacienda Connovan a esperar el regreso de Arthur para darle tan valiosa información.