El velo 18
Arthur y Sam caminaban por las calles asfaltadas del pueblo. Ella aferrada a su brazo y escondiéndose detrás de él cuando las personas se les acercaban a saludar. El día estaba hermoso y las calles alegres y coloridas.
Mujeres y hombres le daban regalos y bendecían su relación, pues Arthur era una persona muy querida en su región porque ayudaba a los más necesitados. Llegaron a un puesto de flores y a Sam le brillaron los ojos.
—Quiero un ramo colorido para esta hermosa dama —pidió Arthur sonriente mientras la abrazaba por la cintura. Parecía un niño pequeño aferrado a Sam, cosa que a ella hacía feliz, pero también le causaba tristeza. ¿Cuánto le duraría la felicidad?
Después de recorrer el pueblo y comprar chucherías, bailar en las plazas y jugar con un grupo de niños; Arthur la montó sobre su caballo blanco y cabalgaron fuera de la civilización. Llegaron a una pequeña casa campestre con un hermoso jardín y muchos árboles. Entraron a la casita y ella quedó deslumbrada con tanta belleza y delicadeza, el ambiente era cálido y olores dulces y cítricos emanaban de aquel lugar.
Él la tomó de la mano y se la llevó a rastras al patio, su buen humor era contagioso y su emoción la hacía sonreír cada minuto. Ella se quedó admirando el riachuelo que recorría el patio y desembocaba en un hermoso río a unos metros, un puente de madera adornado de plantas enredaderas con flores blancas y rosadas, ornamentaba tan hermoso lugar.
Sobre la verde grama había una mesa arreglada y Arthur la ayudó a sentarse, quitó su velo y besó sus labios. ¡Le encantaba esa mujer! Nunca había sido tan feliz como en ese momento, junto a su gran amor.
—¡Esto es hermoso! —Ella limpió una lágrima que se le escapó. Se sentía extraño recibir tanta atención y amor, temía que fuera un sueño y despertar a la realidad.
—Es una casa de escape. —Él sonrió mientras cortaba la carne asada y llenaba el plato de ella—. Siempre que queramos estar solitos y lejos de todos, podemos venir aquí. También, cuando necesites un respiro o escapar de algo, tienes un lugar para ti. —Le dio un juego de llaves y siguió echando comida en el plato. Se lo pasó y Sam empezó a comer gustosa.
—¿Quién cuida este lugar?
—A unos dos kilómetros hay una casa enorme, es una familia de ancianos. Ellos fueron trabajadores de mi padre y, cuando este murió, les compré esa casa y los jubilé. Tienen empleados a sus servicios, también ellos envían personal de confianza a darle mantenimiento a esta casa; es sencilla y pequeña, pero me sirve cuando necesito alejarme de todo y descansar.
—Suena bien. —Ella sonrió y luego degustó el contenido de su plato—. Esta comida está deliciosa. ¿Quién la cocino? Porque estoy consciente de que solo haces buen café, la cocina no es tu fuerte.
—Tienes razón, preciosa. La buena en la cocina eres tú. Por cierto, hazme la lista de lo que te hace falta para el laboratorio, Samuel ya encargó los equipos y el lugar está listo para que instalen todo. Pronto podrás ejercer. También he contactado a un farmacéutico muy bueno de la capital y a un doctor quien también es maestro. Ellos evaluarán tu trabajo y te pondrán al día con las nuevas investigaciones. También se encargarán de poner su nombre y certificar para que tengas licencia.
Sam se paró de su silla y se sentó sobre el regazo de ese hombre que parecía irreal. Lo besó con pasión mientras sostenía su nuca.
—¡Vaya! Tendré que hablar de esto más a menudo —dijo con picardía y ella rio sobre sus labios.
El resto de la tarde la pasaron recorriendo el lugar, hasta que se dieron un chapuzón en el río.
—Hay dos habitaciones, escoge una para cambiarte, iremos a que conozcas a Mateo y Teodora Goodman —avisó y ella asintió. Sam escogió una habitación, pero en vez de entrar allí se dirigió a la de Arthur.
Ella irrumpió con timidez y se quedó observándolo, él se había quitado la camisa mojada y su pecho húmedo la invitaba a tocarlo. Se acercó lentamente y lo miró a los ojos, Arthur estaba extrañado y la observaba a la expectativa.
—¿Pasó algo? —preguntó intrigado.
—No... —Ella arrastró el monosílabo y se acercó más. Acarició su fuerte torso masculino y lamió sus labios, nunca había tocado a un hombre y se sentía muy bien. Arthur tragó saliva con nerviosismo, estaba sorprendido y excitado a la vez.
Sam empezó a besar su fornido pecho y Arthur respiró tembloroso, la observaba en silencio con los ojos brillosos y sus labios abiertos. Sam bajó hasta su pantalón y tocó. Por su parte, Arthur agrandó los ojos, en realidad no se esperaba aquello.
—Sam... —Tomó su mano traviesa. Su respiración estaba agitada y su corazón latía como loco dentro de su pecho. Él la cargó y la acostó en la cama. Se besaron con hambre y pasión. Sam tomó la mano de él y la puso sobre su pecho cubierto por la ropa mojada. Arthur la miró desconcertado, no entendía el atrevimiento y arrebato de su amada, pero quería descubrir que le sucedía, sabía que su comportamiento tenía que ver con sus traumas y su pasado, más que por el deseo que ella le tenía.
Él masajeó con delicadeza y ella sonrió con satisfacción. Sus miradas se encontraron y él acarició su mejilla.
—¿Qué quieres que te haga? —Él preguntó con dulzura y ella dejó escapar sus lágrimas retenidas.
—Quiero sentir el placer de las caricias, necesito descubrir si eso existe.
Arthur arrugó su ceño desorbitado. ¿Por qué decía aquello?
—El placer existe, hermosa. —Sonrió con picardía y ella suspiró.
—¿Lo has sentido? —Ella preguntó con sus ojitos brillosos y él sintió sus ojos arder. Verla le recordaba a un niño inocente a quien le habían herido y privado de amor.
—Sí… —Se sonrojó.
—Creí que eras virgen, puesto que siempre te muestras tan recatado y correcto —comentó con malicia y él pellizcó su nariz.
—Fui un adolescente curioso que encontró a una mujer dispuesta a enseñarme. Claro, fue a escondidas de mi padre, ella era mi maestra de religión.
Ambos rieron por la ironía.
—¿Crees en Dios? —Ella preguntó con ojos llorosos.
—Sí, soy cristiano, no sé si lo has notado. Es por eso que quiero llevarte al altar antes de tocarte, además, tú eres diferente. Quiero que seas mi esposa y la madre de mis hijos, mi amiga, compañera de vida y mi amante. Quiero conocer los más intensos placeres carnales contigo, esos que surgen del amor. Quiero todas tus facetas, estar a tu lado sin importar el color o la estación del momento.
Sam empezó a hipar y él acarició su cicatriz.
—Sam... Quiero enseñarte que está bien desear a la persona que amas y sentir placer. Me pregunto: ¿Qué tanto daño te ha hecho para que me preguntes eso? —Lágrimas cubrieron su mejilla y su voz salió chillona. Temía todo lo que ella ocultaba, entendía que le tomaría tiempo sanar, pero él estaba dispuesto a ayudarla y estar a su lado.
—Te amo... —Ella susurró—. Creí que había amado antes, pero no es así. Lo que siento por ti es diferente y muy fuerte. Arthur, confía en mí. Yo no soy mala —empezó a llorar—, nada es cierto, te prometo que cuando esté lista te diré la verdad, pero por favor, nunca dudes de mí.
Él la abrazó y ella se derramó en llanto. Arthur acariciaba su cabello y besó su frente.
—Te amo, Sam, y siempre estaré de tu lado sin importar qué haya sucedido. Recuerda que aquí estarás segura si algo llegase a pasar.
Ella asintió y él besó sus labios.
Después de una ducha caliente y vestirse, Sam se puso el velo. Salió a la entrada y Arthur frunció el cejo.
—¿Usarás el velo? —preguntó con decepción.
—No los conozco y me siento insegura. —Jugó con sus dedos.
—Está bien. —Él la abrazó—. Me imagino que no te arriesgarás a que te reconozcan.
Sam agrandó los ojos y se apartó asustada.
—Sé que huyes, Sam. Desconozco la razón, pero entiendo que tu cicatriz no es lo único por lo que usas un velo.
—Yo... —Empezó a temblar.
—No te preocupes, hermosa. Te dije que estaré de tu lado, pase lo que pase.
Él levantó el velo y ambos se besaron con intensidad.
La visita a los Goodman fue agradable y reconfortante. Ellos eran unos señores muy tiernos y amigables.
Regresaron a la casita a recoger sus pertenencias para volver a la hacienda antes de que anocheciera.
—Espera... —Sam jaló a Arthur antes de que él saliera, se quitó el velo y empezó a devorar su boca. Le gustaba besarlo, su cálido aliento, el sabor de sus labios, su corazón latiendo tan rápido y esa intensidad con la que se apropiaba de su boca. Con él se sentía amada y deseada, hermosa y especial. ¿Estaba mal querer disfrutar esas cosas? ¿Era una cualquiera por querer besarlo a cada instante?
—Me encantas —balbuceó sobre sus labios y él sonrió.
—¿De verdad? —Arthur acarició el borde de su boca y luego abrió sus labios con su dedo. Puso su lengua dentro de la boca de ella y la sostuvo por la cintura. Besó su cuello y ella sonrió, le gustaba que hiciera eso.
—¿Soy una cualquiera? —Arthur paró en seco al escucharla. La miró a los ojos y frunció el cejo.
—No, amor.
—Pero... Te estoy deseando.
—Entonces, yo también soy un cualquiera.
Ambos rieron y salieron de la casa para dirigirse a la hacienda.
(...)
—¡No quiero esta basura! —Estrelló el plato con furia.
—¡Maldito imbécil! —La pelirroja espetó llena de ira y tristeza. Lo que había empezado con tanto fuego y deseo se convirtió en un infierno.
—Dile a Margarita que me haga una cena decente y la lleve a mi estudio —ordenó parándose de la mesa.
—¿Para que te la cojas en mis narices? —Ella reclamó, poniendo sus manos sobre su cintura.
—Solo quiero cenar bien y Margarita tiene buenas manos, esa muchacha sabe cómo cocinar delicioso.
Lágrimas rodaron las mejillas de la pelirroja, entendiendo el doble sentido de su marido.
—Seguirás revolcándote con ella, entonces. Debes estar preparado para ver lo que le hago a esa maldita. Sabes de lo que soy capaz, Daniel.
—Sí, lo sé. —Él la miró con odio—. Mataste a mi hijo.
—Ja, ja, ja, ja, ja… —Ella rio como desquiciada—. ¿Yo lo maté? Tus celos lo hicieron.
—¡No eran celos! Me pusiste una trampa. Me hiciste creer que Samay se acostaba con ese peón.
—Y tú la golpeaste hasta que abortó al bastardo asqueroso. Tú lo mataste. Le provocaste el aborto y me alegro. ¿Cómo te atreviste a revolcarte con esa mujer?
—¿Qué dijiste? —Se acercó amenazante y ella lo confrontó—. ¿Te alegras de que perdiera a mi hijo, maldita víbora? Eres tan poca mujer que no has sido capaz de embarazarte, en eso Samay te superó. ¡Era mi hijo, maldición!
—Hijo que tú destruiste, idiota. ¿Qué se siente ser el asesino de tu propia criatura? —Lo miró con satisfacción y él apretó sus puños. La ira invadía sus venas y solo una acción podría apagarla. Ella cayó al piso al recibir el primer puñetazo. Por su parte, Bárbara tomó un jarrón y se lo pegó en la cabeza, entonces él la cacheteó. Ella se le tiró encima y empezó a golpearlo con ira, y fue así como la pareja se daba golpes y destrozaba la casa.