Capitulo III: Max y Portos, el viajero misterioso
—Cuatro años buscando esa maldita torre —se queja Portos— ¿quién fue el genio que la escondió?
—Solo aquellos que la han visto —contestas— pueden ubicarla sin ayuda, eso fue lo que entendí al maestro Athos, sin ayuda de otro magi que conozca el camino estamos atrapados —suspiras lentamente, debes haber dado esta explicación unas cien veces, pero él es así.
—Pero ninguno ha aceptado ayudarnos en todo este tiempo.
—Porque la Orden de Endêvlez no tiene Hechicero Maestro desde hace ya más de doscientos años, pensándolo bien yo tampoco divulgaría esa información, demasiados aprendices que no tienen una idea de como manejar sus poderes, sería un blanco demasiado tentador.
—Presas fáciles.
—En cualquier caso, nuestra historia no nos ayuda.
—Te he dicho que mientas en casos como estos, los humanos no son de fiar.
—Creo que esto es algo que debemos hacer de cierta forma. Es lo que él hubiera deseado.
—Y así pasaremos otros veinte años buscando la Torre del Oráculo.
—Tienes un berrinche como este todas las semanas, ¿con que motivo?
—Debes entender que lo que te juegas es demasiado importante, ¿acaso no deseas conseguir ese legado de tu maestro? —su voz se vuelve suave.
—No si para eso debo cambiar quien soy.
—¿Y quién crees que eres?
La pregunta te incomoda un poco, pero antes de que puedas contestar, oyes golpes en la puerta, te miras una vez más en el espejo, tu piel pálida, tus cabellos negros, tus ojos dorados como un gato, una cicatriz se asoma por el costado de tu túnica negra, la cubres y te diriges a la puerta.
—Señor Reedse, —habla el guardia— el Duque de Uliss está listo para atenderlo.
Sales del cuarto y el guardia te entrega una pulsera adornada con una gema oscurecida, te duele mirarla, así debe ser mirar a la muerte a los ojos.
—¿Una Tirrem Korú? —preguntas usando el nombre de los elfos para llamar a la ladrona de magia— El duque no confía en mí, por lo que veo.
—Lo siento, es una medida de seguridad, usted asegura ser un magi de modo que...
—No, tranquilo —interrumpes— no tiene que explicar.
Extiendes tu brazo izquierdo y sientes cuando envuelven el metal helado en tu muñeca y con un click el cerrojo se sella. Un leve mareo, como si te faltara el aire, te invade y el mundo pierde un poco de color a tu alrededor, la piedra es bastante grande considerando que el amuleto es pequeño así que los efectos no son inesperados, nada que no hayas tenido que soportar durante tu entrenamiento.
Eres guiado por una mansión enorme llena de obras de arte, muchas de ellas reflejan a un hombre alto de largo cabello ensortijado y barba rojiza, vistiendo finas ropas que cubren un cuerpo que puede adivinarse en perfecta condición física, en otros lleva una dorada armadura cubriendo todo su cuerpo, con una espada enorme en sus brazos y en casi todos venciendo alguna criatura monstruosa.
—Este sujeto causa toda una impresión ¿no te parece? —comenta Portos.
Finalmente llegas a lo que parece un gran salón de banquete, una larga mesa cubierta con un mantel perfectamente blanco y mucha más comida de la que un hombre normal pudiera consumir es el centro de esta habitación. El mantel blanco es o bien un signo de riqueza pues puedes darte el lujo de ensuciarlo o bien una señal de increíble refinamiento, en cualquiera de los dos casos, debes tener cuidado al comer.
Te sientas a esperar hasta que oyes la puerta al otro lado abrirse, para tu sorpresa el hombre que ves entrar apenas asemeja al héroe retratado en toda la mansión. Es extremadamente obeso, casi no tiene cabello en la cabeza salvo por unos últimos mechones rojizos en los alrededores de su calva cabeza, de aquella barba impresionante parece apenas haber algunos despojos mal retocados con una hojilla de pésima calidad.
—Y por eso dicen que las primeras impresiones lo son todo.
Ignoras el comentario y te levantas haciendo una reverencia al Duque Ulises de Istar.
—Mi lord, es para mi todo un placer encontrarme en su presencia.
—Por favor Sir Reedse no hacen falta tantas formalidades —contesta Ulises, irónicamente extendiéndote su mano para que beses sus anillos.
Intercambiadas las pleitesías de costumbre se sientan a comer, el duque te bombardea con preguntas insulsas, las mismas que hacen todos los nobles sobre ningún tema de genuina importancia, es un lenguaje que has tenido que aprender a pulso y muchas veces te sientes sucio e incómodo usándolo.
—Me sorprende señor —finalmente comentas teniendo la oportunidad de hablar sobre otros temas— que usted se encuentre tan apartado de su propia ciudad, considerando que Istar se encuentra mucho más cerca de Paladias en caso de que tuviera usted que trasladarse a la capital.
—Seguramente ya ha visto mi colección de arte —te contesta Ulises, continuando antes de esperar tu respuesta... nobles— la verdad es que he invertido años de mi vida y grandes fortunas en servir de mecenas a cientos de artistas con gran futuro, todas estas riquezas están en peligro allá en Istar, demasiado cerca del nido de serpientes y cucarachas que es la capital.
Algo en sus ojos ha cambiado en este momento, puedes sentir... ¿miedo?
—¿Acaso le preocupa que alguien desee robar su colección?
—¡Claro que sí! —golpea la mesa para enfatizar su punto, te mantienes ecuánime ante esta acción— Todos desean mis riquezas, todos lo nobles envidian mi colección, están buscando el momento en que me descuide para enviar un asesino o un ladrón a mi puerta.
Ese comentario te pone en guardia, pero en la superficie sigues mostrándote en paz, aunque escuchas algunos pasos afuera del comedor. ¿Dos? ¿Cuatro?
—Obviamente que mejor forma de atacarme que con otro Magi claramente entrenado y ordenado que viene a pedirme indicaciones para llegar a La Torre.
—Lord Ulises, le aseguro que no es mi caso, genuinamente deseo su ayuda, mi maestro nunca me indicó como llegar y usted sabe...
—¡MIENTES! —grita el hombre cuyo rostro empieza a enrojecerse asemejando más un puerco— Que el gran Athos, Archisabio magi de la Orden de Endêvlez no te dijo nunca de su propia boca como llegar a la torre. ¿Eso quieres hacerme creer? Que como sé que solo puede llegar a la Torre un Magi que la haya visto con sus propios ojos o reciba de boca de otro magi las instrucciones para llegar, entonces me descuidaré y te dejaré matarme. ¡ESO es lo que deseas! ¡NO! ¡NO LO VOY A PERMITIR!
Ante los gritos la puerta a tus espaldas se abre de par en par y entran cinco soldados con lanzas apuntadas a tu pecho.
—Un Magi no puede usar sus poderes si se encuentra en presencia de una Tirrem Korú —dice el duque con sadismo en su voz— así que no hay nada que puedas hacer ahora para defenderte o herirme.
Respiras profundo y observas el brazalete en tu muñeca izquierda.
—En eso te equivocas Ulises —le respondes— las Tirrem Korú son limitadas en lo que pueden hacer, claro que muchos no lo saben porque este es un conocimiento que los enanos guardan con mucho recelo, si bien puedes usar una para debilitar a un magi corriente —concentras tu magia y vez como la piedra se quiebra en dos dejando tu muñeca libre— en presencia de uno suficientemente poderoso, una sola piedra no sirve de nada. Es mejor comprar brazaletes con varias piedras.
Sientes tu conciencia abandonarte y tu rostro sonríe instantes antes de que cedas el control.
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Sonríes con malicia observando a los cinco soldados que te apuntan sus lanzas aterrados.
—Puedes llevarte ese conocimiento a tu próxima vida —dices con sed de sangre en tu voz.
Mueves una mano y un relámpago se materializa en la punta de tus dedos, surcando el aire entre ti y uno de los soldados, dejando un olor fuerte a ozono en el aire. Al disiparse el humo levantado por los escombros puede verse el cadáver del soldado impactado reposa contra la pared. Los cuatro restantes se miran atónitos y aterrados... y eso te encanta.
—Va uno.
Dos de ellos arrojan sus lanzas en tu dirección, pero las mismas se detienen a escasos centímetros de tu rostro, giran velozmente y regresan derecho al cuello de los soldados que las arrojaron.
—Van tres.
Uno de los soldados ha aprovechado la distracción de sus camaradas para moverse hasta lo que él supone es tu punto ciego y salta con su espada hacia ti. Apenas volteas a verlo y soplas en su dirección, el viento tiene la fuerza de un tornado, lo levanta en el aire y lo arroja por una ventana, puedes escuchar sus alaridos de dolor, seguramente se ha roto varios huesos al caer y los cristales de la ventana habrán dejar su piel llena de heridas sangrantes.
—Van cuatro
El último guardia parece una pobre rata asustada frente a un gato, pero, como el minúsculo roedor al verse acorralado, toma valor y carga contra ti, un intento desesperado por atravesarte con su espada, la punta de la misma extendida en tu dirección, cierra los ojos y es obvio que no pretende abrirlos hasta que sienta la carne, ¿por qué no complacerlo?
El sonido de la carne atravesada por el metal le hace abrir los ojos con una mezcla de alegría y orgullo, sin embargo, el terror regresa cuando ve su propio cuerpo frente a él, la punta de su espada extendida en respuesta a su ataque, un reflejo perfecto de su imagen propia, ambas espadas atravesando el corazón, una ilusión sencilla pero efectiva. El soldado escupe sangre y cae muerto, pues si la mente cree estar muerta, muerto estará el cuerpo.
—Admito que esperaba más de tus hombres, Ulises
Volteas buscando al Duque, se encuentra agazapado en una esquina de la estancia, tiembla de terror como si viese a la misma muerte, una imagen que sin duda te llena de alegría. Te tomas tu tiempo en acercarte a él.
—Piedad —susurra, tú sonríes.
—¿Acaso eso quieres? ¿Por qué? ¿Le temes a la muerte?
Fuego negro como la noche cubre tu mano izquierda, sonríes y lentamente terminas de cerrar la distancia que los separa.
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Para cuando vuelves en ti la villa entera se encuentra en llamas y tú estás demasiado lejos como para que puedan encontrarte, el humo se extiende en el cielo hasta las nubes.
—¿No mentía sabes? —susurra Portos— Su colección era impresionante e invaluable.
—Pues no es que pudiéramos hacer nada con ella, nos reconocerían de inmediato como los asesinos si quisiera vender cualquiera de las piezas.
—Y pensar que todo pudo haberse resuelto si hubiera...
Portos no culmina la oración, en dirección al oeste el inmenso diamante que corona la Torre del Oráculo brilla con una luz tan intensa que puede ser vista en cada rincón del reino, por un instante el mundo entero es luz. Una señal inconfundible incluso para quienes no han pisado jamás aquel edificio. Un llamado.
—Ha llegado el momento.