Capitulo II: Celiviel, mirando a través del tiempo

Tus rubios cabellos ondean mientras bajas los escalones de a dos en dos, este tipo de carreras te molestan, tener que atravesar todo el palacio solo porque tu madre te ha mandado a llamar, no tiene sentido, ¿acaso no puede esperar unos minutos?

Llegas a la puerta y te mentalizas con varias respiraciones cortas. Pronto no tendrás que lidiar más con esto, serás ordenada como una magi de la Orden en toda regla y podrás olvidarte de todas estas molestias.

—¡Celiviel Almárëa! —grita impaciente la voz de tu madre— Pasa inmediatamente.

Abres la puerta con delicadeza y caminas lentamente por la sala hasta los dos tronos sobre los cuales se encuentran sentados tus padres: el Rey Wadell y su consorte la Reina Selena.

—Madre, ¿me llamaste? —preguntas por cortesía

—Así es Celiviel —te contesta— tu padre desea hablar contigo —lo mira y tu padre aclara su garganta.

—Celiviel, se acerca la edad de tu adultez, es hora de comenzar a pensar en tu matrimonio, necesitamos saber cuánto antes si has considerado ya…

—No olvides hija —interrumpe tu madre— que siempre puedes reconsiderar y contraer nupcias con el comandante Armstrong.

—Madre —contestas— en incontables ocasiones te he explicado que el comandante y yo no tenemos ningún interés amoroso el uno en el otro, buscaré un consorte que sea de su agrado cuando alcance la mayoría de edad.

—Y es por esto —declara tu padre retomando su discurso— que una vez hayas regresado de tus estudios este año y habiendo cumplido la edad adecuada para una joven de tu estirpe serás desposada con quien elijas para ser tu consorte, pero el matrimonio debe suceder sin demora.

—Puedes retirarte —sentencia tu madre.

Sales de la sala y caminas cabizbaja, ellos simplemente no desean entender, tu madre no podría entenderlo: el de tus padres fue un matrimonio arreglado, pero hoy día cada vez quedan menos de estos. Al menos puedes agradecer que te den el privilegio de escoger a tu marido, lástima que la selección disponible deja mucho que desear, en verdad Armstrong sería un buen partido, pero ese camino sería desastroso por muchas razones.

Pero el tiempo apremia y tienes que terminar los preparativos para poder partir de vuelta.

Dos horas más tarde te encuentras frente a una inmensa maquinaria, especialmente diseñada para realizar el hechizo de transportación sin los riesgos que conlleva el mismo realizado por un místico. El problema con la transportación es que implica separar el cuerpo y la conciencia y moverlos por medio de vínculos energéticos hasta el sitio deseado, pero el hechicero debe mantener su conciencia concentrada en el sitio donde pretenda aterrizar y calcular adecuadamente donde caerá el cuerpo. Muchos son los novatos que han terminado cayendo en cuerpos que no les corresponden por no haber realizado adecuadamente los preparativos para el conjuro. Con esta máquina y otra similar en el punto opuesto, ese riesgo se reduce al mínimo, pues las máquinas de ambos lados del hechizo ya realizan el trabajo que la conciencia tendría que hacer.

Sabes todo esto luego de diez años de usarla al menos dos veces al año y sin embargo tu estómago no se acostumbra a la sensación, es como flotar en medio de la nada rodeada de luces y sonidos desconocidos. Pero llegas con bien al otro lado y reconoces de inmediato el olor del cuarto donde reside la otra máquina de transportación. Solo existen unas 4 de estas en todo Milnaroth y pensar que han dispuesto una exclusivamente para tu uso, las ventajas de ser la única heredera al trono, al parecer.

—Bienvenida de nuevo alteza —te recibe uno de los magi en su túnica purpura.

—Nunca me acostumbraré a ese viaje —dices recuperando el aliento.

Dos magi con túnicas amarillas comienzan a tejer un conjuro a tu alrededor, puedes sentir los cambios que el mismo realiza sobre tu cuerpo, como si te reconstruyeran, sientes tus caderas ensancharse levemente, tus pechos crecen en tamaño, tu cabello se ensortija y tus facciones pierden la delicadeza típica de tu linaje. El espejo frente a ti te muestra como tus ojos grises y cabellos platinados se tornan en una mirada de ojos café enmarcada en los rizos pelirrojos, a los pocos segundos ya no pareces una noble, pareces una campesina cualquiera.

—Estamos listos señorita —dice finalmente.

—Muy agradecida con usted Maestro Sky.

Los “túnica amarilla” llevan tus maletas hasta tu habitación, pero tú tienes hambre, nunca viajas con el estómago lleno, eso lo aprendiste por las malas en tu segundo viaje cuando decidiste que no era tan grave y que podías incumplir las sugerencias que se te habían dado.

Al llegar al comedor buscas tu mesa de costumbre, esa que está cerca de la ventana donde puedes observar la pradera que rodea la torre, y ves a una elfa de bosque, de cabello y vestido azul, sentada en ella.

—Disculpa —dices tomando el asiento frente a ella— ¿te molesta si me siento?

—Para nada —contesta sonriéndote, tiene una mirada amigable y serena, muy típica de los de su especie.

—¿Eres nueva? —preguntas— llevo años sentándome aquí y nunca te había visto.

—No, ya he terminado mis estudios.

—¡oh! ¿una magi ordenada?

Ella niega en silencio, la sonrisa no abandona su rostro, pero su mirada se torna triste mientras vuelve a ver por la ventana y deja salir un suspiro.

—Fui suspendida a unos días de mi ordenamiento —explica, tras un largo silencio— me prohibieron usar magia y acercarme a la torre más allá de los límites de Orien Rash, un solo paso en dirección a la Torre del Oráculo y todo mi cuerpo se inundaba de miedo y angustia, tampoco tenía permitido transportarme hasta esta mañana.

—¡Uy! suena como un castigo rudo.

—Lo fue, los elfos no soportamos vivir en cautiverio.

—Lo sé, siempre los ves corriendo a las afueras de la torre así sea solo en círculos por el campo.

La elfa ríe ante tu comentario y parece que logras animarla un poco.

—Me imagino que no querrás hablar de los motivos de tu expulsión, ¿cierto? —preguntas, ella niega en silencio, el agradecimiento en su mirada es claro como el cristal.

—Aun no conozco tu nombre.

—Qiedia Whitemane —le contestas dando tu nombre falso, el que has usado en los últimos diez años cada vez que adoptas esta apariencia— de la aldea de Arán en las proximidades del Río Yosariam, al sur.

—Es un placer Qiedia —contesta— ¿te molesta si uso tu nombre de pila?

—Para nada, es más fácil de pronunciar que mi apellido. ¿Y tu nombre cuál es?

—Luthyadëer Calëhen, pero mis amigos me dicen solamente Luthy.

—Es un placer conocerte Luthy.

—El placer es todo mío —te contesta¬ antes de hacerte la pregunta de rigor: — ¿Mística o tecnócrata?

—Mística, me especializo en magia de fuego y tengo uno que otro talento para la adivinación, ¿tú?

—Mística también, pero solo se me da la magia de agua, de hecho, soy bastante torpe con mis poderes.

Luthy comienza a reír, hay algo en la risa de los suyos, nunca has sabido explicarlo, un carácter melódico indescriptible, resulta aterradoramente contagiosa, aunque no haya motivo para tal risa. En segundos te estás riendo junto a ella a pesar de estar segura de que no ha hecho un chiste al hablar de sus habilidades.

—Lo siento —te disculpas cuando te recuperas de las risas— no fue mi intención.

—No sucede nada.

Continúan conversando mientras comen y eventualmente caen en cuenta que ha empezado a caer el día.

—Bien, supongo que debo retirarme —te dice levantándose de su asiento, tú permaneces sentada— aun debo arreglar algunas cosas antes de dormir —hace una breve pausa y agrega—, oye, gracias por no preguntar sobre mi expulsión.

Al decir esto pone su mano sobre la tuya y tu vista empieza a dar vueltas, cuando finalmente logras quedarte quieta puedes ver uno de los pasillos de la torre, pareciera el piso doce donde algunos profesores organizan sus experimentos, pero algo está cambiado: esquirlas de hielo por todas partes, el ambiente está gélido y puedes ver el vaho salir de tu boca al respirar.

Una figura yace en el suelo frente a ti, atravesado en el brazo derecho, la pierna correspondiente y el costado izquierdo por tres lanzas de hielo blanco, completamente sólidas. El joven es un elfo ellen, lo reconoces por sus estatura estimada y cabello blanco, y está herido de gravedad, si no es atendido por un curandero pudiera morir, lo sabes y sin embargo… no deseas ayudarle.

—¿Qué está sucediendo aquí? —grita una voz al otro lado del pasillo, una figura alta camina corriendo en tu dirección, piensas huir por un instante, pero tu cuerpo no responde— ¿Qué significa esto señorita?

—No… —intentas defenderte— no es lo que parece…

—¿Acaso me está diciendo que usted que es reconocida por su magia con el agua y sus malas conductas en clase no es la responsable de esto?

Aquello no es una pregunta, te sientes mareada, nauseabunda, volteas y vez, en uno de los cristales de hielo que cubren las paredes, el rostro de Luthy devolviéndote la mirada.

Un destello de luz te encandila y te encuentras de nuevo en el comedor, Luthy aun sujeta tu mano, pero su rostro se ve preocupado.

—¿Te sientes bien? —pregunta.

—Sí, tuve una visión —contestas casi por inercia, luego caes en cuenta de lo que has dicho.

—¿Algo en particular?

—Mi madre, se va a tropezar bajando las escaleras —mientes—. Por lo general no son cosas de mucha importancia.

Luthy asiente y se ve más calmada, deja ir tu mano y sale de la estancia.

—Algo me dice —susurras llevándote una mano a la sien— que no debí haber visto eso.