Capitulo I: Luthy, la chica de Orien Rash
Al abrir la puerta de tu casa te inundan todo tipo de sensaciones: la luz del sol que calienta tu piel y el cielo azul sobre el verde de las copas árboles, la brisa fría contra tu rostro que trae consigo el fresco aroma del rocío matutino, el dulce sonido del canto de los pájaros y del viento bailando entre las hojas.
Un piar llama tu atención, un ave azul con plumas de cristal se ha posado en la baranda de tu balcón y te observa expectante, puedes ver en su penacho el reflejo de tu figura esbelta, tu cabello azul largo hasta la cintura y tus ojos del color de las violetas.
—Lo siento Mithos —le dices acercándote con gracia hasta donde se encuentra— no puedes venir conmigo a la torre, conoces las reglas.
Metes tu mano en un agujero formado por la madera del barandal y extraes varios fragmentos de gemas preciosas que colocas en tu palma abierta para dar de comer al ave. La criatura pica dos o tres piedras y, luego de haberlas engullido, te picotea los dedos de forma juguetona antes de irse.
—Ya pasaron los tres años —susurras
Respiras profundo, cierras los ojos para sentir una vez más la brisa y te dejas caer en picada hacia el piso. Si fueras humana tus huesos se reventarían con la caída; sin embargo, no eres humana, eres una elfa del bosque Orien Rash, y para los de tu estirpe este salto es un chiste. Instantes antes de tocar el piso das una vuelta en el aire y logras aterrizar apenas levantando las hojas a tu alrededor.
—Excelente aterrizaje Luthy —escuchas una voz detrás de los árboles seguidos de dos o tres aplausos lentos— vuestros reflejos mejoran cada día.
—No sabes lo perturbador que me resulta oírte hablar de esa manera arcaica cada vez que te veo Daëron —le contestas sonriendo mientras te volteas a saludar.
Daëron es otro elfo como tú, pero su cabello es rojizo y su piel morena, viste una cazadora amarilla y una falda larga verde hasta los tobillos, sabes que lleva los pies descalzos incluso sin verlos.
—Vuestra estadía en la torre os ha cambiado —te contesta sonriendo— los de mi casta tenemos dificultades para adaptarnos al mundo, pero en vos resulta natural seguir. Espero sigáis creciendo ahora que volverás allá.
—Gracias Daëron, ¿Dónde se encuentra Eámanë?
—En el árbol, ni se os ocurra partir sin despediros de ella.
—Me resultaría imposible.
—Que las estrellas guíen vuestro camino… —inicia él hablando la lengua de los elfos.
—… Y que Dyathellá siempre os sonría —respondes a la despedida.
Le das un fuerte abrazo y partes corriendo en dirección al este, pasas cerca de dos o tres elfos que pasean por el bosque, pero no te interesa demasiado hablar con ellos, el árbol que buscas es particular, puesto que tiene las hojas permanentemente cobrizas como si fuese otoño.
Tras dar algunas vueltas logras dar con el sitio, es una maravilla el efecto que da la luz al pasar por este pequeño espacio fuera de las estaciones. Al acercarte una de las piezas de corteza del árbol se desprende de su base y toma la forma de una mujer, completamente desnuda, aunque no se distingue su sexo ni sus pechos, la piel de color ocre al igual que la madera de la cual ha salido, su cabello está formado por lianas y sus ojos de color cobrizo son la única parte de su anatomía que parece confundirse con un ser de naturaleza animal en lugar de vegetal: Eámanë la dríada.
—Yo pensé que no vendrías —te dice en la lengua de las hadas, que te ha enseñado desde pequeña, sus ojos cerrándose como los de un felino enfadado.
—¿Cómo puedes pensar eso? —Le contestas— Tú has sido lo más cercano que he tenido a una madre.
—Es una mala costumbre que tienen ustedes los elfos, salir sin despedirse, así hizo Daëron esta mañana, sabrá Otoño cuando volverá.
—Eámané —enterneces tu voz como cuando eras una niña—, debo partir, ¿me das tu bendición? —El hada te observa seriamente por unos segundos adivinando tu intención de manipularla, pero finalmente suspira.
—Tienes mi bendición para partir Luthy, espero vengas a verme pronto.
—Te amo mucho —respondes, no la abrazas pues sabes que las dríadas no soportan el contacto físico si no es de sus amantes y tú también agradeces no tener que abrazarla pues su piel es áspera y a veces lastima, cómo Daëron lo soporta es algo que nunca entenderás.
—Que las estrellas… —comienzas antes de que te interrumpa.
—Sí, Dyathella y todo el asunto, siempre me ha resultado engorrosa esa despedida de ustedes los elfos.
Ries al ver la reacción del hada, haces una leve reverencia y sin más echas a correr ahora al norte, a un sitio que has estado preparando desde hace meses: tu circulo de transportación. El sitio se encuentra en un claro del bosque, necesita ser un lugar aislado para que puedas concentrarte sin interrupciones, puesto que estos hechizos son de los más complejos que existen en el mundo, incluso ahora que los enanos han desarrollado otros mecanismos para realizar el conjuro en lugar del hechicero.
Sobre el césped se encuentran piedras pulidas por el agua que has buscado una a una, la magia requiere una conexión profunda entre el usuario y los elementos para su conjuro, mientras mayor es la potencia del hechizo más necesaria se hace dicha conexión, por esta razón los magos de combate se especializan en un elemento de la naturaleza que les resuene de forma particular, para ti es el agua. De modo que cada piedra ha salido de un río y es perfectamente esférica.
Observas nuevamente el circulo, tragas seco, intentas sentir el sello que te ha impedido acercarte a la torre en todo este tiempo, pero estás convencida ahora de que está roto, caminas hasta el centro del grabado de piedras y ves el brillo blanco y azul de tu hechizo invadir cada piedra cegándote mientras caminas.
Apareces al otro lado del conjuro, frente a ti se alza un edificio inmenso. No puedes, por lo que más quieras, saber cuántos pisos tiene, parece rasgar el cielo mismo. A nivel de piso dos enormes portones, abiertos de par en par, dan la bienvenida a docenas de jóvenes promisorios que han viajado hasta este sitio esperando algún día convertirse en hechiceros de la Orden de Endêvlez. Con temor das un primer paso, esperando que algo te repela, pero nada sucede. Otro paso. Nada. Comienzas a caminar cada vez más segura, hasta que finalmente pasas la puerta, te encuentras dentro.
Corres escaleras arriba hasta tu antigua habitación, al poner tu mano en el pomo de la puerta de roble puedes sentir la magia de la torre reaccionar y la puerta se abre para darte la bienvenida.
La habitación es muy similar a tu casa en Orien Rash, el bosque de los elfos. Las paredes y el piso son de madera y el techo está cubierto de hojas y ramas. Una cama, un armario, una mesa para comer y estudiar, coronada con una pequeña lampara de cristal, para alumbrarte en las noches de estudio, y un par de sillas por si tienes compañía es todo el inmobiliario de la estancia, más que suficiente.
Dejas tus cosas y sales corriendo a buscar la siguiente habitación, son tres pisos en subida, pero sientes como si hubieras subido miles de escalones en apenas unos instantes, te detienes al llegar al pasillo. Te asalta una inquietud: “¿Seguirá aquí?”; sacudes tu cabeza, no hay tiempo para dudar ahora, caminas decidida hasta la puerta, pero cuando estás a dos metros de alcanzarla, se abre y un enano con una túnica azul sale arrastrando un aparato tecnocrático de gran tamaño y cierra la puerta tras de sí.
Era evidente, en retrospectiva, que no se quedaría en la torre tres años después de culminar sus estudios, seguramente habrá regresado a Paladias. No estás segura de a donde ir ahora.
—Luthy —Oyes una voz a tus espaldas, al voltear ves a otro elfo, bastante más alto que tú, muy delgado, viste una túnica purpura y su semblante no refleja la más mínima emoción, pero eso es normal en él y en todos los Elfos Ellen.
—¡Gwendal! —Saludas con alegría enérgica— ¡Que alegría me da verte! —Lo abrazas con fuerza, pero apenas te responde con una palmada en la cabeza— Menos mal tú no te has ido.
—No entiendo lo que quieres decir
—Pues Daph se ha marchado a Paladias, ¿no?
—Luthy —te dice dedicándote una de sus típicas miradas con las cuales cuestiona tus capacidades intelectuales— Daphiel Van Hultz ha sido ascendido a túnica verde de la Orden, se le ha dado una habitación más arriba en la torre con más espacio para realizar sus experimentos. Ven, te llevo.
Comienzan a caminar juntos, tú apenas unos pasos atrás de él, en absoluto silencio como es normal en él. Tu ex—tutor no tiende a malgastar palabras, menos aún a expresar emociones.
Suben cerca de dos docenas de pisos hasta finalmente alcanzar una puerta con un marco de mármol blanco. El sello de la Orden adorna el umbral, señalando claramente la habitación de un iniciado.
—Hasta aquí te acompaño, tengo asuntos urgentes que atender, pero me alegra saber que llegaste con bien —dice, aunque su rostro no refleje dicha alegría.
—Gracias Gwen —dices mientras lo ves partir.
Observas la puerta, nuevamente dudas, ahora que tienes la certeza de que está allí te inquieta todavía más, no lo has visto en tres años, quizás haya cambiado demasiado, quizás no es como lo recordabas, quizás no sienta… no, no puedes permitirte esto. Alzas la mano y tocas la puerta.
—¿Gwendall? —responde una voz adentro— ya llegó…
No termina la oración, abre la puerta y te observa, y tú a él: su piel clara, sus cabellos negros cortos, sus ojos azules, ese lunar cerca del ojo izquierdo, la forma de su mentón, esa ligerísima desviación del tabique que nadie percibe a menos que lo detalle de muy cerca. Como tú ahora…
—Luthy —dice finalmente.
—Daph —es todo lo que alcanzas a contestar.
—Bienvenida.
Te abraza con fuerza y tú a él, ahora realmente estás en casa.