Con el dinero restante de la siembra, Peruchote lo primero que hizo fue comprar en la parte céntrica de Churuguara una vieja casa de estilo colonial que logró conseguir en un muy buen precio de una familia que se mudaba a la ciudad. Una casa de bahareque con alto techo cubierto de tejas, patio interno rodeado de hermosas plantas de rosas. Le realizó un par de modificaciones para que le sirviera, además de vivienda residencial, como local comercial para una venta de víveres que se propuso instalar en el lugar.
Peruchote se proponía a iniciar una nueva vida en el pueblo. A pesar de lo aferrado que se sentía a Caño Largo, el miedo generado por una posible repetición del increíblemente largo verano y la responsabilidad que sentía por su nieto le hizo prometerse a sí mismo que no arriesgaría nunca más el futuro de Juanito; se puso como meta dejar todo el pasado en el lugar que le correspondía: bien atrás. Para eso vendió su casa y su parcela en Caño Largo y se instaló en Churuguara de manera definitiva. Esta venta también le ayudó a invertir en los productos que pensaba vender en su nuevo local o bodega como se le denominaba en la región.
El negocio lo bautizó con el nombre “La Fe en Dios” y rápidamente se convirtió en uno de los de mayor demanda en la zona, no sólo por lo bien surtido que se encontraba, sino también por la agradable conversación que generaba el popular Peruchote con sus entretenidas historias con las que entretenía a la gente, generalmente inventadas, cosa que la gente sabía pero que igual disfrutaban plenamente con sus cuentos.
Eustaquia, como siempre, dedicada a su cocina, le colaboraba a las ventas del negocio preparando unos deliciosos dulces de leche y de coco, además de unos exquisitos ponqués y suspiros que le enseñó a hacer doña Alcira cuando estaba en Caño Largo, al igual que unas ricas tortas o pasteles que vendía por generosas porciones y que eran un extraordinario gancho para los clientes que las solicitaban ávidamente junto a un espumoso café con leche grande. Eustaquia también preparaba unas empanaditas de queso que gustaban mucho y que la gente comúnmente acompañaba con una fría cola gaseosa.
Juanito era el principal cliente del nuevo negocio, aunque nunca cancelaba lo consumido, siempre con el estómago listo para recibir las delicias de su mamá vieja Eustaquia, que a veces se ponía brava con el niño por “esa pedi’era de chucherías” como le decía ella, pero cuando ella le negaba algo al niño, su papá viejo Peruchote le daba lo solicitado por el niño al menor descuido de la abuela, quien le decía a Peruchote:
–¡Sí!, vos creés que no me doy cuenta, pero lo que estás es malcriando a ese muchacho.
–Jeje, ¿y qué más voy a hacer negra?, vos sabés que ese tripón es mi vida, y ya bastante hambre que lo puse a pasar al porecito, cuando estábamos en el caserío.
–¡Juhmmm! –decía Eustaquia con una actitud de reproche, pero en realidad, ella era la primera consentidora del pequeño Juan.
A un ´par de cuadras de la bodega, vivía mano Rafa, quien se había mudado a ese lugar luego de adquirir una vivienda bastante digna que logró comprar gracias a una generosa colaboración que le dio Peruchote, a pesar de la inicial reticencia de su compadre, como agradecimiento y para, de alguna manera pagarle a mano Rafa, por la cesión de la parcela que le había hecho antes de irse a trabajar a la constructora de la carretera en la cual laboraba actualmente y que también le dio un préstamo para así completar el dinero necesario para el pago de la vivienda, en la cual vivía mucho más cómodo mano Rafa con su esposa y sus siete hijos.
Al final de cada tarde, como si estuviese cumpliendo con un horario, mano Rafa llegaba a la bodega “La Fe en Dios” de Peruchote y se sentaba frente al mostrador en una silla de cuero de vaca que tenían destinada para los clientes-visitantes que llegaban al negocio. Ahí, los dos compadres, hablaban de las remembranzas de Caño Largo, en parte extrañando esos días de juventud y de felicidad no apreciada en su momento. Los sábados eran los mejores días para la venta ya que llegaban muchas personas de los caseríos circunvecinos a Churuguara, pero Peruchote se alegraba más cuando llegaba ese día de la semana pues se reencontraba con antiguos compañeros de Caño Largo que subían al pueblo a hacer las compras de la semana para sus respectivas casas.
El período de adaptación a la nueva vida había sido aprobado con las mejores calificaciones por Peruchote y Eustaquia, quienes ya se acostumbraron a una vida un poco más monótona como lo era estar siempre semi-encerrados en un local comercial. Churuguara, a pesar de ser mucho más grande y con más movimiento que Caño Largo, no dejaba de ser un pueblo sumamente tranquilo, con gente buena, solidaria y conversadora.
Juanito fue inscrito en el preescolar, cosa que en el caserío hubiese sido imposible. Así, el pequeño se fue adaptando a la presencia de otros niños, a compartir y a competir en cierta forma con muchos de ellos. El primer día en el preescolar fue todo de llanto, se aferraba a su mamá vieja cuando ésta lo dejaba en el instituto escolar, pero de a poco le fue tomando cariño a la escuelita, a su maestra y a sus nuevos compañeros.
Mano Rafa y Peruchote ya casi no visitaban Caño Largo debido a sus ocupaciones, y estas visitas se habían limitado prácticamente en forma exclusiva a ir cuando algún poblador del caserío fallecía, para cumplir como era debido con extender el pésame a los familiares del difunto o difunta según fuese el caso.
Casi a los dos años de haber dejado Caño Largo, llegó Olinto a la bodega de Peruchote.
–Buenas Peruchote, ¿cómo me la va diendo?
–¡Ahora sí pues!, Olinto, chico, ¿cómo estás vos?, esos sí es raro que estés por ahí un día que no sea sábado.
–Es que tuve que venir a hacer unas diligencias en el pueblo porque la vieja Moncha se nos murió esta madrugada y me vine a cuadrá las cosas pa’ su entierro.
–¡Ah buena vaina chico!, esa sí es una mala noticia Olinto, porecita caraj, Dios la tenga en su santa gloria. Pero tengo entendido que ya estaba enfermona, ¿cierto?
–Pues, así mismo es Peruchote. Ah viejita pa’ fuñía era esa. No se pelaba casi nunca. Fijate que ayer fui con Juvenal pa’ que don Marcos a visitala, porque ya estaba encamá hace unos días, y la viejita lo primero que nos dijo fue: “Hasta mañana llego yo, señores, hasta mañana”. Se me paran los pelos cada vez que me acuerdo de eso.
–Al diablo Olinto, tenés toda la razón. Era bien fuñía la vieja Moncha, ¿tú sabes lo que es predecir su propia muerte? No, que va. Hay que quitarse el sombrero.
–Así es, así es. Mañana en la tarde la vamos a enterrá, por si acaso tenés pensa’o ir pa’llá.
–Pero claro que voy a ir, tengo que ir porque esa gente siempre fueron muy buenos con nosotros. Mañana temprano cojo pa’llá.
Mano Rafa y Peruchote fueron en representación de sus familias al velorio de la vieja Moncha. Al entrar en la casa de don Marcos, luego de saludar a algunos conocidos que se hallaban en el sitio, vieron a la difunta reposando en un humilde féretro de madera, muy sencillo, con tres velones encendidos a cada lado. La vieja Moncha había muerto con una expresión serena luego de una larga vida de trabajo y de entrega. Los compadres la contemplaron un momento, uno a la vez, para luego dirigirse a los únicos familiares que tenía la anciana, aunque no lo fuesen de sangre: don Marcos y doña Alcira. Luego de cumplir con el protocolo, se sentaron unos pequeños bancos de madera que estaban libres y se unieron a un grupo que conversaba de diferentes cosas, tal como se estilaba en esos velorios. A los pocos minutos de llegar les sirvieron una ronda de café en unos pocillos de peltre. Mano Rafa comentó:
–Caracha compa, primera vez que me sirve café en esta casa una persona distinta a la vieja Moncha. Se siente raro, ¿verdad?
–Verdaderamente mano Rafa, no me había percatado de eso, –dijo el catire Lolo, vecino de don Marcos.
Los compadres se quedaron hasta el entierro en el desolado cementerio de la comunidad, para aprovechar que los llevara de vuelta al pueblo un conocido de Churuguara que había ido al entierro en su camión de estacas.
En el camino de vuelta a la rutina, Peruchote le comenta a mano Rafa:
–Hay que ver compadre, cada vez va quedando menos gente de nuestra época. Yo no sé usted, pero cada vez que vengo a mi terruño como que lo voy sintiendo menos mío, a veces lo extraño, pero lo que extraño es los buenos años que vivimos aquí.
–Bueno compa, a mí me pasa lo mismo. Ya para acá no me provoca volver. A lo mejor me dirán pretensioso, pero es que las cosas ya no son como eran antes. Pero bueno, ¿qué se le va a hacer?