La noche fue llenando con su negritud todo el paisaje y el sonido de los grillos iba poco a poco inundando el ambiente y a la vez sirviendo de una especie de arrullo para los pobladores de Caño Largo que se disponían a culminar otra jornada sin la presencia del preciado líquido.
El día amaneció igual que como amanecía en los últimos años, con un sol radiante y un cielo completamente despejado mostrando un hermoso azul por los cuatro puntos cardinales. Peruchote se despertó con muy buen ánimo, y luego de tomarse su café recién salido del fogón de Eustaquia y de comerse una buena arepa se dispuso a ejecutar la faena de la siembra de la esperanzadora semilla. El día entero se le fue en esparcir la semilla por todo el terreno y aún le quedó buena parte de ella adquirida gracias a unos préstamos realizados a varios amigos de la zona. Una vez finalizada la labor los pensamientos se embarcaron hacia un horizonte sin fin en ideas sobre cómo haría para traer agua hasta su terreno, tendría que pagar transporte de agua en pipas probablemente, lo cual encarecería mucho más los costos de aquella alocada aventura que recién emprendía. Perforar pozos es algo que ya había sacado de su mente pues muchos otros que lo habían intentado fallaron en el intento.
–Algo se me ocurrirá –pensaba el buen Peruchote.
Ya entrada la noche, recostado junto a su negra Eustaquia, un grito lo sacó de su amodorramiento.
–¡AH PERUCHOOOOTEEEE! –se oyó desde la brocha que servía de entrada a la vivienda de Chirinos. –¡COOOMPAAAA!, SALGA UN MOMENTICO PUES –gritaba el popular mano Rafa.
–Al diablo compadre, ¿qué hace porai a estas horas? –dice Peruchote asomándose por la vieja puerta de madera de su casa. –¿Fue que me lo corrió otra vez la comadre?
–No hombre, chico, es que vengo a despedirme.
–¿Cómo es la guarandinga?, ¿a despedirse?
–Hace un rato llegué del pueblo y la gente de la contratista que va a hacer la carretera me dijo que me fuera pa’llá mañana mismo, pa’ empezar pasa’o mañana, Dios mediante.
–¿Tan rápido mano Rafa?, y ¿no te pensás quedá pa´ las rogativas?
–No compita, no puedo, vos sabés que cuando esa gente dice que es para ya es porque es para ya. De todos modos si yo veo que puedo venir, yo me vengo. Voy a trabajá como ayudante de topógrafo, limpiando monte y sosteniendo unos palitos y lo que me diga el hombre que haga. Parece que la cosa no es tan difícil y me van a pagar bien. Eso me lo cuadró el ingeniero Eduardo Arcaya, un señor que se ve buena gente. Vine a despedirme compadrito y a ponerme a la orden por allá, ya me cuadraron una casita chiquitica que me van a alquilar pa’ irme con mis barrigones y con la mujer.
–Bueno mano, si es por su bien y el de su familia yo no puedo más que desearle todo lo mejor en ese trabajo y que mi Dios me lo bendiga.
–Amén Peruchote, amén. Yo ando muy ilusionado con eso. Vamos a hacer como te dije antes hermanito, de hoy en adelante mis tierritas son suyas pa’ que las trabaje y me las tenga cuidaítas por si tengo que devolverme, pero yo espero no tener que regresar compa, por lo menos esa es la idea que llevo, que me vaya bien en el pueblo y poder echas pa´lante a esos muchachos y tal vez puedan estudiar algo por allá.
–Bueno compa, esas son muy buenas intenciones. Yo le voy a tomar la palabra y voy a tratar de aprovechar lo mejor que pueda sus tierras así como estoy haciendo con las mías y si se da algo, algo también le reconozco.
–No mi compita, lo que produzca ahí es suyo na’ más. Yo más bien le agradezco que me cuide mis tierritas –le dice al momento que le palmeaba el hombro con fuerza, luego, mirándolo fijamente, sintiendo un nudo en la garganta por la despedida le dice a su compadre: –Compa yo me voy de una vez pa´l rancho porque allá debe estar brava la vieja porque no la estoy ayudando a arreglar las cosas que nos vamos a llevar mañana. Peruchote ya sabés que estoy a la orden allá si se quiere ir a probar suerte, cuando vos digás le puedo hacer la vuelta con esa gente a ver si le consigo algo.
–Gracias mano Rafa, yo sé que siempre voy a poder contar con usted. Yo voy a seguir en mi monte, por lo menos por los momentos, y cualquier cosa, yo le pego un grito mi compadre. Toda la suerte del mundo y que Dios y la Virgen me lo acompañen por esos lares. Me les echa la bendición a los muchachos y me despide de la comadre.
–Adiós pues comadrita Taquia –dice mano Rafa a Eustaquia, quien se había unido a la reunión de los dos grandes amigos, –Cuide mucho al viejo cascarrabias este y a mi ahija’o Juanito, –saliendo apresuradamente del ranchito de Peruchote antes que estos pudiesen apreciar que los ojos de mano Rafa empezaban a humedecerse.
Peruchote al ver alejarse a su querido compadre abraza a su mujer y comenta:
–Solos mi negra, cada vez nos estamos quedando más solos.
Al siguiente día Peruchote se fue bien temprano para la parcela de su compadre mano Rafa y sin perder nada de tiempo se dispuso a limpiar toda el área y comenzar a preparar todo el terreno para sembrar la semilla que le había quedado. En su mente, mientras trabajaba duramente, corría un pensamiento entre jocoso y sombrío: “Ahora sí negro, ó te salvas ó te pegas el mecate”, pensando en todas las deudas que lo agobiaban y en un par de personas de los alrededores que habían tomado la terrible decisión de suicidarse por las dificultades económicas que sufrían la gran mayoría de los pobladores de aquella región, agrícola por excelencia.
Mientras tanto, mano Rafa salió bien temprano con su esposa y sus muchachos cargando con todas sus cosas para una nueva experiencia en la población cercana de Churuguara, aprovechando que el señor Segundo Querales tenía que hacer unas diligencias en ese lugar y quien amablemente le ofreció llevarlos en su camioneta y hacerle la mudanza de manera gratuita. La vida de los compadres tomaba rumbos diferentes por primera vez desde que tenían memoria.
A media tarde llega a casa de Peruchote el señor Venancio:
–Buenas tardes señora Eustaquia, ¿cómo me le va?
–Buenas, don Venancio, pase adelante. Estamos bien por aquí. ¿Y ese milagro, qué me lo trae porai?
–Estoy haciendo un recorrido por todas las casas de la comunidad para informarles que el próximo sábado vamos a empezar con las rogativas, para que nos acompañen todos los que puedan, usted sabe que mientras más masa, más mazamorra. Necesitamos que todos apoyen para que nuestras oraciones puedan llegar bien fuertes hasta nuestro Señor. Vamos a sacar la imagen de San Isidro y la de la Virgen de Guadalupe. Vamos a hacer eso toda la semana, yo sé que todos tenemos ocupaciones pero esto es algo que nos afecta a todo. Hasta La Aguada se nos está secando y ¡así sí es verdad! Cuento con usted y con su marido, ¿cierto?
–Pero claro que sí señor Venancio, todos los días que sea necesario, usted no más nos dice la hora y ahí vamos a estar como un clavel.
–A las cuatro de la tarde doña, a esa hora vamos a reunirnos para salir de la capilla a golpe de cuatro y media.
–Ahí estaremos, con toda seguridad.
Finalmente llegó el domingo de inicio de las rogativas, Peruchote y Eustaquia se fueron a un cuarto para las cuatro para la capilla. Cuando llegaron se encontraron con varios conocidos de la zona y a medida que avanzaba la tarde seguían llegando pobladores de Caño Largo y algunos más de otros caseríos de los alrededores que también se veían afectados por el intenso verano. A pesar de lo avanzado de la tarde, el sol era abrasador, las gotas de sudor se apreciaban claramente en los rostros de los asistentes a la capilla. El párroco Fabián Guevara, español de nacimiento pero con varios años en Venezuela, era el encargado de la parroquia San Juan Bautista de la población de Churuguara y estaría dirigiendo las rogativas los días que fuesen necesarios. El padre Guevara era un hombre de tez blanca, de estatura mediana, con una barriga prominente y con una calvicie bastante pronunciada. Era conocido por ser bastante severo y por cierta afición a la bebida en círculos íntimos.
–Cuando usted lo ordene le reúno a la gente señor cura –le dice Venancio al padre Guevara al ver una afluencia importante de personas en los alrededores.
–De una vez hijo mío, vamos a empezar ya mismo –le ripostó el párroco al señor Venancio.
Venancio empezó a llamar en voz alta a los participantes de las rogativas que de esa manera fueron dejando las conversaciones aisladas que estaban realizando para irse uniendo en un grupo compacto alrededor del cura y de las imágenes de los santos que ya tenían ubicadas en la entrada de la pequeña capilla de Caño Largo.
–Hermanos, vamos a empezar –dijo el cura a la pequeña multitud. –Vamos a marchar hasta La Aguada, allá oraremos y pediremos al Señor que nos envíe la preciada agua que todos requerimos y luego regresaremos a la capilla. Todos unidos formando una sola oración.
La caminata inició con Venancio, Domitila, Simplicia y Augusto a la cabeza del grupo con dos grupos de cuatro personas cada uno cargando las dos imágenes de yeso que representaban a San Isidro Labrador, patrón de los agricultores, y a la Virgen de Guadalupe, patrona del caserío Caño Largo. Peruchote estaba en el grupo inicial de carga de San Isidro.
Una vez llegados al área del manantial, los asistentes se ubicaron bajo la sombra de la gran arboleda reinante en ese sector para protegerse de los rayos del sol que, a pesar de lo avanzada de la tarde, seguías imponiéndose con gran fortaleza.
El cura empezó con una bienvenida a todos los feligreses que lo acompañaban en esa ocasión hablando de la importancia primordial que significaba mantener una inquebrantable fe en aquellos momentos de inclemencia de la naturaleza hacia esa zona de la nación, e inmediatamente comenzó con un par de oraciones lideradas por un Padre Nuestro. De acción seguida, Las señoras Domitila y Simplicia iniciaron un canto de alabanza que iban acompañando la gran mayoría de la concurrencia, con los sonidos hermosos de una guitarra que con gran destreza se desempeñaba en los brazos del músico Augusto Jiménez, hombre muy devoto y dado a todas las cuestiones de la iglesia católica.
La gente cantaba y oraba con sus ojos cerrados, en una demostración clara de fe y de compromiso con lo que estaban ejecutando, algunos se tomaban de la mano y había incluso quien dejaba resbalar con una caída suave y ligeramente ondulada una lágrima generada por la emoción que le provocaba el acontecimiento. Todo ese acontecimiento era un hecho que a cualquiera que lo hubiese contemplado de lejos indudablemente le hubiese conmovido hasta lo más profundo del alma.
Alrededor de una hora estuvieron en el sitio hasta la aparición del hermoso crepúsculo que solía adornar el oeste lejano de la región al final de las tardes. Todos hicieron la misma travesía que habían realizado más temprano pero ahora en sentido inverso, hasta dejar las imágenes de los santos en sus lugares respectivos en la pequeña capilla de la localidad. Muchos, al irse a sus casas desde de la capilla, lanzaban una mirada suplicante al infinito de la cúpula celeste buscando una esperanzadora respuesta a su pedido materializada en alguna nube de tono grisáceo, pero a pesar de escudriñar de manera minuciosa, el cielo se veía completamente despejado, sin atisbos siquiera de alguna posibilidad de llovizna pasajera.
Peruchote, Eustaquia y el pequeño Juanito se fueron a sus casas después de participar en la primera jornada de rogativas satisfechos y esperanzados.
–Las cosas van a mejorar negra. El padre habló muy bien hoy.
–Ya vas a ver Peruchote, Dios nos va a escuchar.
Los días transcurrían y la gente seguía asistiendo a las rogativas, en mayor medida unos días que otros, pero la gente continuando reafirmando con su presencia la fe que tenían en que el verano pronto acabaría, a pesar de que día a día se mantenía un cielo completamente despejado y libre de signos de lluvia.
Ya estaban llegando al noveno día consecutivo de las rogativas, el último según lo previsto por el padre en vista de otras ocupaciones que tenía en su agenda. Eso estaba previsto desde el inicio de las mismas, en caso de lluvia no serían necesarias las nueve rogativas, pero si continuaba la sequía se llegaría a un máximo de nueve días de oraciones de súplicas en el caserío.
El domingo amaneció igual que los días anteriores, con un sol radiante. La gente se preparaba para asistir a la última rogativa prevista. El ánimo había decaído en buena medida, y una larga sombra de pesimismo empezaba a cobijar a buena parte de los habitantes de Caño Largo.
El cura desplegó su discurso igual que en otras ocasiones:
–Somos hijos de Dios y Dios no abandona a sus hijos, la fe nos salvará en nuestra próxima vida y nos salvará en ésta. Debemos reconocer nuestros pecados y arrepentirnos por ellos. Si no somos humildes y no reconocemos que Él es nuestro salvador entonces no podemos aspirar a su clemencia y a su gracia en los momentos difíciles que nos presenta la vida. Ofrezcamos nuestra vida al servicio del Señor. Dios Todopoderoso, muéstranos tu misericordia, ten piedad de nuestra región que te pide encarecidamente derrames sobre nosotros la lluvia tan necesaria para la vida, para nuestra aguada, para nuestros animales de crianza y para nuestras siembras que llevan el alimento a nuestras mesas. Envíanos agua señor Dios, tus hijas y tus hijos te lo pedimos, desde aquí te alabamos y esperamos tu bendición con una inmensa fe. Tú que todo lo puedes
Cuando el cura terminó su sermón hubo un tenso silencio en la capilla que repentinamente fue roto por una voz que se elevó entre los asistentes gritando:
–¡PADRE, AYÚDANOS!
Acto seguido se le fueron uniendo la misma súplica, una tras otra, siendo repetida por muchos, hasta oírse casi al unísono:
–¡PADRE AYÚDANOS!, ¡PADRE AYÚDANOS!, ¡PADRE AYÚDANOS!, ¡PADRE AYÚDANOS!, ¡PADRE AYÚDANOS!
Las voces continuaron con la petición pero bajando cada vez más el tono hasta convertirse en un murmullo casi imperceptible.
Una sensación de impotencia y de tristeza luego de nueve días de rogativas recorrió rápidamente a los presentes al no poder conseguir la meta, al menos por ahora, sin embargo, la mayoría de los presentes creían que las oraciones ejercerían un efecto inmediato, lo cual no había ocurrido. Un nuevo silencio, esta vez más largo, invadió el lugar y cuando se disponían a abandonar la capilla cabizbajos, casi todos sufrieron un sobresalto al escuchar un fuerte portazo en la entrada principal de la capilla. La puerta golpeó tan violentamente que no se mantuvo cerrada sino que rebotó con fuerza. Voltearon hacia la puerta y vieron como nuevamente se azotaba con un poco de menos fuerza esta vez y observaron por las ventanas como unos cujíes que estaban alrededor de la edificación comenzaban a mecer con fuerza sus ramas debido a una fuerte y extraña brisa que de manera intempestiva había comenzado a soplar. Los pobladores empezaron a salir, con Peruchote y Eustaquia entre los primeros. Una vez afuera veían con asombro como la brisa movía los árboles y levantaba bastante polvo de la tierra azotada por el inclemente verano. Empezaron a dirigir sus miradas hacia arriba y con el corazón acelerándose cada vez más contemplaron como el viento empezaba a arrastrar una serie de nubes grises sobre el poblado, y escucharon un estruendoso trueno que les sonó a hermosa música en sus oídos ávidos por escuchar este tipo de sonidos que tenían tanto tiempo sin disfrutar. Todos estaban afuera con una sonrisa esbozada en sus rostros, comentando entre ellos y señalando hacia el cielo sobre lo maravilloso que estaba aconteciendo. A los pocos minutos empezaron a caer las primeras gotas de la tan anhelada lluvia, que inició como una pequeña llovizna y rápidamente se fue convirtiendo en una precipitación más intensa. Parecía que el firmamento se había conmovido tanto con el dolor de los pobladores de Caño Largo que finalmente no aguantó y soltó un largo y profundo llanto afectado con la tristeza de la comunidad. Se escuchaban expresiones altisonantes de alegría, otros simplemente colocaban su rostro hacia arriba dejando que las refrescantes gotas mojaran todo su rostro apreciando en su máxima expresión el suave y delicado impacto que producían al impactar sus caras y luego dejarse rodar rápidamente hacia el suelo seco que chupaba el preciado líquido con avidez. Hubo muchos abrazos y expresiones de agradecimiento a Dios. La lluvia no cesaba y así cada quien emprendía camino hacia sus moradas con una alegría que no podía ni querían que fuese disimulada. Peruchote se fue abrazando con su derecha a su negra Eustaquia y cargando con la izquierda a Juanito quien no había parado de dar vivas al ver un fenómeno que en su conciencia no recordaba y que para él lo estaba viviendo por primera vez. Se fueron caminando, poco a poco, disfrutando de la llovizna que se iba transformando en aguacero, pero para ellos no importaba el mojarse, todo lo contrario, lo disfrutaban intensamente. En el rostro del recio Peruchote, varias lágrimas se confundieron con las gotas de lluvia que se deslizaban por su rostro, lágrimas de felicidad, lágrimas de agradecimiento, lágrimas de esperanzas por un futuro mejor.
La lluvia continuó cayendo de manera continua por tres meses. Al final de cada tarde ya era casi seguro que el agua del cielo caería de manera generosa. Luego de las dos primeras semanas de lluvias, muchos de los habitantes de la zona empezaron a hacer diligencias para comenzar a sembrar y aprovechar la buena voluntad del Creador para esas tierras. La única siembra que ya estaba avanzando desde el comienzo de las precipitaciones era la de Peruchote en las dos parcelas: en la de él y en la que le había cedido mano Rafa. En las dos parcelas el cultivo estaba creciendo hermoso. Aunque, paradójicamente, tanta agua ahora estaba empezando a preocupar a Peruchote, pues le mortificaba que algún tipo de plaga atacara su sembradío y, aunque además de atender su parcela se ganaba algo de dinero trabajando en otros terrenos que preparaban otros dueños, esas ganancias apenas le alcanzaban para la comida de su casa y no podía comprar los insumos que pudiera requerir su cultivo, además, ya estaba muy endeudado. Los días iban transcurriendo y la lluvia no faltaba a la cita.
Los amigos de Peruchote no paraban de asombrarse ante lo hermoso y grande de sus cultivos, los cuales ya estaban a punto de cosecha. Tres meses habían pasado desde la última rogativa que a su vez marcó el inicio del largo período de lluvias. Increíblemente la siembra se dio muy cercana a la perfección sin necesidad de utilizar herbicidas, insecticidas o fungicidas en ella. Cualquiera hubiese pensado que Dios le estaba cancelando a Peruchote con esa bendición una vieja y larga deuda que tenía pendiente con él. El viejo obrero no dejaba de darle gracias al Señor. Todo estaba saliendo perfecto. Vinieron personas de Churuguara, Barquisimeto y de Coro a comprarle la cosecha, la cual alcanzó los mayores precios que se habían visto en dos años debido a la escasez del producto ya que muy pocos habían sembrado para la fecha que lo hizo Peruchote. La producción en las dos parcelas fue abundante y con un alto precio de ventas. Eustaquia estaba absolutamente incrédula ante lo que estaba pasando. El dinero les estaba lloviendo casi tanto como la misma lluvia que no paraba de hacerlo en los últimos meses. Peruchote pagó todas sus deudas, incluyendo altos intereses en algunas. Dio muestras de gran desprendimiento al repartir parte de su producción entre los habitantes de Caño Largo y mandó a pintar y a realizar algunas refacciones que requería la capilla. Las cosas habían cambiado para el viejo encargado de La Avileña.