El pequeño Juanito, cursaba el cuarto grado de primaria en la Escuela “Padre Aldana”, y ya tenía fuertes lazos de amistad desarrollados con Timoteo, el hijo menor de mano Rafa, quien estudiaba con él en la misma sección del centro educativo. Juanito se mostraba inteligente, captando rápidamente los conocimientos que le eran impartidos por su maestra de grado. Como es lógico, compartía mucho también con los otros niños de su salón, tanto en la escuela como fuera de ella, pues solían reunirse en un descampado cercano a su casa donde jugaban béisbol con unas pelotas de trapo realizadas por ellos mismos y con un bate de madera de vera que les había hecho mano Rafa e imaginándose grandes jugadas en el campo al estilo de Carrasquel. Juanito conocía todo lo relativo a su pasado: que sus padres habían fallecido antes de él poder conocerlos y que lo habían criado sus abuelos maternos. También conocía de lo poderoso que era su abuelo paterno en la zona y de todo los beneficios materiales que podría estar gozando en esos momentos de no ser por lo cruel que había sido el destino con él desde antes de nacer. Esto lo había entendido el pequeño de manera equivocada, pues sentía ciertos aires de superioridad que a veces manifestaba a sus compañeritos quienes generalmente respondían a ese comportamiento con burlas sobre su actual presente. Esto se lo contaba con mucha tristeza Juanito a su abuela Eustaquia, quien lo consolaba sacando dos botellas de gaseosa de la nevera del negocio, a las cuales les hacía un pequeño orifico con un clavo en el centro de la tapa de lata que mantenía cerrada la botella, y por ahí disfrutaban poco a poco de la bebida inclinándola hacia arriba, chupando y extrayendo el burbujeante líquido azucarado.
–No les hagas caso mijito –le decía Eustaquia, –tú sabes quién eres y eso tiene que ser suficiente para ti, además, lo importante es forjar tu propio futuro, tu propia vida, no importa lo que pasó antes. Tú tienes que ser humilde, trabajador como tu papá viejo Peruchote y como era tu papá viejo don Negro. Lo importante no es lo que pasó sino lo que va a pasar, y eso va a depender es de lo que tú mismo hagas para que se cumpla de una buena manera lo que quieras en esta vida.
Juanito veía a su amada abuela, con ojos humedecidos pero con el asomo de una sonrisa que le alumbraba el rostro luego de las sabias palabras de su mamá vieja Eustaquia.
El pequeño, al final de cada tarde, luego de disfrutar de sus juegos infantiles con sus compañeritos, llegaba a la bodega y se sentaba muy quieto en una esquina del local a disfrutar de las charlas entre su padrino mano Rafa y su papá viejo Peruchote, además de tres o cuatro visitantes más que frecuentaban el sitio para terminar de pasar sus tardes de una manera amena. A Juanito le decían, a modo de chanza, que parecía una persona mayor, juntándose con ese “bojote de viejos” que contaban historias muy interesantes de sus pasados añorados y de cuentos inventados por ellos pero que hacían pasar como muy reales, pues muchas veces colindaban tanto con la realidad que dejaban muy poco margen a la duda. Entre esos cuentos estaban los de las historias sobrenaturales que contaban muy serios y que a algunos de los presentes generalmente les hacía poner la piel de gallina pero lo disimulaban muy bien para evitar que entre todos les jugaran bromas por ese hecho. Uno de los visitantes a la bodega que siempre tenía historias interesantes era el señor Baldomero Ramos, hombre muy respetado en el pueblo, de buena posición pero muy humilde, quien siempre era blanco de bromas por tener una boca particularmente de gran tamaño, y de la cual, él mismo se burlaba en muchas ocasiones. Otro visitante era el italiano Bruno Cafarelli, inmigrante llegado a estas tierras huyendo a los horrores de la guerra, dueño de una pequeña pero bien surtida panadería, fumador empedernido y gran aficionado al café preparado por Eustaquia, del que decía que era mejor que el que hacían en su tierra. Finalmente, otro de los consuetudinarios asistentes a las “reuniones vespertinas”, como le decía el italiano a esas jornadas, era el señor Enrique Rodríguez, hombre sumamente jocoso, una de las principales atracciones de esas tertulias pues siempre tenía un chiste a flor de labios. El señor Enrique era un hombre moreno claro, de pequeña estatura pero de buena contextura física, siempre con un sombrero pelo de guama que era su sello característico, ganadero de mediana edad y parrandero por excelencia.
–Muy buenas tardes a todos, señores. Caramba, pero como que el único que faltaba era yo, pero ya llegué –dice el señor Enrique saludando con un apretón de mano a todos los presentes: al señor Baldomero, al italiano, a mano Rafa, a Peruchote y a Eustaquia.
– Y, ¿de qué era la conversa que tenían?, digo, para unirme de una vez –pregunta Enrique Rodríguez.
–De lo flojas que son las mujeres hoy en día. Ya no quieren pasá de seis muchachos hoy en día –le responde mano Rafa.
–Ah pues. Bueno, es que eso no debe ser tan mantequilla tampoco mano Rafa –le indica el señor Enrique.
–No hombre, Enrique, es que antes no era así. Antes sí eran guapas las mujeres para parir, ahí tiene usted el caso de la comadre Socorro de Caño Largo. Tuvo 13 muchachos entre machos y hembras, y ese compadre Alirio que no le daba descanso a esa pobre mujer, jeje. Aunque tantos hijos para quedarse solitos al final, pero así son las cosas. Ahorita allá deben estar los dos: él sentado con su carota amarrá, como siempre, con el perrito Teddy en un lado, y ella preparándole un buen café. Muy buena gente los dos, siempre les recuerdo –dijo mano Rafa con un dejo de añoranza.
–Sí compadre, tiene razón, excelentes personas de verdad –intervino el popular Peruchote. –Por cierto, y hablando del maestro Alirio y cambiando la conversación: el maestro Alirio siempre contaba que a él lo habían encantado los duendes de La Aguada, de allá de Caño Largo. Según cuenta y que él estaba bastante muchacho cuando eso, de unos siete años más o menos, jugando una mañana cerca del riachuelito que se forma junto al nacimiento y vio moviéndose unas hojas de unas maticas, ahí mismito, como a unos ocho metros de distancia. De repente vio una manita enguantá que salió entre las hojas que lo saludaban alegremente. El maestro, entre curioso y sorprendido se acercó para ver mejor y se fijó que estaba un hombrecito, más chiquito que él, de bigote y barba, ensombrera’o, ofreciéndole un cambur al maestro Alirio. Él cuenta que no le dio tanto miedo el hombrecito, y como de paso cargaba hambre, no dudo mucho en tomar el cambur que le ofrecía el extraño ser. El muchachito se comió el cambur y dice que de golpe se sentía como mareado, sin voluntad de nada, y el duende lo tomo de la mano y se lo llevó corriente abajo, entre unos matorrales, hasta llegar a una pequeña cueva por la que se tuvo que meter agachándose para no golpearse la cabeza. Ahí adentro se encontró con tres hombrecitos más que saltaban y gritaban de alegría al verlo. El niño sintió como que le estaban volviendo la conciencia y un gran susto lo invadió por todo el cuerpo y trató de pararse y salir corriendo, pero entre dos duendecitos lo agarraron por las manos y no lo dejaban ir. El maestro Alirio dice que daba gritos y les decía que lo soltaran, pero los duendes no lo soltaron. Le decían que se quedara quieto, que él ya era propiedad de ellos y que lo iban a cuidar siempre, que no le iban a hacer daño, pero el carricito no quería quedarse. Cuenta que llamaba a su mamá pero por supuesto su mamá no le escuchaba. Después de un buen rato, se calmó, se puso a pensar la cosa y les dijo que él se iba a quedar con ellos, los duendes lo dejaron tranquilo y se pusieron a hablar entre ellos. Él se quedó quietecito, los duendes le ofrecieron más cambures y unas naranjas, pero él sabía que con eso lo que lo iban era a encantar más; de todos modos él los agarraba pero no se las comía. Al fin, después de muchas horas, dos de los duendes salieron de la cueva y los dos que se quedaron se pusieron a hacer otras cosas. Cuando vio que los dos que se quedaron en la cueva se le descuidaron, pegó un salto, salió corriendo durísimo y se logró escapar de esos bichos que lo querían dejar ahí para siempre. Cuenta que llegó en la noche a su casa, con el corazón que se le salía por la boca debido a la carrera y al susto. Su mamá, la señora Ángela que estaba muy preocupada, le dio un tremendo regaño y le echó una pela porque decía que esos eran puros embustes que le estaba diciendo y que seguro fue que se le hizo tarde jugando con otros muchachos del caserío. Después de eso, el maestro Alirio dice que no fue más nunca solo por los lados de la Aguada. Que esa vaina no se la echaban más. Que cosas, ¿verdad?
Los presentes escucharon el relato muy atentos y con los ojos bien abiertos, con expresiones de asombro cada vez que Peruchote hacía énfasis en su narración.
–Eso no es aquí nada más, en el mío país también pasan esas cosas –intervino el italiano Bruno, quien era conocido entre la mayoría de los pobladores del pueblo como “el musiú”.
Baldomero tomó la palabra:
–Hay muchas cosas raras en este mundo. Arcaya Romero me comentó una vez que a él, cuando vivía en Santa Cruz de Bucaral, un muchachito lo corrió de la casa donde vivió un tiempo, cerca de la plaza. Cuenta que varias veces vio a un niño, de unos cuatro años aproximadamente, se le aparecía en la madrugada en la puerta del cuarto y se le quedaba viendo sin decir nada. Arcaya Romero dormía en una hamaca y el susto siempre lo dejaba tieso, –continuaba con su relato haciendo una breve pausa Baldomero. –Dice que el niño era un muchachito muy bonito, bien vestido, como si fuera a ir para una fiesta. El hombre, como se quedaba paralizado, no podía ni gritar ni pararse para salir corriendo. Estuvo averiguando con su compadre Humberto Henríquez que además era su vecino, para saber si en esa casa se había muerto algún niño tiempo atrás, pero nunca pudo saber nada sobre la criatura. El niño se le apareció dos noches seguidas más y el hombre dijo que ahora sí era verdad que no aguantaba más, que ni de vaina se quedaba más en esa casa. Agarró sus corotos, los montó en una camionetica vieja que tenía y dejó esa casa y la puso a la venta, diciendo que era mejor que el aparecido se metiera con otra gente y no con él. Ese mismo señor también cuenta que en la casa de una finquita que tenía en Moroturo también le echaron vaina los espíritus, a él y a todo el que se quedaba a dormir ahí, con la diferencia que en ese lugar no veían nada sino que lo que hacían era sentir distintas cosas, más que todo movimientos en las hamacas o en las camas. En las camas sentían como que alguien se acostaba al lado de ellos y otras veces sentían un gran peso sobre ellos, como si se acostaran sobre ellos. En cambio, en las hamacas, lo que sentían era que les jalaban las cabulleras y se las sonaban, con un movimiento así como el de un arpa que estuvieran tocando. Al principio no le pararon mucho, pensando que eran ratones que generalmente abundan en esas fincas, pero lo continuo de la situación los puso maliciosos. Casi siempre dormían en dos hamacas contiguas y como se las sonaban casi al mismo tiempo, uno de los hijos voló de la hamaca y prendió la luz pero no vieron nada. Cuando se dieron cuenta que era algo sobrenatural se asustaban y rezaban, pero después se les hizo tan común que cuando les sonaban las cabuyeras, Pedro y Leonardo, los hijos de Arcaya Romero, lo que hacían era preguntar “¿es vivo ó es muerto?, ¿tiene plata enterrá?”, pero el muerto nunca respondió. Ah muchachos pa’ guapos esos arcayita. Yo ni de vaina me hubiera quedado en esa casa señores, al primer jalón hasta las chanclas hubiera dejado en el piso de la carrera que hubiera pegado, jeje –remató el señor Baldomero.
Juanito, que había llegado al comienzo de la historia de Baldomero, estaba sentado en su acostumbrado rincón, completamente absorto, degustando la historia, con un susto que le invadía el cuerpo pero a la vez con la curiosidad de saber cómo terminaban cada una de las historias.
Cada cuento era acompañado con un par de sorbos de café por cada uno de los participantes, mientras que “el musiú”, cuando estaba finalizando un cigarrillo, sacaba otro la cajetilla que tenía en el bolsillo de su camisa y lo encendía con la colilla del que estaba finalizando.
Enrique Rodríguez tomo su turno y empezó así su historia:
–Pero así como pasan cosas raras que no tienen explicación, a veces es uno mismo que hace que aparezcan cosas donde no las hay. Yo siempre me acuerdo del cuento del perro negro que salía en Baragua, eso y que fue verdaíta. Dicen que todas las noches, en medio del monte, salía el fantasma de un perro negro, que le brillaban los ojos y echaba espuma por la boca. Todos los pobladores de ese pueblo contaban esa historia, que salía a la medianoche y asustaba a los caminantes que se les ocurriera salir a esas horas por las veredas de los cerros. Una noche y que se le enfermó la mujer a Bartolo Henríquez, un habitante de las cercanías de Baragua. La pobre mujer y que se sentía muy mal y no tenían medicamentos en la casa para calmarle las dolencias o bajarle la fiebre, una cosa así era. Lo cierto es que el tal Bartolo, un hombre creyente en todo tipo de historias de muertos y aparecidos, no le quedó más remedio que salir a esas horas de la noche hasta la casa más cercana que quedaba como a un kilómetro de su casa. Ya era medianoche. El hombre empezó a caminar por esos montes, más temeroso por los espantos que por las culebras que se pudiera encontrar. Cuando Bartolo pasó por un sector llamado “el sendero de las ánimas”, justo por donde se decía solía salir “el perro negro” sintió como las hojas iban crujiendo cerquita de donde iba él. Inmediatamente ese hombre apuró el paso y se santiguó como cinco veces seguidas diciendo “Ave María Purísima, Ave María Purísima”. El hombre no quería ni voltear pero el ruido se sentía muy cerca y será por el mismo instinto que tiene uno que Bartolo volteó a su derecha y a que no saben ¿que vio? –interrogó el señor Enrique observando a cada uno de sus espectadores y sin esperar mucho él mismo se respondió, –exactamente, lo que están pensando, un tremendo perro negro que iba caminando casi a su lado, un perro grandote, negriiiiitoooo, que caminaba y lo miraba a él también al mismo tiempo. El hombre presa de los nervios empezó a correr, pero el animal siguiéndole el ritmo también corrió junto a él. El hombre se tropezó y echó una trastabillada que casi pierde el equilibrio y el perro se le vino encima. No se sabe de dónde pero el pobre Bartolo sacó valor de donde no tenía, empuñó un palo de vera que siempre lo acompañaba y le echó aquel verazo a ese perro. Cuál no fue su sorpresa que al meterle aquel palazo al enorme perro éste lo que hizo fue salir huyendo del sitio con un lloreríon. No hombre chico, el perro era un perro normal, seguramente de algún habitante de las cercanías. El pobre animal se fue golpeao y el tal Bartolo que iba más caga’o que palo e’ gallinero tuvo que esperar un rato que le volviera el color a la cara para terminar de hacer su diligencia. Hay que ver que el miedo es una vaina seria.
–Así le pasó a un hermano mío –intervino mano Rafa, –que se vino rasca’o a pie desde El Tural y pasando Cacuro, cerquita de la curva donde dicen que sale “el muerto del manguito”, se encontró con Manuel David Delgado sentado en una piedra. Dice mi hermano Emeterio que Manuel cuando vio que era Emeterio el que venía, abrazándolo le dijo “Gracias a Dios que sos vos Emeterio, tengo rato aquí esperando pero me da miedo pasar porque ahí está el mismito muerto”. Emeterio que venía con el trago en la cabeza se envalentonó y echó a’lante y cuando estaba llegando a la curva, le pegó un grito a Manuel diciéndole “venite Manuel, flojo del coño, el muerto que viste es una mata de cambures que está moviendo las hojas por la brisa, haragán”, jejeje, ahí mismo y que pasó el pobre Manuel con la cabeza gacha, pero es que eso que dice don Enrique es la pura verdad, uno asusta’o ve y oye distintas cosas y lo primero que uno hace es pensá que es un muerto que está espantando a uno y uno, pues, no averigua na’.
Así, iba pasando la vida en Churuguara, un pueblo con un clima delicioso, con el verdor en sus alrededores y la calidez de su gente en que siempre la familia era un tesoro de incalculable valor. Así fue creciendo Juanito, sin padre y sin madre, pero con un cariño tan amplio proveniente de sus abuelos maternos que de no ser por comentarios a veces crueles que venían de algún niño por inconformidades propias de los infantes, hubiese pasado completamente desapercibida la ausencia de sus progenitores. La vida iba pasando con unos consentidores abuelos y la excelente amistad que llevaba con Timoteo, el hijo de mano Rafa. Una vida en la que no sobraba pero tampoco faltaba nada, nada de lo indispensable para disfrutar de las bondades de una existencia digna.