Juanito nuevamente estaba en la capital de la república, el viaje no había resultado tan largo en esta ocasión para él, pues, en un tono un tanto presuntuoso, había fungido como “guía turística” para su esposa y su adorada hija. La niña había ido todo el viaje pegada a la ventana, con la curiosidad a flor de piel y sin perder su capacidad de asombro en cada lugar transitado en la larga ruta. No había dejado de hablar, preguntando y preguntando a su admirado y “sabio” padre. La llegada fue en una nueva residencia, cercana a la de Timoteo, pero más cómoda, pues contaban con una habitación más amplia, la cual había asegurado Juanito antes de su viaje, y además tenía baño dentro de la misma. Los gastos de las vacaciones habían excedido sus cálculos iniciales, pero esto no preocupaba a Juanito a sabiendas que al día siguiente reiniciaría su trabajo en la ferretería y sería cuestión de esperar el pago para sentirse un poco más holgado a nivel económico.
Para Ana María, la adaptación inicial a su nueva vida se tornó más complicada de lo que ella hubiese podido anticipar. Se sentía sola entre esa enorme cantidad de gente que pulula en esas grandes urbes. Prefería quedarse encerrada, pues, a parte de no conocer nada de ese lugar, se sentía temerosa de caminar por esas calles con Gabriela debido a las historias que había escuchado de rapto y desaparición de menores que supuestamente ocurrían en la capital. Además, no poseía amistades, el único conocido era su compadre Timoteo y, éste, al igual que su esposo, siempre estaban ocupados durante todo el día, por tanto no tenía ella nadie con quien conversar o desahogarse de lo incómoda que se sentía en ese sitio.
Gabriela, por otro lado, estaba emocionada con su nueva vida, se sentía contenta por no tener que asistir a la escuela pero esto hacía que le generara más presión a Ana María por las ganas que tenía la niña de explorar la ciudad, de ver las jugueterías por las que habían pasado por el frente el día que llegaron, por comerse un helado de barquilla como el que le había visto al niño aquel. En fin, Gabriela estaba deseosa de disfrutar la ciudad y de todas esas novedades que ofrecía y que en Churuguara jamás habría encontrado. Pero encerrada no se sentía para nada a gusto. Sólo contaban con un viejo radio para entretenerse, nada que ver con aquel gran televisor blanco y negro, incrustado en un mueble de madera y que ocupaba una buena porción del espacio de la sala, en el que disfrutaba junto a su “abue” Peruchote de las aventuras de El Zorro. No le quedaba otra alternativa más que quedarse en esa habitación que no le gustaba, esperando a su padre para intentar convencerlo para que la sacara a “recorrer el mundo”.
Juanito, de vuelta a su trabajo, estaba contento con iniciar nuevamente su rutina laboral. Le había traído como obsequio a los dueños y a los compañeros de trabajo de la ferretería, unos dulces de leche que le había hecho Eustaquia, además de unos suspiros que fueron la sensación entre los afortunados que los recibieron, quienes luego de deleitarse con esas exquisiteces le sugirieron a Juanito que tenía que traerse a su abuela a la capital, porque habían quedado con ganas de probar más de aquellos deliciosos dulces.
–Ah mundo, qué más no quisiera yo que traerme a mi adorada viejecita para que esté conmigo, pero esa ni de vaina se viene para acá. Ella y mi papá viejo Peruchote están muy acostumbrados a ese pueblo.
–¿Tu papá viejo? –le inquirió Julio, uno de los compañeros de Juanito en el mostrador del local.
–Sí, chico. Así le decimos allá a los abuelos: papá viejo y mamá vieja.
–Ah, okey chamo –le respondió extrañado Julio.
Juanito, cada tarde al llegar a su habitación sentía la felicidad de ser recibido por su familia, pues, aunque nunca se sintió completamente sólo en Caracas por contar anteriormente con la compañía de Timoteo, jamás se podría comparar a la alegría de contar con el abrazo de su niña y el beso de su mujer luego de una ardua jornada laboral.
Poco a poco, Ana María fue tomando confianza y se aventuraba cada vez más y más a salir a la jungla de concreto, familiarizándose con los lugares de los alrededores. Sabía que tenía que esforzarse en ello pues pronto iniciarían las clases de Gabriela y tendría que llevarla y buscarla diariamente al colegio. Esto último no emocionaba demasiado a la niña quien se había habituado a dormir hasta tarde y a no tener la responsabilidad de cumplir con los deberes escolares.
Entre tanto, Timoteo seguía, igual que siempre, con su rutina diaria. Nunca se había propuesto conseguir un trabajo estable, aunque nunca le faltaban oportunidades de ejecutar labores de pago diario. Se había llevado “un regaño” de Juanito la primera vez que se vieron luego del retorno de su “casi hermano” a la capital, se sintió tan avergonzado que al día siguiente realizó un giro bancario para que fuese cobrado por su esposa en Churuguara, sin embargo, poco le duró el remordimiento y rápidamente volvió a su rutina de “dinero que caía, dinero que se bebía”, sin pensar en ahorrar ni siquiera para su uso personal posterior. Caso contrario fue el de Juanito, quien redujo al mínimo las salidas con su compadre y mejor amigo hasta el mínimo. Ahora tenía la familia con él y sabía que para lograr su meta de tener un negocio propio tendría que ahorrar al máximo. Vivía de manera moderada, no pudiendo evitar alguno que otro exceso, sobre todo cuando su Gabriela se lo exigía, como una visita a algún parque de diversiones o una asistencia a algún cine.
Luego de un año en la capital, Gabriela ya estaba dentro del sistema educativo nuevamente, Ana María estaba deseosa de colaborar obteniendo algún empleo a medio tiempo para aprovechar el tiempo que la niña asistía al colegio, sin embargo esto se había vuelto una tarea harto difícil, por lo que se había dedicado a preparar tortas que vendía por porciones al frente de la residencia todas las mañanas. Las primeras dos vacaciones de Juanito luego de tener a su familia con él, las ahorró casi íntegras, con el fin de ir poco a poco construyendo un suelo firme para poder independizarse económicamente. Sin embargo, cuando disfrutaba los últimos días de las vacaciones del año 1979 pasó algo que iba a cambiar el rumbo de todo lo planificado por Juanito.
Una cálida mañana del mes de abril, llega a la residencia de Juanito una extraña visita. Se trataba de Julio, el compañero de trabajo en la ferretería, acompañado por Daniel, otro de los trabajadores de la misma empresa. La visita sorprendió a Juanito pues, aunque eran compañeros de trabajo, no se hacían visitas de cortesía regularmente, y mucho menos en horario de trabajo, ya que quien estaba de vacaciones era Juanito, no ellos.
–¡Güepa muchachos!, ¿cómo está la cosa?, ¿qué andan haciendo porai? –indagó Juanito con una sonrisa.
El primer pensamiento que pasó por la mente de Juanito fue “¿será que me van a mandar a reincorporar antes de tiempo?, no que va, conmigo no van a abusar, yo me reintegro es el lunes”. Sin embargo, la visita de los muchachos de la ferretería correspondía para tratar otro tema, un tema mucho más delicado.
–Épale mi pana, nosotros bien, pero pasó una vaina jodida. Anoche secuestraron a Giovanni, el hijo del patrón. Nos cansamos de esperar a que abrieran el local y nada. Tuvimos que ir para la casa del italiano y allá nos enteramos. La señora Carolina está como loca. No saben nada del chamo, solamente saben que está secuestrado por una llamada corta que les hicieron.
–¿Cómo es la vaina? –dijo un sorprendido Juanito.
–Así mismo como te lo estamos diciendo es, chamo. Te vinimos a avisar por si querías ir tú también para la casa de Giuseppe a ver si se les puede ayudar en algo.
–Pero por supuesto compa. Espérenme un momentico mientras me cambio para que vayamos todos para allá. ¡Pero qué buena vaina vale!
En la casa del señor Cirucci se pusieron a la orden los muchachos y se quedaron todo el día en caso que los necesitaran hasta que al final de la tarde les dijeron que se fueran a sus casas porque allí no iban a poder colaborar con nada. Las cosas estaban en manos de la policía que tendría que encargarse del caso.
Juanito llegó muy preocupado de vuelta a su residencia, sintiendo mucho por la situación por la que estaba pasando esa gente que tanto lo había ayudado. Giovanni era un hombre de muy buen trato y frecuentaba el negocio de sus padres compartiendo un rato también con los empleados.
Llegó el día de la reincorporación de Juanito a su trabajo, sin embargo la ferretería continuaba cerrada. El secuestro de Giovanni Cirucci se había prolongado por varios días y sus padres no tenían cabeza para nada más. Desde el día de la lamentable noticia no habían vuelto a abrir el negocio. “Lo primero es la familia”, era un lema que solía esgrimir el viejo inmigrante italiano ante sus empleados en la ferretería. El problema del secuestro no sólo afectaba a la familia Cirucci, sino que por extensión también lo hacía con todos los empleados de “Materiales Cirucci, S.A.” quienes se encontraban en el limbo momentáneamente. Los días iban pasando y se filtraban noticias que no se confirmaban. La familia se había mantenido en un sepulcral silencio para evitar que algún comentario pudiese incidir de manera negativa en la situación de peligro en la que estaba su hijo. A veces se escuchaba en el sector que el secuestrado ya estaba muerto, otras veces decían que habían mandado una grabación donde aparecía aún con vida, otros decían que lo golpeaban y les enviaban fotografías de la víctima para acelerar la acción de pago que solicitaban. Los días continuaban pasando y los empleados continuaban en sus casas esperando la apertura de la ferretería, mientras tanto tampoco gozaban de su pago quincenal y no tenían respuesta de la familia Cirucci que se encontraba concentrada en el rescate de su hijo, que por supuesto, era lo principal para ellos en esos momentos. Veinticinco días después del secuestro les llegó una noticia definitiva: Giovanni Cirucci había aparecido en un matorral aledaño a la carretera panamericana, muy desmejorado pero con vida. La noticia fue recibida por todos con gran emoción. Al fin todo volvería a ser como antes. Al día siguiente, estaban todos los trabajadores de la ferretería media hora antes de la hora de entrada normal en el trabajo, comentando entre ellos el cómo habría sido el desenlace del secuestro y hablando también de lo complicados que se habían visto todos esos días sin trabajar Pero lo importante es que al fin regresaban.
Llegó la hora de abrir el local, sin embargo, los dueños tampoco se presentaron.
–Bueno, eso es normal brother, imagínate que a uno le secuestren a un muchacho y recién llegue uno no se va a ir a trabajar, uno tiene que disfrutar con él primero para seguir chambeando después –razonó Julio dirigiéndose a todos sus compañeros. –Vamos a esperar una media hora más y si no vienen nos iremos y ya será para el lunes que abran, para agarrar la semana por la punta –concluyó.
Por fin llegó el lunes. Todos los empleados estuvieron de nuevo muy temprano y sintieron alivio al observar la camioneta del señor Giuseppe estacionada en la fachada principal de la edificación. Cuando faltaban cinco minutos para la hora de la apertura se abrió una puerta pequeña que daba acceso a la oficina del jefe y por ahí también se podía acceder al resto del local. Un vigilante uniformado con un arma larga apareció en la puerta y le pidió identificación a cada uno de los trabajadores que fueron pasando uno a uno al interior de la ferretería. La señora Cirucci los saludó a todos, estrechándoles la mano y mirándolos muy seriamente y hablando pausadamente les informó:
–Muy buenos días señores. Les tengo malas noticias. –Todos se miraron entre ellos. –Como todos ustedes saben, mi familia acaba de pasar por una situación extremadamente desagradable, por lo que luego de una larga reflexión mi esposo Giuseppe ha decidido tomar una dolorosa decisión. Vamos a cerrar el negocio de manera definitiva.
La noticia cayó como un balde de agua fría sobre la cabeza de los empleados del local. No terminaban de asimilar lo que estaban escuchando. Mientras tanto, la señora Carolina continuó hablándoles:
–Sabemos que es una dura decisión la que hemos tomado, sabemos que tanto ustedes como su familia dependen exclusivamente de su sueldo para mantenerse, esa fue una de las variables más complicadas que tuvimos que manejar, sin embargo, lo que nosotros vivimos no se lo deseamos a nadie, y sólo nosotros sabemos el infierno por el que tuvimos que pasar y nos aterra pensar que algo así pueda ocurrir de nuevo. Por su pago no se preocupen, se los haremos llegar de manera inmediata. Les cancelaremos las dos quincenas que no abrimos el local y se les otorgarán sus prestaciones dobles como dice la ley. Mi esposo y yo estamos muy agradecidos por la labor y la colaboración que nos prestaron a lo largo de estos años. Igualmente les será entregada su constancia de trabajo en la cual resaltamos su honestidad y esfuerzo realizado en cada uno de los puestos que desempeñaron. Por favor, esperen un momento acá afuera y los iremos llamando a cada uno para que retiren su cheque.
Juanito y sus compañeros estaban impactados con aquella noticia
–A la broma pana, ¿y ahora qué vamos a hacer? –balbuceó uno de ellos mientras se tomaba la parte de atrás de la cabeza con las manos entrelazadas.
Todos salieron a cobrar su dinero y luego cada quien a su casa. Juanito, a pesar de estar tranquilo por un lado por tener al menos asegurado el dinero de sus prestaciones, por el otro le preocupaba que ya no tendrían esa entrada segura quincenal y que ese dinero no duraría mucho con tres bocas comiendo a su cargo. Ana María al conocer la noticia también se angustió mucho pero hizo grandes esfuerzos que no se notara para no preocupar más a su esposo.
Juanito no perdió tiempo. Al día siguiente mandó a hacer una hoja con su resumen curricular actualizado, le sacó unas copias y se puso en marcha a hacer un recorrido por la ciudad. “Igual que cuando llegué”, pensó. Su amigo Timoteo también le hacía gestiones para intentar conseguir un empleo para Juanito, sin embargo, la situación en esos días no estaba fácil y el empleo no abundaba. Luego de dos semanas en las que los ahorros se encontraban en franca baja, el carácter de Juanito se estaba tornando algo irascible y discusiones que en otro momento de la vida no hubiesen aparecido, comenzaron a hacerse frecuentes con Ana María. La desesperación se asomaba en la puerta de Juanito. Una mañana, tomó una decisión: adelantaría todos sus proyectos debido a las circunstancias; montaría su negocio propio. No sería como lo tenía proyectado en su mente, con un gran local, lleno de mercancía, con un gran rótulo externo, no, pero de alguna manera tendría que comenzar, sino corría el riesgo de descapitalizarse por completo sin encontrar una forma efectiva de reponer lo perdido. Ya estaba decidido: compraría mercancía y vendería de manera ambulante para mantener su capital e inclusive ir multiplicándolo poco a poco. Estuvo conversando con Timoteo sobre qué tipo de mercancía sería la más idónea, sobre la ubicación, sobre los permisos necesarios, sobre los proveedores, intentando cubrir todos los factores que incidirían en una mayor venta y un mayor margen de ganancias. Caminó largamente por el centro de la ciudad, observando detenidamente a otros vendedores ambulantes, viendo el movimiento de la gente en sus compras y preguntando precios tanto a quienes serían sus futuros colegas como en tiendas de minoristas y mayoristas. También se estuvo informando sobre la permisología necesaria para ese tipo de negocios y le informaron que para ese tipo de economía informal no se expedían permisos, que se trataba de una actividad ilegal y le recomendaron que consiguiera un local que cumpliera con los requerimientos para expendios de determinada mercancía y pagar los impuestos de ley.
“Ni que fuera tan fácil conseguir un local”, pensó Juanito, caminando disgustado por todos los requisitos que se exigían para ese tipo de trabajo. “Tanta gente que veo trabajando tranquila y no le dicen nada. Si ellos lo hacen yo también puedo hacerlo entonces”, fue el pensamiento final de Juanito al salir de la sede municipal de gobierno.
Finalmente Juanito decidió invertir casi todo su dinero en distintos tipos de mercancía seca consistente más que todo en pequeñas herramientas o equipos para el hogar, tales como batidores metálicos, rayadores de queso, repuestos para licuadoras, baterías para radios y linternas, trampas para ratones y una gran cantidad de materiales afines que llevaba en una gran maleta y que las exhibía en una especie de mostrador armable que montaba y desmontaba en una concurrida esquina de la capital. Incluso la ubicación definitiva del sitio donde se colocaría a ofrecer su mercancía se le había vuelto difícil, pues al parecer, los mejores sitios ya se encontraban “apartados” por otros vendedores ambulantes que comenzaban a pulular por la ciudad. A punto estuvo en un par de ocasiones en irse a los puños con otros trabajadores informales que reclamaban su territorio, sin embargo a Juanito no le quedó más remedio que caminar bastante hasta lograr conseguir un punto estratégico donde el flujo de transeúntes no era malo.