Peruchote ya había pasado los ochenta años y había gozado a través de su larga vida de una salud de hierro, sin embargo, su avanzada edad ya hacía que muchas dolencias le fuesen mellando poco a poco su estado físico. Con la ausencia de Juanito, de Ana María y de la misma Gabriela, las cosas cambiarían de manera drástica para él y para Eustaquia, quien ya contaba para la época con setenta y cinco años de edad. A esas edades, tendrían que adaptarse nuevamente a la soledad y a depender de manera absoluta de ellos mismos. Aunque Churuguara era un lugar sumamente apacible, siempre existía algún riesgo que algún visitante con malas intenciones quisiera aprovecharse de los dos ancianos que ahora quedarían solos en esa casa-local. Peruchote, sabiendo que esa era una posibilidad, aunque fuese remota, había negociado recientemente un revólver calibre 38 que guardaba celosamente en una esquina del escaparate donde guardaba su ropa. Mejor era prevenir que lamentar, pensaba Peruchote. A Eustaquia lo que más le preocupaba era que por la edad de Peruchote, este pudiese necesitar algún tipo de asistencia rápida en caso de que se llegase a deteriorar su salud y ella no poderlo hacer, pues a su edad ella tampoco podría ejercer mayor fuerza a la hora de mover a ese hombre que aún era de gran envergadura. Todos esos pensamientos solían agobiar las mentes de Peruchote y de Eustaquia, en la hipotética y casi inevitable soledad que les aguardaba. No sólo para ellos representaba un cambio importante la ida de Juanito y familia a la capital, también lo era para la señora Dilcia, quien también ya tenía algunos preparativos en caso que el anunciado acontecimiento se diera: regresaría a Campo Elías, a vivir en casa de una hermana que siempre se mantuvo en su tierra, vendería las tierras que le heredó su esposo, el finado Braulio y colocaría en arrendamiento la casa en la que había vivido los últimos años.
Por otro lado, Peruchote ya no se sentía en condiciones de encargarse de la bodega. Se fatigaba con regularidad y estar todo el día de ese mostrador en el que se desenvolvió tantos años desde su llegada al pueblo sería inaguantable para él. Entre él y Eustaquia hablaban sobre su futuro inmediato, y ella tampoco quería encargarse de la bodega. Las dolencias en su cuerpo habían aumentado, incluso eran mayores que las que manifestaba Peruchote, a pesar de eso ella no mostraba signos de molestias delante de su esposo y compañero de toda la vida. Solo aguantaba y hacía sus oficios rutinarios como siempre. La administración del negocio era un problema bastante importante, ya no tenían quien se encargara y no podían contratar a nadie de fuera pues, a parte de ellos preferir tener a alguien de su entera confianza allí, la bodega ya no daba mayores ingresos como para justificar el pago de sueldo a un extraño. En los últimos años, en el pueblo se había generado una abundante cantidad de negocios de ese estilo que habían hecho que mermara el flujo de clientes a “La Fe en Dios”, además, Eustaquia estaba cocinando quizá la mitad de lo que antes cocinaba para surtir la bodega debido al mismo cansancio y a lo avanzado de su edad. Más bien lo que hacía era demasiado, llevando su resistencia más allá de lo que la pobre mujer aguantaba.
–Negra, yo no me voy a encargar de nuevo de esa bodega. Ya yo lo que estoy es cansado, mujer. ¿Qué me dices tú?, ¿te quieres encargar tú? –le pregunta Peruchote a Eustaquia conociendo de antemano su respuesta, como cumpliendo cierto formalismo.
–Noooooooooooooo, viejo, que va. Si no me encargué antes que tenía menos años, ahorita menos. Yo no sirvo pa’ estar lidiando tanto con la gente y con los viajeros que le traen la mercancía al negocio.
–Ajá, bueno, ya yo me suponía que me ibas a decir que no –le dijo un cansado Peruchote. –Vamos a hacer una cosa entonces, vamos a quedarnos quietecitos y no vamos a andar diciendo nada de esto, no señor. Vamos a esperar que esta gente se vaya, si es que en verdad se van a ir. Si se quedan, no pasa nada, Ana María sigue al frente, pero si siempre resuelven irse, pues no nos va a quedar más remedio que vender la bodega, bueno, lo que es la mercancía pues. Con lo que tenemos guarda’o y con la venta nos debe alcanzar pa’ terminar este largo camino que gracias a Dios hemos podido recorrer, porque no podemos estar contando con los cobritos que haga el pobre Juanito pa’llá, eso lo tiene que destiná es pa’ su mujer y pa’ Gabrielita, y cuidado si no encargan otro muchacho después.
–Ah pues, Peruchote, así tiene que ser. La plata de Juanito es de Juanito y de su familia. Ya nosotros hicimos lo que teníamos que hacer y si esa plata que vos decís no nos alcanza pues ya Dios proveerá, pero con la plata de mi negrito no tenemos por qué estar contando nosotros, ¡claro que no! –terminó Eustaquia haciendo énfasis en la última negación.
A ratos, Juanito se sentía tan bien en su pueblo y tan agradado por la compañía de los suyos que no dejaba de revolotear por su mente la idea de quedarse definitivamente, más cuando su mente iba tomando ese rumbo, recordaba alguna carencia material que él consideraba necesaria y complicada de alcanzar, entonces nuevamente retomaba su proyecto.
Un par de días antes de la fecha prevista para realizar el viaje, fue a dar una vuelta solo por la plaza Bolívar, para dar rienda suelta a sus pensamientos caminando bajo los frondosos árboles que adornan el parque central de la población cuando vio a lo lejos, acercándose hacia donde se desplazaba él, una silueta conocida. Él detuvo su caminar y se quedó viendo a la mujer que con grandes ojos negros, largo y oscuro cabello liso cayendo por un lado sobre el frente de su cuerpo, llegaba y se detenía justo frente a él.
–¡Rosángela! –le dijo Juanito con un ataque despiadado de pensamientos que invadían su mente en ese momento. Las manos le empezaron a sudar copiosamente mirando a quien fue, en su momento, la mujer más importante en su vida.
–Hola Juanito, tiempo sin verte –le dijo la mujer con ojos brillantes viendo a su antiguo novio y a quien no veía desde hacía más de diez años.
Ambos habían cambiado a través de ese tiempo sin verse. Juanito estaba mucho más atlético mientras que ella había ganado algo de peso, el cual era notorio en ella pues anteriormente era una muchacha muy esbelta con una figura preciosa.
–No has cambiado mucho bebé –le dice Rosángela dándole un abrazo luego de decirle con el apelativo con el que ella se refería a él cuando salieron juntos.
Juanito regresó el abrazo sin tanta emoción y mirando hacia los lados como revisando si alguien los estaba mirando en ese momento.
–Tú tampoco Rosángela –le mintió Juanito para no hacerla sentir mal por lo “gordita” que consideraba que estaba.
Se mantuvieron conversando de pie, bajo una de las ceibas sembradas en el perímetro de la plaza.
–Supe que te casaste. También que tienes una niña. Qué bueno. Me alegro por ti.
Juanito, todavía con la espina incrustada en el corazón, quería reclamarle, decirle que por culpa suya estuvo dos semanas tomando ron todos los días, que por culpa de ella su llanto había brotado sin contemplación, que hasta por su mente había pensado la loca idea de quitarse la vida. Sin embargo, se mantuvo sereno y le preguntó seco:
–¿Y cuántos muchachos tenés ya?
–Ya llevo tres –le dijo con una sonrisa forzada.
“¿Y de cuántos padres?” pensó en preguntarle Juanito pero se contuvo, asintiendo solamente con la cabeza mientras la miraba a los ojos. A pesar de todo el rencor reservado a lo largo de los años, luego de un rato más de conversación con ella, Juanito también recordó momentos de felicidad vividos junto al primer gran amor de la adolescencia y sintió como su corazón sanaba esa herida.
–Entonces te mudas para Caracas con tu familia, es decir, me dejas –le dijo Rosángela viendo hacia la calle pero mirándolo fijamente al final de su comentario.
“Pero bueno, y entonces, ¿qué es esto, pues? ¿Será que aquí todavía hay algo?” pensó Juanito mientras él también la veía a los ojos y buscaba rápidamente una respuesta.
–Eso parece, Rosángela. Te dejo –finalizó Juanito. Cruzaron un par de palabras más, sin indagar demasiado el uno del otro y se despidieron con un beso en la mejilla con un ligero roce de la comisura de sus labios que le recordó a Juanito lo increíblemente dulces que él siempre le pareció eran los labios de su ex-novia.
Al llegar a casa y ver a su mujer, se sintió un poco avergonzado de sí mismo por los pensamientos que traía luego de su fugaz reencuentro con Rosángela. “¿Cómo es posible que piense en esa mujer que me jugó tan sucio?”, se debatía internamente Juanito. La había encontrado tan bella como siempre, con la excepción de los kilos de más que le había notado inmediatamente; “pero eso no importa tanto”, pensaba. Era el primer pensamiento real de serle infiel a su mujer que le había pasado.
Probablemente, el reencuentro con Rosángela fue el detonante concluyente para la decisión final de Juanito:
–Definitivamente tengo que irme –se dijo a sí mismo.
En la tarde siguiente, Juanito, Ana María y Gabriela, empezaron un pequeño recorrido por algunas casas del pueblo para iniciar el tortuoso camino de la despedida de los conocidos más allegados. Estuvieron en casa del señor Baldomero Ramos, quien les deseó éxitos y bienestar en su proyecto. Luego estuvieron en casa de Enrique Rodríguez, quien al enterarse que previamente habían pasado por la casa de Baldomero se acordó de un cuento de éste.
–Miren muchachos, ¿ustedes no saben el cuento de la vez que le pegaron una pedrada en la frente a Baldomero? –y sin esperar la respuesta continuó: –una vez estaba yo echando cuento con el musiú Bruno, que en paz descanse, cuando llegó mano Rafa y nos preguntó “compas, supieron que a Baldomero le metieron una pedrá en la boca?, y el musiú, que ya sabía lo que había pasado, le corrigió: “no fue en la boca, fue en la frente”, pero el condenado de mano Rafa le respondió: “todo eso es boca compa, todo eso es boca”, jajaja.
Todos rieron un rato, a pesar de ser un cuento varias veces repetido. Este tipo de historias y entretenimientos eran de las cosas que Juanito más iba a extrañar. Don Enrique, después de tomarse un café con la pareja y brindarle un jugo de guayaba a la niña, también les deseó lo mejor del mundo y les dio su bendición, diciéndoles que iban a hacer mucha falta en el pueblo.
La próxima parada fue en la casa de mano Rafa.
–Bueno ahijado, si esa es su decisión, pues que me les vaya muy bien. ¿Qué se le va a hacer? Tendré que encargarme yo sólo del viejo necio ese que tenés por papá. Ya saben de todos modos que aquí tamos siempre a la orden. Llévense unas paledonias que hizo Estela. Una bolsita para ustedes y la otra me hacen el favor y se la llevan al vago de Timoteo, y díganle de mi parte que si allá no está haciendo na’ que se venga pa’cá que yo creo que aquí ayuda más que allá.
–Ta’ bien padrino, yo se lo llevo con mucho gusto, écheme la bendición, –luego dirigiéndose a su madrina Estela, le puso las manos juntas, también pidiéndole la bendición sin poder evitar que se le quebrara un poco la voz y se le humedecieran los ojos, al igual que a ella que siempre lo había tenido en muy alta estima y que siempre lo había acogido en su casa como si fuese otro hijo en sus innumerables reuniones con Timoteo en ese hogar en su mocedad.
–Estas despedidas son las que no me gustan a mí vale –le dice Juanito a Ana María cuando se dirigían a pie hasta la casa de la señora Dilcia, última parada del día y la más difícil para Ana María. Allí permanecieron hasta bien adelantada la noche. La señora Dilcia estuvo aconsejando a su hija y diciéndole que no se preocupara por ella. Ambas estuvieron de acuerdo en la venta de las tierritas que tenían y en dividir el dinero entre ellas, dejando el dinero de Ana María en una cuenta bancaria a plazo fijo para que devengara algunos intereses, mientras que el dinero de la señora Dilcia le serviría para sus gastos. Tampoco hubo ningún inconveniente en el alquiler de la casa. Ana María sabía que su madre se sentiría mucho más acompañada al lado de su tía en Campo Elías. Al final, la señora Dilcia abrazó fuerte y largamente a su nieta, diciéndole lo mucho que la quería y que tenía que portarse muy bien en Caracas y luego el abrazo con Ana María fue más largo aún, acompañado con un llanto de igual extensión. Madre e hija estarían realmente separadas por primera vez en toda su vida. Juanito tampoco pudo evitar que un par de lágrimas recorrieran cuesta abajo su rostro.
Así llegó el final del día y se fueron a casa, a dormir o al menos intentarlo, para al día siguiente partir bien temprano hacia su nueva vida.
A las cuatro y media de la mañana los despertó Eustaquia:
–Vamos pues, a pararse todos que ya es más de mediodía.
La “mamá vieja” a esa hora ya tenía casi listo un abundante desayuno con dos viandas preparadas para el camino.
–Ay Dios señora Taquia, pero esa es mucha comida, y es muy temprano también –le dijo Ana María una vez lista luego de levantarse.
–Ningún, ningún. Se me comen to’ eso porque porai no los están esperando y el camino es largo, principalmente esta muchachita se me tiene que comer todo –le dijo a Gabriela levantándola ligeramente del piso con un gran y sentido abrazo.
Peruchote, que normalmente se levantaba un poco más tarde, también se sentó a la mesa para compartir esa última comida antes del viaje de su queridos nietos. Muy serio, le dirigió unas palabras a su nieto:
–Bueno Juan Pedro, –en muy contadas ocasiones lo llamaba así por su nombre completo, –vos sos un hombre de treinta años bien vividos y demás está decirte que vos sabés lo que hacés. El partir a la capital era una cosa, pero llevarse a la familia es otra. Solamente te digo que por allá recuerdes siempre la educación que te dimos aquí la negra y yo, con la honestidad y la responsabilidad por delante. Esta siempre va a ser tu casa para cuando decidas regresar, sin preguntas ni condiciones. Tú sabes que es así. También quería decirte que estamos muy orgullosos de ti, –carraspeó la garganta Peruchote e hizo una leve pausa para retomar fuerzas que sentía perder, –y estamos seguros que vas a lograr todo lo que tú quieras. Te llevas a mi chiquitica que ha sido más que mi vida en estos nueve años pero entiendo que estás pensando en conseguir lo mejor para ella y a Dios le pido que así sea. Que Dios y la virgen siempre me los acompañe por esos nuevos caminos –dijo finalmente Peruchote no pudiendo evitar que una lágrima delatase el sentimiento que lo embargaba en ese momento.
Juanito, que estaba completamente conmovido no tuvo la fortaleza necesaria y apenas pudo responder con voz quebrada un:
–¡Gracias, papá viejo!
Cuando terminaron el desayuno, se dispusieron a tomar las maletas y acomodarlas en la entrada de la casa, en espera del carro de alquiler que habían contratado para llevarlos a Barquisimeto. En un momento de valor, Juanito le dijo a Eustaquia y a Peruchote, a modo de justificar una vez más su inminente viaje:
–Yo quiero que mi hija me recuerde con mucho orgullo cuando yo ya no esté en este mundo, que cuando hable de su padre lo haga con la emoción, que sepa que su padre luchó por salir adelante, que lo intentó con todo su corazón, que lo lograra o no esa es otra historia, pero que sepa que su lucha y su tesón fue siempre pensando en ella.
–Si mijo, así será, Dios mediante –le contestó Eustaquia.
A los pocos minutos, llegó el carro para embarcarse en su viaje. Todos estaban llorando, incluyendo por supuesto a Gabriela, quien sollozaba mucho por sus “abue”. Se despidieron y partieron hacia su nuevo destino, con una Gabriela de rodillas en el asiento posterior del vehículo, viendo hacia atrás por el vidrio, diciéndole adiós a las siluetas de Eustaquia y Peruchote que se iban alejando con sus manos hacia arriba, hasta desaparecer.