Todos los días salía de su residencia bien temprano en la mañana, con su maleta a cuestas, muchas veces maldiciendo su suerte. Cuando llegaba de regreso a su casa estaba tan cansado que prácticamente no compartía mucho con su mujer y con su hija. En las pocas conversaciones que tenían, luego de quejarse por lo poco que vendía y por las peripecias que tenían que hacer para evitar a los agentes de la policía, Ana María le llegaba a sugerir:
–Juanito, ¿por qué mejor no nos vamos mi amor?, yo pienso que allá en Churuguara estábamos mejor. ¿Qué opinas tú?
Aunque esa era una posibilidad que había pasado varias veces por su atribulada cabeza, Juanito era demasiado orgulloso como para echarse para atrás. Consideraba que un regreso a su pueblo representaba una clara derrota, y más aún, un retroceso importante contrario a todas las cosas que él había aspirado a lograr con su ida a la capital de la república.
–¿Regresarnos?, no chica, tú lo que estás es loca. ¿Qué vamos a hacer en ese pueblo?, ¿vamos a estar otra vez todo el día atrás de un mostrador de una bodega que lo que da es cuatro lochas?, no que va. Después de todo lo que yo he pasado yo no vuelvo atrás. Lo que estamos pasando son inconvenientes naturales de todo emprendedor. Si uno no tiene constancia no consigue nada en esta vida. Lo que tenemos es que tener paciencia. Tú en vez de apoyarme lo que haces es frenarme. Deberías más bien es de ayudarme más, no de desmoralizarme.
Ana María sintió como si hubiese sentido una bofetada con ese comentario, le respondió con ojos llorosos.
–Yo todo lo que he hecho en esta vida es apoyarte Juanito, tragándome muchas veces las cosas que siento para no llevarte la contraria. Y si no te he podido ayudar más es porque no he conseguido un trabajo de medio tiempo; bien sabes que no puedo dejar a Gabriela sola. Tú deberías darte cuenta de las cosas en vez de estar viviendo de ilusiones. Fíjate en el compadre Timoteo, tiene más tiempo que tú aquí y no echa para adelante. Este es un mundo que no está hecho para nosotros pero tú te empeñas en que esto es lo tuyo.
–Mira, Ana María, yo ya me estoy cansando de ese temita tuyo. Todos los días me quemo el lomo para que ustedes estén bien y así es como me pagas. Vamos a dejar esto hasta aquí. Voy a salir un rato para distraer la mente porque ya no quiero hablar contigo. Nos vemos.
Juanito salió de la habitación azotando la puerta mientras que Ana María se quedó llorando sentada en su cama recibiendo el consuelo de Gabriela que había observado callada la discusión de sus padres.
Juanito pasó buscando a Timoteo en su residencia pidiéndole que lo acompañara a algún sitio, que venía ofuscado por una discusión que había tenido con Ana María, que necesitaba distraerse:
–“Casi hermano”, te tengo el sitio ideal. Vamonós pa’llá.
Timoteo se llevó a su compadre para un prostíbulo que había conocido recientemente y que no quedaba demasiado alejado de su sector. Por fuera se veía como una casa normal. Entraban, pasaban un largo pasillo y luego entraban por otra puerta que los llevaba a una extensa sala donde se encontraban varias mesas con sus sillas donde los clientes consumían su licor y eran acompañados por mujeres semidesnudas que por una determinada cantidad de dinero les brindaban sus favores sexuales en alguna de las múltiples habitaciones con las que contaba aquella casa.
–Y entonces mi compa, ¿qué fue lo que me le pasó? –indagó Timoteo.
–Lo mismo de siempre “casi hermano”, Ana María que no termina de apoyar a uno sino que lo que hace es poner puros peros.
–Ah pero es que eso es normal chico, ese es el trabajo principal de las mujeres, echarle vainas a uno, sino fueran hombres. Esas son todas igualitas, mi hermano. Vamos a pedir otra cervecita de una vez –dijo Timoteo luego de tomarse la primera cerveza hasta el fondo en un solo envión. –Y dame razón del negocio, ¿cómo va eso?
–Esa es otra vaina que me tiene pensativo. Yo veo que es más lo que me jodo cargando esos corotos que lo que me gano vendiéndolos. Además que la policía lleva loco a uno haciéndolo dar carreras a uno con ese corotero pa’ que no se lo quiten.
–Ah bueno, eso sí lo veía yo que como que no era muy productivo pero como vos dijiste que eso era una pedrá al piso yo no dije na’. Aunque ahorita que viene diciembre la cosa debe mejorar.
–Así me dicen los compañeros del mercadito. Ojalá que así sea.
Luego de varias cervezas, Timoteo le sugirió un par de veces a Juanito para que contratara los servicios de una de las mujeres que se le había insinuado y a quien le habían brindado dos cervezas anteriormente. Juanito había declinado en las dos ocasiones la oferta pero luego que llevaba cerca de quince cervezas consumidas se decidió a llevar a la mujer a una de las habitaciones. Mientras tanto Timoteo se quedó esperando a su compadre en la mesa, consumiendo otra espumosa bebida. Un rato después llegó Juanito nuevamente a la mesa.
–¡Eso, compadre!, ¡venís livianito zángano! –Le soltó Timoteo a su “casi hermano”.
Juanito se sentó en la mesa, oyendo las palabras de Timoteo, sin embargo su rostro transmitía vergüenza y algo de decepción.
–¿Qué fue compa?, ¿no me digás que venís apena’o por montarle un cachito a mi comadre Ana María? No te preocupés hombre, que vos sabés que por boca mía no va a saber nada.
–No se me paró –dijo acercándose al oído de Timoteo, con voz casi imperceptible.
–¿Cómo?
–Que no se me paró el machete, ¡nojoda! –le dijo con voz un poco más firme pero cuidando que nadie pudiese escuchar.
–¿Que no se te paró? –le dijo en voz alta Timoteo haciendo que Juanito mirará a los lados en busca de alguien que pudiese estar pendiente de su conversación y haciéndole señas con el dedo índice en la boca para que su amigo hiciera silencio.
Timoteo soltó una gran carcajada, siendo esto motivo de burla por un buen rato.
–Jajajaja, ah mi compadre pa’ pendejo, es que vos lo que sos es un monocuco, vos no tenés remedio, jajaja.
Después de eso, le tocó el turno a Timoteo quien si se desempeñó de manera normal con la mujer que eligió. Luego de tomarse cuatro cervezas más, ambos se fueron dando tumbos por la calle hasta llegar a sus respectivas residencias.
Juanito continuó con su rutina de días buenos para la venta y días malos. Así llegó el mes de diciembre y como en efecto, las cosas empezaron a marchar mucho mejor. Las ventas se estaban triplicando en ese mes. Logró comprar la ropa para los tradicionales estrenos de navidad y de fin de año. Entre los vendedores ambulantes, llamados buhoneros, tenían un “sistema de alarma” que funcionaba por medio de unos silbidos que ejecutaban de una manera especial de esquina a esquina para dar a conocer entre ellos la llegada de los agentes de la policía, para así dar oportunidad a recoger la mercancía y huir del sitio pues sabían que estaban infringiendo la ley. Sin embargo, un día cercano al 24 de diciembre el sistema falló y varios comerciantes informales fueron capturados por los agentes del orden público, entre ellos estaba Juanito, quien fue detenido nada más y nada menos que por el sargento Ibrahím Vargas, hombre conocido como uno de los más corruptos guardianes del orden público.
El sargento Vargas era un hombre de considerable estatura, casi tan alto como Juanito, atlético, de tez morena oscura, exhibiendo en su pecho una cadena gruesa de oro con una enorme cruz colgando de ella.
–¡Caramba, caramba!, ciudadano, usted se encuentra violando de manera flagrante las ordenanzas municipales para el expendio de mercancía. Está terminantemente prohibido vender cualquier clase de productos en las aceras de la ciudad. ¿Acaso usted no toma conciencia que vendiendo sus productos más baratos está afectando directamente la economía de los comerciantes que tienen que pagar impuestos y servicios públicos en sus locales? –le dijo el sargento Vargas muy seriamente a un nervioso Juanito quien luego de varias huidas ilesas de las autoridades estaba siendo pescado por primera vez por la policía.
–No señor agente, pero es que yo no sabía nada de eso que me está diciendo usted. Yo estoy vendiendo estas cositas es para llevar el pan para la casa, para mi mujer y mi hija, compréndame, por favor.
–Ay, tan inocentico el pajarito –le soltó con tono irónico. –Pues eso no lo excusa del delito que está cometiendo ciudadano –le reiteró con un tono fuerte y mirándolo fijamente a los ojos. –Lamentablemente me voy a ver en la necesidad de confiscar toda esta mercancía ciudadano.
–No señor agente, mire, no me quite la mercancía que con esto es que llevo la comida para la casa. Haga una excepción por favor, se lo suplico señor.
–¿De dónde carrizo es usted ciudadano?, ese cantadito en el hablar no es de por estos lados.
–Yo vengo del estado Falcón, señor agente.
–Falcón, Falcón,… Falcón. Ajá, yo conozco gente de por allá de Coro. Mira coriano –le dijo en cambiando su forma de referirse a Juanito, ahora tuteándolo, –dale gracias a Dios que no me has caído tan mal. Para que no digas que soy malo, te voy a dejar ir con tus coroticos, pero vamos a tener que arreglar las cosas de otra manera, ¿tú me entiendes?, ¿verdad?
Juanito no vio otra alternativa más que negociar con el sargento, entregándole de manera furtiva detrás de un vehículo todo el dinero que había obtenido con las ventas del día, además de un par de artículos que le tuvo que obsequiar pues el sargento le soltó que en su casa “necesitaban unos de esos”.
Juanito se fue completamente desconsolado. “¿Cuándo uno echa pa’lante así?”, iba pensando mientras caminaba hacia la residencia. El encuentro con la policía hizo que Juanito llegara predispuesto a tener una discusión más con su esposa Ana María, discusiones que se había vuelto frecuentes y que sólo la buena racha económica decembrina las había amainado en ese tiempo. Juanito salió de nuevo esa noche de su residencia, con ganas de ahogar la rabia en alcohol y por supuesto que buscó a Timoteo, a quien consideraba su paño de lágrimas. Se dirigieron al bar de don Cheo y estuvieron tomando varias cervezas.
–No “casi hermano”, es que a mí si no me agarra el chingo, me agarra el “sin nariz”, yo lo que estoy es sala’o compadre –repetía Juanito a Timoteo.
–La vida son altas y bajas mi hermano. Uno ahí no puede hacer nada. Acuérdate que una cosa piensa el burro y otra el que lo arrea.
Mientras conversaban, llegó al bar Brunicardo Montiel, un hombre nativo de Maracaibo, de piel bastante oscura, de barba y bigote pronunciados, que vivió varios años en Caracas, dedicándose ese tiempo al oficio de la albañilería donde conoció a Timoteo. Brunicardo, ó “Bruncho” como le decían, llevaba casi un año viviendo en el sur del país, dedicado a la minería. Estaba en Caracas tomándose unas vacaciones, saludando a sus viejos amigos. Vestía impecablemente, con unos zapatos relucientes y con ostentosa joyería en el cuello y muñecas. Al ver a Timoteo se saludaron con gran alegría y luego de un abrazo entre ellos, Timoteo se lo presentó a Juanito y seguidamente se sentó en la mesa de los compadres.
–¿Qué fue “Falcón”, cómo está la verga? –le preguntó el maracucho a Timoteo
–Coño Bruncho, pero que bien te ha ido chico. ¿Desde cuándo andás porai? –le preguntó Timoteo.
–Llegué anoche, chico. Verga, pues te diré que no puedo quejar –respondió Bruncho.
–Compadre, este coño e’madre el año pasado estaba pelando bola igual que yo, tragando cemento y regaños de los jefes y ahora véalo, forra’o de cadenas, vamos a tener que irnos pa’llá también compa –le dijo Timoteo a Juanito refiriéndose al cambio de 180 grados que había tenido su ex-compañero en algunas faenas de la construcción.
–¿Y qué hace usted por allá, amigo? –indagó curioso y ansioso a la vez Juanito.
–Trabajar como un burro mijo, trabajar como un burro, y decíme Bruncho, mijo, que así es que me trata todo el mundo –respondió el maracucho. –Once meses tenía metío en la minas, buscando oro. Esa vaina es arrecha allá, uno no sabe de mundo, pero vale la pena compañero, vale la pena.
Juanito se sentía fascinado por la historia de Bruncho, pasó en menos de un año, de no tener nada a gozar de lujos y joyas que para él sería una meta imposible en las condiciones en las que se desarrollaba. Juanito hizo buena amistad esa noche con Bruncho y quedaron en verse otra noche en el bar. Bruncho se despidió de los amigos y se fue a cumplir unos “compromisos” que dijo tenía pendientes, mientras tanto los compadres siguieron compartiendo un rato más en el bar de don Cheo. Momentos después de salir Bruncho del local, entró en éste el Ilustrado, quien se sentó en la barra un momento antes de acudir al llamado de Juanito para que los acompañara en la mesa.
–¿Qué dice mi buen amigo el Ilustrado?, cuénteme cómo le va porque si yo le cuento llora. Fíjese que hoy un buen agente del orden público me hizo el “favor” de no quitarme la mercancía que vendo en el centro a cambio de una módica cifra de dinero. Menos mal que tenía como responderle porque si no me deja sin nada ese perro –le dijo Juanito al Ilustrado.
–Nuestro país se caracteriza de manera negativa por el hecho de no cumplir las normas –soltó el Ilustrado. –Nuestras leyes son casi perfectas, una oda a la justicia que no pasa de ser una letra muerte que yace bajo la lápida de la inconciencia. Es un círculo vicioso del que parece no tenemos escapatoria. No nos gusta cumplir la norma o por culpa de la mal llamada “viveza criolla” nos la queremos dar de más avispados que los demás. Nos saltamos todo ordenamiento legal pero al ser pillados en el hecho pues resolvemos todo efectuando un pago indebido a la autoridad que debe guardar por el fiel cumplimiento normativo. Éstos aceptan el pago y se hacen los locos, dejándonos seguir adelante con lo que ha debido finalizar allí. Luego, las autoridades se acostumbran y ya no esperan que los sobornen sino que ellos mismos lo solicitan, pues consideran que tienen derecho a hacerlo, así la persona tenga todo en regla. Es increíble, pero es así. El que cumple con lo reglamentado por lo general no presta gran oposición a la “tarifa” pues si lo hace sabe que va a existir una posible retaliación de quien esté en el poder en esa situación. Finalmente, queda establecida una “ley implícita” que se debe cumplir pues la ley formal se considera “letra muerta”.
Juanito esta vez sí entendió lo que le decía el Ilustrado. Se había convertido en parte de ese círculo vicioso. Su corazón se sintió oprimido por momentos recordando aquellas palabras de Peruchote que le dirigió el día de su partida con su familia: “la honestidad y la responsabilidad por delante”. Se sentía mal y a la vez pensaba que él era demasiado pequeño para cambiar un sistema que quién sabe cuánto tiempo tenía en la genética latinoamericana.
A lo largo de los meses la situación de Juanito no cambió mucho. La rutina era más o menos la misma. Salía temprano de su residencia, cargando con toda la mercancía, vendía lo suficiente para sobrevivir y regresaba a casa cansado en la noche. Las comodidades en la casa eran las mínimas y las discusiones con Ana María se multiplicaban cada vez más. Juanito no daría su brazo a torcer, a pesar de no notarse un progreso esperanzador que hiciera pensar que la estadía en la capital era lo mejor. El argumento de no regresar para no estar todo el día detrás de un mostrador en su pueblo por una ganancia moderada, se derrumbaba al no ser nada distinto lo que estaba viviendo en la capital. Prácticamente no compartía en nada con su adorada Gabriela pues al llegar a la habitación, la pequeña muchas veces ya se encontraba dormida. La convivencia con Ana María se tornaba cada vez más complicada debido a la amargura en que ella se había sumido al estar en un lugar al cual nunca había logrado adaptarse, además de la soledad que la agobiaba y a las incomodidades en las que se encontraba viviendo.
Juanito se estaba sumiendo en la desesperación, pues no encontraba algún empleo estable, entre otras cosas por el hecho de no contar con el tiempo necesario para buscarlo, pues un día en el que no se dedicase a la venta de su mercancía era un día sin comida para su casa. Para colmo de males, el sargento Vargas se había vuelto insoportable. Ya no molestaba a Juanito y a otros compañeros de venta de la cuadra pero les había asignado una cuota de dinero que tenían que cancelar sin falta semanalmente para asegurarse que no les decomisarían sus productos. Esto, por supuesto, hacía que las ganancias fuesen aún menores. Al llegar el mes de diciembre, con el aumento de las ventas, el sargento Vargas también decidió que su cuota, por derecho propio, también debía subir, por lo que les triplicó la asignación para él. Esto generó gran descontento entre los vendedores quienes se pusieron de acuerdo y resolvieron pagarle sólo la cuota que le venían cancelando normalmente, alegando que las ventas no eran tan buenas como para pagarle esa alta cantidad de dinero que pedía el agente. El sargento Vargas, a regañadientes aceptó el dinero que le entregaron los buhoneros de la zona y se fue mal encarado, balbuceando algunas frases ininteligibles. Este hecho fue considerado como una gran victoria por los vendedores informales que, al fin, habían puesto medianamente en su lugar al corrupto funcionario.
Juanito ya tenía ahorrado el dinero para las compras de la ropa de estreno para ese diciembre, incluyendo un par de regalitos para su adorada Gabriela y para su esposa Ana María. Las cosas estaban marchando, poco a poco, mejor.
Una nublada tarde de principios de la segunda quincena de diciembre, un grupo de agentes de policía llegaron al lugar, y actuando de forma violenta y abusiva sometieron a todos los vendedores de la cuadra de Juanito. Los que no tenían sus cédulas de identidad inmediatamente eran montados en la patrulla y llevados a la comisaría, mientras que la mercancía de todos, fue incautada por incumplimiento de las ordenanzas municipales de obstrucción en la vía peatonal y de venta de mercancía sin la permisología requerida. Juanito se quedó sin habla y no opuso mayor oposición al ver que un compañero que no quería dejar que le llevaran sus productos fue golpeado salvajemente con las peinillas que portaban los agentes del orden público. Con la mente nublada, sólo observaba como se llevaban toda su mercancía, sin esperanzas de poder rescatarla, viendo como al final de la cuadra se detenía en una moto, mirando la escena de dolor y de impotencia de los comerciantes informales, un policía que observaba con una sonrisa de satisfacción clara; era el sargento Vargas.
–Ese policía es el propio diablo, compadre. Un completo desgraciado –le decía Juanito a su compadre y mejor amigo Timoteo, aguantando las ganas de llorar que se apoderaban de todo su ser y que contenía tomando grandes tragos de cerveza en el bar de don Cheo. –Ana María no hizo más que reclamarme en lo que supo lo que me pasó, y la verdad es que no tuve ningún argumento para defenderme. Hasta me amenazó con regresarse y llevarse a Gabriela –continuaba en su conversación.
–Todo se paga en esta vida, “casi hermano”, y a ese policiíta ya le llegará su hora, Al que obra mal, mal le va, en alguna forma, ya tú vas a ver. A ese tipo si no le pasa algo malo a él, le va a pasar a algún familiar, pero de que no se escapa no se escapa. Creen que tienen a Dios agarra’o por la chiva porque traen ese uniforme.
–Ahora sí es verdad que estoy quebra’o hermano. Lo que me quedó es poca mercancía que tenía en la residencia, y de paso es de la que menos sale. No sé cómo voy a hacer para mantener a la familia. Chico yo pienso es en esa muchachita, “casi hermano”.
Timoteo consolaba a su amigo dándole unas ligeras palmadas en el hombro cuando vieron que Bruncho llegaba al bar, quien había llegado nuevamente a Caracas, hacía una semana, para pasar las navidades junto a su familia. Éste, al ver a los compadres en una de las mesas, no lo dudó y fue a sentarse directamente con ellos para conversar un rato.
–¿Qué fue muchachos?, ayer los vi turbados pero hoy los veo más turbados –dijo en son de chanza. –¿Qué les pasa?
–Epa Bruncho, ¿cómo te va? –le respondió Timoteo a su viejo amigo, a quien ya había visto en días anteriores.
–¿Qué hubo Bruncho?, aquí seguimos chico, jodíos como siempre, jodíos –le dijo Juanito sin ocultar la frustración que sentía en esos momentos.
–¡A la verga!, pero ¿qué fue lo que les pasó para que estén así pues? –preguntó Bruncho dirigiéndose a los dos amigos.
Juanito le contó con lujo de detalles lo ocurrido al amigo recién aparecido en el local, también expresándole su desesperación en cuanto a su situación económica actual.
–Bueno chico, pero vamos a hacer una cosa… veníte conmigo pa’l sur. Allá el que se faja gana cobres. Eso sí, yo aquí no te voy a prometer nada, cuando mucho te puedo ofrecer techo por unos quince días, mientras ubicas algo. Ni trabajo tampoco te puedo prometer al llegar, eso sí, lo que te puedo prometer es hacer todo lo posible porque te den algún chance para trabajar. Para mí, este año no fue tan bueno como el año pasado, y sin embargo traje bastantes cobritos para que la mujer y los muchachos míos estén cómodos aquí en Caracas. Pero eso sí, yo allá trabajo como un burro, y lo principal es que no hay que pararle bola a nada y acostumbrarse a un verguero de vainas que son nuevas para uno pero pa`lante y más nada.
La propuesta de Bruncho, que fue soltada al aire sin mayor pretensión hizo que Juanito la tomara muy seriamente en cuenta. Esto sería el principal pensamiento que tendría en toda la semana que siguió a este encuentro.
Unos días después de la conversación con Bruncho, en la mente de Juanito la decisión ya estaba tomada. El rumbo debía tomarse hacia el sur del país. Caracas nunca fue lo que había pensado ni lo que Timoteo le había pintado, a al menos lo que Juanito había interpretado. El problema lo representaba en cómo planteárselo a Ana María para que ella le prestara, una vez más, todo su apoyo en esta sobrevenida nueva aventura que se planteaba realizar. Debía ser cuidadoso en la forma de esbozar la idea que tenía. Empezó por contar la historia vivida por Bruncho cuando éste llegó a Caracas, “una historia parecida a la nuestra”, le iba narrando Juanito a Ana María. Le habló sobre el hecho de que el marabino llegó a la capital con su familia, en busca de un mejor futuro, de las calamidades que pasó al principio cuando trabajaba en la construcción junto a Timoteo y luego le comentó lo bien que le había ido al zuliano cuando se decidió a viajar hacia el sur de la nación en la búsqueda de mejores cosas. Le comentó que ahora su familia contaba con una vivienda propia y que tenían todas las comodidades mínimas a las que podían aspirar para vivir tranquilos en la ciudad. Ana María, quien se había dado cuenta por donde venía la intención de la historia, se conformó con escuchar la historia callada, viendo a su esposo que con ojos brillantes propios de una ilusión trazada contaba lo “bien” que estaba esa familia ahora. Finalmente Juanito concluyó:
–Y bueno, amor mío, yo he estado pensando mucho, que esa es la solución más viable que tenemos nosotros para vivir mejor y alcanzar una felicidad plena. Yo me iría por no más de un par de años mientras hago un buen dinero mientras que tú y Gabriela me esperan aquí. Yo les enviaría la plata para su sustento ¿Qué me dices tú?
–¿Una felicidad plena?, ¿a eso es lo que tú llamas una felicidad plena? Tú por el fin del mundo y nosotras solas en esta ciudad que he aprendido a detestar. Pero que concepto tan raro de la felicidad es el que tú tienes, Juanito. Mira, yo siempre te he apoyado en tus proyectos, por más locos que me hayan parecido, pero ya esto sería el colmo, mi vida.
–Mi amor, yo sé que esto puede ser difícil al principio, pero después tendremos nuestra recompensa. Además, no sé cómo te vería después si por un capricho tuyo no hago esto y no puedo conseguir cosas que yéndome a ese lugar sí lo hubiese conseguido.
–Juanito, yo no te voy a decir ni que sí, ni tampoco que no. Haz lo que te dicte tu corazón para que después no me vayas a estar echando la culpa a mí de nada.
Juanito, que sabía en el fondo que eso era un rotundo no de Ana María, decidió tomarlo como una aprobación mínima que le había otorgado su mujer, y se fue a la residencia de Timoteo a contarle de su decisión y a ubicar a Bruncho para hacer todos los arreglos del viaje, ya que éste tenía planificado hacerlo los primeros días del mes de enero del año que estaba por iniciar. En su caminata hacia la residencia de Timoteo, se encontró al Ilustrado sentado en el banco de madera de un parque aledaño al sector, y aprovechó de contarle al Ilustrado su nuevo proyecto en vista del fracaso del actual por los diferentes inconvenientes afrontados. El Ilustrado, luego de escucharlo atentamente, sólo alcanzó a decirle:
–Todos tenemos la razón en nuestro presente, ¿no se ha fijado usted en eso? En ocasiones nos equivocamos en el pasado, pero en el presente, antes que se convierta en pasado, siempre tenemos la razón. Es que los seres humanos somos una cosa seria.